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Sección: Global y Social
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Masas, elites y líderManuel ValenciaMiércoles, 30 de septiembre de 2009
A la base militante del Psuv……También a su dirigencia
Confieso que no me agrada el título del artículo. Ciertamente, ésta era una expresión del nacionalsocialismo alemán durante el llamado Tercer Reich; y por lo tanto esto podría predisponer o incomodar, de entrada, al lector perceptivo. No siendo esa la intención, sino más bien abordar estos componentes de la sociedad, de la política y del poder, en tiempos de la “Quinta República”. Así que asúmase el título, simplemente, como una coincidencia sintáctica. Más nada. La dedicatoria tiene que ver con la idea central del artículo: la concepción de un partido político para la revolución (dando por entendido que se pretende “hacer una revolución”…). En este sentido, cabría preguntarse ¿Cuál es el papel de las “masas” en el partido? ¿Acaso asistir a los mítines?, ¿uniformarse de rojo?, ¿agruparse en pelotones, brigadas y patrullas? O, más grave aún: ¿Convertirse en pedigüeños o tramitadores de canonjías en los organismos públicos? Obviamente, ésos no son los roles de la base militante del partido, para no usar el término “masa”, tan identificado con la denostación de lo colectivo, de lo comunitario y de aquel “hecho sicológico” del que hablaba ese filosofo del individualismo mediocre (Ortega y Gasset); donde “sentirse idéntico a los demás” sería una afrenta. Las tareas de la base militante, su comportamiento, tienen que ver con eso que Lenin llamaba conciencia de clase política o conciencia revolucionaria. Y que no es otra cosa más que diferenciar lo inmediato, lo accesorio (y no por ello innecesario, como la movilización, la agitación política, las reivindicaciones salariales, etc.), de lo fundamental, de lo esencial. Me refiero al proyecto político de sustitución de un modelo de desarrollo por otro: el socialista. La revolución, pues. Ahora bien, aquí subyacen dos modelos de organización del partido para la realización de estas tareas. Uno, para el trabajo electoral, para la consecución y/o retención del poder; con una estructura, si se quiere, rígida, jerárquica, pero únicamente para la ejecución del “plan” con el cual se alcanzarían los objetivos. Es la dimensión pragmática de la política. El otro, tiene que ver con el ejercicio del poder, con la concepción y ejecución de un modelo de desarrollo. Es la dimensión teórica de la política. Así, el segundo modelo de organización sirve para interpretar los “códigos de los tiempo” y el primero para materializar la sustitución de esos mismos códigos. En ambos, aunque con distintos énfasis, deberían intervenir las bases del partido. También las “elites”, particularmente en el segundo modelo de organización. Cuando me refiero a las “elites”, hago distinción de aquéllas de Pareto (individuos superiores), de Mosca (clase dirigente) y, obviamente, de la Wright Mills (la posición institucional dentro de la coalición de los sectores económico, político y militar). Igualmente con la de Lenin, cuando éste asumía al partido como la vanguardia de la clase proletaria, condenándolo a convertirse en un partido de minorías. Es decir, identificado únicamente con el segundo modelo de organización antes señalado. Sí, se puede discrepar de Lenin; particularmente cuando toma prestadas las ideas de Tkatchev sobre la “incapacidad de los pueblos para hacer una revolución social […] a menos que una minoría revolucionaria asuma su dirección”. Estas consideraciones nos deberían llevar a la discusión sobre la conducción de la revolución y del partido. El papel que allí jugarían las bases y la dirigencia, formal e informal, identificada con la revolución. Es evidente que la dirección no recaería exclusivamente en una minoría por más “conciencia que ésta tenga de los problemas de la sociedad”(los códigos de los tiempos). Debe estar allí incluida ¡cómo no! la intelligentsia, pero en el sentido que le asignaba Plejanov: como un componente más para el cambio histórico (inscrita en el segundo modelo de organización ya citado, agregaría yo). Es decir, la dirección tiene que ser colectiva y extensamente estratificada, para evitar las perversiones de Pareto, Mosca y sobremanera la de Wright Mills; por aquello de la cooptación de las elites. Por otro lado, hablar de dirección colectiva, de directorio político, significa, quiérase o no, un cuestionamiento a la figura del líder. Ahora bien, la pregunta es ¿A cuál tipo líder se cuestiona y en qué circunstancias? Para responder esto nada más útil que una anécdota del camarada Lenin. Corría el año de 1903, cuando se reunió el II congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso. La tesis de Lenin sobre la separación entre el partido y la clase obrera (el concepto de vanguardia) y el principio de la autoridad del cogollo del partido (el centralismo democrático), están en discusión. Lenin dispone de una mayoría inicial sustentada en su prestigio y su liderazgo. Sin embargo, se le opone Martov; aunque sin éxito, dado el apoyo de Plejanov a Lenin. Entonces interviene brillantemente Trosky, censurando con violencia dicho apoyo y despedazando la tesis de Lenin; logrando así la primera derrota para el liderazgo de Lenin en la socialdemocracia rusa. Eso es dirección colectiva sin cuestionamiento al líder. En conclusión, la revolución socialista y bolivariana, necesita una base militante para “hacerla”, una dirigencia para “concebirla” y un líder para, “por ahora” cuidarla, pues todavía es una revolución en asecho. |
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