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Simpatía y afecto por Bolívar
Roberto J. Lovera De Sola

Sábado, 19 de abril de 2008

Mucho se ha criticado, con razón, las exageraciones que sobre la figura del Libertador han hecho algunos historiadores y escritores de historia, quienes han suplido la falta de documentación por una serie de adjetivos y de elogios sin justificación. Pero además del “culto a Bolívar” practicado por el Estado venezolano como una política, algo estudiado con pormenor, muy acuciosamente, por Germán Carrera Damas (El culto a Bolívar, 1969), Luis Castro Leiva (De la patria boba a la teología bolivariana, 1991), Elías Pino Iturrieta (El divino Bolívar, 2003) y Manuel Caballero (Por qué no soy bolivariano, 2006) hay también los verdaderos estudiosos de Bolívar, lo que lo examinan como una figura histórica, a veces en la soledad del trabajo del escritor sedentario conmoviéndose, con un ser que nació un día y murió otro cuarenta y siete años más tarde, cuyos rasgos vitales y sus ideas estudian. Hay también aquellos que han dedicado mucho tiempo de su labor intelectual a reunir los documentos de Bolívar que son los que nos permiten analizar su figura y comprender su trascendencia en la historia latinoamericana, en la memoria de Venezuela, incluso en su época, en las reacciones que en los Estados Unidos y en la Europa de su tiempo produjo su personalidad y acción, a veces en los documentos secretos de las cancillerías. Estos documentalistas, historiadores o biógrafos nos permiten penetrar en el personaje. Muchos de ellos han sido muy criticados por la emoción que tal estudio les da, por el afecto que el análisis de aquella vida despierta en ellos. Se cumple en ellos, muchas veces, el apotegma de Augusto Mijares “Exigir de un autor que sea objetivo al narrar una vida apasionante, es un contrasentido” (El Libertador, ed. 1964, p.1). Diremos en defensa de ellos que es imposible no entusiasmarse con el estudio de una vida llena de brillantes aristas, de un escritor político como el Libertador, quien llega hondamente con las palabras de sus documentos y sobre todo por los renglones de sus cartas hasta nosotros, especialmente por ser un personaje del romanticismo, cuando esta escuela no era aun un movimiento totalmente literario, como lo fue a partir de 1827 y sobre todo desde 1830, gracias en ambos casos a Víctor Hugo. Pero Bolívar fue un romántico de actitudes. Y ello se comunica desde la lectura de sus papeles a los estudiosos que hagan su análisis basados en buenos fundamentos. Y además es imposible pedir que no haya alguna forma de emoción, como la “aflicción”, como lo acotó el doctor Joaquín Gabaldón Márquez al leer uno de los capítulos de El Culto a Bolívar de Carrera Damas. Su opinión está impresa como epígrafe de ese angular libro (ed. 1973, p.7). Pero también hay que decir algo más: a los escritores, y esto es válido para los historiadores también, hay temas que los eligen a ellos, temas que por alguna honda razón autobiográfica no los escogen ellos. Esto sucede a muchos de los autores de los diversos libros sobre los mil temas que han tratado los grandes escritores, para nosotros, gente del mundo occidental, desde la literatura griega hasta el último volumen reciente que apenas desde hace pocos días se exhibe en las librerías. A veces a sus autores les es difícil explicar por qué los escribieron, que los empujó a tratar sus temas. Esto es válido tanto para la ficción como para los ensayos, los tratados y la crítica literaria. Y también para las obras de historia. Y por ello también el mucho estudiar un tema por el cual sentimos inclinación lleva a los escritores a amar, una emoción muy grande, las muchas fuentes que debe examinar para poderlos escribir, los cientos de libros que debe leer para hacerlo, cosa que a veces les lleva muchos años. Así el afecto por el tema o el interés por el personaje elegido surgen al unísono, son como el afecto por un amigo o el amor por una mujer sostenido a lo largo de mucho tiempo, de una vida.
 
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