Caracas, Domingo, 20 de abril de 2014

Sección: Sociedad

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Amor por las armas

Armas y masacres en los Estados Unidos

Edgar Otaiza Vásquez

Sábado, 4 de agosto de 2012

Las armas han acompañado al ciudadano estadounidense durante generaciones. Forman parte de su educación, valores y cultura







   Foto: Google

Cada vez que ocurre un tiroteo en sitios públicos en los Estados Unidos, con saldo de muertos, surge el debate sobre la tenencia y proliferación de armas de fuego en la población. Tales hechos ocurren frecuentemente en institutos de educación secundaria y universidades. La lista es larga. En 1966 dieciseis personas fueron asesinadas y 32 resultaron heridas por un ex-marino en la universidad de Texas, en Austin. En abril de 1999 dos jóvenes estudiantes mataron a 13 alumnos de la secundaria e hirieron a 21 y luego se suicidaron, en la población de Columbine, en Colorado. En noviembre de 2009, un psiquiatra del ejército en Fort Hood, Texas, mató a 13 personas e hirió a 30. En enero de 2001, un pistolero mató a 6 personas e hirió a 14 en Tucson, Arizona, incluyendo a una diputada demócrata por ese estado. A finales del año pasado, un estudiante le disparó a un guardia en el campus del Tecnológico de Virginia, en Blacksburg. Cinco años antes, en la misma universidad, uno de sus estudiantes mató a 32 personas y luego se suicidó; 21 personas fueron heridas. Hace apenas dos semanas,  el estudiante  de neurología James Holmes de la universidad de Colorado, en Aurora, mató a 12 personas e hirió a medio centenar de otras en un cine durante la première de un filme de Batman.

Los estadounidenses aman las armas.

El asunto se inició hace más de dos siglos y medio, en el período pre-revolucionario de los Estados Unidos, cuando comenzó a organizarse una milicia de colonos patriotas para luchar por independizarse de Gran Bretaña. También había grupos de colonos leales al imperio. En Europa aún existía el principio medieval, según el cual solamente la nobleza podía portar armas. Con excepción de algunos ejércitos regionales, las armas permanecieron siempre bajo la tutela de la autoridad  gubernamental.

En Norteamérica no existían tales leyes. Al contrario, el país era salvaje. Para sobrevivir se necesitaba un arma, por lo que la mayoría de la población se armó, incluyendo mujeres y niños. Esta relación existencial con las armas continuó, indetenible, en la nueva nación y se expresó con fuerza particular en el lejano oeste, despoblado y agreste hasta los primeros años del siglo 20. Para satisfacer esta necesidad, la industria de las armas se expandía velozmente. Tanto allí como en el sur el manejo de las armas se hizo un símbolo de independencia y, para los jóvenes, también un paso hacia la adultez.

En los medios, tanto en los Estados Unidos como en Europa, el poseedor de armas norteamericano es generalmente representado como un primitivo „redneck“ (cuello rojo, término despectivo para señalar a los granjeros del sur de los Estados Unidos y a los fanáticos que se oponen a la modernización). En los años de la gran depresión, con una desocupación del 30%, aquéllos que vivían cerca de zonas boscosas sobrevivieron al cazar, ilegalmente, animales salvajes para comer, con armas heredadas de la primera guerra mundial.

Con el servicio militar en la segunda guerra mundial los miembros del ejército aprendieron a conocer nuevas armas, algunas de las cuales fueron traídas a casa al finalizar la contienda. Enseñaron a sus hijos cómo  manejarlas, portarlas y guardarlas con seguridad e insistieron en que tales objetos no eran para jugar. Cuando los viejos murieron, los jóvenes heredaron aquellas armas. Y la industria continuó el suministro de armas.

Las armas han acompañado al ciudadano estadounidense durante generaciones. Forman parte de su educación, valores y cultura.

El derecho a la tenencia de armas.

Surge la pregunta: ¿Es que no existen en los Estados Unidos leyes estrictas que regulen la tenencia de armas de fuego en la población, como es usual en otros países?

Es probable, que luego de la declaración de la independencia en 1776 cada miembro masculino de la familia tuviera en su poder un rifle, puesto que su democracia fue lograda con la coparticipación de pequeños ejércitos privados. Muchos se preguntaron, cuánto tiempo pasaría hasta que el gobierno en Washington se transformara en un gobierno injusto o en una tiranía. Para evitarlo, en 1791 se aprobó la Segunda Enmienda a la Constitución (*), que garantiza al hombre común poder tener un arma. Quedaba abierta también la posibilidad de organizar pequeños ejércitos privados para controlar a un gobierno desviado. Según criterios de la realidad actual surgieron dudas sobre si dicha enmienda estaba atrasada, era inconveniente, innecesaria o era interpretada equivocadamente. Pero las dudas fueron resueltas por una decisión de la Corte Suprema en el año 2008, según la cual la Segunda Enmienda garantiza, en efecto, que cualquier ciudadano estadounidense puede poseer un arma, aún tratándose de cualquier ingenuo, protegiéndolo frente al poder de la autoridad constituida.

En muchos países, incluyendo a Venezuela, se habla del monopolio del Estado en el uso de la violencia, a través de sus Fuerzas Armadas. En los Estados Unidos ese monopolio no existe, aún cuando suene anticuado. Pero desde 1791 es  parte de su naturalidad, generando lo que comúnmente se conoce como la cultura de las armas.

¿Es el criminal o es la arma?

El perpetrador de la universidad de Colorado llegó al cine con dos pistolas Glock calibre .40, una escopeta Remington calibre 12 y un rifle semiautomático ArmaLite (Colt) AR-15 calibre 5.56 x 45 OTAN (no es un rifle de asalto), comprados legalmente dos meses antes en dos tiendas locales, autorizadas por sus casas matriz.

Ciertamente, la Segunda Enmienda proteje el derecho del ciudadano a poseer una arma, pero no excluye una regulación razonable que atienda a la seguridad de la población. También es cierto que masacres semejantes han ocurrido en sociedades que tienen leyes más fuertes para regular el uso de armas de fuego (masacre de Winnenden 2009, en Alemania), pero no con tanta regularidad y no contra el telón de fondo de la violencia cotidiana, ya sea criminal o accidental, que distingue a los Estados Unidos.

El cuerpo editorial del diario Washington Post escribió, apenas se conoció la opinión del presidente Obama ante los hechos de Colorado, durante una reunión electoral realizada en Nueva Orleans: “No esperamos que esta masacre conduzca a leyes más sensibles. Comprendemos la política. Sin embargo, es decepcionante que el Presidente no asocie sus palabras de consuelo con alguna advertencia hacia la necesidad de regulaciones de sentido común, que pudieran reducir ese tipo de tragedias.” Y finaliza con una patética expresión: “Las leyes sobre armas en los Estados Unidos no tienen sentido.”

Sin embargo, al leer las declaraciones del presidente Obama se tiene otra opinión: “Está claro, que la posesión de armas tiene una larga tradición en este país y que disparar y cazar son parte de la herencia de la nación.” “Se debe mantener el derecho a tener armas consagrado en la Constitución.” Dijo también, que la mayoría de los amigos de las armas estarían de acuerdo con él en que se debería hacer lo posible para evitar que los criminales y las personas afectadas mentalmente tuvieran acceso a las mismas, en otras palabras, era necesario un mayor control en la venta de armas. Una tarea urgente sería un acuerdo entre los partidos.

Estas expresiones del presidente Obama son arriesgadas ante la proximidad de las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, cuando normalmente los políticos evitan controversias públicas con los aficionados a las armas.

Pero más allá de lo declarativo, existe otro asunto importante: Dada la existencia de enfermos mentales, grupos criminales y varias ideologías de la violencia, ¿cuál sería el diseño racional de las leyes sobre armas? ¿Cómo se puede preservar el derecho a la defensa propia, respetar los derechos de los deportistas y a la vez dificultar los planes de los violentos? En este caso, opinan algunos, el objetivo no sería la prevención de crímenes específicos sino limitar las opciones destructivas de los criminales. Las leyes para el control de armas no van a reducir las masacres de la misma manera como las regulaciones laborales reducen los accidentes industriales. Las masacres son monstruosas violaciones de la ley, que cambios marginales en la misma difícilmente previenen, a menos que sean acumulativos, y esto significa que concretar dichas leyes se dilataría en el tiempo.

En la decisión de la Corte Suprema de 2008 (District of Columbia v. Heller), el magistrado Samuel Alito señaló, que en la misma no se estaban eliminando algunas restricciones al derecho de portar armas de fuego, como la posesión de armas por enfermos mentales y delincuentes,  ni tampoco la prohibición de dicho porte en liceos, universidades y edificios públicos. Debe recordarse, que las garantías de la Segunda Enmienda no son más absolutas que las de la Primera (el derecho a expresarse libremente). En efecto, el derecho a tener y portar armas no significa el derecho a tener un tanque de guerra, un lanzador portátil de misiles o una arma totalmente automática. Tanto esto como el tratamiento legal de las armas de asalto o de los magazines de alta capacidad se sustenta sobre un juicio de prudencia y responsabilidad, no sobre uno constitucional.

¿Tablas en este asunto?

Los conflictos de intereses en esta materia dentro de los Estados Unidos se caracterizan por un estancamiento o un empate entre el derecho individual a portar armas de fuego basado en la Segunda Enmienda y la responsabilidad del Estado de prevenir el crimen, mantener el orden y proteger el bienestar de sus ciudadanos.

Las tragedias mencionadas, y muchos otros casos individuales, son analizados por especialistas y legos desde puntos de vista totalmente opuestos. Para algunos, los análisis subrayan la necesidad de disponer de más armas. Para otros indican la necesidad de mayores regulaciones. Pero ciertamente, las decisiones dependen fundamentalmente del péndulo político, condicionado a su vez por los grupos de presión.

La verdad es que en los Estados Unidos circulan alrededor de 250 millones de armas de fuego distribuidas entre unos 80 millones de ciudadanos, aún en las universidades, tal como se vanagloria el poderoso lobby de las armas Asociación Nacional del Rifle, que tiene 4,3 millones de miembros. Un estudio global de 23 naciones dio como resultado, que 80% de las muertes causadas con armas de fuego ocurrían en los Estados Unidos.

Las peticiones para limitar la posesión de armas chocan con fuerte resistencia. En 1990, según una encuesta de la agencia Gallup, un 87% de los encuestados abogaba por controles de armas más estrictos; en octubre de 2010 solamente un 44% opinaba lo mismo, a pesar de las masacres, atentados y crímenes ocurridos. Igualmente, desde los años 1990 las leyes sobre armas son más laxas, pero simultáneamente la rata de asesinatos ha disminuido con regularidad, lo que refuerza los argumentos del lobby pro-armas.

La experiencia ha demostrado, que después de una masacre el ritual es el mismo: una situación de choque nacional e indignación, comunidades traumatizadas preguntándose cómo pudo suceder, seguido de…nada. Por lo menos, sin ningún progreso en materia de seguridad sobre las armas. Aun cuando la situación general parece inclinarse hacia regulaciones más permisivas, la otra tarea todavía no está perdida.

Es aterradoramente irresponsable la expresión de una estudiante de Utah, que probablemente sea compartida por muchos otros: “Un arma es como el cinturón de seguridad en el automóvil. Una herramienta como cualquiera otra.” Hoy en día, más de 200 universidades de 6 estados de la Unión permiten el porte de armas en sus espacios. En 2011, 21 estados presentaron proyectos de leyes en el mismo sentido: en 2 fueron rechazadas y en los restantes las decisiones están pendientes.

Es difícil prever hasta dónde llegará la sociedad estadounidense en la materia del control sobre las armas. Todos recordamos el eslogan impreso en los billetes de los Estados Unidos: “In God We Trust” (en Dios confiamos). ¿Llegará el tiempo en que habría que cambiarlo por: “In Guns We Trust”?                                                                

(*) Amendment II

A well regulated militia, being necessary to the security of a free state, the right of the people to keep and bear arms, shall not be infringed.

 

eotaizav@gmail.com

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