Caracas, Miércoles, 23 de abril de 2014

Sección: Sociedad

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Los héroes civiles: Cecilio Acosta

José Rodríguez Iturbe

Lunes, 6 de septiembre de 2004

Para no perder el norte es no sólo conveniente sino necesario volver, una y otra vez, la mirada a los ejemplos de auténtica ciudadanía. En momentos de crisis, como los que dolorosamente seguimos viviendo los venezolanos, se impone dirigir la atención hacia aquellos que, más que una cosecha inmediata, para su propio tiempo, dejaron surco grande en nuestra historia porque supieron enfrentar con valentía los abusos de los tiranos. Son aquellos que, más allá de las artificiosidades de la historia oficial, supieron tener altura de maestros. Los que han ido enriqueciendo nuestra perpetua heredad. Son gente, a modo de ejemplo, como Andrés Bello, como Juan Germán Roscio o Fermín Toro; o, para hacer referencia a personalidades más cercanas en el tiempo, a Rómulo Gallegos, Andrés Eloy Blanco, Mario Briceño-Iragorry, Mariano Picón-Salas, Augusto Mijares o Arturo Uslar Pietri. Trazando la elipse existencial de Fermín Toro, llamé a la esforzada talla de ciudadanía de esos que he mencionado y de otros, la doxa civilista en la afirmación republicana de la patria.

En los siguientes párrafos quisiera destacar la figura de Cecilio Acosta. Si Toro es la referencia de la dignidad ciudadana en el tiempo deplorable del Monagato, Acosta y Pérez Bonalde son las figuras que se yerguen frente a la fatuidad deshonesta de Guzmán Blanco.

Cecilio Acosta fue un héroe civil que sabía que había circunstancias en la vida en las cuales, por más poderoso que fuere el adversario, resulta necesario decir la verdad y proclamar valores. Recordar que la vida social y política, sin ética, sin dimensión moral, termina reducida a chiquero y los ciudadanos a puercos. Guzmán lo condenó al cementerio de los vivos. Pero no logró matarlo en la memoria y en el afecto agradecido de las generaciones posteriores de venezolanos.

Nació en S. Diego de los Altos el 1 de febrero de 1818. Falleció el 8 de julio de 1881, a los 63 años de edad. En Caracas vivió siempre de Velásquez a Santa Rosalía, n. 103.

Huérfano de padre desde los 10 años de edad, dedicó su vida al cuidado de su madre, Juana Margarita Revete Martínez de Acosta. Todos sus biógrafos reconocen en su formación espiritual e intelectual la huella del Pbro. Mariano Fernández Fortique, quien lo bautizó como Párroco de San Diego de los Altos.

Comenzó, ya en Caracas, estudios en el Seminario Tridentino. Prosiguió luego estudios de Derecho en la Universidad Central. Licenciado en Derecho, fue posteriormente Profesor de Economía Política y Legislación Civil y Criminal en la misma Universidad. Fue también Agrimensor egresado de la Academia Militar de Matemáticas. Desde 1869 fue Miembro Correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua. La Academia de Bellas Letras de Chile y la Academia de la Lengua de Colombia, así como la Academia Francesa, lo honraron, también, designándolo Miembro Correspondiente.

Acosado por el gobierno, murió aislado y pobre, pero nunca doblegado. Vivió y murió como católico practicante. El Arzobispo dimisionario de Caracas, Silvestre Guevara y Lira lo asistió espiritualmente en sus últimos momentos Rodearon su lecho de muerte su hermano Pablo Acosta Revete y su sobrino Pablo Acosta Ortiz (quien llegaría a ser destacado cirujano; un joven estudiante admirador de Acosta llamado Lisandro Alvarado; un desterrado cubano llamado José Martí; los jóvenes intelectuales Felipe Tejera y Victor Antonio Zerpa; y un amigo colombiano de apellido Rincón.

“Cecilio Acosta murió ?nos dice Manuel Alfredo Rodríguez? en soledad y asistido por la caridad pública. ‘Cerca de las 8 de la noche ?informa Alvarado? la casa estaba desierta’. Era un velorio de ‘caído’ en política y sobre todo pobre; la soledad del vencido en un país que nunca o casi nunca ha tenido piedad para con el infortunio político. Además padeció la mortificación adicional de la ‘cayapa’ contra su persona y su obra animada por la burocrática turba que se envilecía en los congresos o a la sombra de las otras ramas del presupuesto. En un país de aclamacionistas, él tuvo la osadía de repeler una inmerecida agresión de Antonio Leocadio Guzmán, fundador del Partido Liberal y padre del Presidente de la República. La respuesta de la autocracia guzmancista fue la exclusión de toda actividad pública que equivalía en aquellos días a una especie de muerte en vida y por eso el procedimiento recibió el elocuente nombre de ‘cementerio de los vivos’. El resto lo hizo la cobardía de quienes le negaron toda especie de solidaridad por temor a desafiar las iras del Gobierno. El servilismo de la mayoría de los intelectuales de la época llegó a los extremos de regatearle talento y sabiduría”. Y agrega Manuel Alfredo Rodríguez: “Erguido ante la adversidad, Don Cecilio se sometió a la severa autodisciplina de los hombres de honor que Andrés Eloy Blanco ha llamado algo así como la rebelde ciencia de saber renunciar. Esto es, el apartamiento y la oscuridad antes que la transigencia con lo impropio o indecoroso. La pobreza sañuda antes que los oropeles de las posiciones adquiridas al precio de la complicidad”.

¿Por qué recordar a Cecilio Acosta? ¿Sólo por sus padecimientos llevados con suprema dignidad? Por eso, sin duda, pero también por sus enseñanzas, lamentablemente muy poco conocidas. Acosta, por ejemplo, afirmó con rotundidad “que la virtud es santa, que el mérito asciende, que la moral obliga, que los deberes atan, que el desorden no es ley, que el empleo no es tráfico, que el poder no es negocio y que los pueblos no son libres diciéndoles que lo son y esclavizándolos, sino dejándolos como propiedad suya y no absorbiéndolos, por contribuciones imposibles y otros medios reprobados, el pan de la enseñanza y el pan de la familia...”.

Y sobre nuestra condición de países haciéndose, no hechos, clamaba, justamente, por la civilidad despreciada por las tiranías, como única garantía para salir de reacciones pendulares que impiden, una vez y otra, la serena convivencia, la madurez institucional. “Estas Repúblicas ?dijo? padecen de hidrocefalia o de plétora; toda su vida está arriba, y abajo hay poco o nada animado. Como consecuencia de esto se nota un fenómeno que se repite: que las manifestaciones son de servidumbre o de epilepsia: que callamos o peleamos, que pasamos de la mordaza al fusil y que no sabemos hacer uso de ese término medio que reparte el calor en todo el cuerpo, del derecho escrito, de la palabra simpática, de la reclamación digna de la ciudadanía respetable”.

En correspondencia a Rufino J. Cuervo a través de Miguel Antonio Caro, del 20 de junio de 1877, al referirse a cartas suyas que no había llegado a su destino, explicando la causa de tal hecho, deja una semblanza del Septenio de Guzmán Blanco: “Para entonces y de mucho tiempo atrás nos hallábamos sometidos a un gobierno absorbente, por fortuna ya ido (casi le viene estrecho el manto de la patria que le echo para cubrirlo), que no vivió sino de goces epicúreos, fiestas palaciegas, cálculos y medras del agio, ostentaciones bizantinas y los tributos de una servidumbre disciplinada que iba siempre delante de los caprichos para no quedarse detrás de los favores del amo; especie de personalismo teatral que tenia de botarga por lo ridículo, de comedia por la ficción, de tiranía sin ejemplo, menos por la sangre, que es estéril, que por las extorsiones gravosísimas y por las prisiones venecianas, que dan, junto con la venganza, cosecha de oro y lágrimas ajenas; y ya se puede imaginar en semejante estado de cosas, que la libertad tenía que estar sólo en el papel, y el derecho, incluso el de correspondencia, sospechado, espiado, perseguido o mudo”.

Y en otra carta, al año siguiente, el 15 de febrero de 1878, también a D. Rufino, se extiende de nuevo en el tema de los hábitos viciosos existentes en nuestros países: “De resultas, se vive de hoy para mañana; se hace para deshacer; se obra para destruir, se piensa para embaucar; se forman redes para prisiones, y emboscadas para sorpresas; el engaño es recurso, la mala fe viveza, la ruindad título, los bienes mal adquiridos poder, la desvergüenza credencial, el crimen hoja de servicios, la chocarrería gracia, la concusión negocio, el deshonor tráfico, el asesinato blasón; y lo que es más triste por ser semillero para mayor cosecha de males, las costumbres públicas, que reciben su estímulo y su fuerza de los ejemplos autorizados, contaminadores ellos de suyo, se van a la posta contaminando y estragando, para que al cabo, cual llama asoladora, no dejen de la virtud sino el nombre, y ese para pronunciado en secreto, y de la obra del tiempo sino carbones y cenizas”.

Me parece que los textos citados sirven para justificar que se acuda a la memoria de Cecilio Acosta, como héroe civil, para beber de su legado la savia buena del existir republicano. José Martí, en el conocido elogio póstumo de Acosta, publicado el 15 de julio de 1881, en el n. 2 de la Revista Venezolana, escribió: “Ha muerto un justo: Cecilio Acosta ha muerto. Llorarlo fuera poco. Estudiar sus virtudes e imitarlas es el único homenaje grato a las grandes naturalezas y digno de ellas. Trabajó en hacer hombres: se le dará gozo con serlo. ¡Que desconsuelo ver morir, en lo más recio de la faena, a tan grande trabajador....Y cuando alzó el vuelo tenía limpias las alas”.

jbrodriguez@cantv.net

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