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Sección: Global y Social
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Comentarios a la obra de Elio Gaspari
Las Ilusiones Armadas
Carlos Armando Figueredo Planchart
Jueves, 17 de abril de 2003
Lea las partes I y II
La caída de Goulart
En la última entrega de esta serie sobre las Ilusiones Armadas habíamos visto como Elio Gaspari nos dice que el 31 de marzo de 1964 el Ejército había dormido “janguista” para despertar “revolucionario” el 1 de abril. Vamos a ver como fue esa jornada del 31.
No hay duda que el acontecimiento que debía actuar como chispa para la seña que esperaban los militares para dar el golpe tenía que ser la reunión de los suboficiales y sargentos en el auditorio del Automóvil Club, en Cinelandia. Ya nos referimos e esa reunión en la entrega anterior.
Mourão Filho, en Juiz de Fora, decidió entrar en acción. Nos dice Gaspari que el general levaba un diario y que, a las cinco de la mañana anotó: “Yo estaba en pijama y en bata de seda roja. Puedo decir con orgullo de originalidad: creo haber sido el único hombre en el mundo (por lo menos en Brasil) que desencadenó una revolución en pijama” (1). Añade que, en seguida, “disparó su ametralladora. Sus municiones eran números y el artefacto era el teléfono.”(2) Una de las primeras llamadas fue para el general Humberto Castello Branco, Jefe del Estado Mayor. Se nos dice que Castello Branco actuó en dos direcciones: en una, empujaba la insurrección y, en la otra, trató de paralizarla. Era importante lo que acordaran Castello Branco y el general Amaury Kruel, Comandante del Segundo Ejército, basado en São Paulo, quien había sido informado de que Mourao Filho había sacado las tropas a la calle, A pesar de que Castello Branco era muy amigo de Kruel, nos recuerda Gaspari que el comandante del Segundo Ejército también era amigo de Goulart y que éste “acababa de nombrar a su hijo agente del Lloyds Brasilero en Nueva Orleáns y le había conseguido financiamientos públicos para comprar una hacienda de café en Espíritu Santo”. Parece ser que la respuesta de Cruel fue que “Eso no era más que una cuartelada del Sr. Mourão, no entraré en ella.”(3)
Castello Branco se había enterado de que Mourão había llamado a Juiz de Fora al general Antonio Carlos Muricy, un conocido conspirador. Llamó al general Carlos Luiz Guedes, comandante de la Infantería Divisionaria 4, quien, como dijimos antes, no se llevaba nada bien con Mourão y era más bien partidario, con el Gobernador Magalhães Pinto, de rebelar a Minas Gerais, separándolo del gobierno de Goulart. Gaspari nos relata la conversación entre Castello Branco y Guedes:
æ ¿Qué es lo que está pasando por ahí en Minas? El Muricy me comunicó que Mourão lo llamó, y yo le dije que fuese a prevenir cualquier bobería que aquel pretendiere cometer.
æ No va a haber. Hubo. Desde las seis de la mañana nuestras tropas se desplazan en varias direcciones. Deflagramos la revolución.
æ Pero eso es una precipitación; ustedes se están precipitando; van a perjudicarlo todo.
æ Hablé en tiempo pasado, “partimos”, pero, si hubiere alguna cosa tramándose ahí en Río, todavía habrá tiempo de sobra para una toma de posición. Hoy nos detendremos en el límite con el estado de Río, en el Paraíba-Paraibuna, en espera del comportamiento de la tropa del Primer Ejército.
¡Cuidado! ¡Cuidado! Vea lo que dice.
æ El silencio era hasta el desencadenamiento. Ahora no tenemos que temer a más nada.
æ Bien, voy a salir y avisar al personal æconcluyó Castello.(4)
Castello Branco buscó la manera de convencer al Gobernador de Minas Gerais, Magalhães Pinto, de que diera marcha atrás. La respuesta del Gobernador fue que ya no era posible. A Castello no le quedó más remedio que irse a su oficina, en el sexto piso del Ministerio de Guerra, en Río.
Del lado de los militares qua apoyaban al gobierno estaban confundidos. Sabían que había algo en Minas Gerais. El general Assis Brasil, jefe del dispositivo gubernamental, sabía que Mourão y Guedes tramaban algo pero no se preocupaba. Dijo: “Son dos viejitos que están gagá. No son de nada”. “Creía en su dispositivo y lo accionó.”(5)
Cerca de las 9 de la mañana se cerró el aeropuerto de Brasilia. Hacia el mediodía podía verse que el dispositivo del gobierno estaba en marcha. “En la avenida Brasil, principal salida de Río y camino hacia Juiz de Fora, marchaban dos columnas de camiones. En una iban 25 vehículos llenos de soldados, remolcando cañones de 120 mm., pertenecientes al Grupo de Obuses. En otra, en 22 vehículos, iba el Regimiento Sampaio, el mejor contingente de infantería de la Ciudad. De Petrópolis, a medio camino entre Río y Mourão, partió el 1er. Batallón de Cazadores. Era tropa para dar y vender. En el palacio de Laranjeiras había tanta calma que el ministro Abelardo Jurema, inquieto con lo que se decía de Minas, se sorprendió.(6)
La Casa Blanca quiso formarse una opinión del general Mourão Filho y el Departamento de Estado le informó que se trataba de “una especie de oportunista” y “egoísta y despreciativo, interesado en la economía punto de echárselas de economista”. El informe del Departamento de Estado concluía que Mourão “no [estaba] bien visto en el Ejército y probablemente no lideraría una conspiración contra el gobierno, en parte porque no tiene muchos seguidores. Es visto como una persona que habla más de lo que puede hacer”.(7) Ya el Embajador Lincoln Gordon le había informado al Secretario de Estado. Dean Rusk que su “opinión es que esta puede no ser la última oportunidad, pero puede ser la última buena oportunidad para apoyar una acción contra el grupo de Goulart.”(8)
El general Guedes, se había sigilosamente desde la noche. En una casa se reunió con el vicecónsul de los Estados Unidos, Lawrence Laser. Le contó que la rebelión requería apoyo “…blindados, armamentos leves y pesados, municiones, combustible [y] equipos de comunicaciones” y luego el equipamiento necesario para movilizar a 50 mil hombres.(9)
En la mañana del 31 de marzo se produjo el pronunciamiento de la Escuela del Comando y Estado Mayor del Ejército, en Río. Nos cuenta Gaspari que en ella había cerca de cuatrocientos alumnos e instructores, “casi todos mayores y tenientes coroneles indignados con el gobierno y dispuestos a luchar contra él, pero todo el esfuerzo armamentista al que se habían dedicad en los últimos días había juntado un arsenal de apenas 28 pistolas calibre 45, treinta fusiles y tres sub-ametralladoras. La noticia del levantamiento de Minas agitó a la escuela, provocó la suspensión de las clases y estimuló a los oficiales a buscar sus puestos de combate”. Refiriéndose a la acción de esta Escuela, añade:
“No había combates a la vista, hasta que llegó a la escuela un teniente coronel pidiendo que se formara una guardia para proteger a Castello en el Estado Mayor. Se destacaron sesenta oficiales. Esa vino a ser el mayor movimiento de tropas revolucionarias en Río de Janeiro durante el día 31. Fueron al cuartel general a fin de impedir la detención de Castello y, de ser posible, dominar el predio.”(10)
Hubo unos aspectos tragicómicos en la jornada del 31, según cuenta Gaspari:
“Durante algunas horas de la jornada del 31 de marzo de 1964, el gran edificio del Ministerio de Guerra abrigó un escenario del Far West. Los expedicionarios se instalaron en el sexto piso, en torno a Castello. Desconectaron los ascensores principales y bloquearon los pasos de cuatro pisos. La revuelta controlaba los corredores del quinto al octavo piso, mientras el gobierno funcionaba de la planta baja al cuarto y del noveno (donde estaba el gabinete del ministro) al décimo. Una situación de ese tipo no podía durar, Cerca de las 15:30 el gran patio interno del Cuartel general fue ocupado por vehículos de choque de la Policía del Ejército. Entraron con las sirenas sonando y despejaron la tropa que ocupó los pisos de abajo.”(11)
No hubo combate ya que, a las cuatro de la tarde, Castello Branco abandonó el edificio en compañía del general Geisel. Ambos entraron en la clandestinidad. Castello llamó a la Escuela de Estado de Mayor y pidió que se reanudaran las clases. Cuando los revolucionarios que habían salido a proteger al Comandante del Ejército regresaron a la sede de la Escuela, el teniente coronel Newton Araujo de Oliveira e Cruz dijo, uno de los cabecillas se desanimó profundamente.(12)
Los militares que apoyaban al gobierno, por su parte, no dejaban de moverse. El general Luis Tavares da Cunha Mello había sido encargado de ir a buscar a Mourão Filho en las montañas cercanas a Juiz de Fora. La tropa de Mourão se había movido 25 kilómetros en dirección de Río, deteniéndose en la Estación Paraibuna. El general Muricy, en una inspección realizada en horas de la tarde se dio cuenta de que la mitad de sus tropas estaba constituida por reclutas mal instruidos. Había desesperación por la falta de movimiento del general Guedes, desde Belo Horizonte.(13)
Un avión de la Fuerza Aérea, leal al gobierno, había bombardeado a Juiz de Fora con panfletos contentivos de notas oficiales de la Presidencia de la República y del Ministro de Guerra. En la primera, Goulart apelaba al “espíritu legalista de las Fuerzas Armadas” y en la segunda, el ministro, Jair Dantas Ribeiro, hospitalizado por una operación de cáncer de próstata garantizaba la lealtad del “dispositivo” del gobierno. Decía: “No dudaré en sacrificar mi propia salud para cumplir con este deber que tengo para con mi patria y el régimen democrático que defiendo. Habremos de cumplir nuestra misión haya lo que hubiere, cueste lo que costare.”(14)
Las cosas no iban muy bien para los alzados. El general Costa e Silva había abandonado su gabinete en el cuartel general, pensando que estaban arriesgando demasiado y que podían apresarlo. Por su parte, el general Kruel, en São Paulo seguía parado. Gaspari nos narra que el único general que entró a la oficina del Presidente con alguna propuesta fue el jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, Perry Constant Bevilaqua. Meses antes le había entregado a Goulart un documento en el que denunciaba el riesgo de la “ignominia de una dictadura comunista y sindical.”(15) En su conversación con Goulart le había dicho que aún era posible “restablecer la confianza necesaria de las Fuerzas Armadas en el Presidente, pidiéndole que con su “agudo sentido político” tomara algunas actitudes afirmativas, como una oposición a las huelgas y un cambio ministerial.
En el campo político, en Brasilia llegaban los rumores del alzamiento de Minas. Francisco Julião, el jefe de las Ligas Campesinas, anunciaba que “prevalecer[í]a la voluntad del pueblo con Congreso o sin Congreso”. Se producían discursos enardecidos en el Congreso. En Río, Luiz Carlos Prestes, secretario general del Partido Comunista, convocó a una reunión del comité central en la que aseguró que la rebelión sería derrotado.
En decenas de unidades militares, los oficiales y sargentos leales al gobierno dominaban la situación. Gaspari narra la situación de los conspiradores:
…no habían logrado perforar la coraza del Primer Ejército. Los comandantes de los Dragones de la Independencia, del Regimiento de Reconocimiento Mecanizado y del 2º Batallón de Infantería Blindada rehusaron las invitaciones de adherirse al levantamiento. El comandante del Instituto Militar de Ingeniería …negó incluso cederles media docena de radios a los insurrectos. En la bahía de Guanabara una tentativa de sacar a los barcos fuera de la barra fracasó. En la isla del Mocanguê, donde estaban atracados dos submarinos, el almirante Silvio Heck, ex ministro de Marina, después de desembarcar de una lancha disfrazado de pescador, descubrió que perdió el viaje, ya que a uno de ellos le faltaban piezas y al otro, tripulantes. En el palacio Guanabara, el gobernador Carlos Lacerda, protegido por una barricada de camiones de basura, supo que disponía de apenas seis minutos de tiro. Tenía razón el general Castello Branco, quien lo había llamado por teléfono por teléfono a media tarde sugiriéndole que abandonara el palacio, ya que “el Guanabara es indefendible”. Tal como lo registrara el general Guedes “Río era impermeable”. En São Paulo, en el palacio de los Campos Elíseos, el gobernador Adhemar Barros trancó el teléfono cuando Lacerda le preguntó si apoyaba el levantamiento. En la 2ª. División de Infantería, la principal unidad militar del estado, el general Aluizio Miranda Mendes se decía dispuesto a apresar a Cruel en caso de que éste intentase adherir. En Rio Grande do Sul el comandante de la 6º División de Infantería, Adalberto Pereira dos Santos, escapó de Porto Alegre para resistir al “dispositivo [gubernamental]” a trescientos kilómetros de distancia en Cruz Alta.(16)
El gobierno de los Estados Unidos, a través de los informes enviados por la Embajada en Brasil, sentía que la rebelión estaba perdiendo momento por la falta de apoyo. Ya el jefe de la representación americana en Brasilia pensaba que el movimiento iba a fracasar.
En Brasilia, en el Congreso, la oposición al Presidente Goulart estaba muy preocupada. No fue posible que saliera al aire un pronunciamiento del presidente del Senado, el opositor Auro Moura Andrade. Gaspari cita las palabras del Senador Aloysio de Carvalho:
Nadie tiene duda, por los actos realizados en Brasilia, de que el Presidente de la República no pretende otra cosa sino hacerse dictador en el país, utilizando las fuerzas armadas en su objetivo disfrazado, so pretexto de garantizar el orden y el régimen. Después del hecho consumado, de la lucha, se transformará en dictador.(17)
Añade Gaspari que el plenario de la Cámara de Diputados se volvió un pandemonio:
A mucho costo, los parlamentarios con más experiencia lograban impedir que la sesión degenerara en una batalla campal, dejándole a la sección de taquigrafía la eliminación de las palabrotas que adornaban los apartes. El diputado Amaral Netto, dentro del sentimiento de catástrofe de los conspiradores, proclamaba: “Quedémonos en este mausoleo, muramos aquí adentro, pero que todos mueran con dignidad, que nadie se pliegue a este hombre que ya no preside al país legalmente.”(18)
La oposición, en sus momentos de esperanza, esperaba noticias alentadoras. Cerca de la media noche llegaron noticias de que, en São Paulo, el general Kruel se había unido a la rebelión. Los partidarios del gobierno desmentían tales noticias. El diputado oficialista Doutel de Andrade decía:
Vuestras excelencias trataron de pasar el primero de abril (19) con 24 horas de anticipación. […] Gracias a Dios, está a salvo la democracia en este país, está restaurado el imperio de la ley. Gracias a Dios este festival de insurrección ha concluido, está agonizando, está moribundo, está desesperado. De él no quedará más nada, como dije, sino a la frustración, sino el sentimiento de no ver consumadas las intentonas golpistas.
Como se dijo al inicio de esta tercera entrega de “Las Ilusiones Armadas”, el 31 de marzo, el Ejército durmió janguista…” (20)
“…Y acordó ser revolucionario, el día 1º”, prosiguió el general Cordeiro.(21)
De João Goulart puede decirse que, el 1º de abril, después de haber matado el tigre, le tuvo miedo al cuero. Vale la pena citar textualmente las palabras de Gaspari sobre la actuación equivocada del Presidente en ese día:
Para que el presidente venciera en los términos en que su “dispositivo” había colocado la cuestión, era indispensable que diera un último lance de radicalismo, limpio, coordinado y violento. Contra el levantamiento minero, la bandera de la legalidad era corta. Para prevalecer en el cuadro que había radicalizado, hacía falta que Jango golpeara al Congreso, que interviniera los gobiernos de Minas Gerais, São Paulo y Guanabara, que expurgara una parte de la oficialidad de las Fuerzas Armadas, que censurara la prensa, que se amparara en el “dispositivo”, en la sargentada y en la máquina sindical filocomunista. Se trataba de buscar tal cambio en el poder que, en último análisis, durante el día 31 de marzo tanto el gobierno (a través de la izquierda) como los insurrectos (a través de la derecha) necesitaban atropellar las instituciones republicanas.(22)
Al leer el último párrafo de la cita anterior, vale la pena recordar lo que se dijo en la entrega anterior de esta serie: “Lo cierto es que, en los Idus de marzo la democracia brasilera estaba condenada a muerte: si triunfaba el golpe promovido por Goulart se asentaría un totalitarismo de izquierda, mientras que si triunfaban los oficiales de alta jerarquía que querían sacarlo del poder por cualquier vía, se asentaría un totalitarismo de derecha.”
El Partido Comunista brasilero contaba con cerca de 40.000 militantes pero Luiz Carlos Prestes no hizo nada por movilizarlos. Cabe decir lo mismo respecto de las Ligas Campesinas de Julião. El gobernador de Rio Grande do Sul, Leonel Brizola, cuñado de Goulart, no hizo nada tampoco para poner en juego a las decenas de miles de sus llamados Grupos de los Once. En Brasilia, las llamadas a milicias populares, a los sindicatos afectos al gobierno a los estudiantes para que marcharan, no tuvieron éxito. Nos dice Gaspari que tan sólo los trabajadores ferroviarios de la Leopoldina, en el Estado de Minas Gerais bloquearon las vías de la estación. Nos dice también que el jefe del Gabinete Civil de Goulart, Darcy Ribeiro fue el único personaje importante del gobierno y de las izquierdas en tomar posición de ataque, al pedir desde el principio que se bombardeara a las tropas de Mourão en Juiz de Fora.
Luiz Carlos Prestes le había preguntado al general de brigada de la Aviación, Francisco Texeira en Río, si iba a bombardear el palacio de Guanabara, donde estaba el Gobernador Lacerda. Texeira, además de que no tenía condiciones para reunir oficiales en la base Aérea de Santa Cruz, pensaba que bombardear al palacio pondría en riesgo a los moradores de los edificios vecinos.
Sobre lo que había estado ocurriendo a altas horas de la noche del 31 de marzo, leamos lo que dice Gaspari:
En las altas horas de la noche del 31 de marzo el golpe tenía una bandera: sacar a Jango del poder, para combinar el resto después. Ya la defensa del gobierno había caído en una posición endeble. Se trataba de mantener a Jango en el palacio, sin saber directamente para qué, ni en beneficio de quién. Las pocas fuerzas conservadoras que, por razones de conveniencia, todavía estaban asociadas al presidente, disponían de medios para ayudarlo, pero no tenían un propósito para mantenerlo en el poder. Las fuerzas de la izquierda, que tenían el propósito, no tenían los medios. El árbol del régimen constitucional comenzaba a dar señales de que caería a la derecha…
…La izquierda temía que Jango la traicionara… La derecha tenía recelo.
El ex presidente Juscelino Kubitschek había concluido la mañana del 31 opinando que Jango estaba acabado. Había divulgado un manifiesto sibilino en el que una legalidad que reposaba simultáneamente en la “disciplina” (ofendida por la rebelión minera) y en la “jerarquía” (ofendida por la insubordinación de los marineros). A media tarde, JK fue al Laranjeiras y le sugirió a Jango que hiciera un pronunciamiento apartándose de los liderazgos sindicales y de la retórica de los sargentos. Por la noche, recibió a Lincoln Gordon en su apartamento. Mientras el embajador hablaba de la necesidad de que se condujera la sustitución de Jango a través del Congreso y de un proceso que guardase alguna señal de legitimidad, el ex presidente oía al mismo tiempo al embajador y dos aparatos de radio, cambiando nerviosamente de estación, en busca de noticias de Kruel.
Cerca de las diez de la noche del día 31, el general Kruel, en una dramática llamada telefónica, le pidió al presidente que rompiera con la izquierda. Quería la dimisión de Abelardo Jurema del Ministerio de Justicia y de Darcy Ribeiro de la jefatura del Gabinete Civil. Eran los colaboradores del presidente más identificados con el radicalismo. Pedía también que se pusiera fuera de la ley al Comando General de los Trabajadores. Jango sopesó que ese tipo de acuerdo lo llevaría a una capitulación humillante, transformándolo en un “presidente decorativo”. Kruel no tardó en cambiar de tono, mostrándose formal y ceremonioso. El presidente le puso fin a la conversación con aspereza: “General, yo no abandono a mis amigos. Si esas son sus condiciones, yo no las examino. Prefiero quedarme con mis orígenes. El señor que se quede con sus convicciones. Ponga a las tropas en la calle y traicione abiertamente”. (23)
Gaspari señala que no se trataba de una traición de Kruel pues la llamada la hacía en presencia de otros oficiales. Kruel, después de la llamada que le había hecho Castello no sabía qué hacer. Había abandonado su cuartel general temprano, temiendo que fuera atacado por los conspiradores. Cuando regresó a su cuartel general, al anochecer, se encontró que había caído en una trampa ya que había un grupo de oficiales dispuesto a secuestrarlo si se declaraba a favor del gobierno. Su ambigüedad le había corroído el comando. Sabía a esas alturas que muchos oficiales de la guarnición de São Paulo estaban con la rebelión. El comandante del II Ejército entró en la sublevación precisamente tal como lo había previsto días antes el general Castello Branco: “Es preciso que el Kruel marche, así sea con una bayoneta en las costillas”.(24)
Gaspari narra el episodio de la Cámara de Diputados, cuando se supo lo que había decidido Kruel:
En la Cámara de Diputados, Almino Affonso estaba en la tribuna cuando Doutel de Andrade le pasó una nota: “Kruel adhirió”. En el palacio Guanabara, Roberto de Abreu Sodré regresó a la sala donde los lacerdistas hacían su vigilia cívica: “Van todos casa de la puta que los parió, que el Kruel ya está viniendo”.
El llamado “dispositivo” de Goulart que no era otra cosa sino el plan para rechazar y vencer cualquier plan insurreccional se estaba desmoronando. Veamos la descripción de ese deterioro:
Durante las doce horas que siguieron a los disparos telefónicos de Mourão el [dispositivo] funcionó por inercia, sustentado por la modorra que invade a las instituciones democráticas colocadas delante a situaciones imprevistas. Fuera de Minas Gerais, ningún general en comando de tropa había adherido públicamente al movimiento. La cúpula militar mantuvo un ojo viendo hacia arriba, esperando por la acción del gobierno, y otro hacia abajo, esperando por la reacción de los oficiales. La inercia del gobierno le exacerbó [al dispositivo] las vulnerabilidades, tanto en sentido vertical –de la línea de comandos – como en el horizontal – en la base de la oficialidad.
Se nos describe cómo Goulart comienza a perder apoyo dentro de su propia base ministerial, con los ministros militares:
Goulart ya no podía contar con la acción de dos de sus tres ministros militares, El general Jair Dantas Ribeiro, de la Guerra, se hallaba recluso en el hospital, abatido por complicaciones post-operatorias. El almirante Paulo Mario conocía mal su gabinete. El comando de las operaciones legalistas estaba entregado a Assis Brasil, un oficial mediocre que acababa de ganar sus estrellas de general de brigada. Frente a la hostilidad de Castello, el “dispositivo” decidió sustituirlo por el general Benjamin Rodrigues Galhardo , que comandaba el III Ejército. Parecía una maniobra brillante, pues con el mismo lance se designó al general Ladário Pereira Teles (de vacaciones en Friburgo) comandante de la 6ª División de Infantería, en Porto Alegre, abandonada por su titular, Adalberto Pereira dos Santos. Por ser el general de división más antiguo en el área, Ladário se convertiría en comandante interino del III Ejército, el más poderoso del país. Con un palo se mataban dos conejos, Castello y Adalberto. En realidad, se quebraron los palo, y no se mató ningún conejo. Galhardo no llegó a poner pie en el Estado Mayor, y Ladário cayó en un comando desarticulado.
Tampoco iban muy bien las cosas para el “dispositivo” en el Sur. Los cuatro generales con los que contaban estaban de vacaciones y no pudieron llegar a tiempo a sus destinos. Se contaba con el II Ejército y veamos lo que sucedió con el mismo:
En el II Ejército, la pieza principal del “dispositivo” era el general Euryale de Jesús Zerbini, comandante de la Infantería de la Segunda División, en Caçapava. Había asumido la guarnición el día anterior y conocía mal a los coroneles que comandaban los regimientos con que contaba el gobierno para controlar el valle del Paraíba, principal vía de comunicación entre São Paulo y Río. A cuenta de eso, a la una de la mañana del día 1º , cuando llamó por teléfono al comandante del 5º Regimiento de Infantería, tuvo la sorpresa de verificar que el cuartel estaba vacío. Zerbinni mandó una patrulla motorizada a buscar el 5º RI. Años después, comentaría: “Nunca tuve yo noticias de la misma”.(25)
Quedaba Cruel, cuya posición era ambigua pero cuyo papel era de suma importancia para los rebeldes. Veamos lo que nos dice Gaspari:
Al amanecer del día 1º de abril Kruel persistía en su posición de emparedar a Jango sin deponerlo. En su manifiesto había dicho que era necesario “salvar a la patria en peligro, librándola del yugo rojo”, pero no había mencionado al presidente. Se había declarado “fiel a la Constitución” y al “mantenimiento de los poderes constituidos”, e informaba que el objetivo del II Ejército apuntaba “exclusivamente a neutralizar la acción comunista que se infiltró en algunos órganos gubernamentales”. Después de la llamada telefónica de las 22 horas, habló con Jango dos veces más, pidiéndole siempre, en vano, que echara a la izquierda al mar.(26)
Recife era la base del IV Ejército y su comandante, el general Justino Alves Bastos, en quien Goulart confiaba estaba a punto de adherirse a la rebelión. Las posiciones de Kruel y Alves Bastos dieron lugar a la descomposición de la base militar del gobierno. Gaspari describe claramente cómo se llegó a esa descomposición:
La revuelta de los marineros, en la semana anterior, y el discurso de Jango en el Automóvil Club, en la víspera, desestabilizaron a las Fuerzas Armadas. La organización militar, basada en principios simples, claros y antiguos, estaba en proceso de disolución. Habían sido conmovidas la disciplina y la jerarquía. Además de eso, el discurso del presidente había mostrado que la mazorca (27) tenía su protección. Desde 1961, cuando los sargentos fueron piezas importantes para neutralizar la acción de oficiales que pretendían impedir la toma de posesión de Jango, algunas unidades vivían bajo una especie de comando doble, Centenares de oficiales soportaban situaciones vejatorias. En una unidad de la Villa Militar había sargentos que no cumplían turnos de guardia y tenían depósitos de armamento particulares. Uno de ellos amenazó a los “señores reaccionarios”: “El instrumento de trabajo de los militares es el fusil.” Otro, elegido diputado, hablaba de “ahorcamiento de los responsables de la tiranía de los poderes económicos”. En 1963 el general izquierdista Osvino Ferreira Alves, el más destacado de los “generales del pueblo”, conmemoró su aniversario con una fiesta a la que fueron ochocientos subtenientes y sargentos. Los marineros usaban la red de transmisión de los navíos para comunicar sus palabras de orden y, por lo menos una vez, abrieron la caja fuerte del Consejo del Almirantazgo para copiar el acta de una reunión secreta. Su asociación recibió del Gabinete Civil de la Presidencia un cheque de 8 millones de cruzeiros, cinco de los cuales debían ser transferidos a un grupo de sargentos paulistas. Esa anarquía estaba protegida por unos pocos oficiales que simpatizaban con el gobierno y era tolerada por muchos otros, temerosos de enfrentar al “dispositivo” y, con ello, arriesgar la liquidación de sus carreras. La revuelta de los marineros ofendió a la gran masa políticamente amorfa. El levantamiento de Mourão le sugirió la posibilidad del desafío. La inercia del gobierno sirvió de incentivo para moverse o, por lo menos, para no hacer nada.
Fuere como fuere el gobierno, fuere como fuere el presidente, después de acontecimientos como la insubordinación de la marinería y del discurso del Automóvil Club, en algún lugar de Brasil habría un levantamiento. Por definición, ese levantamiento no podría ser reprimido utilizando tropas sometidas a los reglamentos convencionales. Un gobierno que toleraba la indisciplina no debería creer que sería defendido con las armas en la mano por militares disciplinados, obedeciendo órdenes de la jerarquía. Se repitió en los cuarteles el dilema que paralizó a Goulart durante el día 31: el status esperó a ser defendido por la estructura convencional que había desafiado, cuando sólo le restaba el camino de atacarla, antes de que ella lo liquidara.
La debilidad innata de la base del “dispositivo” se extendía hasta el propio corazón de la tropa que el gobierno mandó a subir a la sierra para contener a Mourão. En la columna que avanzaba por la avenida Brasil en la mañana del día 31 se encontraron el Grupo de Obuses y la 1ª Batería del 8º Grupo de Cañones Automáticos de 90 mm. Los obuses no tenían percutores, La batería estaba bajo el comando del capitán Alberto Brilhante Ustra, conocido por haber tenido roces con sargentos militantes y por haberse negado a servir como ayudante de un “general del pueblo”. Creer que un capitán como Ustra dispararía sus cañones por Jango era exceso de optimismo. Su tropa entró en la carretera sometida a un complicado mecanismo de comando. Ustra tenía el armamento, los cabos y los soldados de la 1ª Batería. Aún así, le empujaron los sargentos de la 2ª, mal equipada, a pesar de servida por janguistas. Además de eso, le mandaron a llevar en su jeep a otro capitán más antiguo que él y devoto del gobierno. Elemental: en el alto de la sierra, a la menor señal de vacilación, sería depuesto del mando por los sargentos y sustituido por el pasajero coleado. Durante el tiempo gastado en la carretera, Ustra armó un contragolpe a través del ordenanza, conspirando con un cabo y media docena de soldados que lo ayudaron incluso hasta provocar un atraque en la avenida Brasil para retardar la marcha de la columna, Así, el “dispositivo” se protegía con los cañones de un capitán que no le era leal, suponiendo que él podría ser neutralizado por los sargentos, quienes, a su vez, tenían que enfrentar el complot del capitán con los cabos. Una verdadera anarquía.
Seguía muya mal las cosas para el cuerpo de tropas enviado por el gobierno en contra de Mourão que descendía de Juiz de Fora. El comandante de un Regimiento de Infantería, al aproximarse a lo que podrían ser las líneas de combate habló por teléfono con uno de los oficiales rebeldes. Este le pidió que se adhiriera a la rebelión. El coronel en cuestión respondió: “Yo y toda mi tropa nos solidarizamos con el movimiento revolucionario”.(28)
En Río, Castello Branco y Costa e Silva cambiaban de escondrijos. La principal arma que usaban era el teléfono llamando a oficiales y guarniciones. Al mediodía no habrían logrado ningún alzamiento adicional; sin embargo sus llamadas no eran reportadas al “dispositivo”. Era cómo si los militares estuvieran esperando a ver de qué lado se inclinaba definitivamente la balanza.
Ya desde la mañana, el periódico Correio da Manhã, en Río, titulaba su editorial con la palabra “Fuera” y decía: “No le queda otra salida al Sr. João Goulart que la de entregarle el gobierno a su legítimo sucesor. La única cosa que hay que decirle al Sr. João Guolart es: váyase”.(29)
No había dudas en esos días acerca del hecho de que el gobierno de los Estados Unidos veía con buenos ojos un movimiento que lograra sacar a Goulart del poder pero, como siempre con “escrúpulos democráticos”. El 31 de agosto, cerca de las 4:30 p.m., el embajador Gordon recibió un cuestionario para una teleconferencia en la que participaría el subsecretario de Estado, George Ball. El texto de ese cuestionario lo obtuvo Gaspari en la biblioteca de Lindón B. Jonson. He aquí lo que dice:
El dilema que se nos presenta es:
a) nuestra preocupación de no dejar pasar la oportunidad, ya que tal vez no vuelva;
b) nuestra preocupación de no colocar al gobierno americano frente a una causa perdida. Sugerimos por lo tanto, que no se les sigan enviando nuevos mensajes a los gobernadores o militares brasileros hasta que hayamos tenido la oportunidad de llegar a una decisión con base a esta teleconferencia y en otros acontecimientos durante el día.
[…] Usted ya le envió recados a los gobernadores enfatizando la necesidad de la creación de un gobierno que pueda decirse legítimo. De nuestra manera de ver, las condiciones para la ayuda del gobierno americano son:
a) la gobernación de un gobierno que diga ser el gobierno de Brasil;
b) el establecimiento de algún tipo de legitimidad;
c) la toma y el mantenimiento de una parte significativa del territorio brasilero por ese gobierno, y
d) una petición de reconocimiento y de ayuda de este gobierno y de otros estados americanos, para mantener el gobierno constitucional.
[…] Los elementos mínimos de legitimidad que requerimos son una especie de combinación de los siguientes:
a) el entendimiento de que Goulart practicó actos inconstitucionales;
b) reivindicación de la presidencia por alguien que esté en la línea de sucesión;
c) acción del Congreso o de algunos elementos del Congreso que reivindiquen la autoridad del Legislativo;
d) reconocimiento o ratificación por algunos o todos los gobiernos estadales.
[…] ¿Quienes son los posibles civiles que pueden reivindicar la Presidencia en un nuevo gobierno? Eso no excluye la posibilidad de una junta militar como último recurso, lo que, sin embargo, haría mucho más difícil la ayuda americana.(30)
Como bien observa Gaspari, el gobierno de los Estados Unidos estaba dispuesto a meterse abiertamente en la crisis brasilera en el caso de que estallare una guerra civil. Sin embargo, también aclara el autor que ningún brasilero, civil o militar, participó en la deposición de João Goulart porque los Estados la deseaban. El diputado del estado de Minas Gerais, Francisco Clementino de San Tiago Dantas, un profesor de derecho de actuación muy camaleónica, le había advertido a Goulart acerca de la posición del Departamento de Estado en Washington. Jango, deprimido por ese augurio y por la decisión del general Kruel, resolvió volar para Brasilia. “Le pidió a su piloto que preparara el Avro presidencial, mientras trataba de conseguir un jet de Varig”.
“Vamos, voy a salir de aquí. Me voy para Brasilia. Esto aquí se está transformando en una trampa de cazar ratones”, le dijo a Raul Ryff [el secretario de prensa de la presidencia]. El presidente despegó a las 12:45. Poco antes había estado con el general Moraes Âncora, comandante del I Ejército, quien le había aconsejado abandonar Río. El ministro de Guerra, Jair Dantas Ribeiro, le telefoneó con el mismo ultimátum que había formulado Kruel doce horas antes: exigía que rompiera con la izquierda. Jango rechazó la oferta nuevamente, y Jair le respondió: “A partir de este momentos, presidente, no soy más su ministro de Guerra”.
El general abandonaba el barco antes del naufragio. Sería el único miembro del ministerio en intentar el trasbordo. A aquella altura ya no se servía café en [el palacio de] Laranjeiras. Desde el segundo piso del palacio, la diputada Yara Vargas gritaba: “¡El Jango se fue! Y por el tamaño del avión pedido, me parece que se va para el Uruguay”.(31)
Los acontecimientos que culminaría con la caída definitiva de Goulart se precipitaron:
Goulart voló de una trampa para ratones a una de cazar pájaros. La partida del presidente para Brasilia precipitó la disolución del “dispositivo” en el Ier. Ejército. En el Noreste, el IV Ejército estaba rebelado, y el gobernador Miguel Arraes estaba cercado. Las tropas de Kruel se movían en el valle del Paraíba. Muricy, en la pequeña ciudad de Areal, se preparaba para encontrar la columna del general Cunha Mello. En Rio Grande do Sul, donde Jango pensaba que disponía de una base más sólida, las principales empalmes ferroviarios habían sido obstruidos por los rebeldes, En uno de ellos, un coronel bloqueó todo un agrupamiento enviado a Santa Cruz do Sul para llevar el 8º Regimiento de Infantería a Porto Alegre.(32)
Hubo ciertos elementos de jocosidad en las actuaciones de los militares en Río de Janeiro. Así nos cuenta Gaspari un episodio digno de película europea sobre golpes de estado:
Al mediodía unos pocos automóviles se detuvieron frente al cuartel general de la Artillería Costera, que colindaba con el fuerte de Copacabana. De uno de los carros descendió un señor que, al ser interceptado por el centinela, le dio un empujón y, con arma en mano, entró al cuartel. Era el coronel Cesar Montagna de Souza. Atrás de él. Armados y gritando, entraron diez y nueve oficiales, todos en ropa de civiles. El comandante de Artillería Costera, general Antonio Enrique Almeida de Moraes, había tolerado la rebelión del fuerte. Se limitó a pedirle al coronel rebelado que cambiara de idea. Como él no cambió, quedaron de un lado los revoltosos con el fuerte y del otro el general con el CG, doce sargentos, y veinte soldados. Durante toda la mañana la revuelto y la legalidad se confundieron como en una pasta. Los dos cuarteles no tenían ni siquiera una cerca que los separara. Los rebeldes entraban por los fondos del terreno del CG sin ser incomodados por el general y sin incomodarlo, Cuando fue invadida la Artillería Costera, el teniente coronel Newton Cruz, uno de los rebeldes del fuerte, estaba en el CG del general Almeida de Moraes, Cuneta: “Estábamos allí dentro, con la situación controlada, cuando entró Montagna. Ellos entraron gritando. Yo pregunté qué era todo aquello y ellos gritaban más, como si estuviesen en combate, Pensé para mi mismo: ‘ mal no va a hacer. ’ No había razón para aquel barullo. El CG estaba tomado. Fue un golpe contra media docena de burócratas que estaban allí dentro. Una payasada”.
Una payasada para quien veía de adentro hacia fuera. Para quien veía de afuera hacia adentro, la revuelta militar que en más de 24 horas no había producido un solo intercambio de disparos, acababa de tener su gran momento. La garita del CG quedaba debajo de las ventanas de la mayor televisora del país –la TV Rio – y se filmó parte del episodio.. Poco después estaba en el aire como gran suceso.(33)
En la tarde del 1 de abril todavía había mucha indecisión en el seno de las Fuerzas Armadas. Había comandantes de guarniciones que rehusaban plegarse a la rebelión pero no reaccionaban en contra de quienes los invitaban a alzarse. Se estaba como en espera del enfrentamiento de Cunha Melo, oficialista, con Muricy. Ya no se jugaba tanto una partida militar sino más bien cartas políticas. Se buscaba atraer a los indecisos para el lado de los rebelados, al precio más bajo posible, “permitiendo que se depusiera el gobierno sin fracturas sangrientas en las Fuerzas Armadas.’(34)
Se buscaba preservar el máximo posible de unidad militar, olvidándose de las lealtades y malquerencias de la víspera. La pieza típica de ese cuidado fue el Manifiesto de los Generales de la Guanabara. Redactado por [el general] Golbery en la mañana del 1º de abril y firmada por Castello y Costa e Silva, la proclama acusaba a Jango de ser dominado por una “connivencia ostensiva con notorios elementos comunistas” y de haber caído en “flagrante ilegalidad”. Hacía un llamado para que, “cohesionados, restauremos la legalidad”, y concluía repitiendo la consigna: “camaradas del Ejército, unámonos en defensa de Brasil.”(35)
Todavía escondidos, Castello, Geisel y Golberry seguían haciendo llamadas. Con ellos se hallaba el mariscal Ademar de Queiroz. Había preocupación en cuanto a lo que seguiría después de la victoria, cuando se destaparían las ambiciones.
Por su lado, Costa e Silva le había pedido al general que aún defendía al gobierno, Âncora que se rindiera. Âncora dijo que le había hecho una promesa a Goulart y pidió conferenciar con Kruel en la Academia Militar de Agulhas Negras (AMAN) a mitad de camino entre São Paulo y Río. Veamos lo que nos dice Gaspari al respecto:
Âncora llegó a la AMAN a mitad de la tarde, dispuesto a rendirse, pero Kruel sólo apareció a las diez y ocho horas. En Areal, sin la tropa del 1er. RI, Cunha Mello se dio cuenta de que defendía una legalidad sin retaguardia. Muricy le había enviado un recado informándole que “como caballero” no dispararía el primer tiro sin avisarle. Antes de la puesta del sol el general le envió un emisario al comandante rebelde. Sabía del encuentro de la AMAN y se juzgaba sin comandante. Quería retirar su tropa, pero le pedía a los revoltosos que sólo avanzaran dos horas después de su retirada, para que la misma no luciera como fuga. Muricy le dio una hora de ventaja y comenzó a descender de la sierra.
Resulta difícil saber lo que tramaba Goulart en esos momentos. Gaspari especula:
Lo que Jango pretendió al enviar a Âncora a hablar con Kruel, no se sabe, De su campo partían mensajes discordantes. Por un lado, se informaba que le había pedido a Juscelino Kubitschek que intentara una mediación con el gobernador Magalhães Pinto. Por otro, el jefe de su Gabinete Civil, Darcy Ribeiro, planeaba la ocupación del Congreso y había convocado al palacio del Planalto a dos dirigentes del Partido Comunista Brasilero. Uno de ellos era el diputado federal Marco Antonio Coelho, viejo conocido de Darcy, que lo había reclutado para el PCB en 1942. Para ese encuentro hay dos versiones y una elipsis. Una, que circuló en esa época, fue conformada al autor en julio de 1969 por Darcy y en el 888 por Marco Antonio. El profesor les habría ofrecido a los comunistas subametralladoras y una lista de políticos que debían ser ejecutados. En ella estaban los nombres del presidente del Supremo Tribunal Federal (Álvaro Ribeiro da Costa), del presidente del Senado (Auro Moura Andrade) y de algunos parlamentarios, entre los cuales Milton Campos y Bilac Pinto. La oferta fue rechazada. Darcy no registró ese hecho en sus memorias. En la elipsis, se recordó que, en esa tarde, dio “órdenes que no podían cumplirse”. En 1999, Marco Antonio concluyó sus memorias y, dudando de su recuerdo, registró una situación diferente. Las armas, con certeza, se limitaban a un fusil-ametralladora. El propósito habría sido apresar, y no matar, a las personas que aparecían en la lista. Los comunistas respondieron que no se lanzarían a actos de “terrorismo”.(36)
En cuanto a lo que pretendía el general Kruel, quien, como hemos visto, ya se había manifestado abiertamente a favor de la rebelión, Gaspari nos dice lo siguiente:
Lo que Kruel pretendió al ir a encontrarse con Âncora en Resende ya aparece más claro. Jango estaba en el piso, se vivía “la fase de las ambiciones”, y el comandante del II Ejército, que comenzó a decidir el lance al abandonar al presidente, tenía un fantasma frente a él: su viejo enemigo Castello Branco y todo aquel grupo de oficiales que pasó a girar en torno al jefe del Estado mayor. Un paso en falso, y Castello podría pasar más allá de él. Âncora llegó a la AMAN en estado deplorable, abatido por una crisis de asma. Los dos generales se entendieron. El I Ejército se rendiría, y el general Costa e Silva, conforme a lo propuesto por Kruel, asumiría el Ministerio de Guerra. Por el manual, en ausencia del titular, el cargo le correspondía al Jefe del Estado Mayor del Ejército.(37)
¿Qué iba a hacer el general Castello Branco? Veamos:
Castello sabía de eso. A las 17h45 salió de la clandestinidad, tomó un automóvil y se fue a visitar el fuerte de Copacabana, donde resolvieron homenajearlo como si fuese el nuevo ministro, con una salva de 24 tiros de los viejos cañones Schneider. Al quinto disparo se regó el pánico en la Zona Sur y se interrumpió la salva, siendo así cinco las cargas de artillería consumidas en todo el país. El general se demoró un poco y salió para el cuartel general.
Llegó a las veinte horas. Luego, apareció Costa e Silva. Fue al gabinete de Castello, donde estaba Geisel, a tratar sobre el futuro.
El entonces teniente coronel Leonidas Pires Gonçalves, saliendo del baño, cuya puerta quedaba en el corredor del gabinete de Castello, presenció el siguiente diálogo de Geisel con Costa e Silva:
—¿Por qué el señor no va a asumir el Ier. Ejército?
—Porque voy a asumir esa cosa toda — respondió Costa e Silva, elevando la voz.
Costa e Silva asumió violentamente. Su apuesta estaba en el apoyo de Kruel, que veía en el conductor de ganado de pasado inexpresivo una barrera eficaz para cortarle el camino a Castello.(38)
Como bien se observa, los líderes de la rebelión ya consideraban un hecho la caída de Goulart. Se hizo clara la ambición de todos y estaban en marcha las maniobras para tener el poder y repartirlo. Castello Branco, Costa e Silva y Geisel llegarían a ejercer cada uno la Presidencia de Brasil. Golbery sería el creador del poderoso servicio de información que iba a servir para el afianzamiento de la dictadura.
Goulart, en Brasilia, se dio cuenta de que había caído en otra trampa. Huyó en un avión, para Rio Grande do Sul. El Presidente del Senado, Auro Moura Andrade, declaró vacante la Presidencia de la República y preparó la ceremonia de asunción del poder, constitucionalmente, del presidente de la Cámara, diputado Ranieri Mazzilli. Cuando comenzaba la toma de posesión de Mazzilli, la legalidad, representada por Darcy Ribeiro, estaba en el piso de encima en el Planalto. Se dio una ardua discusión en cuanto a la lealtad del comandante de la Región Militar de Brasilia, general Nicolau Fico, Darcy lo tildó de mono “(estoy viendo como crecen los pelos en su cuerpo”), le dijo antes de marcharse. Son elocuentes las palabras de Gaspari sobre estos episodios:
La toma de posesión de la Presidencia de la República por parte del diputado Ranieri Massili era inconstitucional, visto que João Goulart todavía se encontraba en Brasil. A pesar de todo llenaba un espacio vacío, la necesidad de un resultado aparentemente legítimo. El departamento de Estado americano estaba listo para recibirlo desde septiembre de 1963. En pocas horas la Casa Blanca y la embajada en Río comenzaron a discutir el texto y la oportunidad de una nota del presidente Lyndon Johnson reconociendo al nuevo gobierno brasilero. La Constitución determinaba que, en caso de vacancia de la Presidencia en la segunda mitad del mandato de su titular, la vacante debería ser llenada por el Congreso. Mazzilli no tenía biografía que loe permitiese durar. Tal como le informara la CIA a la casa Blanca el día 2 de abril, “Ranieri Mazzilli acumuló una fortuna considerable, pero su riqueza no vino de herencia. Ella se amasó a lo largo de una dura ascensión burocrática.(39)
Los últimos momentos de Goulart como Presidente:
Mientras Mazzilli tomaba posesión en el Planalto, el Avro AC2501 aterrizaba en Porto Alegre. Durante el resto de la madrugada del 2 de abril Jango exploró la fanatasía de la resistencia. Fue donde el comandante del III Ejército escoltado por la compañía de Guardia, se reunió con Brizola, recogió noticias desastrosa y tuvo una crisis de llanto. Al inicio de la mañana, tal como había sucedido en Río y en Brasilia, se vio nuevamente en una trampa. El general Floriano Machado entró en el cuarto donde estaba el presidente y le avisó: “Hay tropas de Curitiba que marchan sobre Porto Alegre. El señor tiene dos horas para dejar el país si no quiere caer preso”.
Goulart renunció a la resistencia después de oír los consejos de su fiel general Assis Brasil. Con Goulart fuera de Brasil ya estaba abierta la vía que se consideraba constitucional para reemplazarlo. En la próxima entrega veremos cómo se desenvolvió la lucha por el poder por parte de los jefes rebeldes y cómo llegó a ser Presidente el general Castello Branco.
Notas:
(1): Elio Gaspari, A Ditadura Envergonhada, op. cit., p. 68.
(2): Ibidem.
(3): Ibidem, p. 69.
(4): Ibidem, p. 69, 70.
(5): Ibidem, p. 70,
(6): Ibidem.
(7): Ibidem, p. 72.
(8): Ibidem.
(9): Ibidem, p. 73. Citando, en nota 106 a Carlos Luiz Guedes, Tinha que ser Minas, pp. 223. El telegrama de la CIA donde se narra el pedido de combustible hecho por un “comandante” integrado a los “conspiradores de Minas Gerais”, es del 30 de marzo.
(10): Ibidem.
(11): Ibidem, p. 74.
(12): Ya siendo general, Newton Cruz, en 1987 dijo:“Cero a cero y la pelota en el centro. Cuando vi eso llegué a llorar, porque revolución que comienza y acaba con todo el mundo regresando a casa no alcanza nada. No iba a haber ninguna revolución”. Ibidem, p. 75 y nota 115.
(13): Ibidem, p. 75.
(14): Ibidem, p. 76, citando a Carlos Luiz Guedes, Tinha que ser Minas, pp. 218-9.
(15): Ibidem, nota 121.
(16): Ibidem, pp. 78-79
(17): Ibidem, p. 80, citando al Diario do Congreso Nacional, 1º de abril de 1964, Sección B, p. 5.
(18): Ibidem.
(19): Nota del comentarista: el 1º de abril, en Brasil, tal como en Europa, Estados Unidos y otros países, es el equivalente del 28 de diciembre en Venezuela, en el cual se hace “caer por inocente” a muchas personas.
(20): Tales fueron las palabras del general Cordeiro de Farias, pronunciadas 26 años después del 31 de abril de 1964, citadas por Aspásia Camargo y Walder de Goes, en Meio século de combate æ Diálogo com Cordeiro de Farias, p. 566. Citado por Gaspari Elio, A Ditadura Envergonhada, op. cit., p. 81, n. 146.
(21):Ibidem.
(22): Elio Gaspari, A Ditadura Envergonhada, op. cit., p. 83.
(23): Ibidem, pp. 87 y 88. La conversación entre Kruel y Goulart, es una cita del libro de Luiz Alberto Moniz Bandeira, O governo João Goulart, p. 180 con base en entrevistas con Goulart y Kruel.
(24): Ibidem, p. 88.
(25): Ibidem, p. 90. Citando a Hélio Silva --¿Golpe o contragolpe?, p. 392
(26): Ibidem.
(27): N. del T.: con “mazorca” se refiere a los radicales.
(28): Ibidem, p. 94
(29): Ibidem, p. 96.
(29): Ibidem, pp. 100, 101.
(30): Ibidem, p. 103, citando a João Pinheiro Neto, Jango, p. 125.
(31): Ibidem.
(32): Ibidem, pp. 103, 104.
(33): Ibidem, p. 105
(34): Ibidem, pp. 105, 106.
(35): Ibidem, pp. 107, 108.
(36): Ibidem, pp. 107, 108.
(37): Ibidem,p. 108.
(38): Ibidem,p. 108, 109.
(39): Ibidem, pp. 112, 113.
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