Caracas, Sábado, 19 de abril de 2014

Sección: Sociedad

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Abajo Cadenas

El 19 de abril de 1810

Eduardo Casanova

Martes, 19 de abril de 2005

El 19 de abril de 1810 se produjo el primer golpe de estado exitoso de la historia de Venezuela, pero no fue un golpe a favor de la Independencia, sino en defensa de los derechos del rey de España. Hablar, por lo tanto, de patriotismo venezolano en relación a esa fecha, no refleja la realidad. Fue más bien un enfrentamiento entre los adversarios de la revolución francesa y sus partidarios, en el que Francisco Salias, que fue el protagonista criollo del hecho, se oponía a la Revolución, y Vicente Emparan, el protagonista español, la defendía.

Francisco Salias (1785-1834), tal como sus hermanos, Vicente (1776-1814), Pedro (muerto en 1814) y Juan (muerto en 1816), parece un personaje de drama o de ópera o de novela, creado por un poeta o por un narrador únicamente para su fugaz aparición el Jueves Santo 19 de abril de 1810, cuando en gesto que la posteridad ha fijado como eminentemente teatral (o novelesco), detuvo al gobernador y capitán general Vicente Emparan frente a la puerta de la Catedral, a pocos pasos de la torre, le señaló la antigua Cárcel Real, sede del Ayuntamiento y prácticamente lo obligó a regresar al sitio en donde debía seguir reunido el Cabildo, a no ser porque pocos minutos antes Emparan había suspendido una reunión convocada por los patriotas con el objeto de tomar una decisión ante las graves noticias que acababan de llegar a la ciudad, pues el 17 de abril se supo de manera oficial que los franceses habían tomado Sevilla, se había disuelto la Junta Suprema de España y se había formado el Consejo de Regencia. Ese mismo día, o el siguiente, llegaron a Caracas los quiteños Antonio de Villavicencio y Carlos Montúfar y el español José Cos de Iriberriz, con noticias concretas acerca de la situación, que venían a dar la razón a quienes afirmaban que la invasión francesa de España disolvía el vínculo de la América española con la metrópoli, pues éste era con el rey en persona, y no con un usurpador, lo cual, desde luego, era en muchos casos una forma ajustada a derecho de independizarse, de hacer que se materializaran en Caracas y en Venezuela las prédicas que desde el extranjero habían regado Francisco de Miranda y otros visionarios. Emparan, que era amigo personal de casi todos los que así pensaban y había sido liberal y hasta francófilo, y que pocos días antes había confinado en sus haciendas, entre otros a Simón y Juan Vicente Bolívar al serle delatada la "conspiración de la Casa de Misericordia" (2 de abril de 1810), entendió perfectamente hacia dónde se dirigían los acontecimientos y hasta supo, por una delación o una indiscreción, que durante el 18 y hasta la madrugada del 19 se habían realizado varias reuniones en las que los conjurados decidieron utilizar el hecho de que el gobernador y capitán general tendría que ir al Cabildo Municipal y a la Catedral durante las ceremonias religiosas del Jueves Santo, para plantear en términos conflictivos la situación. Situación que, por otra parte, no tenía nada de novedad, puesto que en la Metrópoli venía debatiéndose el asunto desde hacía no menos de tres años, por lo que era poco menos que imposible, a pesar de las barreras culturales que los gobernantes pretendieron imponer, que en la América española se ignorara de manera total la realidad de la Península y del continente europeo. Emparan lo sabía, y no se hacía ilusiones. Por debilidad, o porque su información no era completa, cuando la realidad le estalló en la cara permitió que se iniciara la reunión del Cabildo y que se discutiera la situación en términos muy precisos, pero a las nueve de la mañana, consciente de que todo tomaba un giro muy peligroso para su autoridad, cortó de raíz el debate con el alegato de que debía asistir a los oficios divinos en la Catedral. Acompañado por el Cabildo en pleno, y en medio de un ambiente de agitación e inquietud, atravesó la Plaza Mayor, de Oeste a Este entre gentes que gritaban "¡A Cabildo, a Cabildo!", y fue entonces, al llegar a pocos pasos de la puerta de la Catedral (y de la esquina de La Torre), cuando Francisco Salias, con gesto decidido, lo hizo regresar a las casas consistoriales. Hubo un momento especialmente tenso, cuando los granaderos, formados ante el templo, se prepararon para cargar en defensa de Emparan, primera autoridad civil y militar de la Capitanía General, pero su jefe, el capitán Luis de Ponte, pariente de los Bolívar y los Tovar, les ordenó quedarse en posición de firmes, con lo cual Emparan se enteró, ya sin duda alguna, de que se acababa de consumar un golpe de estado y no le quedaba otro camino que ceder, regresar al Ayuntamiento, ubicado en donde hoy vemos la Casa Amarilla, y tratar de ganar un tiempo que ya lo había condenado a la derrota. De manera que la acción principal del primer verdadero golpe militar de Venezuela tuvo lugar en la esquina de La Torre, a pocos pasos de la puerta principal de la Catedral de Caracas. Las otras acciones, en especial las deliberaciones y debates que se produjeron luego de que Emparan, el Intendente Vicente Basadre y los otros españoles peninsulares fueron sacados del lugar, y que condujeron a un nuevo gobierno y, por ende, al nacimiento de una y varias naciones americanas libres.

A partir de ese momento, los hechos se les fueron de las manos a los que sólo aspiraban a que se mantuvieran en la América española los derechos del rey Fernando VII. Los jóvenes mantuanos que paradójicamente buscaban una revolución política y social a partir de evitar una revolución, terminaron por llevar el país a la Independencia. Entre ellos estuvo Simón Bolívar, que fue el factor principal en el regreso de Francisco de Miranda a Caracas y la imposición de las ideas independentistas.

El pobre Emparan, cuya vida terminó en realidad ese día, una vez depuesto fue encerrado en su casa, en las Esquina de las Madrices, probablemente consciente de que los hechos acababan de convertirlo en el último gobernador y capitán general impuesto por Madrid a Venezuela. Era Jueves Santo, y don Vicente entró, acalorado a pesar de que la temperatura de la ciudad no era alta, a la casona. Fue directamente a sus habitaciones en los altos y con rabiosa prisa se despojó de ropas y ornamentos. Estaba indignado consigo mismo y con los regidores y los curas y los agitadores que lo habían forzado a pasar definitivamente a la historia como un derrotado. Derrotado en el fondo por él mismo, por su inconsistencia, que lo llevó de un lado a otro, de un bando a otro, sin constancia ni firmeza en sus ideas. Derrotado por no haber sabido enfrentar la realidad.

Uno se imagina su furia, su desilusión por todo lo que le tocó vivir en Venezuela, su rabia por no haber sabido conservar el mando, que entregó, según sus propias palabras, a causa del grito de "un pillo". No debe haber sido la suya una voluntad muy sólida cuando un solo hombre, un solo "pillo", lo hizo entregar el poder al Cabildo. De él se cuenta que mientras fue gobernador de Cumaná (en dos períodos: 1796-1800 y 1800-1804) supo ganarse buena fama de liberal, y no tuvo temor de enfrentarse a Caracas cuantas veces lo consideró necesario. Ocupaba el cargo (que en otro tiempo ejerció don Carlos de Sucre y Pardo, bisabuelo del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, y por lo tanto abuelo de don Vicente Sucre, quien asumió el poder ejecutivo de esa provincia al seguir el ejemplo de Caracas en 1810) cuando Alejandro de Humboldt y Aimé Bonpland iniciaron su viaje al continente americano, al que entraron por Cumaná en 1799, en tiempos en los que el gobernador Emparan no ocultaba (aunque tampoco proclamaba) sus simpatías por la Francia revolucionaria. Al terminar su gestión cumanesa regresó a España, la España de Carlos IV y Godoy, obligados a combatir a esos franceses que hasta entonces habían despertado las simpatías de los liberales como Emparan, por lo que con toda seguridad, internamente se oponía al monarca y al favorito; la España que luego se alió con Napoleón y vio ocupar su territorio por los franceses con la excusa de invadir a Portugal, por lo que se produjo el Motín de Aranjuez; la España, en fin, de las grandes contradicciones que, mal que bien, se reflejaban en la tranquila y hermosa ciudad de Caracas mientras esperaba bajo la luz caleidoscópica de su montaña cinética. En enero de 1809 recibió el nombramiento de capitán general de Venezuela y viajó de nuevo a la América española a sustituir a don Manuel de Guevara Vasconcelos, que ejerció su cargo entre 1798 y 1807, y a quien Emparan, en más de una oportunidad, se enfrentó con energía desde Cumaná. Fue Guevara y Vasconcelos el que hizo ejecutar a José María España el 8 de mayo de 1799, y el que hizo acuñar la primera moneda caraqueña, para evitar la práctica de las fichas o señas de los pulperos, y el que gobernaba Caracas cuando por vez primera un venezolano (Francisco de Ibarra, nacido en Guacara en 1726) fue Arzobispo de Caracas. También le tocó enterrar al Arzobispo Ibarra, muerto en 1806. Igualmente fue Guevara y Vasconcelos el encargado de recibir las primeras vacunas que se aplicaron en Caracas, y el que dispuso que se repeliera el intento de invasión por Ocumare de don Francisco de Miranda, ese mismo año de 1806. Guevara y Vasconcelos terminó de morir en octubre de 1807, y se encargó del gobierno el Teniente de Rey Juan de Casas, que como segundo había prohibido la sola mención de Miranda en Caracas y como gobernador encargado le encomendó a Andrés Bello que tradujera del Times de Londres las graves noticias acerca de lo sucedido en Bayona, en Francia, en donde Napoleón Bonaparte, muy a su estilo, convirtió una conferencia entre él, Carlos IV, María Luisa y Fernando VII en un golpe de mano, mediante el cual impuso a su hermano José como rey de España. Esa fue la causa de que los españoles empezaran a formar Juntas, con el apoyo de los ingleses, que aprovechaban para enfrentarse a Napoleón. En Caracas ello generó la llamada "Conspiración de los Mantuanos" (1808), cuando los mantuanos o blancos criollos trataron de constituir una Junta de Gobierno que rigiera la Capitanía General de Venezuela y desconociera la autoridad de la España invadida por Bonaparte. Eso ocurrió al llegar a La Guaira un buque francés, el "Serpent", cuyo capitán pretendió que De Casas reconociera la autoridad francesa (Andrés Bello le sirvió de intérprete) y el encargado, simplemente, no tomó decisión alguna. Un militar español y José Félix Ribas se enfrentaron a un marino francés y mucha gente salió a las calles a manifestar en favor de Fernando VII y contra Napoleón, especialmente de la clase de los mantuanos o grandes cacaos. El gobernador encargado actuó con dualidad, o, como dice Luis Alberto Sucre "creyó que por medio del engaño podría dominar la situación": por una parte se negó a cumplir las órdenes que traían los marinos franceses, pero por la otra no quiso aceptar que se formara una Junta de Gobierno. El Cabildo Municipal de Caracas apoyó a los mantuanos y De Casas no pudo resistir y debió autorizar que se proclamara el apoyo a Fernando VII. Súbitamente apareció en La Guaira un buque inglés que apresó al de los franceses. Los mantuanos conspiraban en la Cuadra de los Bolívar, y uno de ellos habló claramente de expulsar no ya a los franceses, sino a los franceses y los españoles, lo cual fue utilizado por De Casas para reprimir a los blancos criollos, enviar algunos a las bóvedas de La Guaira e invitar a otros a que se fueran de la ciudad y se quedaran en sus haciendas, a la vez que, con una nueva demostración de dualidad, consultaba al Ayuntamiento sobre la posibilidad de crear una Junta igual a la de Sevilla. El 27 de julio el Ayuntamiento aprobó la idea y el propio De Casas se vio nominado para presidirla, pero no se atrevió a seguir adelante con la iniciativa. Fue entonces cuando se trajo una imprenta a Caracas para editar un periódico que contrarrestara los rumores. Y fue en esos días cuando los mantuanos jóvenes se deslindaron en materia de ideas de la generación anterior: los mayores creían en la conveniencia de preservar, en efecto, los derechos de Fernando VII, que era una forma, además, de combatir las tendencias revolucionarias francesas, pero los mantuanos jóvenes ya empezaban a orientarse hacia una revolución que no podía ser muy lejana a la francesa, querían la independencia total, la creación de una auténtica república en tierras americanas, y, lo que es más importante, la eliminación de los privilegios de clase. Es la primera (y única) vez en la historia en que una clase se suicida en aras del progreso social, lo cual es muy diferente a que sea eliminada por las otras. La verdadera Conspiración de los Mantuanos hizo crisis en 1808, con la actuación destacada de Antonio Fernández de León (que después sería el Marqués de Casa León, cambiaría de bando y se convertiría en nuestra versión tropical de Judas) y del marqués del Toro y José Félix Ribas. Apareció entonces un documento con cuarenta y cinco firmas, entre ellas la del Conde de Tovar, en la que se pedía la creación de una Junta Suprema de Caracas. La reacción no se hizo esperar: Fernández de León fue enviado a España (de donde regresaría convertido en Marqués de Casa León), el Marqués del Toro, José Tovar y Ponte, José Félix Ribas, Mariano Montilla, Pedro Palacios Blanco, Juan Nepomuceno Ribas, Luis López Méndez y Nicolás Anzola fueron juzgados y, finalmente, sobreseídos. Todo quedó en un sobresalto que, aunque se hiciera en defensa de España, tiene que ser considerado uno de los hitos del sinuoso camino que llevaría a la emancipación de Venezuela y de la América española. En mayo de 1809, don Juan de Casas hizo entrega de la agónica autoridad española en Caracas a Emparan, quien llegó en esta segunda oportunidad a las costas venezolanas acompañado por un pequeño séquito, en el que venían Fernando Rodríguez del Toro, pariente de Simón Bolívar y de todos los grandes cacaos, y el intendente Vicente Basadre, otro de los deuteragonistas del 19 de abril de 1810.

Empezaba un período de verdadero cambio en tierra venezolana, un período de agitación e inestabilidad que duraría casi un siglo. Y uno de los sitios que más tuvo que ver con ese cambio fue la antigua casa de don Domingo Rodríguez de la Madriz, pues en ella se instaló a vivir don Vicente Emparan, en la actual esquina de Las Madrices. Una casa que había sido ya centro de actividades sociales y de recepción de la gente importante que venía de España y que había servido de morada a muchos de esos personajes de fuste. Entre otros, algunos de los gobernadores y capitanes generales.

Emparan tuvo que enfrentar un durísimo período de agitación política, de conspiraciones y hasta de alzamientos militares (con lo cual se iniciaba una tradición desafortunada que, con sus altibajos, se mantendrá hasta la década de 1990); período que, en su caso, culminará ese Jueves Santo 19 de abril de 1810, cuando con el intendente Basadre y un puñado de sus seguidores es sacado de la sala del Ayuntamiento, ya depuesto (o renunciado) y es llevado en calidad de preso a su propia casa en la esquina de Las Madrices. Desde sus ventanas, cuenta Basadre, se oían canciones patrióticas. Una de ellas, que era un arrorró, hoy día nos resulta conocidísima, cuya autoría fue atribuida por un Decreto de Guzmán Blanco a Lino Gallardo y a Vicente Salias, pero que, de acuerdo a una seria investigación de Alberto Calzavara fue hecho por Juan José Landaeta y Andrés Bello, y no precisamente en defensa de la Independencia, sino de la condición de los derechos del rey de España, de manera que el despotismo a que se refiere es el revolucionario proveniente de Francia. Lo más importante de esa canción es que llama a los venezolanos a acabar con las cadenas y a que todos los pueblos sigan el ejemplo “que Caracas dio”, que terminó siendo el de rechazo a la dependencia y a la tiranía, viniere de donde viniere.

El 21 de abril, seis días antes de que la Junta de Caracas emitiera un manifiesto dirigido a todos los Cabildos de la América española en el que los exhortaba a cumplir lo que pedían esas palabras del que después se convirtió en el Himno Nacional de Venezuela, don Vicente de Emparan y Orbe, que había permanecido como prisionero en la casa de Las Madrices, custodiado por tres guardias armados mientras varios de sus compañeros de gobierno esperaban en las mazmorras de la Cárcel Real (esquina de Principal) o de La Guaira, se encontró con ellos y salió, rumbo a Filadelfia, a bordo del bergantín "Pilar". Desde Filadelfia haría lo imposible por evitar que los mantuanos, ahora al frente de un gobierno autónomo, tuvieran éxito en su gestión. Dio cuenta a la Regencia de la Rebelión de Caracas y le escribió directamente al embajador español que actuaba entonces en Londres para exigirle que impidiera, a toda costa, que los ingleses enviaran armas a los rebeldes mantuanos, que poco tiempo antes eran sus amigos. En Filadelfia es posible que se haya encontrado con don Eusebio Escudero, el último gobernador de Cumaná, expulsado también por los mantuanos rebeldes encabezados por don Vicente de Sucre y Urbaneja, el padre del futuro Mariscal de Ayacucho, cuando, el 27 de abril, el mismo día de la firma del acuerdo de la Junta de Caracas en que se exhortaba a todos los americanos españoles a iniciar el proceso irreversible de independencia política, los cumaneses se pronunciaron por seguir a Caracas (aun cuando declaraban que serían autónomos, nunca subordinados). Deben haber escuchado Emparan y Escudero, con cierta rabia, la campana de la Libertad.

Don Vicente Emparan murió en el Puerto de Santa María, en España, el 3 de octubre de 1820. Había vivido setenta y tres años, que para su tiempo era mucho, y no alcanzó a enterarse de que dos años y diez meses después, el 3 de agosto de 1823, el general Francisco Tomás Morales (que vivió diez años menos que él, pues nació en1781 y murió en 1844) firmaría la Capitulación del ejército español en la casa que había sido residencia oficial de los antiguos gobernadores españoles de Maracaibo, conocida hoy como Casa de Morales o de la Capitulación y ubicada justo al lado de la actual Gobernación del Zulia. El 24 de julio las fuerzas patriotas habían triunfado en el Lago de Maracaibo, y faltaba poco para que Antonio José de Sucre sellara la victoria de la Independencia americana en el Campo de Ayacucho.

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