| |
Sección: Global y Social
ENVIAR A UN AMIGO
|
ENVIAR AL DIRECTOR
|
ENVIAR AL EDITOR
Una estrategia válida para mejorar la educación
¿Por qué yo creo en el Bachillerato Internacional?
Francisco Kerdel Vegas
Jueves, 6 de noviembre de 2003
Reunión de la Asociación Andina de colegios de Bachillerato Internacional (AACBI) en Maracaibo 23 y 24 de septiembre de 2003
Nuestra cultura -la de América Latina me refiero-, nos guste o no, es parte de la Cultura Occidental, modificada un tanto por las contribuciones aborígenes precolombinas es cierto, pero en su esencia es la misma vieja, añejada y probada cultura milenaria del Occidente de Europa, trasplantada exitosamente por descubridores, conquistadores, catequistas y colonizadores, primero, y posteriormente, por sucesivas olas de inmigrantes, que decidieron probar suerte al otro lado del Atlántico.
Somos lo que podríamos llamar el Extremo Occidente –término acuñado por Alan Rouquiere-, es decir una variante (ni siquiera una mutación) de esa Cultura Occidental. Cuando seguimos sus tendencias, su orientación, y su evolución multisecular, en realidad no se trata de un mimetismo acendrado o una imposición desde fuera –interpretación válida cuando se trata de la invasión y conquista de una cultura por otra, como evidentemente ocurrió al inicio, hace ya quinientos años-, sino que en verdad somos parte integral de una misma matriz cultural.
Para comprender lo que éramos, lo que somos y lo que queremos ser, tenemos que entender este pasado y toda su apasionante evolución hasta el presente. De allí que no podemos divorciarnos de lo que está sucediendo en ese mundo, que aunque remoto geográficamente hasta hace poco tiempo (hoy en día no lo es), es parte de nuestra cultura, de nuestro modo de entender el mundo, y, consecuentemente, nuestra creatividad y capacidad de innovación va a ser parte de esa misma esencia cultural.
El fundamento de la educación consiste en transmitir a la nueva generación los valores éticos y los conocimientos que en forma acumulativa, digerida y comprobada sirven para preparar a la gente joven para el mundo del trabajo, para entrenar sus mentes a pensar en profundidad e independientemente, y que puedan así comportarse como ciudadanos responsables y seres humanos decentes.
No creo que haya muchos educadores que discrepen de estos planteamientos básicos y esenciales. ¿Cómo lograrlo en forma efectiva en un tiempo razonable ha sido y será el gran reto que tenemos siempre planteado?
¿Cómo impregnar a esos cerebros jóvenes con la capacidad de manejar esas abstracciones intelectuales como son las palabras y los números. ¿Cómo darles la formación para entender lo que es el ser humano, su capacidad creativa, su inteligencia, su memoria, en resumen, su potencial intelectual. ¿Cómo entender la naturaleza que lo rodea y de la cual formamos parte integral. ¿Cómo sacar lecciones de la evolución del hombre en nuestro planeta, lo que ha logrado y las opciones futuras. Todo ello es parte del proceso educativo que se cumple en la escuela y en el hogar.
Nada más apasionante que la historia de la educación, y sus éxitos y fracasos, el eterno tira-y-encoje de las hipótesis que tratan de entender al hombre en su entorno social y los avances logrados cuando se aplican a las realidades de nuestras diversas sociedades y culturas.
Si aceptamos la premisa de que somos parte integral (tal vez periférica) de la Cultura Occidental y de que tradicionalmente nuestros métodos educativos y pedagógicos han estado profundamente influenciados por la experiencia del Occidente europeo, al tratar de mejorar nuestro sistema educativo -que sufre actualmente una profunda crisis-, es conveniente estudiar con interés y detenimiento lo que está ocurriendo en el resto del mundo y muy especialmente en aquellos países con más influencia en nuestro pasado cultural.
Por siglos esta evolución ha estado condicionada por el nacionalismo, como gran motor y eje de la emulación de los diversos países de Europa Occidental. Es evidente que existe un denominador común en esa civilización, pero coexiste una cierta diversidad, impulsada por esa competencia entre una multiplicidad de Naciones-Estados, de subculturas y de lenguas, cada una de las cuales –a su modo- ha utilizado la educación como el arma fundamental para preparar a su población para ir a la cabeza del pelotón, cuando no convertirse en el país dominante y rector de todo el continente. El éxito logrado por el Imperio Romano durante varios siglos ha sido el seductor ejemplo a seguir, y ha tenido muchos émulos individuales, algunos con relativo éxito temporal y positivas consecuencias, como Carlomagno, pero la mayor parte fracasados en su intento dominador, y no habría sino que recordar el destino de Napoleón, Hitler o Stalin para comprobarlo.
Esta cierta diversidad en las estrategias educativas, permite a los observadores eclécticos, identificar aquellas que son permanentes o esenciales, y distinguirlas de las circunstanciales. Entre las últimas podemos agrupar tendencias a servir el propósito dominador de los grandes imperios coloniales, español y portugués primero, y luego británico, holandés, francés, alemán y belga, para no hablar del más grande de todos, el ruso (disfrazado por los comunistas como la federación de repúblicas soviéticas). Al cesar de existir, muchas de esas tendencias han dejado de tener sentido; otras, como los internados ingleses (“boarding schools”), persisten, pues poséen virtudes y bondades adicionales, aunque la razón inicial de su creación fue mantener el espíritu nacionalista y la coherencia cultural entre los descendientes de los colonizadores.
Tal vez el mejor ejemplo en la adopción y trasplante del sistema educativo occidental, sea él de Japón, que cuando tomó consciencia de la superioridad tecnológica (y consecuentemente, militar) de Occidente, no vaciló en hacer un esfuerzo descomunal para absorber todos los conocimientos necesarios, crear a partir de ellos, una industria competitiva, y participar abiertamente –y con evidente éxito- en la lucha por los mercados. Tan grande fue el éxito de la estrategia emprendida, que hasta se obnubilaron y llegaron a creer que tenían una oportunidad desafiando militarmente a la mayor parte del Occidente dividido en dos bandos, durante la II Guerra Mundial. Sin embargo, han tenido buen cuidado de mantener un considerable sustrato de sus tradiciones culturales y religiosas, en una unidad impenetrable para los extranjeros.
Para los latinoamericanos es evidentemente mucho más fácil entender y asimilar los progresos de la educación occidental, es después de todo la parte más importante de nuestra herencia cultural. Hasta hace muy pocos años, con exclusividad, tales trasplantes eran promovidos por las grandes potencias, norteamericana y europeas, mediante colegios establecidos en nuestros países que se regían por los pensos del país de origen, bien fuesen de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia o Alemania. Eran colegios destinados en su mayor parte a los hijos de extranjeros, temporalmente residentes entre nosotros. Sin embargo, los padres y los mismos alumnos, de esos países -incluyendo el nuestro-, no tardaron en apercibirse de la superioridad evidente de sus sistemas y programas, y han aparecido por todas partes verdaderos híbridos, que tratan de enseñar simultáneamente la lengua materna y una extranjera, y buscan satisfacer las múltiples regulaciones de ambos países (donde residen y desde donde viene la inspiración cultural predominante).
Todos los interesados (alumnos, padres y representantes, e incluso los maestros) se dan perfecta cuenta de que en el mundo del futuro esta educación híbrida tendrá enormes ventajas para los jóvenes que la han recibido, y por lo tanto apoyan tales iniciativas.
Es evidente que el fenómeno de la globalización es real e irreversible. Con los modernos sistemas de transporte y sobre todo, de comunicaciones, ya nadie puede ignorar y voltear la espalda a lo que pasa en otra parte del mundo. Y no se trata solamente del acontecer político, y la toma de conciencia de que lo que ocurre en Kosovo o Timor Oriental, puede afectar nuestras vidas cotidianas, sino que abarca por igual a todos los órdenes de la actividad humana.
Pero hay diversas maneras de entender la globalización, y la que podemos adaptar a nuestro medio es la que están adoptando en estos mismos momentos los países occidentales, y es en ellos donde debemos buscar nuestras fuentes de inspiración.
En tal sentido, si queremos preparar correctamente a nuestros jóvenes tenemos necesariamente que pensar que los que van a tener éxito son aquellos que se hayan formado como auténticos “ciudadanos del mundo”. De allí la validez de la hipótesis que dio lugar a la creación del movimiento de los Colegios del Mundo Unido, y que ha conducido al establecimiento de nueve Colegios, que ubicados en Gran Bretaña, Canadá, Italia, Estados Unidos, Africa del Sur (Swazilandia), Singapur, Hong Kong, Noruega e India, que imparten en dos años de estudio -previos al ingreso a la universidad y desde hace más de dos décadas-, el programa del Bachillerato Internacional.
Yo no he venido a Maracaibo a predicar a los conversos. Todos ustedes aquí presentes conocen bien lo que es el Bachillerato Internacional y de sus méritos y bondades. Pienso que el récord del BI y su reconocimiento internacional por parte de las universidades más prestigiosas del mundo, es la mejor prueba de lo que significa, como la certificación de conocimientos balanceado, y es oportuno mencionar una vez más su misión esencial:
“A través de currículos balanceados y comprensivos acoplados a sugestivas evaluaciones, la Organización del Bachillerato Internacional tiene el objetivo de asistir a la escuela en su propósito de desarrollar los talentos individuales de la gente joven y enseñarles a relacionar las experiencias del aula con las realidades del mundo exterior. Adicionalmente al rigor intelectual y altos estándardes académicos, se coloca gran énfasis en los ideales del entendimiento internacional y de ciudadanía responsable, hacia el fin que el estudiante del BI se convierta en un ente pensante crítico y compasivo, aprendiz por vida y participante informado en los asuntos locales e internacionales, consciente de ser parte de la humanidad que nos conecta y une a todos los pueblos, mientras respeta la variedad de culturas y actitudes que conforman la riqueza de lo que es la vida”.
Desde los años 60 se viene trabajando en este ambicioso programa coordinado por la Organización del Bachillerato Internacional (OBI), fundación sin fines de lucro que tiene su sede en Ginebra (Suiza), y ofrece el Programa del Diploma (para estudiantes de los dos últimos años del Bachillerato), el Programa de los Años Medios (para estudiantes de 11 a 16 años), y el Programa de los Años de Primaria (para estudiantes de 3 a 12 años).
Personalmente estoy interesado en conocer los resultados obtenidos en Venezuela por este sistema que conoce ya un singular éxito internacional, tanto por quienes lo han utilizado desde hace muchos años, el Colegio Internacional de Caracas (desde 1983), la Escuela Campo Alegre en Caracas (1992), como por los nuevos usuarios, el Liceo Los Arcos también en Caracas (1997), el Instituto Juan XXIII de Valencia (1997), el Liceo Los Robles de Maracaibo (1997), el Instituto de Educación Activa de Valencia (1998), la “International School of Monagas” en Maturín (1998), el Liceo Camoruco de Valencia (1999), o el Colegio Los Campitos en Caracas (1999).
Y es que cada “trasplante” tiene sus especificidades, sus problemas de adaptación y evidentemente exige esfuerzos extraordinarios por parte de los colegios y sus profesores.
Ya ensayado el sistema en Venezuela, primero en colegios que se rigen por el sistema educativo norteamericano, y luego por varios otros colegios privados –la mayor parte en el interior de la república-, vale la pena hacer el ejercicio de evaluar los resultados obtenidos y determinar en que forma puede extenderse este valiosísimo experimento docente a planteles públicos, ya que el evidente beneficio de programas que representan “el pasaporte válido para el acceso a las mejores universidades del mundo”, tiene necesariamente que ser extendido a los sectores de la población que no tienen los medios económicos para enviar a sus hijos a costosos colegios privados.
Es también evidente que así como todos los estudiantes de los colegios privados, no son automáticamente candidatos para tomar el programa riguroso y exigente del BI, tampoco a nivel de las escuelas públicas podemos aspirar universalizar la utilización de estos programas.
Y aquí hay que decirlo muy claro, sin eufemismos ni engañiflas, el acceso a la universidad es, ha sido y será, elitesco, en el buen sentido de la palabra, pues la educación universitaria no es para todo el mundo, sino para aquellos estudiantes quienes por su capacidad intelectual y determinación pueden beneficiarse de dichos estudios.
Personalmente creo, que al igual que sucede en otras partes del mundo, el programa del BI, debe tratar de extenderse a quienes lo merecen, a quienes pueden beneficiarse de este tipo de educación, pero sin distingo de clases sociales y capacidad económica, y por ello el reto para la América Latina y Venezuela en particular, no es tan sólo extender la adopción del sistema a muchos otros colegios privados, sino a ciertos colegios públicos, debidamente escogidos en cada región del país por las autoridades competentes (Ministerio de Educación y Gobernaciones de los Estados), para que el ideal de la Organización del Bachillerato Internacional pueda realizarse de manera integral.
Sé por experiencia que cumplir este cometido no será nada fácil y que tradicionalmente el Ministerio de Educación y los gremios de maestros que desde allí ejercen una pesada influencia, nunca han simpatizado con ningún tipo de innovación. De cierta manera es natural que así sea, pues los cambios en la educación, una vez puestos en práctica, afectan a toda una generación. Pero cuando sean los mismos estudiantes, asesorados y apoyados por sus padres -conscientes de las ventajas que el diploma del BI, y de todo ese sistema de apoyo educativo va a conferirles para tener éxito en la vida-, quienes lo exijan, no quedará otro remedio a quienes dudan de su conveniencia que cambiar de posición y aceptar algo que ya está bien demostrado en escala internacional.
Nada más fácil a nuestro Ministerio de Educación que evaluar los resultados del BI, estudiando los ingresos de sus diplomados a las universidades más reputadas y exigentes del mundo, y haciendo un seguimiento a los estudiantes venezolanos egresados de los Colegios del Mundo Unido y de los colegios que pasan dicho programa en Venezuela.
Decisiones como la que propongo deben ser cuidadosamente estudiadas y basadas en hechos comprobables.
La estrategia a seguir para conseguirlo debe estar basada en divulgar al público en general a través de los medios de comunicación, las ventajas, méritos y bondades del programa, y la disposición de la organización internacional de darle el apoyo a las instituciones públicas y privadas que lo solicitan y tienen la voluntad de aplicarlo.
En esa diversidad, en esa capacidad de adaptación para absorber y utilizar adecuadamente aquellas estrategias que nos permitan formar integralmente como líderes a los jóvenes mejor dotados intelectualmente de cada generación, depende en alto grado nuestro futuro.
El famoso dicho de que la guerra era demasiado importante para dejarla en manos de los generales, podría parafrasearse aquí, pues efectivamente lo que ocurre en el sector de la educación afecta a toda la colectividad, que debe ser partícipe en decisiones como ésta que afectan profundamente el futuro y destino del país.
El Estado venezolano no estará cumpliendo cabalmente su deber en la formación de nuestra juventud, mientras no se aperciba claramente del valor de mantener abiertas todas las opciones –es la verdadera, tan cacareada apertura- y cuando alguna de ellas demuestra –como en el caso del BI-, su evidente valor, intentar darle esa oportunidad a quienes, por su situación económica, no la han tenido hasta el presente.
Para comenzar sería aconsejable establecer un número limitado de becas, por parte del Gobierno Nacional (por ejemplo a través de Fundayacucho) para permitir a aquellos estudiantes de familias con escasos recursos económicos, quienes por sus méritos académicos merecen ese reconocimiento y distinción, la oportunidad de cursar los estudios donde se imparte el programa del BI, en los planteles privados donde ya está establecido. El paso siguiente sería el de darle el apoyo económico necesario a aquellos liceos públicos que tengan las condiciones y la voluntad para adoptar el nuevo programa, como secciones especiales a donde acceden los mejores estudiantes que así lo desean, exclusivamente por sus méritos académicos.
Todo ello no ocurrirá mientras la opinión pública no esté debidamente informada y ejerza las presiones necesarias ante las autoridades competentes para hacerles entender el sentido del cambio necesario. Para lograrlo se hará indispensable una verdadera cruzada. Pero, ¿qué podríamos hacer que a la larga tenga mayor impacto en nuestra sociedad, que educar mejor a nuestros hijos? Afortunadamente en nuestro medio, la población de todos los estratos sociales se da cuenta del valor de la educación, y son muy raras las familias que no sean capaces de hacer sacrificios para proporcionarle la mejor educación a sus hijos. El problema se reduce pues a demostrar cuál es la mejor educación, y divulgarlo ampliamente entre los interesados (los padres y los estudiantes mismos).
Sin embargo en un país como el nuestro, que está cuestionando en estos mismos momentos –y con sobradas razones-, la mayor parte de sus instituciones, nada sería más aconsejable que repensar los requisitos y conocimientos necesarios para el ingreso a las universidades y la capacitación que ello requiere y adoptar las normas y exigencias de las instituciones más reputadas e intentar ser competitivos internacionalmente en materia de educación, denominador común de todos los problemas y el medio a nuestro alcance para obtener soluciones verdaderas de ellos a mediano y largo plazo.
BIBLIOGRAFIA CONSULTADA
1. Página en la Web de la Organización del Bachillerato Internacional (www.ibo.org) .
2. SIZER, Theodore R. y SIZER, Nancy Faust: The Students Are Watching. Beacon Press, Boston, 1999.
3. KOHN, Alfie: The Schools Our Children Deserve. Houghton Mifflin Company, Boston, 1999.
4. RUSHKOFF, Douglas: Playing the Future. Riverhead Books, New York, 1999.
fkerdelveg@cantv.net
|
|
|