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Elogio a Caracas sin rascacielos Ramón Hernández Miércoles, 2 de febrero de 2000 Vivir en un bloque cualquiera de la urbanización 23 de Enero nunca es una aventura, pese a los peligros que encierra y a las sorpresas que depara su cartesiana racionalidad. Ese horror urbano, que también es estropicio sociológico, infierno, salto a la desdicha, degredo, contrautopía e insulto a la convivencialidad, con recurrente frecuencia es objeto de loas y alabanzas por quienes creen que la arquitectura es una acumulación de cuerpos geométricos, organizados según la estética imperante para disfrute de la vista y alarde de quienes han contado con los recursos para perpetrarlos, el poder para permitirlos y la imaginación para suponerlos hermosos. Vade retro. Quizás desde el espacio sideral y a través de unos binoculares de juguete, esos "52 prismas multicolores" parezcan obras de arte, pero desde la escala humana de quien tiene que subir 14 pisos por escaleras oscuras y fétidas, son una desgracia, un castigo que sólo pagan los más miserables de la sociedad, mientras los artífices de tales mamotretos disfrutan de aventuras menos terrenales, pero más seguras. A esta altura, la fanaticada fundamentalista del arquitecto-maestro Carlos Raúl Villanueva, a quien se le debe el diseño de los supebloques que colman las ramificaciones de Loma Quintana, deben están preparando una partida para dar con el paradero de Ramón Hernández y ahorcarlo con escarnio en algunas de las traviesas de la bella estructura que soporta el reloj-símbolo de la UCV. Total, que tanto es una vida más de todas las que se han perdido como consecuencia del diseño urbano-arquitectónico de la urbanización 23 de Enero, no sólo por acción de la delincuencia que impera en la populosa parroquia, y no simplemente por la falta de policía preventiva y represiva, sino porque igual que en la utopía de la ciudad jardín, lamentablemente, los carros también atropellan y matan peatones. Si algo le es propio a Caracas es la mala suerte, y no tanto por su ubicación territorial, que casi bordea el privilegio, sino por la calidad de los interventores espaciales que le ha tocado soportar y sufrir. Salvo la primera cuadrícula de su fundación -con su plaza, su iglesia y sus manzanas estandarizadas, con medidas precisas y concisas-, lo que le han hecho después ha sido más producto del parejerismo criollo que el resultado del hermoso desorden que se deriva de la vida urbana, que siempre encuentra quien se ocupe del perro muerto en la cuneta. Desde antes de la repostería citadina que impuso Antonio Guzmán Blanco, hasta la construcción de la avenida Bolívar y las torres de El Silencio, la ciudad ha ido perdiendo su elementaridad colonial, pero sin encontrar la calidad que engalana a otras urbes del planeta. Hoy los prados de caza del indio Guaicaipuro son poco más que un minestrone, con autopistas que llevan a ninguna parte y aceras y bulevares que los peatones no se atreven a pisar. Los bodrios, los mamotretos, los monumentos a la desidia y al abuso espacial asaltan al viandante en cada bocacalle y no hay protección a futuro ni penuria económica que deje para después los embaulamientos criminales de las quebradas. Los pocos paseos con que cuentan los caraqueños han quedado restringidos a la seguridad relativa de los centros comerciales, porque los que están a la intemperie han sido ocupados por los fogones del lumpen recogelata y dame-algo-ya. Lo único que no posee Caracas es un shabono y una churuata, pero va en camino con la ocupación habitacional del Poliedro y la vida colectiva que, por temporadas, instalan los indios del Delta en el paseo Vargas. De resto lo tiene todo: apartamentos que son gavetas habitacionales, barracas temporales para damnificados eternos, veredas para pobres pero honrados, ranchos para honrados pero no tanto, casas de vecindad, pensiones para caballeros de orden, barrios obreros, ciudades industriales, callejones de rumba, escaleras al cielo, catacumbas y zonas en las que la policía no entra porque hay mucho malandro. Lo demás es guerra urbana, buhoneros y perrocalenteros, entre uno que otro arrebatón. La furia con que la propiedad horizontal desplazó a la vivienda de alquiler, aunque sirvió para que muchos revitalizaran sus fortunas, fue la peor manera de obviar una ley de inquilinato que en lugar de ser un punto de equilibrio entre las partes en pugna -el alquilante y el alquilado- favorecía en demasía al inquilino. Y para vender mucho y ganar más, los constructores no sólo ahorraron en cemento haciendo el foso del ascensor más estrecho sino también los cuartos, y uniendo la cocina, justo al lado del baño, con el lavandero, pero nadie se quejó ni nadie protegió a los "propietarios", porque los partidos, dentro y fuera del puntofijismo, estaban ocupados en las elecciones de la junta de condominio y de los colegios profesionales. Para que alguien sueñe con vivir en un apartamento de los bloques o superbloques, hay de los dos, del 23 de Enero tiene que estar jodiendo o muy jodido. Porque si bien son amplios en su distribución espacial y el piso, a veces, es de granito y cemento, eso de que el ascensor -cuando funciona o la ascensorista no está enferma- se pare cada cuatro pisos y haya que patear unas escaleras oscuras y sedimentadas de orines y defecaciones no es aliciente para nadie, como no puede serlo que el abasto esté tan lejos como la escuela, la clínica, el teléfono público, la parada de los carritos, el parque, la plaza, la iglesia, el cementerio y, coño, la vida. La racionalidad de Le Corbusier, ese cartesianismo tan alabado por la bohemia de la arquitectura, es poco menos que una lobotomía contra la ciudad, porque le impide crecer a través de vecindarios con poco orden, pero con mucha actividad vital. Empero, si Villanueva hubiera repetido la experiencia de los bloques de El Silencio en la Loma Quintana, el fracaso no hubiera sido tan estruendoso, pero también habría fracasado. La urbanización El Silencio perdió su atractivo cuando la clase media, que podía pagar el mantenimiento de los dispendiosos espacios comunes, se arruinó o se mudó para zonas más tranquilas y menos contaminadas. La diferencia entre una casita de las veredas de Urdaneta, en Catia, y los bloques que le quedan enfrente es que es más fácil cuidar el jardin propio que el ajeno de todos, y más simple cambiar el bombillo de la entrada de la casa que el del pasillo del bloque, el cual al minuto vuelve a ser víctima del vandalismo. Mientras es muy poco probable que las ventanas de una casa permanezcan con los vidrios rotos por mucho tiempo, los residentes de un edificio de apartamentos saben que pueden pasar años sin que el conserje o la junta de condominio repare las ventanas de las áreas comunes. Imagínese lo que puede ocurrir cuando el casero es el Inavi o el fallecido Banco Obrero. La errónea especialización que divide espacialmente los centros urbanos -aquí se duerme, allá se compra, acullá se divierte, en aquel sitio se educa y en ese otro lado está la perversión-, que puede ser una desnaturalización no intencional de la ciudad jardín propuesta por los utopistas, y que ha traído como consecuencia ciudades más inseguras, con sitios que se tornan fantasmales cuando finaliza la jornada laboral, ha sido aprovechada por la usura, para obtener más ganancias por cada metro cuadrado. En el área que hoy ocupa el 23 de Enero podría vivir la misma cantidad de gente y hasta más, pero más armónicamente, si en lugar de superbloques se hubieran construido vecindarios como El Conde, Nueva Caracas, San Agustín del Norte y hasta la barriada de San Juan, con viviendas a escala humana y teniendo a mano todas actividades que se pueden desarrollar en comunidad, desde el botiquín del barrio, pasando por la escuela, la iglesia, el estacionamiento para los carros, el supermercado, la barbería y pequeñas factorías. Catia pudo haber sido la ciudad perfecta si los urbanistas se hubieran acordado de las escuelas, los liceos, los hospitales, los centros recreativos y los parques. El Metro, más que su salvación, fue un tiro de gracia. La avenida España era 100 mil veces más humana que el bulevar que la sustituyó. Ahora, cuando el país ha entrado en una enfurecida actividad de reconstrucción, ha reaparecido no ya el superbloque, ni la casita cuyo prototipo diseñó William Strutt en Inglaterra en 1795, con ventanas hechas de hierro fundido, la cantidad de habitaciones que necesitaba una familia humilde -siempre más de una-, con el baño lejos de la cocina y poseedoras de una sala espaciosa para que el grupo familiar pudiera compartir. No, lo que se ha resucitado es la entelequia que Blanca Ibáñez perpetró en Cartanal y que son la mala versión del peor rancho. Las chabolas denigrantes, a punto de caerse y que insultan la inteligencia humana, construidas en los valles del Tuy, no pueden ser ejemplo de nada, pero el alto funcionario del Gobierno anunció, no hace mucho, que a los damnificados de las recientes tragedias (en plural) se les dotará de una vivienda de 70 metros cuadrados, que tendrán sala, comedor, cocina, tres habitaciones, baños, y todavía contarán con un pequeño espacio para montar una microempresa. Quien sabe lo grande que es una casa de 70 metros, puede imaginar que la única microempresa que puede funcionar allí, conjuntamente con la vivienda, es un burdel, y apenas del tamaño de los que abundan en la zona de tolerancia de Amsterdam. Si esa es la alternativa, prefiero morir en el 23 de Enero. Cedo shabono a familia convencional y renuente a la moda de cambiar por cambiar. |
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Iván R. Méndez
Alexei Guerra
Carlos Armando Figueredo Planchart |
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