¿Qué tienen en común un poeta muy leído, el narcotráfico, la política, la guerra de los cristeros, la televisión, un profesor latinoamericano en Europa, un escritor de “bestsellers”, una esposa italiana y el campo mexicano? De las relaciones sorprendentes que se pueden establecer entre todos esos temas trata la novela “El testigo” de Juan Villoro (Anagrama, 2004).
Ganadora del premio Herralde, la obra está escrita con las dosis adecuadas de buena prosa (en algunos pasajes es poética sin caer en la exageración) y excelente construcción de personajes para lograr la inmersión del lector en otro mundo que lo aparte del cotidiano.
La historia narrada no es fácil de resumir y no es el objetivo de esta nota restarle posibles lectores a Villoro. Nos pasea por la historia mexicana desde la perspectiva de la era post-PRI que pareciera carente no sólo de la retórica de la revolución institucionalizada sino también de algún mito político que sirva para entusiasmar a los mexicanos, pero sobre todo a esos turistas europeos que siempre andan buscando nuestra identidad redentora.
Un profesor se reencuentra con sus amigos de hace 25 años y comienza a enredar su vida, que era tan previsible en una universidad francesa, buscando algún inédito del gran poeta posmodernista Ramón López Velarde, objeto de culto de innumerables lectores mexicanos. Villoro nos presenta de manera casi imperceptible esas situaciones que cambiarán la vida del protagonista. Y las creemos porque quien nos las cuenta lo hace con maestría.
La novela también sirve como un somero fresco sobre la influencia del narcotráfico en la vida mexicana. ¿Qué sabemos sobre el tráfico de drogas? En algún párrafo de la novela se dice que todos creemos conocer sobre el asunto. Sabemos de los grandes crímenes y de algunos caprichos de los jefes de los cárteles. Pero, en realidad, ¿qué sabemos?
De la manera más inverosímil cualquiera de nosotros se puede ver envuelto en un lío de territorio entre narcos. Así ocurre en “El testigo”. En el lugar menos esperado los narcotraficantes tienen actividades que causan otro episodio de guerra. Un negocio que no le tiembla el pulso para aniquilar al cardenal de Guadalajara.
Y viviendo inmersos en un gran mercado de drogas ilegales, vivimos ignorantes de sus dimensiones. Por ejemplo, ¿por qué en los EE UU no atrapan a los grandes cacaos de la droga que tienen su teatro de operaciones allí? Nadie puede creer que sólo sean latinoamericanos los jefes. Pareciera que en la cadena de distribución sólo están los capos como Pablo Escobar Gaviria, Rodríguez Orejuela y los Ochoa e inmediatamente los jíbaros de las calles de Nueva York o Los Ángeles. ¿No hay nadie en el medio?
La novela también se acerca al submundo de la televisión. Se dibuja el perfil de un magnate de los medios para presentar esa lógica banalizadora de la televisión. Se roza la crítica al intelectual que se “vende” a la TV. Pero a su vez se remarca que lo que no está en la pantalla pequeña no pasa, no existe. De allí la responsabilidad del intelectual que no puede renunciar al inmenso auditorio teleadicto pero que tiene que cuidarse de no verse convertido en un adivinante de los deseos del dueño del canal.
Compleja estructura presentada como sencilla por un narrador omnisciente que no sólo ve lo que pasa afuera sino también adentro de algunos personajes. Villoro intercala algunos versos de López Velarde de manera precisa, nada gratuita, que sirven de refuerzo a la narración.
Es que el poeta, su obra y sus creencias, es otro de los personajes de la novela. Sus relaciones amorosas y su posible credo religioso son analizados por un cura que se convierte en personaje entrañable y un grupo de seguidores que tienen opiniones divergentes sobre la posiciones (o lo que creen que fueron tales) de López Velarde. Quizás la polémica se alimente porque el poeta vivió años tormentosos, años de guerra y revolución, y porque culminó su vida a los 33 años en 1921.
La novela tampoco es ajena a algunas reflexiones sobre la política mexicana que logran una gran fuerza descriptiva como cuando un personaje afirma: “México sigue siendo un rancho infumable, pero empiezan a remitir los odios acumulados durante setenta y un años. Lo que el PRI institucionalizó no fue la Revolución sino el rencor”. O cuando se pregunta si la oligarquía priísta ha sido sustituida por otra más diversa pero oligarquía igual.
Novela prismática cuyo eje es la peripecia de Julio Valdivieso, el profesor que regresa, para comprobar que “la gente se divide entre los que se van y los que se quedan, los que viven para una constancia y repetición y los que necesitan un aire siempre extranjero, un idioma en el que encajan palabras inseguras, la falta de pertenencia como mayor seguridad”.
Lo mejor que se puede decir de un libro es que cuando se lee no se quiere que se termine o que cuando esto pasa se sienten ganas de volver a empezarlo. Eso pasa con “El testigo”. He decidido buscar la anterior novela del joven Juan Villoro -este año apenas cumple el medio siglo- y ya encontré “El disparo de argón” (1991; Anagrama, 2005).
Después les cuento.