Caracas, Jueves, 24 de abril de 2014

Sección: Sociedad

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Tiempos de dictadura

Simón Alberto Consalvi

Domingo, 7 de octubre de 2012







   Foto: Google

Un hombre viejo habla, otro viejo lo mira. El último se da cuenta de que lo que el primero está diciendo le sucedió medio siglo atrás, o sea, cuando era muy joven. Yo soy el viejo que habla y soy el viejo que mira, y el que se asombra de la magia del cine. Veo el documental Tiempos de dictadura de Carlos Oteyza y pienso que todas aquellas historias sucedieron cuando yo tramontaba los 20 años, y unos hijos de perra torcieron mi vida para siempre. Yo tenía 21 años de edad cuando los militares derrocaron al presidente Gallegos, y 25 cuando me enviaron a una prisión salvaje en la margen derecha del Orinoco.

Con excepción de la época de Juan Vicente Gómez, en ninguna otra de nuestra historia se perpetraron tantos y tan terribles crímenes políticos como los cometidos para despejarle el camino del poder absoluto al teniente coronel, coronel o general Marcos Pérez Jiménez.

El primero de los crímenes ocurrió en las más altas esferas del propio gobierno militar, el 13 de noviembre de 1950. Pocos instantes después de salir de su residencia y de haber tomado su vehículo para dirigirse al Palacio de Miraflores, fue secuestrado el presidente de la Junta Militar de Gobierno, el teniente coronel Carlos Delgado Chalbaud, asesinado poco después en la quinta Maritza de Las Mercedes.

El 21 de octubre de 1952, Leonardo Ruiz Pineda, secretario general de Acción Democrática, fue asesinado en una calle de San Agustín del Sur. Tenía 37 años.

Semanas después, el 30 de noviembre, los venezolanos votamos por una Asamblea Constituyente. Las vísperas de sangre presagiaron una gran derrota para el régimen y así ocurrió.

El partido URD tuvo una victoria incuestionable, pero los votos no sirvieron de nada. El hombre fuerte, Pérez Jiménez, dio otro golpe de Estado, le bastó lanzar los tanques a la calle para que la gente se aterrara.

El presidente del Consejo Electoral, Vicente Grisanti, se asiló en la Embajada de Brasil. Con porteros y policías, hicieron el primer quórum de la Constituyente. La gran farsa avanzó con tanta premura que la revista Time (abril 16, 1953) escribió en tono burlón: "Los venezolanos se enteraron una noche de la semana pasada de que su país tendría muy pronto: un nuevo Congreso, una nueva Corte de Justicia, nuevos representantes en legislaturas estadales y municipales, una nueva Constitución y el mismo `hombre fuerte’ de antes como presidente por un período de cinco años. Los votantes no tendrían que preocuparse de elegir a sus funcionarios. Todo el equipo será escogido en los próximos nueve días por la Asamblea Constituyente".

Tan originales legisladores, no obstante, pifiaron. Aunque pudieron consagrar a Pérez Jiménez "presidente vitalicio" ­debemos reconocer que tal previsión no basta para que las dictaduras duren tanto como en El otoño del patriarca­, no lo hicieron. A pesar de tan bochornosos episodios, la gran sociedad cohonestó la vulgaridad de aquella Constituyente, y la indiferencia de la gente la confirmó. Cinco años después, el dictador volvió a verse en aprietos. En 1957 debía elegirse otro presidente, y Pérez Jiménez decidió quedarse y su diabólico consejero Laureano Vallenilla Planchart le fantaseó un extravagante plebiscito que no figuraba en la Constitución.

Otro fraude grotesco, y a partir de ahí el derrumbe. El régimen cayó como las frutas podridas. No vi la caída del dictador porque yo estaba en el exilio, un tiempo en La Habana y un tiempo en Nueva York, donde leí la novela América de Franz Kafka y me pareció que al igual que el personaje nunca encontraríamos cómo salir del laberinto. Lejos estaba la tierra prohibida por un ambicioso que se mantuvo en el poder a través de la muerte, la tortura, las cárceles y el destierro, los tratos y contratos. A través de la entrega de concesiones petroleras para complacer al imperio, como buen soldado de la Guerra Fría.

Rememoro esto cuando veo Tiempos de dictadura. Pasaron 50 años para que pudiéramos mirarnos en el espejo sangriento de una década tan devastadora. Quedamos pocos testigos de aquel oprobio. A veces pienso que a la gente no le gusta la historia porque nos interroga y nos desnuda.

Abundan las moralejas en este gran documental. Matan a Delgado Chalbaud, y la fiesta sigue.

Matan a Leonardo, arman el gran fraude de 1952, expulsan a Jóvito Villalba, y la música retumba en la ciudad. Y Alberto Carnevali, el líder ejemplar que regresó clandestinamente del exilio para luchar por la libertad de los venezolanos, muere de cáncer en la Penitenciaria General de San Juan de los Morros sin que el país se dé por enterado. Tenía 37 años, igual que Leonardo. El dictador infame rehusó todas las súplicas.

El tiempo del desprecio transcurre en silencio, a veces con lentitud desesperante. Ahora descubro que estábamos demasiado solos y que éramos demasiado pocos. Que las sociedades son pasivas y su pasividad propicia que las dictaduras las pongan a elegir entre la libertad y el cemento armado.

Esto fue lo que hizo Pérez Jiménez, y esto es lo que nos muestra Tiempos de dictadura.

sconsalvi@el-nacional.com

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