Caracas, Domingo, 20 de abril de 2014

Sección: Sociedad

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La Federación desde el punto de vista de Bakunin

Ramón E. Azócar A

Jueves, 27 de septiembre de 2012







   Foto: g
Para el filósofo anarquista ruso, considerado uno de los fundadores de este pensamiento, que defendió la tesis colectivista, al igual que a la francmasonería, Mijaíl Aleksándrovich Bakunin (1814-1876), la idea federal no estaba enmarcada en preceptos liberales, sino en una intencionalidad clara por organizar la sociedad de una manera eficiente y con criterios amplios de participación, una vez que se ha alcanzado la abolición del Estado como institución segregadora y explotadora del hombre. No es que la sociedad queda sin figuras institucionales que la gobiernen, sino, esgrime Bakunin, que se sustituye por una nueva figura administrativa orientada hacia el auto control por parte del colectivo.

En este sentido, Bakunin propone, en primera línea, para crear las condiciones necesarias a fin de organizar la sociedad sin Estado, que se de­ben hacer tres cosas inmediatamente. Primero, abolir la propie­dad privada y hereditaria; segundo, desterrar de la educación los principios del cristianismo y de cualquier religión que afecte el desarrollo científico de la razón; y tercero, abolir el poder políti­co y construir en su lugar una organización de las fuerzas pro­ductivas. Con más extensión nos dice: “(En el pueblo) organizado de abajo arriba mediante la fede­ración (...). No habrá posibilidad de existencia de un go­bierno político, porque ese gobierno será transformado en una simple administración de los asuntos comunes. Nuestro programa puede ser resumido en pocas palabras Paz, emancipación y felicidad para los oprimidos. Guerra contra todos los opresores y explotadores. Plena restitución a los trabajadores: todo el capital, todas las fábricas y todos los instrumentos de trabajo y materias primas pasarán a Las asociaciones, y la tierra a quienes la cultivan con sus propias manos. Libertad, justicia y fraternidad para todos los seres humanos nacidos sobre la tierra. Igualdad para todos. Para todos, sin distinción, todos los medios de desarrollar educación y formación, e iguales posibilidades de vida mediante el trabajo.”

Creadas estas condiciones es preciso "concientizar" al hombre para que asuma su realidad "humana". Esta conciencia, de su ra­zón de ser humano, le brinda la "equidad" que representa la tan esperada "justicia natural" que el ácrata hace surgir al emanci­parse y transformar totalmente el sistema.

A todas estas, los anarquistas saben que el hombre tiene esa propiedad de "Justicia Natural", pero como producto de las conquistas por la fuerza y por las influencias religiosas, en el hombre no ha preva­lecido nunca tal propiedad, ni en el mundo político ni jurídico. Bakunin nos dice que una vez que el hombre despierta su "equidad", inicia la emancipación del sistema (cabe destacar que Bakunin concibe dos tipos de emancipación: la interna, que se produce dentro del individuo como producto de la concientización de su papel como humano; y la externa, que se da una vez cumplida la primera y que intenta condicionar ese medio exte­rior en la misma proporción de la conciencia humana. Es decir, humanizar el medio a fin de hacer conquistable la libertad). La emancipación del sistema consiste en: Eliminar el principio de autoridad y propiedad privada y hereditaria; Propiciar una autonomía que parta del individuo hacia la colectividad sin absorción de uno por la otra o viceversa; Confiscar las propiedades y distribuirlas en la colectivi­dad; y abolir el poder político, sustituyéndolo por una orga­nización de las fuerzas productivas.

Esa organización de las fuerzas productivas, así como tam­bién de los servicios económicos, configura la "comuna" como unidad básica del sistema, la cual constará de un tribunal, de una Asamblea y de un sistema de distribución de los productos, que permitan mantener una dinámica económico-social en la reestructuración del país. Esa comuna autónoma, que tiene al individuo como base esencial del sistema, se ampara en una concepción de sistema político "socialista libertario". El cual es un sistema don­de prevalece la justicia:

En una palabra, el socialismo es "justicia", pero esto se refiere a una justicia basada en la conciencia humana, que ha de buscarse en la conciencia de cada hombre y que puede ser expresada con una sola palabra: equidad.

En cuanto a la idea de la comuna, Bakunin la apoya como figura institucional local, que ha de estar organizada de modo que su estructura de decisiones se configure de abajo arriba. Esto permitirá que en lo social exista una organización basada en la libre unión de asociaciones (agrícolas, ganaderas, industriales, de amas de casa, etc.). Esta conformación del "libre acuerdo" admite sólo una forma económica que garantice la satisfacción de las necesidades: el colectivismo. Este, que se basa en dar a cada uno el producto de su trabajo, estimula la acción productiva del trabajador, a fin de que obtenga mejores beneficios.

Ahora bien, se debe tener claro que para lograr estos alcances en la sociedad se han de cumplir primero las premisas bakuninianas de profilaxia política y religiosa, pero también es de con­siderarse la organización y la ciencia como motores propulsores del lenguaje administrativo del nuevo sistema: ¿Qué necesitan las masas para poder destruir el orden so­cial dominante tan detestable para ellas? Dos cosas: organización y ciencia. La organización permite preparar las milicias revolucionarias que combatirán al ejército burgués, así como coordinar las acti­vidades gerenciales del nuevo sistema. La ciencia por su parte, de las herramientas analíticas y teóricas necesarias que oriente k realidad social hacia las metas propuestas por la revolución li­bertaria. Estructurada la comuna, nos dice Bakunin, se ha de establecer lazos de solidaridad y fraternidad con las otras comunas del país, manteniendo un respeto a la autonomía y no infringiendo los límites de la libertad. Así se constituye la federación de comunas que pasa a representar la Provincia. La Provincia organizada es­tablece los lazos con otras Provincias en el mismo orden de prioridades que la comuna, entonces nace la federación de Provin­cias que no es otra cosa que la Nación o país. Organizado el país establece lazos solidarios y fraternales con otros países y se pro­duce, para el caso de la realidad de Bakunin, su anhelado Esta­dos Unidos de Europa. Estos Estados Unidos de Europa sé rela­cionarán con otros Estados Unidos del mundo (Norteamérica, Asia, América del Sur, por decir algo), que tenderán a crear la gran federación de federaciones, que es los Estados Unidos del Mundo.

Como podemos observar, en estas líneas generales, que Baku­nin legó de su sistema federal la aspiración máxima orientada a lograr un cúmulo de voluntades que hicieran posible el gran Es­tado, no el unitario y centralizado vigente en la Europa de Baku­nin, sino el Estado conformado por la libre organización que partiendo de la unidad básica de la comuna alcance el panorama de todos los pueblos del mundo. Por su esencia de "unidad social", impide la formación de medios coercitivos y gestores de violencia. Ello implica una total eliminación de ejércitos y de nacionalismos que enferman las raíces auténticas del ser huma­no.

En cuanto a la unidad de los Estados, tal cual se ha entendido en razón de los Imperios o grupos de poder, esta no se da, ya que el Estado del Mundo se encuentra fundado en una autonomía de sus partes, pero sin embargo se da (o se dará, como proyectaba Bakunin) una comu­nión de principios, tácticas y finalidades, que dejan un amplio margen a la autonomía, la cual no reconoce otro límite que la li­bertad ajena. Bakunin  describe cómo en la comuna ha de ser la vida particular de cada núcleo familiar y de sus actividades formativas en el sistema.

A todas estas, Bakunin dice que la abolición de la propiedad privada y hereditaria, del derecho jurídico y del Estado, da por contado la abolición de la "familia jurídica". En su lugar habrá un matrimonio de libre unión basado en el respeto humano y la libertad de las dos personas. Esa familia llevada a la máxima expresión de unión libre, cumplirá, en su razón fecunda, el papel de perpetuar la especie humana. Es decir, tendrán sus niños. Pero los niños, en el sistema ideado por Bakunin, no pertenecerán a nadie más que a sí mismos y a su futura libertad. Sus padres tendrán hacia ellos el único derecho de amarlos y ejercer cierta autoridad com­patible con ese amor. Pero esa autoridad limitada por el respeto de la libertad, no debe ir en contra de la moral del niño y de su desarrollo mental.

Además, la relación de padres e hijos se da, a escala diferente, igual que de comuna a comuna,  bajo un principio de autonomía y aso­ciación. Los padres están asociados con sus hijos en un libre acuerdo, pero respetan la autonomía de éstos en toda su exten­sión. A todas éstas, los niños hasta que puedan valerse por sí mismo estarán al cuidado de la sociedad. Es decir, la sociedad es responsable de guiar a cada uno de sus infantes hasta proporcio­narles las herramientas teórico-prácticas que le permitan insertarse en el trabajo con las habilidades respectivas que le asegu­ren éxito y bienestar.

Sin duda que Bakunin, en estas propuestas organizativas, con­fió mucho en ese hombre que alcanza la "conciencia humana". Aquí valdría, quizá, la crítica que Von Mises le hace al anarquis­mo en cuanto a que "peca de buena fe"; pero lo cierto es que Ba­kunin lo plasma en razón a una organización que, al triunfar la emancipación libertaria, tiene que fundar nuevas bases de convi­vencia. Y esas bases nuevas no pueden partir del modelo anterior, ya que se ha abolido, así que debe surgir de ideas renovado­ras que reproduzcan en lo cotidiano del sistema, esa búsqueda permanente de la libertad.

 En lo que respecta al hombre y la mujer, Bakunin los coloca en igualdad de condiciones en el sistema ideado de organización federal. La igualdad de derechos, es decir, la nivelación de los derechos de la mujer, tanto políticos como sociales y económicos, con los de los hombres, han de ser las premisas que motori­cen la convivencia de los dos sexos, a fin de alcanzar un desa­rrollo coordinado donde la igualdad represente las banderas pro­ductivas.

La sociedad ideada por Bakunin adquiere un matiz específico de "libre acuerdo". Y ese libre acuerdo ha de ser alimentado por una necesaria "concientización" de los valo­res reales del sistema. De ese modo, la educación adquiere im­portancia y se vuelve parte intrínseca de los objetivos emancipatorios. Cabe destacar que Bakunin está de acuerdo con una educación integral, pero ésta debe cumplirse cuando las necesidades básicas estén satisfechas. Un pueblo con hambre no tendrá la capacidad de reflexión e interpretación, que un pueblo que tenga alimentación, salud y seguridad garantizada. Por lo tanto, los primeros movimientos en la sociedad libertaria han de orientarse a eliminar esos flancos y una vez alcanzada esa meta, dirigir una preparación que estimule la formación industrial y práctica, den­tro de premisas científico-teóricas. Esta educación, que Bakunin consagra como integral, ha de prescindir de la fe, y ha de pre­ocuparse por el desarrollo de la dignidad y la independencia per­sonal; así como en el culto de la verdad y la justicia a cualquier precio, pero ante todo, sobre el respeto a la humanidad que debe sustituir por entero al culto divino.

Ahora bien, esas relaciones de convivencia no están exentas de infracciones y alteraciones. Para ello Bakunin acepta la exis­tencia de tribunales disciplinarios que contrarresten cualquier germen que vaya a obstaculizar los fines de la revolución. Pero sobre este punto, del delito y castigo, Bakunin es muy extremis­ta. Si se le comprueba a un individuo una causa atroz como un asesinato, Bakunin considera que la pena de muerte es la mejor decisión; si por el contrario el delito es menor, la reeducación se hará cargo de él, a fin de insertarlo de nuevo en la dinámica social. Es muy posible que la ley del "talión" tenga sus ingredientes influyentes en Bakunin, pero no menos posible sea pensar que Bakunin asume tal actitud ante una generación aún bajo el ger­men violento del Estado y la Iglesia. El comprendía que en los primeros tiempos se debía ser duro para fijar las directrices que protegerán el libre acuerdo en su garantía de conquistar un mun­do humano por entero.

Una vez conformada la federación y articulados sus lazos in­ternos, se pasa a la federación de federaciones (Confederación). Esta se regirá para Bakunin por el respeto del límite de la liber­tad ajena y por el flujo cooperativo de distribución de riquezas que impida que en algún rincón del mundo exista la miseria. La visión internacional de Bakunin abarca desde la difusión de las ideas libertarias hasta la configuración de trabajadores, que am­parados en una concertación de principios y valores comunes, edifican las legislaciones y los estatutos que les han de amparar en su labor productiva. Pero esas relaciones internacionales de los pueblos no pueden infringir los principios de solidaridad y respeto a los derechos nacionales de cada Nación.

Todas estas ideas no contemplaban, para Bakunin, la necesi­dad de una Carta Constitucional. El pensaba que una Constitución dogmatizaría las relaciones de libre acuerdo, en su lugar era partidario del contrato proudhoniano, que en definitiva garantizaba no sólo la libertad, sino el orden en razón a una justicia na­tural. Es de recordar que el contrato proudhoniano es de carácter "sinalagmático" (se obligan unos respecto de otros) y "conmunativo" (dar lo equivalente a lo que se recibe y viceversa).

En la obra "Estatismo y anarquía", Bakunin nos resume el alcance de su anhelado proyecto libertario: “Llegará el tiempo en que no habrá ya Estado (...); llegará a tiempo en que sobre las ruinas de los Estados políticos fundará, en plena libertad y por la organización de abajo  arriba, la unión fraternal libre de las federaciones, abarcando sin ninguna distinción, como libres, los hombres de todas las lenguas y de todas las nacionalidades: Entones ruta hacia el mar estará generalmente abierta para todos; (...) El contacto directo con el mercado marítimo y con el movimiento universal de la vida en general desarrolla a grado extraordinario, y nivela todo lo que queráis, las relaciones; los habitantes del interior del país, privados de esas ventajas, vivirán y se desarrollarán más indolentemente y más lentamente que los ribereños.”

El proyecto libertario de Bakunin es la expresión de un fede­ralismo que intenta integrar lo político administrativo en lo económico-social. Los aportes bakuninianos se sintetizan en ide­as generales que más allá de exponer un sistema específico (recordemos que Bakunin recurre a la idea socialista como cimien­to de la organización federal, pero dicha idea no es inventada o improvisada, surge de la reivindicación del gran principio de la Revolución Francesa: "que cada ser humano debe tener medios materiales y morales para desarrollar toda su humanidad"), marca las directrices necesarias para fundar desde allí la gran socie­dad sin Estado.

Son muchos los que se han opuesto a las ideas federalistas ácratas. Tanto por considerarlas utopías o por ver en ellas un pe­ligro para la tranquilidad y equilibrio que el sistema liberal tiene. Pero también las críticas han surgido de sectores afines con el anarquismo, quienes en sus argumentos sopesan la existencia de un anacronismo y hasta de una ineptitud en el plano internacional. Para discernir sobre el tema nos valdremos del análisis que Car­los Díaz hace al respecto, y el cual recoge, en buena medida, las posiciones encontradas en el seno del anarquismo (y desde algunos ángulos del liberalismo) sobre la idea federal, específica­mente la bakuniniana.

Carlos Díaz (1944), anarquista español,  hace distinguir cuatro críticas, que a su juicio, le han sido formuladas al federalismo libertario: 1.-Se ha dicho que el federalismo anarquista es anacrónico. Es decir que se encuentra desfasado en el tiempo. El momento, refiriéndonos a los finales del siglo XIX, amerita para la eficacia de la producción una centralización capaz de nuclear la comple­jidad del engranaje administrativo y estatal. La iniciativa privada no bastaría para organizar la producción. Es posible que tenga trascendencia en un sistema "a histórico" como el propuesto por Tolstoi o Bakunin, en su anhelado triunfo de la emancipación li­bertaria, pero sobre las bases aún fundadas en una sociedad con marcadas huellas burguesas y de orden capitalista;  2.-El federalismo anarquista pretende desarrollar lazos de solidaridad y fraternidad internacional, sin tomar en cuenta que el respeto a la autonomía del que hacen alardes no podría mante­nerse sin limitar fronteras de soberanía nacional, puesto que de lo contrario esa solidaridad y fraternidad se vería infractada por continúas reclamaciones y apropiaciones; 3.- Se dice que bajo un sistema federalista libertario la pro­ducción no sería controlada ni dirigida, pero la experiencia del federalismo bakuniniano en España, demostró que la producción no fue peor que en otras zonas, y ello en medio de una guerra. Las organizaciones de las fuerzas productivas tuvieron que asu­mir posición rectora en la dirección de las operaciones, produ­ciendo inevitablemente un control total a fin de salvaguardar los intereses generales; y 4.-Se dice que el federalismo libertario es una forma eleva­da de apoyo mutuo social, que no puede instaurarse de un solo golpe; no es despreciable, pero antes de acceder a él debe pesarse por una etapa preparatoria, el dominio de un partido socialis­ta, a fin de no partir de cero. Pero esa etapa transitoria es negada en sus postulados bajo el concepto de ilegitimidad. Puesto que consideran que un partido como eje de dominio sería lo mismo que un Estado que acabaría por distorsionar los objetivos emancipatorios. Pero lo cierto del caso, recalcan las críticas, es que es imposible concebir una nueva sociedad (un salto histórico trascendental) sin una etapa de adaptación que inevitablemente cuente con algunos errores del pasado. Lo que Bakunin consideraba una abolición completa y fulminante, es en la práctica irrealizable.

La federación libertaria, a diferencia del modelo liberal fede­ral, plantea directamente sus aspiraciones: Reducir el tiempo ne­cesario para la producción de objetivos indispensables a la satis­facción de nuestras necesidades materiales; aumentar el consa­grado al estudio, la observación o al goce; hacer que el trabajo necesario no sea más que una necesidad higiénica y no dolorosa fatalidad. Y ello, como planteamiento inspirativo para la organi­zación de una sociedad, aparece reflejado en las líneas filosófi­cas del filósofo inglés  William Godwin (1756-1836) expusiera en su "Justicia Política":

En lo que concierne a las tareas que actualmente correspon­den al Estado, sólo existen dos que serán conservadas por la sociedad: la defensa de sus miembros contra ataques de otros, y la defensa de la sociedad misma contra los ataques eventuales de otra sociedad. Respecto a la primera tarea, Godwin prevé la institución de un jurado cuyos juicios no estarán dictados de acuerdo con código alguno, sino sim­plemente por la razón. Para la segunda tarea convendrá convocar de tanto en tanto asambleas nacionales que esta­blecerán las medidas a tomar. La institución de la sociedad Godwiniana no exige, empero, recurrir a la violencia.

En tal sentido, las críticas al proyecto libertario de Bakunin, gravita en los argumentos de considerarlo "utópico" y exageradamente "rígi­do", en razón a una organización cuyas decisiones no pueden interactuarse sino que deben permanecer sujetas a un principio de autonomía comunal, y que es un proyecto "anacrónico" para el hombre de la época y las necesidades reales de la sociedad.

Ahondado a esto, y sin ánimos de una defensa automática a Bakunin, hay que destacar que  el federalismo anárquico configura, léase bien, "un intento" de integrar toda la sociedad en el camino hacia el desarrollo social. Es decir, partiendo de un federalismo anárquico integral, como el que nos presenta Bakunin, lograr una mejor distribución de las riquezas y un lugar adecuado donde desarrollar las potencialidades humanas de trabajo que brinde a cada uno de los indivi­duos una compenetración con su esfuerzo y resultado.

Sobre la base de lo anterior, se puede esgrimir, que la influencia de Bakunin en los movimientos revolucionarios surgidos después de su muerte (1876), son perfectamente entendibles, en razón de que el grueso de ideas bakuninianas vieron la luz años después de fallecer Bakunin. Eliseo Réclus y James Guillaume, se encargaron de rescatar gran parte de los escritos dejados a medias por Bakunin. Esta literatura, de un lenguaje golpeado y con ideas surgidas de la experiencia revolucionaria misma, fue acogida en Francia, Italia, Inglaterra; pero sobre todo, y con mayor pasión, en España se aceptaría con verdadero fervor el proyecto libertario de Bakunin y sus ideas en tomo al Estado y a la autoridad.

A manera de ejemplo, se puede destacar la experiencia española. Durante la Guerra Civil española, 1936-1939, muchas de las ciudades ocupadas por los revolucionarios, como Barcelona, Cataluña, Alto Aragón, Centro y parte de Andalucía, asumieron el federalismo bakuniniano como estandarte de cambio y libertad: “La insurrección encabezada por el general Franco, que esta­lló en julio de 1936, no sólo dio principio a la guerra civil. (Sino que) brindó la oportunidad a los anarquistas de llevar a cabo su revolución e instaurar un sistema que acogiera las expectativas libertarias.” La llegada triunfal a algunas regiones por parte de los grupos anarquistas y sindicalistas, trajo consigo un período de auténtico cambio revolucionario. Por decir un ejemplo, de la rica burguesía barcelonesa no parecía que quedasen trazas, pues habían desaparecido de la noche a la mañana. Las Iglesias fueron incen­diadas y se abrieron las puertas de las cárceles: “Por un momento las organizaciones obreras olvidaron todas las diferencias, e incluso los guardias civiles, que en Barce­lona permanecieron fieles al gobierno, se mostraron dis­puestos a confraternizar con sus antes enemigos de la iz­quierda. Dado que la mayor parte de los obreros barcelone­ses pertenecían a la CNT (Confederación Nacional de Trabajadores), la revolución pareció, lógicamente, un triunfo anarquista, a la vez que una oportunidad para poner en práctica sus tan largamente acariciados sueños. Según los dirigentes anarquistas, fueron los trabajadores quienes frus­traron la revuelta de los militares, y ellos serían ahora quie­nes se harían cargo de la ciudad y de toda la región catala­na.”

En fin, para el caso específico de Barcelona, se materializó una toma total de la ciudad y de su sistema de dirección, pero no se cumpliría el lema anarquista que "el Estado se derrumbaría automáticamente" y que serían eliminados los enemigos por la violencia colectiva que desencadenaría el salto histórico, puesto que aún el gobierno contaba con sus fuerzas coercitivas que inexorablemente hacían una oposición a los anhelos ácratas. Si bien es cierto que el triunfo anarquista en la España de la Guerra Civil no fue completo, bastó para que se aplicaran algu­nos postulados bakuninianos en zonas campesinas que se presta­ban para aquel principio proudhoniano de federación agrícola-industrial, aptas en todo su potencial humano y material. Un ejemplo concreto lo representa la experiencia en Andalucía, donde basándose en esas directrices generales de Bakunin, se dio forma a un sistema colectivista de organización político-social y económica: “En Andalucía (...) los labradores vieron las posibilidades de la revolución con más entusiasmo que los campesinos cata­lanes. Por desgracia, las comunas aldeanas tuvieron una breve existencia, ya que las tropas de Franco conquistaron Andalucía en los primeros meses de la guerra. No obstante, antes de que esto ocurriera, hubo muchos pueblos en los que, lo mismo que en pasadas insurrecciones, la Guardia Civil fue desarmada, aprisionada o asesinada, quemados los archivos municipales y proclamado el reparto".

El pueblo de Castro del Río, cerca de Córdoba, en el mes de septiembre de 1936, tenía las tierras bajo la dirección de comités anarquistas. Allí se había abolido el dinero, y los vecinos del pueblo, erigidos en comuna, recibían los productos necesarios para la subsistencia directamente de los almacenes comunales Presidía un intransigente espíritu puritano, muy característico de ciertas formas de anarquismo. Como hecho anecdótico, la experiencia del escritor austriaco  Franz Borkenau (1900-1957) es bien descriptiva: “Traté en vano de conseguir una bebida, así fuera un poco de café, vino o limonada. El bar del pueblo se había cerrado por considerarse un comercio indigno. Eché un vistazo a las tiendas y todo escaseaba tanto, que uno podía atreverse a anunciar una inminente situación de hambre. Pero a los vecinos del pueblo parecía que les enorgullecía aquel estado de cosas. Estaban contentos, dijeron, de que se hubiera terminado el beber café; la impresión era que consideraban la renuncia a las cosas accesorias como un progreso moral. Lo poco que necesitaban del mundo exterior, ropa mente, esperaban conseguirlo con un intercambio del excedente de aceituna (para lo que, sin embargos a vía no se había dado ningún paso). El aborrecimiento profesaban a las clases privilegiadas era más de orden moral que económico. No deseaban llevar la cómoda existencia de aquellos a quienes habían expropiado; lo que querían era desembrazarse de sus ostentaciones, que se les antojaban otros tantos vicios.”

La experiencia de Castro del Río no es diferente a la de otras comunas anarquistas. Lo cierto es que en ésta en particular, la cosa duró poco. Días después de la visita de Franz Borkenau, el pueblo fue arrollado tras una dura resistencia. La única esperan­za que tenía el movimiento libertario español, era lograr un triunfo contundente en zonas estratégicas que hicieran al gobier­no flaquear totalmente y darles el chance de organizar el país. La suerte, como sabemos, no estuvo de su parte y pronto todos aquellos sueños se evaporarían. Pero el fracaso no devino de la nada. Existieron razones con­cretas que impidieron que el movimiento anarquista lograra sus objetivos. Las dificultades empezaron cuando el capítulo de activida­des controladas por los anarquistas tuvo que soportar las consecuencias de la guerra. Podía ocurrir que el comu­nismo anarquista lograse funcionar temporalmente en una zona alejada si los habitantes de la población se mostraban dispuestos a cargar con la austeridad que exigía; pero resul­taba mucho más difícil gobernar una fábrica de acuerdo con el ideario anarquista si para su normal funcionamiento ne­cesitaba de primeras materias procedentes de fuentes no controladas por los anarquistas, y las cuales tenían que transportarse por ferrocarril u otros medios que estaban en manos de organizaciones rivales.

Aunado a esto, se fueron suscitando enfrentamientos internos en el seno de la CNT y en los grupos anarquistas, que debilita­ron finalmente todo el panorama y reprodujeron niveles conflictivos que se creían superados: “El anarquismo extremo de las comunas libertarias dio paso a las requisitorias estatales. Cuando no fueron las tropas de Franco las que acabaron con los anarquistas del pueblo como el de Castro del Río, el primitivo anarquismo de la fase inicial no pudo mantenerse frente a la resistencia opuesta por los pequeños campesinos o los colonos, siem­pre dispuestos a incrementar sus haberes a expensas de los terratenientes, pero poco dispuestos a dar a la cooperativa el pedazo de tierra que poseían.”

El modelo bakuniniano se reprodujo en la experiencia españo­la con mucha nitidez y valoración. Su fracaso, si así podemos llamar el hecho de que no siguiera en su aplicación, se debió a la falta de recursos autogestionarios que permitieran a los comités anarquistas tener voz y decisión. El no haber podido conquistar las zonas estratégicas de España, le costó a los movimientos anarquistas su revolución, pero no así su influencia en los años venideros. "Los anarquistas nunca fueron barridos del todo, y sus fuerzas continuaron desempeñando un papel de considera­ción hasta el término de la guerra". La tradición anarquista es­pañola ha prevalecido ardiente y, aunque ahora sus posibilidades de emancipación sean casi nulas, no le restan importancia, pues­to que su valor no es sólo práctico, sino teórico.

El pensamiento federal de Bakunin, en el ejemplo de Castro del Río, es una clara exposición de que las ideas bakuninianas no permanecieron en proyectos y utopías. Fueron llevadas a una realidad y llegaron a ocupar sitial relevante. No aceptamos el término de fracaso de estas ideas, puesto que su incontinuidad se debió a errores en la configuración de la acción revolucionaria, no a que el modelo adoleciese de fallas pronunciadas. También inferimos que algunos planteamientos bakuninianos fueron mal interpretados y llevados a la práctica así como Lenin lo hizo con el pensamiento económico de Marx, sin la más mínima conside­ración de las condiciones reales del sistema.


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