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Una visión técnica de la tragedia Sobre la Tragedia del Quince de Diciembre Edgard Yerena Martes, 11 de enero de 2000
Desde los fatídicos hechos que se desataron el 15 y 16 de diciembre no faltan las voces que pontifican sobre la falta de planificación urbanística, el crecimiento anárquico de las zonas marginales, y otros lugares comunes, como responsables por la tragedia. Incluso, algunos temerarios desenfundaron el argumento de las intervenciones humanas incontroladas en las cabeceras de los ríos como causa del desastre.
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Ciertamente, que la falta de planificación puede conducir a permitir urbanismos en áreas de alto riesgo. Igualmente, es conocido que el populismo, y la indolencia de las autoridades, conducen a hacerse la vista gorda en torno a ello, al igual que en torno al crecimiento de los ranchos en zonas de alto riesgo e igualmente es cierto que severas intervenciones humanas en las cabeceras de las cuencas pueden contribuir a que se desaten fenómenos erosivos más violentos de lo normal. Sin embargo, en este caso del Diciembre Trágico (como tal vez se le recuerde en nuestra historia), es irresponsable atribuir a esas causas la magnitud de la tragedia. No quiero decir que algunos de los sucesos no se deban a algunos de esos factores, como en algunos de los casos de los barrios construidos sobre el cauce de las quebradas. Lo que quiero argumentar es que lo que ha ocurrido es un fenómeno extraordinario, que sucede en escalas de tiempo que superan las humanas. En otras palabras lo que hemos presenciado es a las fuerzas que moldean la superficie del planeta, en plena acción. Cualquiera que eche un vistazo a las fotografías aéreas del litoral central, y que conozca un poco de geomorfología, puede advertir los grandes abanicos o conos de deyección que conforman lo que conocemos como Caraballeda, Los Corales y Tanaguarena. Cualquiera que se pregunte, porque existe esa forma de terreno tan peculiar en una costa abrupta y que casi no tiene playas, debe concluir en que esos abanicos han sido paridos, generados, creados, por la montaña: por El Avila. Si alguna vez ustedes pasearon por Los Corales, se percataron de aquellos enormes, gigantescos, peñascos que adornaban esa urbanización. Si juntan ese recuerdo con lo de las fotos aereas, tienen que concluir que esas piedras bajaron de la montaña, y que ese gran plano inclinado del abanico, no podia tener otro origen que no fuese la montaña. Es lógico que esas grandes rocas bajaron de la montaña, y que sólo pudieron provenir de un gran fenómeno erosivo, que no pudo ser gradual, sino violento y masivo. El punto es que estos fenomenos ocurren en lapsos de tiempo de evolución geomorfológica. Desde que la sierra de El Ávila emergió y llegó a su más alto nivel, ha estado sometida a estos procesos de erosión masiva, que le han dado su aspecto actual. Incluso, el valle de Caracas ha sido creado por el relleno que estos violentos procesos erosivos han echado sobre la falla geológica que atraviesa el valle. Estos son fenómenos que ocurren en escalas de tiempo geológico, no en escalas de tiempo humano. Si fueran dentro de nuestra escala de tiempo hace tiempo que ya habriamos presenciado varias de estas avalanchas, y de hecho, no ha sido así. Desde los tiempos de Francisco Fajardo, cuando fundó Caraballeda, en el siglo XVI, no han habido registros de estos fenómenos de gran escala. Por tanto podemos suponer, en principio, que al menos no ocurría uno así desde hace casi 500 años. Sin embargo, se sabe de un fenomeno similar ocurrido en 1951. En ese año el río Naiguata cambió de cauce y arrastró a numerosas viviendas al mar. Pero este evento, que al parecer no fue bien documentado, parece no haber sido de la magnitud del de este diciembre. En consecuencia, creo que lo que hemos presenciado es un evento geomorfológico de gran escala, fuera de la escala temporal de nosotros como venezolanos, y que es "natural" o "normal" dentro de los procesos que modelan los paisajes de montaña. Sabemos igualmente, que un fenómeno similar, ocurrio con la tragedia del Río Limón, en Maracay, en la década pasada. En el caso del Limón, la extension del fenómeno se restringió a una sola cuenca, y en este caso de 1999 el fenómeno se extendió por varias cuencas y a lo largo de una extensión geográfica mucho mayor. Pero en ambos el proceso fue el mismo, y su explicación reside en la sobresaturación de los suelos y de la capa de alteración que suprayace a la roca madre, por efecto de lluvias excesivamente altas. Estas lluvias no son necesariamente intensas, pero si son continuas y de grandes volúmenes sobre un período prolongado de tiempo. Tanto en el caso de El Limón como en el de Caraballeda, sabemos que fueron varios los días de pertinaz e incesante lluvia. Esta sobre-saturación de agua del material suelto, provoca una pérdida de cohesión mecánica del suelo, el cual por elementales leyes de la física, no puede sostenerse y sencillamente se desprende. Este desprendimiento de masas de tierra arrasa consigo toda la superficie, sean bosques o sabanas. En el caso de El Limón, como ahora en el de El Ávila, fue obvio como miles de metros cuadrados de bosques maduros se desprendieron, y se vinieron abajo como si un gigantesco rastrillo los hubiese arrancado. En el caso del litoral central, la cobertura del suelo por parte de la vegetacion es muy poca por razones ecológicas y no antrópicas. En las franjas bajas de la montaña la vegetación natural es de espinar costero o matorral xerofítico. Este tipo de vegetación ofrece poca cobertura al suelo, y ante unas lluvias tan prolongadas y voluminosas, por supuesto que no puede soportar al suelo. La prueba de ello se ve en las innumerables cicatrices que se observan a lo largo de las faldas bajas de la montaña. En consecuencia, no es sensato argumentar la "intervencion antrópica" en las cabeceras de los rios, como causa de este fenomeno. Siendo obvio que presenciamos un fenómeno natural de gran magnitud y de poca frecuencia, es que tiene sentido hablar de la supuesta falta de planificación urbanistica. ¿A quién de nosotros se nos hubiera ocurrido que no era lógico construir en Los Corales, sin tener antes conciencia vivencial de estos fenómenos?. Creo que hasta al más experto de los geomorfólogos, hubiera construido en Los Corales a principios de los años 60, si se le hubiese dado la oportunidad. No haberlo hecho era casi tan ridículo como tomar en serio aquellas leyendas sobre el supuesto "volcán dormido" de la Silla de Caracas. Estos fenómenos estan más allá de la percepción de la escala humana. ¿Cuantas ciudades en el planeta no estan construidas sobre conos de deyeccion, o abanicos aluviales?. Caracas es una de ellas. Si no lo creen, busquen un par estereoscópico de fotografías aéreas y observen los terrenos sobre los que están construidos Los Palos Grandes, San Bernardino, y hasta el propio centro histórico de Caracas. Verán que son gigantescos planos inclinados generados por la actividad erosiva de las lluvias sobre la montaña, y que por su extensión, no pueden ser atribuidos a eventos paulatinos, sino a eventos catastróficos y violentos. San Felipe, capital del estado Yaracuy, es otra ciudad que recuerdo esta construida sobre otro abanico de este tipo. Con seguridad en el mundo hay muchas ciudades asi. El punto de reflexión final es sobre la sensatez con que asumamos el reto de la prevención de este tipo de fenómenos. En primer lugar debemos reconocer que tenemos que aprender a convivir con ellos. En segundo lugar, tenemos que aprender como detectar con anticipación este tipo de fenómenos. Sobre este particular vale la pena una reflexión adicional. Si existiese una red de pluviómetros automatizados a lo largo de toda la Cordillera de la Costa, que transmitiese sus datos en tiempo real a una computadora, alimentada con un sistema de información geográfica que disponga de una zonificación de niveles de riesgo geotécnico, sin duda que se podría conocer cuando estamos afrontando una situación de riesgo potencial; tal vez incluso, con 1 o 2 días de anticipación. Ante una alarma temprana, basada en datos reales y científicos, sería posible acometer la evacuacion de personas a fin de minimizar la pérdida de vidas. En tercer lugar, ciertamente debemos tratar de no construir en zonas de alto riesgo. Sin embargo, me atrevo a lanzar un reto: supongamos que se prohíbe construir en Los Corales por los próximos 100 años; cuando dentro de 100 años, nuestros nietos vean esa cantidad de terrenos vacíos, ya rellenados por material suelto, con vegetación encima, donde muchos de los grandes peñascos ya no serán visibles, y teniendo gran urgencia de terrenos para la construcción, ¿creen ustedes que dejarán de considerar la opción de volver a construir en esos terrenos?. Yo personalmente creo que si construirán de nuevo. Tal vez busquen formas de construcción novedosas. Tal vez busquen construir gigantescas y profundas avenidas para desaguar los posibles futuros aludes de fango y roca. Pero lo que si es cierto, es que construirán. Así ha sido la naturaleza humana, desde tiempos más lejanos que los de Pompeya, y así seguirá siendo. Lo que si tenemos que modificar es nuestra responsabilidad por predecir esos eventos, y por supuesto, reconocer que debemos convivir, o coexistir, con esas fuerzas. |
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Laura Castillo de Gurfinkel
Miguel Molero
Enrique Prieto Silva |
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