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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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  Sección: Global y Social

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Dos conceptos de ciudadanía

Oscar Reyes

Martes, 24 de marzo de 2009

I.- Justificación

A petición de algunos amigos de Chacao, desarrollamos aquí dos conceptos básicos sobre ciudadanía: una que llamamos ciudadanía jurídico–política y otra que llamamos ciudadanía por elección. Para ello hemos imitado, con las previsibles decepciones del caso, fruto de nuestras limitaciones intelectuales y del color local, el more anglosajón, el estilo de Isaiah Berlin en Dos Conceptos de Libertad: lenguaje directo y sencillo, con algunas referencias a determinados autores, pero sin las extensas y precisas citas textuales y notas a pie de página que acreditan el aparato crítico de los trabajos en la academia. La intención no es probar algo, ni generar conocimiento nuevo, sino persuadir acerca de algunas ideas muy personales que el autor desea compartir con sus amigos del municipio del cual recientemente se ha hecho ciudadano por elección. Acaso, también buscan generar cierta emoción en el lector, la suficiente para despertar el sentimiento que recorre la columna vertebral del paper; el amor a lo público y ese afecto hacia nuestros conciudadanos que el griego llamó simpatía.

II.- La ciudadanía jurídico política

Ciudadano es toda aquella persona que posee derechos políticos en una comunidad organizada. Del concepto anterior se deriva que no todas las personas que viven dentro del territorio de tal comunidad son ciudadanos, como sería el caso de los residentes extranjeros o los transeúntes. En condiciones ideales –digamos, que tal comunidad esté dirigida por un gobierno respetuoso de sus leyes nacionales y de determinados tratados internacionales- esos extranjeros disfrutan plenamente de ciertos derechos humanos inalienables, como el derecho a la vida, a no ser torturados o a no ser perseguidos por sus creencias religiosas.

En buena medida, dado que la gran mayoría de los derechos del tipo de los que enumeramos tienen delante de sí un ‘no’, pueden ser llamados derechos negativos, pues provienen del concepto de las libertades negativas enumeradas en la Declaración de los Derechos Humanos, las libertades de los primeros liberales como John Locke; no ser arrestado sin fórmula de juicio (habeas corpus), no ser perseguido por pertenecer a una etnia, etc. Son derechos inalienables porque se acepta el compromiso de que todo ser humano, dondequiera que viva, tenga la nacionalidad que tenga, pertenezca a la etnia que sea o sea creyente de la religión que sea, posee esos derechos, los cuales sólo pueden serle disminuidos o enajenados en casos y bajo procedimientos estrictamente regulados por la ley.

Un ejemplo de ello sería el caso de las creencias religiosas: en los tratados y en las constituciones usualmente ese derecho aparece protegido o tutelado bajo una fórmula del tipo ‘nadie será perseguido por sus creencias religiosas’. Pero una cosa es la creencia religiosa y otra cosa la práctica de una fe: determinada interpretación de la sharia, la ley islámica, puede hacerme creer que para ganar el cielo debo asesinar a los creyentes de otra religión, a los infieles, estallando carros bomba delante de sus mercados. El derecho a la libertad religiosa de tal creyente-terrorista entonces se restringe y en aquellas legislaciones donde exista la pena de muerte su vida puede ser tomada por el Estado, lo cual de facto y de derecho reduce sus derechos a un grado cero.

De acuerdo con esta teoría, todos los habitantes de un territorio –e incluso los transeúntes- poseen derechos humanos, pero no todos son ciudadanos. A los derechos humanos hay que añadirles otras categorías jurídico–políticas para considerar que alguien es ciudadano. Estas categorías están muy cercanas de lo que llamamos nacionalidad, aunque la nacionalidad no las abarca completamente.

Todo lo que hemos dicho hasta aquí presupone que el territorio donde viven o transitan los sujetos que hemos estado analizando está organizado bajo la forma de un Estado nacional, y adicionalmente bajo alguna de sus subdivisiones político–administrativas, como las provincias o las regiones; en Venezuela diríamos los estados –con minúscula- entendidos en este caso como regionales, e incluso podemos llegar a los municipios, porque éstos también otorgan categorías de ciudadanía a una parte determinada de sus habitantes.

La categoría jurídico–política más conocida que otorgan los países a determinados habitantes de su territorio es la nacionalidad: en este caso nacionalidad y ciudadanía se solapan momentáneamente, de manera que cuando me interrogan en un aeropuerto o en un cuestionario ¿nacionalidad?, puedo perfectamente responder ‘ciudadano venezolano’.

Tener una nacionalidad otorga toda una serie de derechos y exige una serie de deberes. Un derecho distintivo por excelencia es el de elegir y postularse para cargos de elección popular. Aquí nacionalidad y ciudadanía se separan analíticamente, porque al votar por un candidato presidencial lo hago sobre la base de que soy ciudadano venezolano. En una embajada o un consulado Venezolano en Vigo o Nueva York –donde también puedo votar si estoy residiendo fuera del país- me van a preguntar la misma fórmula: ¿nacionalidad? a lo que responderé ‘soy ciudadano venezolano’, lo cual probaré mostrando mi cédula de identidad.

Mas a medida que voy bajando en la escala de elecciones hacia la base, aunque presupongo la nacionalidad venezolana, sin embargo no la invoco, sino que invoco la categoría de la ciudadanía: al inscribirme en el registro electoral probando mi nacionalidad venezolana mediante la cédula, adicionalmente declaro y me adscribo a otras ciudadanías jurídico–políticas: soy ciudadano del estado Miranda y ciudadano del municipio Chacao, lo cual me otorga, entre otras cosas, el derecho a elegir al gobernador y al alcalde y a postularme para algún cargo de elección popular en esas jurisdicciones.

Actualmente, la nacionalidad y la ciudadanía pueden atravesar ejes transversos que en algunos casos son bastante complejos. Francisco (Paco) Salgado, p.e., puede ser una persona nacida en Caracas –y por ello venezolano- que ahora vive en Vigo. Su padre, inmigrante dueño de un restaurant en el casco central de Chacao, le transmitió la nacionalidad española vía ius sanguinis: Paco es ciudadano de un municipio en Vigo y elige a su alcalde, es ciudadano de la región autónoma de Galicia por lo cual elige diputados a Las Cortes, vota en los referendos nacionales y vota para elegir eurodiputados. Es vigués, gallego, español y europeo, y adicionalmente, si estando en Caracas lo agarra una elección, pues también elige al alcalde de Chacao, al gobernador de Miranda y al presidente de la república.

Clasificar a Paco el vigués–gallego–español–europeo–chacaoense–mirandino–venezolano desde el punto de vista de la ciudadanía entendida ésta desde la nacionalidad y el derecho al voto es complejo. Por eso decíamos que la nacionalidad les otorga derechos y categorías jurídico–políticas a los individuos que viven en un territorio, pero no agota el concepto de ciudadanía, al punto que para el mismo Paco puede ser un problema su complejísima ciudadanía jurídico-política, dado que él no está atado a un territorio, pues se puede movilizar entre Vigo y Chacao constantemente y ejercerlas todas ellas simultáneamente.

Hay otras categorías administrativas y legales vinculadas a la ciudadanía en cualquiera de sus niveles nacionales y locales, como el deber de pagar impuestos, que otorga el derecho a exigir determinados servicios como salud, educación y seguridad pública. Estas categorías jurídico–políticas tampoco agotan la ciudadanía, y este pudiera ser un concepto tan móvil, tan polisémico, que podría resultar casi imposible definirlo de manera concisa, dado que, por añadidura, se trata de una categoría que cambia constantemente a medida que cambia la sociedad. Antes de la globalización, antes de los jets, no podríamos habernos imaginado fácilmente a un ciudadano híbrido como Paco.

Los derechos humanos son progresivos, y los ciudadanos se hacen sujetos de esos derechos a medida que los mismos son reconocidos por los Estados nacionales y los tratados internacionales. La misma estructura política de una sociedad puede cambiar, de manera que lo que en ella se entienda como ciudadano también puede cambiar, dependiendo –entre otras cosas y sobre todo- del régimen político, pero también de los valores sociales aceptados por tal comunidad.

Por ejemplo, a los derechos derivados de las libertades negativas se han añadido como un compacto otros derechos derivados de las llamadas libertades positivas. Los derechos negativos son cosas que el Estado no debería hacer contra mí, como perseguirme o torturarme. Pero para disfrutar plenamente de esos derechos en tanto ser humano, en tanto persona, se requieren en la sociedad una serie de instituciones como los tribunales, las escuelas o los hospitales. ¿De qué me sirve ser libre si cualquiera me puede matar impunemente al llegar tarde a mi casa en un barrio de Caracas? Estos derechos positivos, antes llamados de segunda generación porque fueron teorizados por liberales reformistas como Jeremy Bentham y John Stuart Mill cuando comprendieron que no bastaba con la declaración de los primeros derechos, han evolucionado hasta convertirse en los hoy llamados Derechos Económicos, Sociales y Culturales (DESC) y deberían ser garantizados positivamente, es decir, mediante instituciones destinadas a asegurar que todos los ciudadanos puedan ejercer efectivamente el derecho a la alimentación, a la educación o al libre desarrollo espiritual.

Por eso, actualmente la ciudadanía incluye –sobre una base subyacente de derechos humanos inalienables de primera generación- junto a las categorías jurídico–políticas de la nacionalidad, el voto, los impuestos y los servicios, un compendio o compacto de toda una serie de derechos sociales.

Pero esto tampoco agota el concepto de ciudadanía, porque en casos como el de Paco, la ciudadanía está atiborrada de compactos de derechos y deberes de todo tipo y a todo nivel. Un añadido que podría ayudarnos a bosquejar aun más la idea que nos ocupa sería preguntarle a Paco acerca de la visión que él posee de su propia ciudadanía. Conceptualmente, damos por sentado que las categorías jurídico–políticas y los compactos de derechos antes enumerados son fundamentales y que sin ellos la ciudadanía se hace casi imposible, es decir, que ellos son necesarios pero no suficientes.

Pero para llegar a la categoría adicional que queremos debemos abandonar el ámbito jurídico–político y preguntarle a Paco desde un punto de vista no racional, más bien emotivo:

-Paco, ¿de dónde te sientes más ciudadano?
Y, como muchos hijos de inmigrantes e incluso como muchos de sus padres, Paco podría responder:

-Yo me siento más venezolano y me siento más chacaoense que gallego o español.

-¿Y por qué?
-Porque entre esta gente me siento mejor, más feliz. Aunque mis hijos cuando sean grandes pueden ir a España y quedarse allá estudiando y viviendo si ellos así lo desean, sin embargo yo quiero que ahora que están chiquitos crezcan aquí, que sean venezolanos y que vivan en Chacao.

Lo anterior no es una telenovela, es algo que le he oído a muchos inmigrantes y a muchos de sus hijos que tienen la posibilidad de irse pero que prefieren quedarse aquí, pese a los graves problemas del país: en determinado momento de sus vidas, ellos eligen la ciudadanía a la que se sienten más afiliados. La ciudadanía tradicional estaba muy ligada al nacimiento en determinado país y a la descendencia de determinados padres, de manera que era fatal, asunto del destino o del azar. Esa es una de las razones por las que la ciudadanía aún no es plena mientras somos niños: nuestros padres eligen por nosotros porque aunque somos sujetos de derechos humanos todavía somos ciudadanos en formación o construcción. Pero en el último siglo la globalización y la migración han contribuido a que la ciudadanía se convierte cada vez más en un asunto de elección. Dentro de la compleja gama de nacionalidades y ciudadanías jurídico políticas de Paco, la que más le importa, su última ratio, es la elección: ‘Soy ciudadano de Venezuela y de Chacao porque así lo quise y, entre otras cosas, nadie va a hacer que me vaya del sitio que quiero, de entre la gente que amo, aunque yo pudiera estar viviendo en España. No habrá autoritarismo que me obligue a irme de aquí, primero me tienen que matar.’ Esto, que oímos a cada rato, es un rasgo identitario muy importante de lo que podríamos entender como ciudadanía, desde el punto de vista de la ciudadanía como elección, y sobre ello vamos a hablar en la próxima sección.

III.- La ciudadanía como elección

La elección es una decisión consciente que presupone una dosis de responsabilidad y aceptación de compromisos. Responsabilidad desde el momento en que usted le puede preguntar a Paco y él puede dar cuenta de su decisión respondiendo algo como: ‘Porque así lo quise’. Compromiso porque asentimos en hablar determinada lengua, respetar determinadas normas municipales, pagar determinados tributos, participar como vecinos en determinadas organizaciones y un largo etcétera. Teóricamente aceptamos este compromiso porque nos parece ventajoso, valioso para nuestra vida y la de nuestras familias: queremos que nuestros niños jueguen béisbol en la Plaza Bolívar de Chacao en vez de fútbol en un parque en Vigo, queremos que tengan el suave acento del español venezolano en vez del rudo ceceo peninsular, que coman más caraotas negras y carne mechada que fabes y chipirones. Este tipo de compromisos están relacionados con el amor: no en balde, la joya que los novios dan a sus novias se llama anillo de compromiso, y a la pregunta crucial en el momento de la boda se responde con un ‘Sí, acepto’. El verbo activo es importante: en inglés no se responde ‘Yes, I do accept’ (Sí, yo acepto), sólo ‘I do’ (Yo sí). El español enfatiza el compromiso mediante el cual soy activo y no pasivo: ‘acepto este pacto de amor con todos sus deberes’ parece querer decir la respuesta, que nos puede servir para volver a nuestro tema.

Pero hagamos ahora un rodeo, una perífrasis antropológica mínima y necesaria. El egoísmo, el deseo de conseguir como individuos todo lo que nos proporciona placer y satisfacción, es una parte muy visible de la naturaleza humana. No se trata de algo que sea malo en sí; conseguir casa, comida, educación, un alto nivel de vida, montar una empresa, escribir poemas, ver el fútbol por televisión tomando cerveza, criar a los niños, ir a una peluquería de lujo o hacer hidroterapia en el spa son empresas individuales perfectamente legítimas. Tal vez el límite que pueda imponérsele a esta tendencia humana tan natural y tan poderosa sea el mismo que los primeros liberales le impusieron: tengo derecho a perseguir todo aquello que como proyecto de vida me haga feliz siempre y cuando con ello no lesione el derecho de los demás a realizar sus legítimos proyectos de vida.

Estamos entonces ante una concepción del ser humano, ante una visión antropológica, que entiende que lo una de las mayores fuerzas que nos mueven a actuar en el mundo es la búsqueda del placer y de la felicidad, sea lo que sea que eso signifique para cada individuo. En los países democráticos de tradición liberal, esta prioridad es algo muy claro que no genera ninguna vergüenza; los padres fundadores de los Estados Unidos crearon una nación para garantizar que sus descendientes pudieran perseguir su felicidad y la de sus hijos y ello está dicho literalmente en su Constitución, que data de 1787 y que es anterior a la Revolución Francesa de 1789.

Sin embargo, la naturaleza humana no se agota en el egoísmo; personalidades como Ghandi o la madre Teresa de Calcuta, como las damas de cualquier asociación benéfica, digamos la Asociación Civil Don Bosco o las Damas Salesianas, nos muestran que adicionalmente los seres humanos somos capaces de ser solidarios con otros que no integran nuestro círculo inmediato de amores conocidos y cercanos; aunque no conocemos a las personas a quienes les enviamos ropa y comida enlatada luego de un terremoto o una inundación, las consideramos un ‘nosotros’, son venezolanos como nosotros que tuvieron la desgracia de vivir en el estado Vargas en el momento del deslave del año 2000, y que requieren de nuestro apoyo. Los venezolanos, se nos dice, somos muy solidarios en casos de desgracias de este tipo en nuestro país y también más allá de nuestras fronteras. Es claro que la acción de dar también puede generar mucho placer y felicidad (es una forma inversa del placer que nos produce el recibir las cosas que nos gustan), y que hay individuos que se realizan en la vida en función de ayudar a los otros, como la Madre María de San José o el premio Nobel de la paz Muhammad Yunus, creador del Banco del Pueblo en Bangladesh, quien ha ayudado a salir de la miseria a más de cinco millones de personas.

A partir de esta percepción, la naturaleza humana se nos presenta como polivalente: en primera instancia, egoísta y solidaria, aunque sabemos que más allá de esto existen muchos otros matices que la hacen muy compleja, muy plástica y maleable, un espinoso objeto de estudio de la filosofía, la psicología y otras tantas ciencias humanas desde hace milenios. Cuando decimos naturaleza humana no decimos que el egoísmo o el altruismo crezcan de manera biológica en nosotros tal y como nos crecen las uñas y las pestañas. Casi todo lo humano nos es dado socialmente, por nuestros padres y nuestro entorno: no somos como las abejas, que llevan escrito en el código genético su función instintiva como obreras, zánganos o reinas. Los instintos humanos son más suaves, son pulsiones, que se desarrollan en la sociedad, donde nos enseñan a comer, cazar, reproducirnos. Lo que llamamos el Yo bien puede ser descrito como una red de creencias: nacemos con ciertas predisposiciones genéticas que se terminan de configurar en la sociedad en que vivimos. Por eso, el egoísmo, el altruismo y tantos otros matices pueden de hecho ser sujetos de educación, algo muy importante a los efectos de este trabajo como veremos más adelante, A los efectos de este ensayo, nos mantendremos instrumentalmente en la dualidad egoísta–solidario para analizar el concepto de ciudadanía como elección, dado que son dos categorías muy trabajadas por la teoría política clásica.

Ninguna de estas dos opciones (egoísmo y solidaridad) es originariamente mala en sí: en realidad, dependiendo de las circunstancias, la mayoría de los seres humanos participamos en actividades y compromisos de ambos tipos sin por ello enfrentarnos a una crisis de identidad o a una esquizofrenia. Nos parece normal ser egoístas en algunos casos y solidarios en otros, a pesar de que ello sea un problema tan complicado para ciertos filósofos o dirigentes políticos para quienes lo único que debería contar es la solidaridad, el compromiso hacia los otros, la pertenencia a una clase social, es decir, para quienes el individuo debe desaparecer y fundirse dentro del grupo, para quienes la voluntad del individuo debe ser absorbida en su totalidad por la voluntad general, como sugería Rousseau.

Esta vocación -y en muchos casos imposición- de la solidaridad y del colectivo por encima del individuo, es la que inspira las constituciones de los países socialistas e inflama el discurso de muchos dirigentes de izquierda actuales que aún no se han enterado de la caída del Muro de Berlín.

Aunque ya nadie perseguiría ni secuestraría a Santo Tomás de Aquino por querer dedicarse a la vida religiosa y por ende entregarse al prójimo abandonando los intereses de su poderosa familia, el exceso de egoísmo también es peligroso, y nos ha colocado en una gravísima situación: la avaricia y el egoísmo reinante en una parte de la sociedad norteamericana –en las personas de los gerentes de las bancas de inversión que irresponsablemente crearon la burbuja inmobiliaria- han generado una crisis económica mundial de consecuencias catastróficas de las cuales no está exento nuestro país. La intervención de los bancos centrales y los gobiernos de los países ricos puede ser descrita como una keynesiana medida solidaria para tratar de equilibrar las calamitosas consecuencias del exceso de egoísmo con los intereses legítimos de las mayorías, que han sido lesionados en grado superlativo, pues se han perdido millones de empleos y hay riesgo de hambrunas incluso en países como el nuestro.

El caso contrario también es conocido entre nosotros: en nombre de un difuso colectivo llamado ‘el pueblo’, se intenta imponer un modelo colectivista que apoya una mitad de la población y que la otra mitad rechaza. Este tipo de modelos desconoce al sujeto quitándole la categoría de tal y convirtiéndolo en una condición vergonzante: no eres un individuo, si persigues tu felicidad eres un individualista. Llevado a su grado máximo, esto fue una realidad espantosa en uno de los dos atroces totalitarismos que registró el Siglo XX, el soviético, como bien ilustró Hannah Arendt en Los Orígenes del Totalitarismo.

Supongo que el equilibrio entre ambas tendencias sería lo más sensato, aunque no es nada fácil en la praxis como duramente nos alecciona la historia. Los socialdemócratas (no marxistas sino pragmatistas como yo) grosso modo podríamos pensar que para salvaguardar los valores de estas dos tendencias humanas lo más apropiado que conocemos hasta ahora es una democracia que vaya más allá de la simple representación o la participación, y que haga de la deliberación acerca de los asuntos que nos conciernen a todos su piedra angular. Siguiendo a Michael Walzer, Fernando Mires, Rodolfo Arango y otros autores, hemos coincidido en llamar a este modelo La Democracia Social. Estudiarla en detalle no es la intención de este artículo, pero podemos sugerir algunas de sus características: libertades individuales y derechos humanos, derechos sociales, económicos y culturales, para todos los ciudadanos, como suele sintetizar a manera de slogan Leopoldo López; promoción de la empresa privada responsable y regulada con firmeza por el Estado, un Estado de bienestar fuerte para cumplir las misiones encomendadas por los ciudadanos –nunca para perseguirlos- y la posibilidad de que los ciudadanos emprendan modelos alternativos de organización tanto política como económica, para tratar de consolidar y a la vez democratizar el capital, la riqueza de una nación que es una potencia energética pero que cuenta con un 80% de pobreza. Vengan de donde vengan las propuestas innovadoras, no deberíamos tener pruritos, prejuicios, siempre que tales propuestas demuestren ser rentables, sostenibles, y que ayuden a derrotar la pobreza. Por supuesto que las empresas económicas más extendidas en el mundo son las de capital privado, seguidas por los consorcios estatales. Pero también existen muchas empresas de capital social con grandes éxitos en la dura tarea de luchar contra la pobreza, como el ya citado Banco del Pueblo de Muhamad Yunus. Hay empresas altruistas que además de rendir ganancias a sus dueños privados les otorgan el placer del dar, como las que ha estudiado Felipe Pérez Martí en el IESA y que también son objeto de estudio en las facultades de economía de Harvard y Chicago. Hay cooperativas como las de Mondragón en el país vasco que exportan más de 12 millardos de euros al año, con universidades, bancos, centros de investigación y de producción de conocimientos, todo ello propiedad de los cooperativistas, de los ciudadanos, y administrada por los mejores gerentes de entre ellos. A eso se debe en buena medida la prosperidad de esta zona del norte de España en comparación con la deprimida Andalucía. ¿Hemos de rechazar estas interesantes posibilidades sólo porque son mencionadas y utilizadas demagógicamente desde el locus de discurso del gobierno? Si funcionan, si son rentables y ayudan a salvar a nuestros hermanos de la pobreza, pues bienvenidas.

Al hacer énfasis en el adjetivo ‘deliberativa’ aplicado a la democracia bordeamos nuevamente el territorio de la ciudadanía como elección: si yo acepto vivir y ser ciudadano por ejemplo de Chacao, me comprometo no sólo a pagar los impuestos, cuidar la infraestructura y respetar las normas municipales: debo participar y deliberar acerca de los asuntos públicos, tal y como lo hago en casa a la hora de resolver los asuntos familiares. Esa responsabilidad por lo público es la expansión, al ámbito de la ciudad, del sentimiento de unidad y solidaridad que debe reinar en una familia: ese sentimiento ha sido descrito como amor a lo público, republicanismo, por filósofos romanos como Cicerón, y es el sentimiento que inspiró el modelo deliberativo de la democracia norteamericana, como bien lo vio Alexis de Tocqueville en La Democracia en América.

La ciudadanía como elección, en la díada egoísmo–solidaridad, y en el marco de una democracia social deliberativa, comprendería pues conductas públicas –más allá del ámbito familiar- que pueden ser egoístas, como ganar mucho dinero con una empresa, proyectos de vida que de suyo son legítimos si no lesionan los intereses de los demás como hicieron los banqueros responsables de la burbuja inmobiliaria y la crisis económica actual. Comprende también actividades públicas colectivas, solidarias, republicanas, como participar en un consejo comunal u organizar a los vecinos para colaborar con las autoridades en la prevención del delito. Estas actividades públicas no deben ser impuestas por la fuerza ni por el chantaje: si así fuera perderían todo su valor altruista, para convertirse en trabajo forzado, que era una modalidad del castigo penal en tiempos de Gómez, cuando los presos políticos, con un grillo en el tobillo, eran obligados a abrir carreteras en medio de condiciones salvajes.

Aristóteles pensaba que fuera de una ciudad, de una comunidad, de una pólis, los hombres no podían alcanzar la condición humana completa; por eso llamó al ser humano ‘animal político’ aquel que sólo alcanza su condición cuando vive en una pólis. Sea lo que sea, nos juntamos como humanos en comunidades para alcanzar bienes que deseamos: abrigo, comida, familia, solidaridad, mejor nivel de vida para los míos y para los otros, que pasan a ser ‘nosotros’, los conciudadanos.

Los bienes de la vida y la organización colectiva no tendrían por qué diferir demasiado de los que aspiramos como individuos. Tal vez los individuos somos como las células de un macro organismo, llámese municipio, estado, nación, humanidad: querámoslo o no, al igual que las células del páncreas, trabajamos para el bienestar de todo el organismo. Si las células del páncreas se olvidan de su responsabilidad para con el cuerpo y se ponen a reproducirse como locas nos morimos de cáncer. Ciertos banqueros pensaron que se podría reproducir el dinero de manera piramidal y sin sustento real: ahora han generado un cáncer para la economía mundial cuya quimioterapia va a ser sumamente costosa y dolorosa. Por otra parte, si se quiere obligar a un individuo, a una célula del brazo, a funcionar sólo para el colectivo olvidando su propia alimentación y sus intereses individuales, entonces el brazo se seca, y también se muere Si seguimos las ideas de ciertos teóricos del desarrollo –dado que nos juntamos en sociedad para conseguir mejores niveles de vida- podríamos enumerar una escala ascendente de bienes o capitales que contribuirían decisivamente con nuestro proyecto de felicidad individual y colectiva. Primero, no deberíamos padecer hambre, miseria ni exclusión. Por ello, la reducción de la pobreza es el macro objetivo fundamental e inicial de todo proyecto de desarrollo actualmente. No puede haber paz, decía Aristóteles en La Política (anticipándose a Marx, a Amartya Sen, a Robert Putnam y luego de estudiar más de 180 constituciones de su época) allí donde muy pocos tienen mucho y donde muchos tienen poco. Aquellas naciones donde la mayoría tiene lo suficiente para vivir medianamente bien tienden a ser las más estables.

Por ello, el primer capital es el físico, el tangible: el dinero, las empresas, los activos, la tierra, las propiedades inmobiliarias. La planificación económica pretende, desde Adam Smith y Marx, potenciar e incrementar esa riqueza y distribuirla de manera justa.

Hay riquezas netamente humanas como la educación, la salud, la libertad, la no discriminación de género, la capacitación para tener mayores opciones en la vida, que se han incorporado al marco de los capitales, y que a juicio de los economistas como Amartya Sen son indispensables para poder obtener éxito en la búsqueda de las riquezas del primer tipo: incluso, una sociedad puede acumular mucha riqueza del primer tipo, pero a falta de estas riquezas humanas, puede ser muy injusta si discrimina a sus aborígenes, sus negros, sus mujeres o a una minoría religiosa. La combinación de ambos capitales como palanca del desarrollo ha inspirado Las Metas del Milenio, un convenio suscrito en el año 2000 por los países miembros de la ONU, Venezuela incluida, que se compromete a reducir drásticamente la pobreza entre el 2000 y el 2015.

Un tercer tipo de riqueza la constituyen las redes de confianza y solidaridad en que participan los habitantes de una comunidad: si los individuos se comprometen activamente con lo que a todos concierne, en el sentido republicano que antes mencionamos, se genera un clima de cultura cívica más fecundo que en aquellos sitios donde reina la desconfianza y el aislamiento. Este espacio de cultura cívica proporciona un mejor campo de desarrollo para ese inter-nos, entre–nos, donde se realiza la política, según Hannah Arendt. Robert Putnam sostiene que ese elemento de confianza y compromiso público es determinante a la hora de obtener mejores resultados económicos, políticos y sociales en una comunidad, y lo ha llamado ‘capital social’. Las sociedades más ricas del mundo, y no por casualidad, son las más libres y las que mayor nivel de participación y capital social presentan.

Una sociedad o un individuo pueden por puro instinto de supervivencia, por simple interés egoísta bien calculado, para no desaparecer, aceptar de buena o mala gana que se empleen recursos que él o ella quisieran acumular para sí de manera egoísta; esto sería una especie de caridad preventiva de desórdenes sociales. Desde este punto de vista, se pueden alcanzar metas no desdeñables de desarrollo humano en términos del capital físico, el capital humano y el capital social. Por el mero hecho de contribuir con esos imperativos sociales, tal vez uno pueda creer que cumple de manera suficiente con su ciudadanía como elección y de responsabilidad con lo público. En este caso, mi felicidad deviene del hecho de pensar que, al sacrificar una parte de mis hipotéticos beneficios (pagando el impuesto sobre la renta o haciendo donaciones a las Damas Salesianas) estoy salvaguardando la posibilidad de recibir los bienes y placeres que como individuo egoísta deseo, y que me importan más que nada en el mundo. Tales individuos cumplen un mínimo deseable de responsabilidad social, y nos habríamos evitado muchos males si los vituperados banqueros de la crisis inmobiliaria hubieran tenido al menos esta mínima conciencia de las posibles repercusiones de sus desquiciadas acciones.

Ahora,, al igual que cuando hicimos un análisis del concepto de ciudadanía desde el punto de vista jurídico–político, aquí resulta que los compactos de capital físico, humano, social y de interés por lo público entre otros, nos dan una visión interesante del entorno y las miras en que puede desarrollarse una ciudadanía de la elección en el marco de una democracia social deliberativa. Pero no debemos olvidar el elemento irracional, emotivo, que a Paco le hace decir ‘Porque así lo quise’; el ‘Sí, acepto’, que nos hace elegir unos valores en vez de otros, determinado lugar –Chacao en vez de Vigo- como el sitio donde vamos a vivir y donde queremos ser enterrados, rodeados de gentes a quienes amamos, nuestras mujeres, nuestros niños, nuestros amigos, nuestras mascotas, nuestros parques, el banquito de nuestra plaza predilecta, nuestra tasca favorita, las calles que nos gusta recorrer para sentirnos parte de nuestro entorno.

¿Cuál es la fuente de donde surge nuestra capacidad de amar? ¿Cuál es ese primer amor que luego de sernos dado nos capacita para darlo, para sentir a los otros como parte del ‘nosotros’, es decir, del grupo o los grupos ante los cuales me siento comprometido éticamente y moralmente, ante quienes debo responder por mis acciones? ¿De dónde proviene nuestra capacidad de relacionarnos con los otros, esa cualidad que los griegos llamaban simpatía? Uno de mis héroes filosóficos, Richard Rorty, afirma, siguiendo a la filósofa feminista Annette Baier que el primer amor, el que nos hace conocer lo que ella llama confianza apropiada, es el que surge entre la madre y el hijo. La criatura más desvalida de la naturaleza, el cachorro humano, es un ego en estado puro dentro de un cuerpo pequeño y arrugado que no puede hacer nada por sí mismo, como sí lo hace el cervatillo que apenas nace se levanta para correr al lado de su madre y así evitar ser devorado por el cheeta. El cachorro humano es el grado absoluto del ego, como bien nos dijo Freud: sólo sabe pedir, recibir, quiero comer, quiero dormir, dame ese juguete, todo lo que le rodea quiere que le pertenezca, todo debe estar en función de su placer, sin dar nada a cambio, sólo berridos en caso de que no le complazcan. Y he aquí que ocurre uno de los mayores milagros de la naturaleza: la madre se despoja de su ego y le da a su hijo todo su ser sin pedir nada a cambio. Toma, bebé: come. Duerme bebé, que mamá te cuida: hasta que seas capaz de valerte por ti mismo, yo daré mi vida por ti. Todo lo que la madre recibe del mundo se lo da al bebé; comida, abrigo, mimos, luz. Es un acto luminoso, que sólo quienes pensamos en español captamos en la etimología del nacimiento: la madre alumbra, da a luz, y le sigue dando luz a su hijo sin pedir nada a cambio. Es un amor tan absolutamente incondicionado que sólo él es capaz de doblegar el ego salvaje del infante: el niño aprende a confiar en su madre, y esa es la primera palabra que usualmente articula: no pide comida, ni cama, ni abrigo, pide mamá, porque sabe que ella lo ama incondicionalmente y que le va a proveer de todo lo que necesita. Deberíamos decir que el ego de la madre no desaparece, en realidad, se expande, porque ahora es su ego fundido con el ego de su hijo. Dado que el padre también interviene, disminuyendo drásticamente su ego en función del hijo, en realidad se forma un ego expandido que genera compromisos primero entre tres, madre, padre, hijo, y luego hacia un pequeño círculo: la abuela, los hermanos, los primos. A partir de la confianza apropiada generada por el amor incondicionado de la madre hacia el hijo, aprendemos a trascender nuestros intereses individuales, egoístas. El círculo de compromisos morales se extiende hacia la familia, luego hacia los amigos y luego hacia determinados grupos a los que consideramos como ‘nosotros’. A partir de allí, mediante una educación cívica adecuada (pienso en los ciudadanos atenienses entrenándose en oratoria y retórica para participar en las asambleas, en los ciudadanos de la república romana estudiando el origen de su ciudad mediante la lectura de La Eneida de Virgilio), el compromiso moral, herencia de la confianza apropiada generada por el amor maternal, puede extenderse hacia la ciudad, hacia el país, hacia la Humanidad, e incluso hacia el planeta, hacia sus animales y sus plantas, como en el caso de los ecologistas.

¿Puede educarse en ese amor hacia lo público, hay acaso maneras de coadyuvar a que nuestra tendencia a considerar dentro del círculo del nosotros se amplíe hacia aquellos que no conocemos pero que sufren en la distancia? Ya antes sugerimos que sí, dada la plasticidad del Yo humano. John Dewey pensaba que eso era posible, y como gran reformador de la educación primaria norteamericana a principios del siglo XX, introdujo contenidos de debate en la escuela, en la familia, contenidos de moral y cívica obligatorios para los ciudadanos en proceso de construcción, para los jóvenes. El sabio maestro Prieto no obvió la experiencia del gran filósofo de la educación para la democracia, y la replicó en Venezuela mediante el INCE y mediante el experimento de La Nueva Escuela, que introdujo los contenidos de Moral y Cívica que eran obligatorios cuando yo estudiaba primaria y secundaria durante mi adolescencia en Maracay y cuya eliminación hoy tanto deploramos.

Aparte del amor incondicionado de la madre y el niño, existe otro elemento humano, señala Rorty en Contingencia Ironía y Solidaridad, que nos puede ampliar el horizonte del ‘nosotros’: el dolor. El dolor no es lingüístico, es algo que conocemos todos los seres humanos de cualquier condición, y que incluso compartimos con los animales que no poseen lenguaje.

Imaginemos un perrito, un cachorro de Jack Russell llamado Cirilo. Al domesticarlo, le inhibimos los instintos de cacería, de manera que el cachorro depende por entero de nosotros para no morir. Debemos alimentarlo, cuidarlo, darle compañía dado que somos responsables de él, hemos elegido que esté en nuestra casa en vez de estar en su estado natural cazando conejos y lagartijas. El cachorro, más rápidamente que el bebé humano, aprende esto, y a cambio de la protección se entrega por entero a su amo con un amor incondicional que podemos percibir aunque no tenga palabras para expresarlo. Sabemos cuándo el cachorro sufre, cuándo está feliz, porque el amor y el dolor los compartimos con algunos animales altamente evolucionados, aunque ellos no tengan lenguajes articulados como el nuestro. Por eso, el cachorro Cirilo termina siendo parte de la familia, de la casa, de la cuadra, del municipio: se establecen legislaciones para evitar los maltratos, hay normas para que cuando su amo lo pasee maneje adecuadamente el detritus del animalito. Pienso en Chacao y me doy cuenta que es un municipio altamente consolidado donde incluso hay botes espaciales para las deposiciones de Cirilo, hay parques para las mascotas, y los amos de los cachorros llevan guantes de celofán para recoger los desperdicios, algo que está reglamentado, como en Nueva York o Londres.

Y así como somos capaces de sentir amor y dolor por el pequeño Cirilo, quien ha establecido con nosotros una confianza adecuada, así como Cirilo ha pasado a formar parte del nosotros, al punto que las visitan le saludan al llegar a nuestra casa, también podemos ampliar el círculo de los seres humanos a quienes consideramos ‘nosotros’. Vemos la foto de una madre en África cuyo hijo está muriendo por la hambruna y podemos sentir ese dolor aunque no hablemos su lengua. Vemos los rostros de las madres que van a recoger los cadáveres de sus hijos asesinados que yacen en la morgue de Bello Monte –son unos 300 al mes en Caracas- y podemos sentir su dolor.

Poder sentir el dolor de esas personas que no forman parte de nuestro círculo del nosotros, introducirlas en el círculo de aquellos hacia quienes sentimos obligación moral, es algo que puede propiciarse mediante la curiosidad. Los reportajes, las novelas, los testimonios, pueden contribuir a que entendamos que son tan humanos como nosotros. Se trata de una educación sentimental que no excluye por supuesto la educación en historia, el conocimiento de las normas y los valores de ese espacio donde hemos elegido ser ciudadanos: en Chacao, por ejemplo, ello debería incluir la historia de Los Palmeros, el relato de cómo en esa pequeña hacienda vecina de Caracas pudo existir durante la colonia todo un movimiento musical conocido como La Escuela de Chacao. ¿Quiénes vinieron en los barcos desde Italia, Portugal y España a poblar su casco central? ¿Quiénes construyeron esos pequeños y hermosos edificios que tanto nos recuerdan una calle de Nápoles o de Cantabria? ¿Cuáles son los nombres y cómo eran los rostros de aquellos que murieron abaleados en nuestras plazas defendiendo su-nuestra libertad? Pienso en Chacao y me doy cuenta que es un municipio donde se han consolidado algunos de los capitales que mencionamos anteriormente: el físico a través de sus infraest6ructuras, el institucional a través de sus instituciones, el humano, el social. De no ser así, no sería uno de los municipios mejor gestionados del mundo, y el sitio donde todos los caraqueños quieren vivir, de manera que no es muy difícil enamorarse de él. No es algo sobrehumano pedirle a quienes vivimos aquí que nos comprometamos con lo público, que participemos y de hecho se trata de un municipio donde la participación pública y el capital social son muy altos. Lo otro, el amor, el ‘Así lo quise’, forma lo que algunos colegas de aquí han llamado el capital moral, que sería a mi juicio el alma del municipio.

IV.- Conclusión

En resumen, uno puede ascender, con las precauciones del caso, del amor incondicionado y la confianza apropiada de la madre y el hijo hasta el amor a lo público, a la preocupación sincera y sentida por el dolor de los otros, de los futuros ‘nosotros’. Y, como decía antes, cuando uno camina por el casco central de Chacao, entre los viejos edificios europeos de cuatro pisos con ropa secando en los balcones, cuando los niños corretean y patinan confiados alrededor de uno, no es demasiado difícil enamorarse de este espacio.

¡Ah! Pero la nobleza obliga. El compromiso ético ascendente, si es honesto, no termina en el municipio. No somos simples células que viven en un municipio afortunado, más allá de lo cual nada más existe. Dadas las condiciones afortunadas de este municipio y a la participación política de sus ciudadanos y líderes políticos, Chacao se ha convertido en un paradigma, en una referencia política: una manera de decir oposición en Venezuela es decir ‘la gente de la Plaza Altamira’, con todos los aciertos y errores que esa adscripción conlleve. Igual que pasa con las células del bazo, Chacao no podrá sobrevivir si el organismo de la nación muere.

Desde Chacao no es fácil percibir a los otros que viven en Antímano o en La Bombilla de Petare, no es fácil sentir su dolor, ni que ellos sientan el nuestro, porque adicionalmente están siendo azuzados contra nosotros, porque hay gente que les quiere hacer creer que nuestra afortunada condición se debe a que los expoliamos de todo lo que ellos se merecen.

Discutir si ese resentimiento tiene bases es tema de otro ensayo, pero de la comprobación de la existencia de ese doloroso rencor, justo o no, surge un imperativo: nuestro deber es además propiciar las vías para encontrarnos con ellos, y que pasen a ser nosotros, y que ellos nos sientan igualmente como gente que forma parte de su nosotros. Tal vez no todos están listos para hacerlo por altruismo: muchos han empezado a entenderlo a regañadientes, y lo aceptan por miedo a nuevos sacudones sociales, o para cooptarlos en la empresa de sacar a un Presidente que la mayoría aquí no quiere. A los efectos de formar una mayoría electoral, lo anterior podría parecer suficiente: pero a los efectos políticos y sociales no lo es.

Los ciudadanos de todas partes son cada vez más informados y listos: con la revolución informática y de las comunicaciones se ha incrementado exponencialmente la capacidad de reflexión social, como diría Anthony Giddens en La Tercera Vía, de manera que conocen muchas historias de aquí y de todo el mundo y si alguien trata de engañarlos puede salir trasquilado.

Muchos de nosotros creemos tener la razón al preferir una democracia social deliberativa en vez de un difuso y a todas luces autoritario ‘socialismo del siglo XXI’. Y no es muy difícil que en un debate ofrezcamos argumentos muy persuasivos acerca de la preferibilidad de nuestro modelo. Podemos decir que nos importan los pobres y los excluidos, pero: ¿realmente nos importan? Y si ello es así, ¿cómo nos importan? Si los vemos como pobrecitos equivocados manipulados por un populista demoníaco, no los estamos considerando como un ‘nosotros’ dado que sería bastante bizarro que uno se describiera a sí mismo de esa manera en política. Y ellos lo saben, y acaso por eso no se terminan de aliar con nosotros para formar una mayoría definitiva que corrija el rumbo de la nación. Si los aceptáramos como parte del nosotros (nosotros no somos superiores a ellos, esa es la premisa) ellos sentirían nuestros dolores, nuestras angustias, y formarían (formaríamos) un nuevo nosotros más allá de la polarización.

La crisis que enfrentamos va a ser cada día más dolorosa y feroz. Todo lo que hagamos aquí tiene influencia en el resto del mundo, como en el efecto de las alas de la mariposa de la teoría fractal de los huracanes: todo lo que se haga en el mundo nos afecta, desde las decisiones de Obama para frenar la crisis económica hasta la pesca de arrastres y el derretimiento de los polos.

A lo largo de unos pocos milenios, hemos avanzado como Humanidad –no es un proceso homogéneo, of course- hacia la noción cada vez más extendida de que somos un solo organismo, una sola humanidad, que viaja en una minúscula nave espacial, en un globito azul que flota en la inmensidad del espacio.

Nuestra supervivencia como individuos, como habitantes por ejemplo de un municipio como Chacao, depende de que el cuerpo de la nación no muera, y que tampoco lo haga el organismo total del que somos parte, la Humanidad. De manera que si las células de Petare, de La Vega, llegan a necesitar comida por alguna hambruna originada por la crisis económica, deben contar con nosotros: debemos alcanzar de corazón la noción de que todos somos parte del organismo de la nación, del organismo que llamamos la Humanidad, porque si continuamos jugando para nosotros solos de manera egoísta, vamos a destruir el organismo, y con él a nosotros mismos. De igual manera, si permitimos que disuelvan nuestra individualidad en un colectivo definido por una sola persona, el organismo de la nación va a continuar secándose. El individuo no desaparece en las redes, en los nuevos colectivos, sigue siendo una persona, sólo que al deliberar y actuar en equipo el resultado es que la inteligencia social aumenta, y la nación se hace más y más capaz de afrontar los retos que aparecen día a día. No se trata de crear una colección de individuos excepcionales aislados los unos de los otros: tampoco se trata de licuar a todos los individuos de todas las condiciones en un férreo colectivo decidió por uno solo. Lo que nos exige el futuro va más allá de eso: personas, individuos, pensando y trabajando en redes.

Creo que estas últimas nociones compendian algunos de los compromisos y valores que se añaden a la ciudadanía por elección, algo así como una ciudadanía a la vez local y global, cuando nos damos cuenta de que estamos interconectados, de que no tenemos posibilidad de aislarnos, de que la supervivencia de todos depende la de cada uno y de la de cada uno depende de la de todos, de manera indisoluble.

La naturaleza y el planeta han sido para los humanos una madre también: no en balde las mitologías y teologías abundan en categorías muy extendidas que hablan de la madre tierra y el dios padre que está en los cielos. La naturaleza ha otorgado al hombre bienes casi infinitos durante milenios. Sin embargo, al actuar egoístamente, saqueando la biósfera sin límites, como señala el economista Herman Daly en textos como Economics in a full world, los humanos nos hemos convertido en las células cancerígenas sobre el planeta, algo de lo cual son incapaces las otras especies.

El reto que tenemos por delante es colosal: pensar global y actuar localmente de la manera más coherente y convencida posible. Conciliar nuestra supervivencia individual, familiar, local, nacional, regional, con la supervivencia de todo el planeta. Podríamos pensar que todos los niveles que hemos mencionado en ascenso están atravesados por el mismo imperativo: superar o al menos conciliar el egoísmo –que puede ser legítimo- con la solidaridad y el altruismo, que no son simple beatería ni cinismo para sobrevivir dentro de nuestros privilegios, sino una forma inversa y útil de sentir placer y satisfacción, una que algunos filósofos consideran como la más elevada de todas.

El más ilustre ciudadano de Atenas, Sócrates el feo, el primer filósofo malandro de la humanidad, el irreverente que conversaba con quienes traían el pescado del puerto del Pireo y con los mercaderes de aceite y vino, el que decía ser un simple mayeuta, un partero que ayudaba a los otros a iluminar sus propias ideas, fue acusado injustamente de corromper a la juventud ateniense con semejantes prácticas. Pudo haber optado por el exilio, pero se sentía un esclavo de las leyes de la ciudad que tanto amaba, y prefirió por ello ingerir la cicuta y morir en brazos de sus panas. Vivir y morir lejos de Atenas habría sido la peor de todas las muertes. Una vida plena merece una buena muerte, como nos recuerda Leonardo Da Vinci. Hasta la buena muerte puede ser elegida, como hizo Sócrates, como se repite arquetípicamente en el protagonista del inolvidable film canadiense Las Invasiones Bárbaras: una buena muerte elegida, el evvthánatos griego, la eutanasia, en que el viajero está rodeado de los seres que ha amado en la vida, sus companio mortis, la familia y los panas que van a cerrar sus ojos, los que le van a acompañar hasta el portal del descenso a su última sombra, como otros harán con ellos cuando les llegue la ineluctable hora.

El alcalde Emilio Graterón, durante la presentación de su programa de gobierno, dijo algo como: ‘He decidido vivir aquí, aquí me casaré y aquí nacerán mis hijos’. Siempre que me reúno con mi pana José Antonio Alvarado a refrescarnos con una birra en la Tasca Da Ponte, detrás de la Plaza Bolívar y la iglesia de Chacao, en ese breve espacio refugio de varias generaciones de estudiantes universitarios y de parroquianos habituales que tanto me recuerda los terceros lugares donde uno aprende a comportarse, a hablar con los otros, a escuchar y a respetar, los ámbitos de la educación cívica informal que tanto ponderó el historiador Christopher Lash en La Conversación y las artes cívicas, cada vez que me reúno con José allí, prosigo, le repito que no sería imposible para mí estar en Nueva York haciendo el PhD: pero, fiel a todo lo que he dicho a lo largo de este paper, mis días se demoran gustosos en estas calles, en este municipio, con todas las dulces ventajas y las severas responsabilidades públicas que ello implica, simplemente porque así lo quise. A mi juicio, es la mejor manera de describir y sentir la condición ciudadana que tanto nos afana en estos días angustiosos de la patria.

oreyes10@gmail.com


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