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Autoridad en las aulas y poder en la escuela

Julio Carabaña

Martes, 17 de noviembre de 2009

La relación docente implica autoridad del que enseña sobre el que aprende. Parte del tiempo de clase se gasta definiendo esta relación, es decir, poniendo orden en el aula o negociando la autoridad; y lo que queda se dedica al contenido, es decir a la enseñanza y al aprendizaje. Corren voces de que cada vez se dedica más tiempo a poner orden y menos a trabajar, y ni más ni menos que un informe de la OCDE confirma que el problema es más grave en España que en otros países. Los profesores se quejan de que los alumnos son cada vez menos respetuosos, y cada vez tienen menos autoridad, en el aula y fuera de ella. La prensa se lo confirma con relatos de amenazas y agresiones, no sólo de los alumnos, sino también de padres que secundan a sus hijos. El vínculo pedagógico parece deteriorarse en escuelas asediadas por las novedades de la modernidad.

Ya Platón, en el libro VIII de su República, anticipó los dos modos de culpar a la sociedad de los males de la escuela. Para unos, lo que mina la autoridad de la escuela es ese espíritu que se caracteriza por “el gran aprecio que dispensa a las riquezas y por su afán de lucro y su amor al trabajo” (todo decae, así que ahora ya ni esto último).

Para otros, todo es culpa de la democracia, un régimen donde “reina la liberad y cada cual hace como le place”, cuya ruina, como la de la oligarquía, “viene del deseo insaciable de su propio bien”.

Cuando la libertad lo domina todo, la anarquía se adentra en las familias, donde “nace en el padre el hábito de considerarse igual a sus hijos y de temerlos, y recíprocamente, en los hijos con respecto al padre, hasta el punto de que ni respetan ni teman a sus progenitores para dar fe de su condición de hombres libres”. Y en las escuelas, donde “el maestro teme y halaga a sus discípulos, éstos se despreocupan de los maestros. Los jóvenes se comparan con los viejos y disputan con ellos de palabra, mientras los ancianos condescienden ante los jóvenes y remedan su buen humor y sus gracias con gran espíritu de imitación por no parecer antipáticos ni despóticos”.

Algo ha de haber de cierto en todo esto porque, como ha escrito Enric González, no llevaríamos si no dos mil años quejándonos de la juventud actual. Conviene precisar que nunca tantos adolescentes se han sometido por tanto tiempo y de tan buen grado a la disciplina escolar. Basta una ojeada a los relatos literarios sobre los años escolares, o en su defecto un esfuerzo de rememoración realista, para darnos cuenta de que, “antes”, la convivencia en las aulas era bastante menos pacífica que “ahora”.

Por consiguiente, no cabe echar la culpa a la televisión, ni a los videojuegos, ni a la dejadez de los padres de un deterioro que nunca ha ocurrido. En todo caso, siempre ha habido profesores con más y con menos autoridad, y alumnos dispuestos a desafiar la autoridad de los profesores.

No creo que la cuestión esté en el entorno social ni en la juventud, sino en la organización escolar. Quizás el problema viene de que, optimistas ante la buena salud del vínculo pedagógico, lo hemos intentado reducir a mera autoridad sin poder, y además en el momento más inoportuno. Se obliga a las escuelas a retener a todos los alumnos hasta los 16 años, pero no pueden ni castigarlos más que con malas notas ni expulsarlos más que a través de un proceso pseudo-judicial. De poco sirve que sea hoy mayor que nunca la autoridad de los profesores y la sumisión de los alumnos, si se organiza la escuela de tal modo que se da toda la ventaja al alumno dispuesto a demostrar que no le importan ni las notas ni la escuela.

Parece que hemos confiado demasiado en la autoridad del profesor obligándole a trabajar como un trapecista sin red. Esa red no consiste en judicializar todavía más las relaciones escolares, sino en medios de actuación eficaces y rápidos en la escuela.

(*): Catedrático de Sociología. Sección de Sociología de la Educación. Universidad Complutense de Madrid


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