Caracas, Jueves, 17 de abril de 2014

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Eleazar López Contreras (1883-1973). El difícil equilibrio de la inteligencia

Eduardo Casanova

Domingo, 12 de agosto de 2012

Eleazar López Contreras nació en Queniquea, un pueblo que está ubicado en un desvío al Sur desde la Carretera Trasandina, al Noreste de San Cristóbal, el 5 de mayo de 1883







   Foto: Google

Sus padres fueron el coronel Manuel María López Trejo (caraqueño) y Catalina Contreras (tachirense). Debido a la muerte de su padre en los días de su nacimiento, fue criado por su tío materno, el presbítero Fernando María Contreras, que lo llevó con él a Capacho, en donde estudió las primeras letras. Luego estudiaría en La Grita, en donde estaba cuando se enroló en las fuerzas de la “Restauradora”. Se dice que Castro no quiso admitirlo porque era demasiado joven, pero en cambio Gómez, a pedido del padre Contreras, lo aceptó y hasta lo tomó bajo su protección directa. A los diecisiete años era edecán del presidente Castro. Luego de ocupar varios cargos, tanto civiles como militares, es enviado a Europa y a Estados Unidos en misión de estudios y para comprar material de guerra (1920-21). En 1926 publica su primer trabajo literario, El Callao Histórico, un homenaje al general Bartolomé Salom. En 1928, un grupo de estudiantes, entre ellos Juan José Palacios, Fidel Rotondaro, Francisco Rivas Lázaro y Germán Tortosa, Rómulo Betancourt, Armando Zuloaga Blanco y Miguel Otero Silva, combina con varios oficiales jóvenes un golpe de estado que debía producirse el 7 de abril. El alzamiento fracasó cuando Eleazar López Contreras logró dominar el Cuartel San Carlos (uno de los alzados era su propio hijo, tal como el hijo del Coronel Samuel Mac Gill, organizador de la Escuela Militar, quien, por cierto, también estaba en la conspiración y fue expulsado del país. Nunca quiso participar en un movimiento conspirativo contra Gómez. Sin embargo, el tío del dictador, José Rosario García, hizo todo cuanto pudo por malquistarlo con el jefe, por lo que López Contreras solicitó y obtuvo un traslado al Táchira, que usó para escribir un par de libros, uno sobre Sucre y otro sobre Bolívar. Al caer en desgracia García Bustamante, Gómez lo llamó como jefe de estado mayor interino para el centenario de la muerte del Libertador, y el 22 de abril del 31 fue designado ministro de Guerra y Marina, también interino, mientras durara la ausencia de Tobías Uribe, amigo de infancia de Gómez y probablemente hasta compañero de estudios elementales del dictador allá en sus pagos natales. El interinato se convirtió en titularidad el 13 de julio de ese mismo año, y así quedó convertido Eleazar López Contreras en heredero designado. Su suerte, y la del país, estaban echadas.

Fallecido el general Gómez, López Contreras, que tenía el control de la situación, reunió al gabinete para proceder, de acuerdo a lo dispuesto por la Constitución vigente, a la elección de un presidente provisional que ocuparía el cargo hasta abril de 1936, que tenía que ser uno de los ministros y, naturalmente, fue él.

Los primeros días de su gobierno fueron, inevitablemente muy confusos. Para mucha gente la muerte de Gómez era una mentira para poner a prueba la fidelidad de la gente al gran jefe. Para otros, tenía que ser el comienzo de otra era. Y lo fue, pero al principio no parecía que se avecinara cambio alguno de importancia. Sin embargo los hubo y de inmediato: el 20 de diciembre de 1935 el nuevo presidente dio la orden de libertad para todos los presos políticos, y permitió regreso al país de todos los exilados. Al día siguiente se solucionó, sola, la más grave de las dificultades que tenía ante sí. La inexistencia de alguna disposición expresa del general Gómez para identificar a su sucesor y heredero, a no ser la muy vaga de haber designado y mantenido como ministro de Guerra y Marina al tachirense y militar Eleazar López Contreras, fue la causa del primer gran acontecimiento del régimen lopecista, ligado a la prisión de Tarazona. Eustoquio Gómez, primo del dictador muerto, viajó a Caracas con ánimos de hacerse nombrar Presidente, pero la población si bien estaba aún confundida, ya empezaba a orientarse de manera definida, y al descubrir la presencia del primo, lo agredió sin consideraciones y lo obligó a refugiarse en el “Palacio de Gobernación y Justicia”. Y fue entonces cuando, en un oscuro incidente, el general Eustoquio Gómez cayó abaleado en el piso del “palacio” castrista de la esquina de Las Monjas. Desde ese instante, López Contreras no tuvo rivales de peso.

Unos días después se produjeron graves incidentes que acabaron con la carrera política del general Félix Galavís: las manifestaciones populares que liberan la energía contenida durante años. Galavís reprimió con demasiada fuerza las manifestaciones estudiantiles del 14 de febrero, cuando daba la impresión de que pronto se vería la toma del poder por los jóvenes, especialmente por Jóvito Villalba, que parecía ser el verdadero dueño de la situación, pero López Contreras salió de la suerte con gran habilidad. Y entre otras cosas quitó del medio político a Galavís. El congreso que se de abril de 1936 fue una sorpresa. Estaban allí personalidades de ideas avanzadas, como Luis Beltrán Prieto Figueroa, y combatientes antigomecistas como Roberto Vargas y Arístides Tellería, gracias a la apertura propiciada por López Contreras, que el 25 de abril de 1936 fue elegido presidente constitucional de la República con 121 votos a favor, uno en contra y una abstención. Desde el comienzo del régimen empieza a evidenciarse una cierta tolerancia política que no se había visto en el país desde los tiempos de Baptista Galindo. Empezaron entonces a aparecer las corrientes que dominarían el país por casi el resto del siglo: los socialdemócratas, los socialcristianos y los de izquierda radical. Caracas vio entonces algo que no estaba siquiera en la memoria; la celebración de manifestaciones y mítines políticos. Sin embargo, pronto aparecería la “RELACIÓN Y PARTE DE LA NUMEROSA DOCUMENTACIÓN QUE POSEE EL SERVICIO SECRETO DE INVESTIGACIÓN ACERCA DE LA REALIDAD DE LA PROPAGANDA COMUNISTA DENTRO DEL PAIS”, editada sin pie de imprenta en 1936 y que se conoce como “Libro Rojo”, que precedió acciones represivas contra los nuevos dirigentes de la recién nacida izquierda venezolana. López Contreras cayó en esas contradicciones porque por una parte se sentía obligado a la apertura que estaba en el ambiente, pero por la otra mantenía cerca de él buena parte de la maquinaria gomecista.

Los antiguos dirigentes antigomecistas llegaron al país desconcertados. Los estudiantes, especialmente los de la Universidad Central de Venezuela, asumieron el papel de líderes de la revolución que no podía conseguirlos entre aquellos exiliados o recién salidos de las pálidas prisiones. Era un enfrentamiento de imberbes en su mayoría llenos de sueños pero sin mucho asidero en la realidad, y barbados, corridos en cien plazas, que aspiraban a recuperar lo que habían perdido años atrás. Y en medio de ellos, trabajando a tiempo completo y pidiendo a todos “calma y cordura”, estaba la figura casi quijotesca del general Eleazar López Contreras, “zigzagueando” o avanzando en meandros a más y mejor. Por un lado nombró a Rómulo Gallegos, que había adquirido un prestigio enorme entre las nuevas generaciones, ministro de Instrucción Pública, y por el otro persiguió a los jóvenes amigos y admiradores de Gallegos, que pronto dejaría el cargo por proponer una ley de educación moderna. Por un lado el gobierno alentó la designación de Luis Beltrán Prieto Figueroa como senador, y por el otro, en cuanto el senador propuso una ley de educación en el que proclamaba el principio de Estado Docente, que hoy nos parece tan normal, azuzó a sus corifeos para que lo acusaran de sovietizante y enemigo de la decencia..

López Contreras anunció una “dictadura del bien” y arrestó y juzgó a varios dirigentes de izquierdas. Ya se han organizado algunos grupos políticos, como la Unión Nacional Republicana, el Partido Republicano Progresista (PRP), abiertamente marxista, y ORVE (Movimiento de Organización Venezolana), de tendencia socialdemócrata y dirigido por Rómulo Betancourt. Jóvito Villalba mantenía a la Federación Venezolana de Estudiantes como un partido político, con lo cual se quedó atrás con respecto a Betancourt. En 1937 la FEV, ORVE y el PRP deciden aliarse para formar el Partido Democrático Nacional (PDN) que el gobierno no quiso legalizar por considerar a su promotores comunistas.

En abril los grupos de la recién nacida izquierda se constituyeron en un frente que se proponía mantener el congreso, como estaba, y a López Contreras como presidente provisional hasta que se reuniera al año siguiente una asamblea constituyente que, a su vez, convocaría verdaderas elecciones. Pero el PRP se proponía crear un ambiente revolucionario y convocó huelgas de trabajadores, mientras que ORVE busca una vía más bien reformista. López Contreras no quiso desligarse del pasado gomecista con el ejército dominado por oficiales sin formación académica, que miraban con muy malos ojos ese porvenir que amenaza desde la calle. Suspensión de garantías, prohibición de grupos de más de tres personas, supresión de la propaganda marxista, censura de prensa, fueron las medidas tomadas para tranquilidad de los tachiristas y gomecistas en general.

El programa de gobierno del general López Contreras fue un gran avance en muchos sentidos. Buscaba la modernización del país para aprovechar racionalmente las riquezas que iban llenando las arcas del Estado. Planteaba metas que aún no se han logrado. Sus objetivos eran, entre otros, una reforma y mejora de la organización y administración municipal, eliminación de los monopolios, reforma de la legislación laboral en defensa de los intereses de los trabajadores y adecuada a las necesidades socioeconómicas del momento, mejoras en los sistemas de higiene pública, un plan de inmigración y colonización, otro de lucha contra el analfabetismo, un programa de acción para el desarrollo agrícola y ganadero, una revisión de la política fiscal y el sistema tributario, un plan de política comercial que se aleja del liberalismo económico. Sin embargo, si bien López Contreras quiso avanzar y hasta aupar el progreso, lo hizo sin querer salirse de ciertos moldes positivistas y decimonónicos. La constitución auspiciada por ese gobierno establecía la elección directa y secreta de concejales y los diputados de asambleas legislativas, que se renovarían por mitades, cada dos años. No universal, pues no votaban las mujeres ni los analfabetas. Esos concejales nombrarían los diputados, y las asambleas legislativas los senadores. Diputados y senadores también se renovarían, por mitades, cada dos años. Y esos diputados y senadores, a su vez, designaban al presidente de la República, que a partir del 36 duraría en funciones sólo cinco años.

En enero del 37 fueron elegidos los senadores y diputados que sustituirían a la mitad de los nombrados a dedo unos años antes. Y también se eligió la mitad de los concejales, con lo que entraron al ayuntamiento de Caracas hombres de pensamiento democrático, como Rómulo Gallegos y Martín Pérez Guevara. Pero también fueron anuladas las elecciones de Raúl Leoni, Jóvito Villalba, Juan Oropesa y Héctor Guillermo Villalobos y fue hecho preso Luis Beltrán Prieto Figueroa, y se le negó la legalización del PDN. A la vez, el gobierno publicaba su Plan Trienal, lleno de proyectos muy avanzados. También se produjo entonces la designación de Alejandro Lara como ministro de Relaciones Interiores, autor de la ley de orden público, conocida como Ley Lara o “ley del tararí”, esto debido a que establecía que la fuerza pública advertiría a los manifestantes con tres toques de diana que la concentración sería disuelta por medios no precisamente pacíficos. Ese fue el verdadero comienzo del fin de la tolerancia, lo cual se evidenció del todo durante la huelga petrolera con que se cerró el año de 1936. El 24 de enero del 37, tras los consabidos tararís, el gobierno entró a saco a los campamentos para acabar con la huelga. Uno de los puntos centrales que hay que ver allí es que las empresas petroleras, deliberadamente, estaban incumpliendo con las disposiciones expresas de la ley de Trabajo promulgada poco antes.

El gobierno lopecista aprovechó la oportunidad, muy de paso, para prohibir activamente el comunismo y dictar fuertes medidas de restricción a los movimientos oposicionistas, lo que parecía un simple giro hacia el pasado gomero. La más drástica de todas las medidas fue la expulsión del país de cuarenta y ocho dirigentes de la oposición, entre Rómulo Betancourt, Gonzalo Barrios, Gabriel Bracho Montiel, Manuel Antonio Corao, Alfredo Conde Jahn, Salvador de la Plaza, Francisco José (Kotepa) Delgado, Juan bautista Fuenmayor, Raúl Leoni, Gustavo Machado, José Antonio Mayobre, Augusto Malavé Villalba, Miguel Otero Silva, Alejandro Oropeza Castillo, Inocente Palacios, Rodolfo Quintero, Ramón Quijada, Valmore Rodríguez y Jóvito Villalba.

Dentro de ese ambiente enrarecido por la intolerancia y confundido por la indefinición, se efectuaron las elecciones de 1940. No había partidos políticos propiamente dichos, y López Contreras había apelado a la religión oficial, que ponía a Simón Bolívar como dios padre de todos los venezolanos, para crear una organización levemente parecida a un partido, que llamó “Agrupaciones Cívicas Bolivarianas”, mediante las cuales el gobierno seleccionó en cada región a las personas que consideraba más aptas para intervenir en la vida política del país, y, de paso, oponerse a lo que se llamó “ideologías extranjerizantes”, que no era otra cosa que el marxismo, y muy especialmente la corriente leninista del marxismo.

Isaías Medina Angarita obtuvo 120 votos, Rómulo Gallegos 13, Diógenes Escalante 2 (y eso será importante en el porvenir), Luis Gerónimo Pietri 1 y José Izquierdo 1. Una mayoría sospechosa.

López Contreras había hecho lo más que podía, en sus circunstancias, hacer un ser humano. Llevó la transición del gomismo a lo que tuviera que venir con mano firme, con habilidad, con garra y guante de seda a la vez. Quizá su elección fue lo mejor que pudo hacer Gómez por su país. Pensar que hubiese podido hacer López Contreras algo diferente a lo que hizo sería pedirle uvas al jobo. Recibió un país aherrojado y lo entregó casi sin cadenas. Y se lo entregó al mejor candidato, obviamente seleccionado por él mismo. Una de sus últimas acciones de gobierno fueron apoyar la idea del voto universal, directo y secreto para la elección del presidente de la República, como un modo de evitar las componendas y las trampas a que se prestaba aquel por el cual él fue elegido y él eligió a su sucesor. Es una demostración de buena fe que nadie le puede negar. Aquel hombre de gallarda figura, alto, delgado y varonil, había cumplido, más allá de lo posible, con su deber.

Retirado de la vida política, apenas volvería a ella a incorporarse como Senador Vitalicio en cumplimiento de lo dispuesto por la Constitución de 1961. Había estado exilado entre 1945, a raíz del golpe de estado que tumbó a su sucesor, Isaías Medina Angarita, y 1951. Varias veces, como Senador, se le vio buscar el equilibrio entre partes y luchar por la preservación del sistema democrático.

Casado tres veces, tuvo una numerosa y muy honorable descendencia. Murió poco antes de cumplir los 90 años, universalmente estimado, el 2 de enero de 1973.

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