Caracas, Viernes, 18 de abril de 2014

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La pasión del poder (III)

Simón Alberto Consalvi

Lunes, 3 de septiembre de 2012

José Tadeo Monagas, del tumulto anárquico al orden despótico. Al escribir sobre la pasión o la ambición del poder, el general Monagas comparece como el más connotado entre los caudillos que violentaron normas y convenciones







   Foto: Google

 José Gil Fortoul llamó "error irreparable de Páez" su apoyo a la candidatura de Monagas, "campeón que fue en los años de 31 y 35 de la tendencia militarista y reaccionaria, en lugar de favorecer la candidatura de José Félix Blanco o la de Bartolomé Salom, que representaban la tendencia progresista, igualmente simpática a la izquierda del partido conservador y a los elementos moderados del partido liberal".

Un serio error de cálculo, pues Páez supuso que Monagas no podría gobernar solo, que necesitaría de sus muletas para "no echarse en brazos del partido de Guzmán, su enemigo", a quien un diplomático europeo ya había calificado de "comunista", en época tan temprana como el año en que Marx y Engels lanzaron por el mundo el famoso Manifiesto.

Como si el "fantasma que recorría el mundo" hubiera llegado también a un oscuro paraje de la América Latina. El equívoco de Páez tuvo su desenlace trágico el 24 de enero de 1848, con el asalto al Congreso que pretendió enjuiciar a Monagas para echarlo del poder. Monagas respondió brutalmente, y el Centauro comprobó que hay errores que no tienen vuelta atrás.

Monagas estableció la primera dinastía del poder en Venezuela. Cumplidos los cuatro años de su periodo constitucional, no confía en nadie ajeno a la familia, e impone a su hermano José Gregorio como presidente de la República, con lo cual demuestra que el poder tiene un solo amo. Vuelve el turno de José Tadeo, y el 10 de marzo de 1856 da otro golpe de Estado, esta vez "golpe de papel", al violar las normas de la Constitución de 1830 establecidas para su propia reforma, y hace aprobar la segunda carta magna. El golpe se acomete en nombre y por el "clamor del pueblo". La Constitución de 1857 llevó el centralismo hasta sus extremos, amplió el periodo presidencial de cuatro a seis años, y no sólo no prohibió la reelección inmediata del presidente, sino que la amplió a dos periodos consecutivos, además de legalizar el nepotismo. Así tenemos que Monagas fue el precursor de las políticas del comandante Hugo Chávez Frías.

Tanto el presidente como el vicepresidente debían ser elegidos por las asambleas provinciales, compuestas de los electores de cantones. Anula la incompatibilidad consagrada en la Constitución del 30, de modo que senadores y diputados podían ser ministros. Esto sobrevivió hasta la Constitución Medina Angarita-Uslar Pietri de 1945, como una demostración de que la democracia "debía esperar", y esperó hasta la Constitución de 1947 que volvió a la norma de 1830. Un paso atrás (135 años, apenas) para avanzar.

Claro, ¡Revolución de Octubre por medio! Al presidente de la República se le asignaron facultades para nombrar a los gobernadores de provincias, quienes, a su turno, designaban a los concejales. O sea, el poder omnímodo. Sin esperar a que Monagas terminara su periodo (1858), mediante una disposición transitoria, el presidente fue reelegido por el Congreso el 18 de abril de 1857 violando la propia Constitución reformada. Bajo Monagas, Venezuela tuvo el gobierno más autoritario y más centralista, con un poder vertical no conocido antes. Tan desmesurado poder obró en su contra, como ocurre con irónica frecuencia. Fue la única dinastía de la historia, porque al general Gómez sólo le trajo dolores de cabeza (y del alma) cuando quiso intentar la suya: la muerte del hermano y el destierro del hijo. Una rebelión cívico-militar de liberales y conservadores obligó a Monagas a abandonar el gobierno el 15 de marzo de 1858. Se asiló en la residencia del ministro francés, lo que dio paso al fiasco del Protocolo Urrutia.

La Convención de Valencia no tuvo otra alternativa que aprobar un decreto por el cual declaraba a Monagas "traidor a la patria, privado de sus grados militares, goces, honores y condecoraciones, expulsado perpetuamente del país...".

 

Sólo tres años duró el destierro "perpetuo", como generalmente ocurría, pero el derrocamiento del presidente, así reelegido para seis años, resultó toda una tragedia. La Constitución, en efecto, "sirve para todo", incluso para caer. La Constitución de 1857 tuvo vida breve, desde su promulgación el 18 de abril hasta el 15 de marzo de 1858, cuando las huestes de la Revolución de Marzo (un matrimonio morganático de liberales y conservadores), al mando del general Julián Castro, ponen fin al monagato, pero no a la anarquía.

De modo que fue José Tadeo Monagas el precursor del reeleccionismo presidencial que tantas calamidades ha ocasionado a Venezuela. Monagas fue derrocado, pero su doctrina tuvo un heredero en el siglo XX: Juan Vicente Gómez, quien, sin hacerse reelegir, en ningún momento dejó el poder, y se alternó con presidentes de paja como Victorino Márquez Bustillos y Juan Bautista Pérez. Soltaba la presidencia, pero nunca la Comandancia General del Ejército. De aquellos polvos, vienen estos lodos. ¡Quiera la Divina Providencia que el 7 de octubre le pongamos fin a este monagato del siglo XXI!

sconsalvi@el-nacional.com

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La pasión del poder (I)
La pasión política (II)

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