Caracas, Domingo, 20 de abril de 2014

Sección: Sociedad

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Discurso conmemorando el bicentenario de la Campaña Admirable

Jesús Rondón Nucete

Jueves, 30 de mayo de 2013







   Foto: Google

Viva el Libertador

Había motivos suficientes para el júbilo que manifestaban todos aquel 23 de mayo de 1813. Después de tantas penurias – el terremoto, las guerra, las persecuciones – un poco de alegría: era domingo y los alcaldes ordinarios habían informado a los vecinos que por la mañana llegaría a la ciudad el Brigadier del Ejército de la Unión, Simón Bolívar, quien había pernoctado la noche en sitio cercano a San Buenaventura de Ejido. Sus tropas se habían instalado en Mérida desde el martes anterior. A todos los había precedido, quince días antes, acompañado por una pequeña escolta, Don Cristóbal de Mendoza, nombrado Gobernador de la Provincia.

No se había organizado festejos. La ciudad todavía se resentía de los daños que le había causado el terremoto del 26 de marzo del año 12, triste jueves santo. El número de muertos había sido muy grande, cerca de ochocientos. Otros tantos vecinos habían emigrado o se habían mudado a San Juan. Después llegaron las tropas españolas que tomaron represalias contra quienes habían adherido al movimiento de Caracas y proclamado la independencia el 16 de septiembre del año 10. Mientras algunos se escondieron en los montes, otros fueron llevados prisioneros a Puerto Cabello. Y entre ellos, el hombre más importante del lugar, Don Antonio Ignacio Rodríguez Picón, llamado el “rey chiquito”, alcalde ordinario y teniente justicia por más de una década. Acababa de regresar acompañado de su hijo Francisco, luego de casi un año preso y encausado en Puerto Cabello. Se había beneficiado con una medida de gracia.

Nadie había tenido tiempo de ocuparse de la reconstrucción, acordada ya por las autoridades. Los escombros estaban por todas partes y obstruían el paso por las calles. Serían removidos mucho tiempo después. No había dinero para emprender las obras. Ni siquiera se había podido levantar los techos y paredes caídos en los templos. Se decía que en el de San Francisco, que servía de Catedral cuando el suceso, muchos cuerpos permanecían aún cubiertos por las tapias. En la ciudad se sentía cierto temor. Corrían rumores sobre los excesos que cometían las tropas de los dos bandos. En San Cristóbal, el Coronel Antonio Nicolás Briceño, bien conocido en el vecindario, había hecho degollar a dos pacíficos comerciantes españoles y había enviado sus cabezas a los jefes republicanos, que habían condenado aquellos actos. La prudencia aconsejaba esperar y observar el comportamiento de quienes llegaban. Cierta tranquilidad había causado el nombramiento de Mendoza. Era trujillano y veintitrés años atrás había venido a estudiar en el Seminario fundado por el Obispo Ramos de Lora.

Algunos labriegos salieron al paso de la cabalgata por el camino de casi una legua que sube, pegado a la barranca, desde el pueblo de la Punta. Aunque la mañana era soleada, la noche anterior había llovido y el día estaba frio a causa de las nieves caídas sobre los altas montañas. Las autoridades – los alcaldes Ignacio de Ribas y Nicolás Parra, los regidores y los procuradores - esperaron a Simón Bolívar a la entrada del poblado en el camino real. Y entonces, ocurrió un hecho singular, que marcaría la vida del héroe y de aquella gentes: cuando llegó, se escucharon vivas entre los centenares de personas allí reunidas, al comienzo como un rumor, luego con gritos entusiastas: “viva la Nueva Granada”, “viva Bolívar”, “viva el Libertador”. Nadie recordó después quien los había iniciado. Parecía más bien cosa del común. Rodríguez Picón dos días después anotó que aquel “hombre extraordinario” había sido “aclamado libertador por este pueblo”. En el momento ninguno imaginó la trascendencia del hecho, pero los merideños acababan de dar título al más grande de los americanos.

Asienta Augusto Mijares que “de todos los honores que había de recibir en su carrera, aquel fue el único a que se apegó con orgullo. Solamente la responsabilidad y la gloria de ser el Libertador, pudo hacerlo más combativo y constante de lo que por su propia naturaleza era. Así mismo, cuando le tocó atravesar largos años de angustia y quizá su ánimo llegó a vacilar … la invocación de aquel título fue su salvación”. Y, en efecto, en marzo de 1826 escribió a Páez que “El título de Libertador es superior a todos los que ha recibido el orgullo humano”. Lo que en septiembre del mismo año, ratificó a Santander: “Libertador es más que todo; y, por lo mismo, yo no me degradaré hasta un trono”.

Estaba profundamente satisfecho. Días antes se había quejado porque “aquellos mismos que debían verme como su libertador, y que en efecto lo he sido”, no lo hicieran. Autoridades y pueblo lo acompañaron hasta la casa dispuesta para alojarlo, muy cercana, como también lo estaba del templo de la recién erigida parroquia del Llano. Llegado al hogar de los Albornoz, se dispuso a hablar con los lugareños. Desde Cartagena, no encontraba el caraqueño, que tenía fama de haber viajado por Europa, personas de formación clásica. Faltaban los viejos maestros y muchos de los alumnos, espantados por el sismo del año anterior. Pero, quedaban otros, versados en filosofía, doctores en leyes, conocedores de los adelantos científicos. Los impresionó: “hace pensar mucho con respecto al porvenir. Su elocuencia corre como un río” apuntó Picón. Casi todos manifestaban disposición a prestar ayuda o a luchar por la independencia. Por eso, permaneció en aquella ciudad desolada los siguientes dieciocho días.

Venía de Cúcuta. Autorizado el 27 de abril anterior por el Congreso de la Unión – siempre se sometió al poder civil – “a ocupar las provincias de Mérida y Trujillo” se puso en marcha el 14 siguiente, Esa tarde llegó a San Cristóbal. Dos días demoró en atravesar los páramos y el 17 entró en La Grita. Al siguiente enfrentó al Sargento Mayor Francisco de Paula Santander, quien pretendía retirar “el cuerpo principal del ejército” para llevarlo a la frontera. Con amenaza de fusilamiento no se lo permitió. Y siguió su camino. El 19 llegó a Bailadores, donde organizó sus tropas y les dio jefes. Atanasio Girardot y Luciano D´Elhuyar (en la vanguardia), José Tejada (en la artillería) y José Félix Ribas (en la retaguardia). Nombró Ayudante General a Rafael Urdaneta y Secretario a Pedro Briceño Méndez. El 20 acampó en Estanques, el 21 en San Juan y el 22 en El Moral.

Tenía prisa en llegar. El 19 de abril anterior la Municipalidad de Mérida ante el “desamparo” en que los había dejado la retirada de los españoles desde la noche del 17, acordó llamarlo y “poner a (su) disposición esa ciudad y su vecindario para que pase a tomar posesión de ella”. Así se lo comunicó el regidor Gabriel Valera. Por eso, el 28 del mismo mes ordenó a Mendoza pasar a la ciudad para “recibir del cuerpo municipal la autoridad suprema para regir y gobernar los pueblos de aquella Provincia”. Misión similar conferirá a ese amigo en San Carlos cuando esté próximo a llegar a Caracas: “usted es el hombre de la organización, como yo el de la conquista”

Simón Bolívar tenía prisa en 1813. Lo urgía la historia. También nos apremia ahora a nosotros. No obstante, detengámonos un momento a reflexionar, como él lo hizo aquí hace doscientos años.

 

I

Cinco meses atrás …

La epopeya había comenzado cinco meses atrás en Barrancas, lejano pueblecito de las orillas del Magdalena. Allí había sido destinado Simón Bolívar por el Gobierno de Cartagena, a cuyo servicio se había puesto al desembarcar procedente de Curacao a finales de octubre de 1812. Prófugo y derrotado había aceptado el cargo de Comandante de los setenta hombres que cuidaban el acceso al río. Cuando Humboldt pasó por el lugar en 1801 el sitio era venta, almacén y puerto, montado en un lugar alto y seguro de las riveras, allí donde el dique (construido para asegurar la comunicación de Cartagena con el Magdalena) cae a la corriente. Era punto de comunicación muy importante para el comercio con Santa Fé de Bogotá. El aíre era – y es hoy – sofocante. El viaje desde el puerto tomaba casi cuatro días, por un camino que iba a través de una selva espesa, que se metía hasta las casas. Allí llegó el caraqueño el 14 de diciembre de aquel año funesto.

Sólo algunos días le bastaron para concebir y comenzar a ejecutar un plan de acción que lo acercaría rápidamente al corazón de la Nueva Granada y a la frontera con Venezuela, para desde allí saltar hacia Caracas. En efecto, propuso al Comandante General del Bajo Magdalena, Pedro Labatut, un plan para liberar el Alto Magdalena y lograr la unión con los otros Estados independientes de la Nueva Granada. Cuando aquel lo rechazó, lo puso en práctica. El 21 de diciembre se embarcó con su pequeña tropa en varios champanes, embarcaciones usadas para la navegación fluvial desde los primeros tiempos coloniales de quince varas de largo por dos de ancho, con capacidad para cargar entre veinte y veinticinco toneladas y recorrer unos 20 kilómetros por jornada.

Dos días después – contra una corriente impetuosa, que bordeaba una naturaleza impresionante – apareció en Tenerife, ante el asombro de la guarnición española que se retiró al Valle de Upar. Luego se apoderó de los pequeños puestos de Plato y Sambrano y el 27 entró en Santa Cruz de Mompox, leal a la causa de la independencia a pesar de estar rodeada de enemigos (“ser libres o morir” juraban). Era una ciudad bien construida, de cerca de catorce mil habitantes. Allí se hacían tantos negocios, si no más que en Cartagena, por ser centro de contrabandistas. Abastecía de productos el interior del Reino. De casas bajas, calles regulares, hermosas plazas cuadradas, muchas iglesias, tres conventos y un hermoso paseo, a lo largo del río. En su muelle parcialmente sembrado de naranjos y ceibas, los vecinos recibieron con entusiasmo a aquel joven e impetuoso guerrero. Pero él no se detuvo el sitio, que Humboldt colocó entre los más calientes de América (y hoy es Patrimonio de la Humanidad).

Siguió adelante. Después de Guamal y Banco, a los que llegó el día de año nuevo, retrocedió para perseguir a los enemigos que huían por el río Cesar. Desde tierra, en Chiriguaná se apoderó de la importante flota fluvial española. Volvió al Magdalena sólo para continuar hacia Tamalameque. El día de reyes entró en Puerto Real: quedaba así asegurada la navegación por el gran río. En fin, para el 12 de enero, sin haber encontrado más resistencia, estaba en Ocaña. En tan breve campaña su pequeña tropa se había convertido en un ejército, orgulloso y bien equipado, al que todos pedían auxilio. Rápidamente, el coronel Bolívar se acercaba a su objetivo inmediato, que le abriría el camino a su destino final.

Instalado en Ocaña recibió comunicaciones del Gobernador del Estado de Pamplona y del Jefe del Ejército del Norte así como del Gobierno Soberano de la Unión (en Tunja) en las que le pedían acudir en ayuda de aquella ciudad amenazada por las tropas españolas, al mando de Ramón Correa, enviado por Domingo Monteverde para ocupar Cúcuta y preparar una invasión. Recibida la autorización del Gobernador de Cartagena, Manuel Rodríguez Torices, para atender la solicitud indicada, el 9 de febrero se puso en marcha como Comandante en Jefe del Ejército Combinado de Cartagena y de la Unión. Siguió el fragoso camino, de piso húmedo y resbaloso, azotado por lluvias en las regiones frías y despobladas, que remonta la cordillera para caer a la depresión del Táchira. “Era – observa Vicente Lecuna – la primera marcha de esta clase del caudillo que debía cruzar las cordilleras de los Andes en todas direcciones”. El día 21 tomó los altos de La Aguada y el 22 entró en Salazar de las Palmas. Luego de las acciones del alto del Yagual y de San Cayetano, el 27 cruzó el río Zulia. El 28 tras dura batalla, con solo 400 hombres puso en desbandada al ejército de 800 soldados de Correa y se apoderó de Cúcuta.

Incapaz de contenerse, a la mañana siguiente, 1º de marzo, entró en San Antonio del Táchira y dirigió su primera proclama a los venezolanos. “Yo soy uno de vuestros hermanos de Caracas, que arrancado prodigiosamente por el Dios de las misericordias de las manos de los tiranos … ha venido a redimiros del duro cautiverio en que yacéis. … Vosotros tenéis la dicha de ser los primeros … En este día ha resucitado la República de Venezuela …” Vuelto a Cúcuta, esperó la decisión del poder civil para continuar.

Entretanto, incorporó a su ejército al antioqueño Atanasio Girarot (de 21 años), al santafereño Luciano D´Elhuyar (de 19 años) y al marabino Rafael Urdaneta (de 24 años) que se sumaron al venezolano José Félix Ribas (de 37 años), quien se le había unido en Ocaña. En poco más de dos meses había formado un verdadero ejército con el cual había vencido en varios combates y librado dos batallas de significación. Había conquistado tres ciudades importantes. Y el mismo – como señala Augusto Mijares – había adquirido en tan corto tiempo, “seguridad en el mando, juicio rápido de las oportunidades, precisión para improvisar los planes que la situación demandaba y audacia para ejecutarlos. Ya era el caudillo y se sentía con derecho a serlo”.

 

 

 

II

Una temprana decisión …

Aún antes de embarcarse en La Guaira, Simón Bolívar había decidido regresar a Venezuela para restablecer el gobierno republicano. Es posible que pensara – como lo manifestó a algunos – viajar por un tiempo a Europa; pero no parece válida la tesis que Madariaga recogió de Heredia según la cual “mudó de ánimo al enterarse de que le habían secuestrado los bienes”. En verdad, aquella decisión fundamental en su vida surgió con la capitulación de Miranda y provocó su comportamiento en la noche aciaga de la prisión del Precursor. Es probable sí que al recibir en Curacao noticias de “las violencias y atentados de Monteverde” determinara “trasladarse (de una vez) a Cartagena en busca de auxilio para libertar a su patria”. Porque, no se detuvo en la isla más que el tiempo necesario para arreglar asuntos personales. Y al apenas llegar al puerto neogranadino redactó un Manifiesto en el que denunciaba los crímenes de Domingo Monteverde y exponía sus ideas sobre el porvenir: “Que esperanzas nos restan de salud? La guerra, la guerra sola puede salvarnos”. Y días después se dirigió al Congreso de la Nueva Granada en solicitud de apoyo para libertar a su país.

Desde temprano, pues, aquella decisión lo animaba. En su muy conocida Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada, explicaba su propósito: “El honor de la Nueva Granada exige imperiosamente escarmentar a esos osados invasores, persiguiéndolos hasta los últimos atrincheramientos, como su gloria depende de tomar a su cargo la empresa de marchar a Venezuela a liberar la cuna de la independencia colombiana … Corramos a romper las cadenas de aquellas víctimas que gimen en las mazmorras …” Ese llamado a los neogranadinos se repetirá en los meses siguientes. Y le agrega un argumento: “La suerte de la Nueva Granada está íntimamente ligada con la de Venezuela; si ésta continua en cadenas, la primera las llevará también”.

Mientras realizaba aquellas gestiones, Bolívar fue precisando un plan de acción, detallado, fijando sus grandes líneas estratégicas y las operaciones tácticas. En una primera etapa proyecta llegar a la frontera de Venezuela, mientras consigue limpiar de enemigos el Magdalena, restablecer la comunicación de Cartagena con los otros estados de la Nueva Granada y garantizar la existencia de la Confederación que los agrupa, amenazada por las fuerzas realistas. En una segunda etapa se propone, con el apoyo de los neogranadinos, cuya opinión y gratitud habrá de ganarse, pasar la frontera y ocupar rápidamente las provincias de Mérida y Trujillo. Se trata de una maniobra arriesgada, que expondrá sus tropas a ataques combinados desde el norte y el sur, pero que las colocarán en posición favorable para invadir las otras provincias venezolanas. Hasta entonces, contará con la sorpresa. En fin, en una última etapa, contempla tomar Barinas, rica en todo género de recursos, dirigirse al centro del país y ocupar Caracas.

Bolívar conocía la situación política y militar tanto de la Nueva Granada como de Venezuela. Había estudiado el terreno, teatro de las futuras operaciones. Sus conocimientos llegaron a ser muy precisos, como lo muestran los itinerarios que fijaba o las órdenes que daba. Pero también estaba bien enterado de lo que ocurría, e incluso del ánimo de la población. Seguía los pasos de los jefes españoles: Monteverde, Tiscar, Yanez; recibía noticias de la guerra en España; y tuvo información – apenas dos meses después – de la invasión por Güiria de la Provincia de Cumana, por los patriotas. Esto último, pensaba, facilitaba la ejecución de sus planes. Y en efecto, distrajo la atención de Monteverde, quien resolvió marchar hacia Oriente, sólo para ser derrotado por Manuel Piar en marzo de 1813.

Había estudiado el arte militar; y conocía la guerra de su tiempo. Analizaba las acciones de sus enemigos: por ejemplo, la marcha de Monteverde sobre Caracas, cuando con los escasos medios de Coro consiguió someter aquella rica provincia. Admiraba las dotes estratégicas de Napoleón Bonaparte, algunos de cuyos principios aplicó. Tal por ejemplo, el de la guerra ofensiva. En su Memoria de Cartagena sostuvo “que toda guerra defensiva es perjudicial y ruinosa para el que la sostiene; pues lo debilita sin esperanza de indemnizarlo”. Como también el de la guerra progresiva, que llevó a hechos, como explica Vicente Lecuna. En resumen: “cada jornada era una nueva operación militar”, apunta Mijares. Las tropas deben remplazarse y aumentar en las marchas y obtener los recursos que necesiten en las bases del enemigo. Por eso, no temía a la carencia inicial de hombres ni a la escasez de pertrechos o dinero. La campaña del año 13 muestra las ventajas que la guerra, regida por tales principios, ofrece a los ejércitos pequeños.

Su ejército se fue formando en los caminos: sus filas engrosaron con los voluntarios que se incorporaban o con los soldados que se tomaban prisioneros. “Nuestro ejército se ha aumentado prodigiosamente con la destrucción del del enemigo”: muy pocos en el Magdalena, centenares en Mérida, miles en San Carlos. Otro tanto ocurrió con las armas o los recursos. Se obtuvieron en el territorio que se recorría. En Tenerife y en Cúcuta se tomaron muchas armas al enemigo. Sólo en Chiriguaná: 5 buques de guerra y 6 de transporte, 2 piezas de artillería y 200 fusiles. En Niquitao su retaguardia hizo 345 prisioneros y se apoderó de un gran parque. Y en Guanare y Barinas encontró todo lo necesario para culminar la campaña. Después de entrar en aquella confesó: “Hemos tomado caudales suficientes para la reconquista de Venezuela; en la Administración de tabaco hay existentes sobre doscientos mil pesos; y además hemos hallado porción de almacenes de ropa …”. Y en la segunda encontró 32 piezas de artillería.

En la tarde del último día de febrero del año 13, al entrar vencedor en Cúcuta, Simón Bolívar había tomado una decisión: invadir a Venezuela para derrotar a sus tiranos. “Ya nada podía detener al caraqueño en esta empresa a la cual lo animaba una ciega seguridad en el triunfo”, asienta Indalecio Liévano Aguirre. A pesar de la evidente inferioridad numérica de sus tropas (no más 700 hombres) frente a los casi 7.000 que se le interponían hasta Caracas, esperaba triunfar: “¡América entera espera su libertad y salvación de vosotros!” les dijo a los suyos. Esa determinación la ratificó en Trujillo: “Abandonemos vanos temores, obremos con resolución y prudencia y lograremos vencer a nuestros enemigos”.

 

 

 

 

III

Al frente del hecho colectivo …

Al término de la campaña de Cúcuta, Simón Bolívar “ya era dueño – como explica Mijares – de una fuerza efectiva que lo llenaba de confianza. Todos los venezolanos que se encontraban en la Nueva Granada lo reconocían por jefe …; y una brillante oficialidad granadina lo rodeaba también, dispuesta a seguirlo en la conquista de Venezuela”. Gozaba del apoyo decidido del Gobierno de Cartagena y del Congreso de la Nueva Granada, presididos por Manuel Rodríguez Torices y Camilo Torres, respectivamente, ambos fusilados por órdenes de Morillo en 1816.

Aquello, pudo sorprender a algunos. Como a aquel amigo español (Francisco Iturbe) que meses antes en Caracas lo llamó un “calavera”, o como al francés Pedro Labatut, que pretendió impedir su vuelo desde Barranca; o como al granadino Manuel del Castillo que consideraba una “locura” su proyectada invasión a Venezuela. Quien “pocos meses antes era apenas el humillado jefe de Puerto Cabello, y, en La Guaira, un truculento cabecilla de amotinados” (Mijares), a finales de 1812, discurría sobre los problemas continentales con el aplomo de un experimentado estadista y formulaba planes de un gran estratega. En realidad, los acontecimientos de 1810 – 1812 despertaron su visión del país y le hicieron descubrir su destino. Entonces pudo aprovechar sus estudios y reflexiones de Paris (de 1804 a 1810), completados con los de tres años en Caracas (de 1807 a 1810), pasados bajo la influencia Andrés Bello.

En Paris, donde analizó las guerras de Napoleón leyó la obras de Raimondo Montecuccoli (Memorias de la guerra), del Mariscal Mauricio de Sajonia (Reflexiones sobre el Arte de la Guerra) y de Federico el Grande de Prusia (El Anti-Maquiavelo). En su largo viaje por Italia (abril a diciembre de 1805), guiado por el maestro Simón Rodríguez, vivió la antigüedad clásica y el renacimiento en sus ruinas, en su historia, en sus obras; estudió con seriedad las humanidades y las ciencias militares; y hasta entró en contacto con científicos. Había llegado su momento; y para usar una expresión de Laureano Vallenilla Lanz había “encontrado en torno suyo las fuerzas necesarias para emprender su obra”.

En abril de 1813 Bolívar parecía preparado para su misión. Había mostrado dotes de conductor; y conocía la situación del país, como las condiciones en que vivía el pueblo venezolano. “Yo conozco la posición en que nos hallamos, el estado de nuestros pueblos y el de los enemigos” afirmó. Por eso, pudo fijar un plan maestro, que fue aprobado por las autoridades políticas superiores. Se puede decir (con las palabras que Vallenilla Lanz tomó de Lamprecht) que era el mejor exponente del país que en aquel momento luchaba por su libertad, capaz de poner “al unísono las aspiraciones, los anhelos, las necesidades, los instintos, las pasiones y las ideas de su grupo”.

A partir de 1812 Bolívar supo animar las fuerzas (con frecuencia algunas ignoradas) que podían contribuir a lograr la independencia. El resultado no fue fruto exclusivo de su genio superior, aunque en parte determinó sus formas y sus tiempos. La revolución, como las de toda América, fue en realidad un hecho colectivo. La literatura y la historiografía (obligadas durante mucho tiempo a cantar las epopeyas) y hasta pensadores de todos los signos han considerado a los libertadores como enviados casi divinos, dotados de poderes extraordinarios y no como lo que fueron en realidad, “exponentes genuinos del medio y del momento” (Vallenilla Lanz). Ni las sociedades ni los estados se forman o evolucionan por la sola voluntad de un hombre providencial a cuya iniciativa se puedan referir todos los sucesos de una época. El estudiosos de la historia enseñan que las transformaciones (como el proceso de emancipación) no son resultado de un hecho aislado (que provoca un súbito despertar), responsabilidad de uno o varios héroes, sino efecto de causas múltiples y profundas.

En verdad, hasta el siglo XVIII la historia se entendía como suma de actos particulares, ejecutados por individuos y aunque esa percepción se mantuvo en autores como Thomas Carlyle (Los héroes, 1841) desde entonces se modificó. Pensadores de diversas tendencias llegaron a negar la influencia del individuo: Ludwig Glumpowitz (Compendio de Sociología, 1885) o Gueorgui V. Plejanov (El papel del individuo en la historia, 1898). Hoy los estudiosos, como explica Wielhem Bauer (Introducción a la estudio de la historia, Barcelona, Bosch, 1957), aún cuando tienden a reconocer un papel primordial al individuo en la explicación de los procesos históricos, afirman que “el suceder histórico es predominantemente, en su mayor parte, un suceder de masas”. Así, las formas políticas y sociales de un pueblo en un momento dado no dependen de una voluntad particular – y en realidad ni siquiera de la voluntad de todos – sino que están determinadas por muchos factores, algunos de los cuales actúan desde el pasado. Por eso, ciertas experiencias no perduran, No se fundan sobre bases sólidas y no se hunden en la historia. Ya lo advertía Hyppolite Taine (Les orígenes de la Francia contemporánea, 1875 - 1893).

También hoy enfrentamos la historia. Algunos han pretendido que el futuro de la nación ya ha sido determinado (incluso para siempre) por la acción de un caudillo. Otros, en tiempos pasados, atribuyeron logros importantes a hombres que creyeron necesarios: la reconstitución de la República a José Antonio Páez, el inicio de la modernización a Antonio Guzmán Blanco, y la consolidación de la unidad y la paz a Juan Vicente Gómez. Las investigaciones más objetivas muestran que fueron obra del pueblo venezolano en momentos propicios.

 

 

IV

Con audacia y valor …

Tiempos heroicos fueron aquellos. Porque la independencia no se obtuvo por la negociación, sino por la guerra. Creyó España que podía conservar su Imperio, aún después que se hizo evidente que carecía de fuerzas para lograr tal empresa como, incluso, lo advirtieron algunos de sus magistrados y generales más lúcidos en América. Y la guerra se prologó. La victoria se obtuvo al final con método y audacia. Y con mucho valor y sacrificio. “Nuestra celeridad y valor han vencido todos los obstáculos y todos los peligros”, afirmó Simón Bolívar en Barinas.

Bolívar planificó cuidadosamente todas las acciones que se ejecutaron durante la llamada “campaña admirable”. La dirigió un comando único, bajo su jefatura. Recordaba a Napoleón: “Nada es tan importante en la guerra como la unidad en el mando”. Por eso, no aceptó compartir la autoridad como se pretendió en Cúcuta. Y tampoco admitió actos de indisciplina, como los cometidos por Antonio Nicolás Briceño. El general creía en la necesidad de elaborar un buen plan, producto del análisis objetivo de la situación. Mostró, sin embargo (como lo admitía el Emperador), que podían “modificarse los planes de campaña hasta el infinito según las circunstancias…”

Su plan incluía dos recursos tácticos fundamentales: la audacia y la velocidad, que fueron, más que cualesquiera otras, sus armas más efectivas. En los planes que formuló incluyó maniobras riesgosas pero que, bien ejecutadas, podían causar daños decisivos. Era la audacia aplicada con método, resultado de una observación atenta de la situación y de las posibilidades, y empleada con precisión, tal como lo explica Vicente Lecuna. Sabía que los grandes capitanes de la antigüedad, Alejandro, Aníbal y César, así como sus admirados Federico y Napoleón, avanzaron no pocas veces con riegos calculados. El mismo plan general de la campaña de 1813 era resultado de una idea audaz. Mucho más tarde lo admitió: “¿Quién con solos cuatrocientos soldados hubiera concebido el audaz proyecto de arrostrar el poder que oprimía siete provincias …?

Implicaba tantos riegos que en La Grita su segundo Manuel del Castillo y su Ayudante Santander consideraron el proyecto una “locura” y se negaron a participar. Supuso maniobras peligrosas, como la penetración inicial hasta Mérida y Trujillo que esperaba facilitara la impresión que podía causar en el enemigo un golpe inicial infligido por una fuerza pequeña (que se simulaba de gran envergadura). Ya en Mérida, decidido a avanzar hasta Caracas, concibió una maniobra complicada que sería decisiva: dirigirse hacia Barinas (para cortar la ayuda a la capital) por el camino de Guanare, o sea por donde no se le esperaba. Ese movimiento parece inspirado en los muy celebrados del archiduque Carlos contra las tropas francesas en 1796.

“La fuerza de un ejército, como la potencia en mecánica, se estima multiplicando la masa por la velocidad; una marcha rápida aumenta la moral del ejército y también sus medios de victoria” afirmaba Napoleón. Y Bolívar: “El obrar con la mayor rapidez producirá el mayor bien imaginable”. Una y otra vez insistía en la velocidad y la movilidad, para sorprender al enemigo. Así al Poder Ejecutivo Federal: “Si dejamos reforzar al enemigo bien difícil será que las tropas de la Unión puedan batirlo y que la Nueva Granada conserve su independencia y si se le ataca con brevedad es más que verosímil el favorable éxito de la acción …”. Después urgirá a sus capitanes: a Girardot a adelantarse hasta Trujillo, a Ribas a acelerar la marcha de la retaguardia, a Urdaneta a dirigirse a toda prisa hacia San Carlos.

Aquella campaña, sin embargo, no solo fue audacia aplicada con precisión y método. Mostró también el valor de civiles y soldados. Lo explica bien Laureano Vallenilla: “Surgida de una de las guerras más sangrientas de la Historia, nuestra Patria es hija del heroísmo y la lealtad. Durante aquellos tiempos se multiplicaron los ejemplos de esas virtudes”. En efecto, las circunstancias de entonces obligaban a colocar por encima de cualquier sentimiento o interés las exigencias de la Patria. Su servicio, a veces, imponía terribles sacrificios. Bolívar se lo recordó a Rodríguez Picón: “(Esos) son los sentimientos que deben animar a todo republicano que no tiene más padres, ni más hijos, que su libertad y su país”

Lo supo bien el viejo patricio merideño. Por su adhesión a la revolución del año 10 fue condenado a diez años de presidio, destierro perpetuo de América y la pérdida de todos sus bienes. Sin embargo, la causa fue sobreseida por la Real Audiencia. Y regresó a Mérida el 6 de mayo de 1813 “después de un año de ausencia en el que pasé los mayores trabajos en prisiones, grillos, cadenas, bóvedas y pontones de Puerto Cabello, hambres, desnudeces, insultos y en una palabra, todo género de incomodidades y desdichas”,

Otra vez en su casa, pero, solo para asumir mayores riesgos. Apenas tres semanas después, recibió a Simón Bolívar. Y le entregó solemnemente sus hijos: Francisco, Jaime y Gabriel y a su yerno Vicente Campo Elías, el marido de Martina, la hija mayor. Presenciaba la escena, llena de congojas y malos presagios, su mujer Mariana. Un mes más tarde, ambos, tendrán que sufrir la caída en Los Horcones de Gabriel, “tierno infante” (subteniente de apenas 14 años), “hecho pedazos a la boca de un cañón con un saco de metralla”. Salvó su vida gracias a la simpatía que despertaba su valor de niño y a la protección de médicos y familias de Valencia, Caracas, Cumaná, San Thomas, Cartagena y Jamaica. Pero, aquel que era “buen padre” ya había escrito al Libertador: “yo no lloraré una muerte que contribuido a la libertad de Venezuela”. Gesto similar al de Luis María Rivas Dávila que moribundo pidió al médico que le extrajo en La Victoria: “Llevadla a mi esposa y decidle la conserve, y se acuerde que a ella debo el momento más glorioso de mi vida”

Aquellos no fueron casos excepcionales. Ni se agotaron en los tiempos heroicos. También hoy la patria exige sacrificios. Y nosotros sabemos que muchos jóvenes de esta Casa dan todos los días prueba de coraje, que causan lágrimas y honor a sus padres.

 

 

V

Continuidad de las luchas …

Jueves 10 de junio de 1813. Se marcha Simón Bolívar de Mérida. Temprano, luego de recibir a José Félix Ribas, quien llega de Cúcuta con cien hombres enviados por Santa Fe, se despide de quienes le dieron albergue y de las autoridades. Muchos suben con él hasta el final de la calle, donde comienza la cuesta por la cual se baja al puente del Mucujún para tomar el camino de Trujillo. Saluda a todos en aquel lugar, justo donde casi treinta años después se levantará el primer monumento erigido en su memoria. Parte el general acompañado por un piquete de caballería (veinte voluntarios que ha reclutado allí mismo Francisco Ponce de León). Dos semanas después, lo seguirá Ribas al mando de la retaguardia, compuesta por alrededor de 250 hombres (con los más de cien de una compañía de milicias de infantería organizada por Campo Elías)

Por la tarde se detiene en Mucuchíes, donde se contratan 30 indios. La tradición recuerda que en Moconoque su propietario, Vicente Pino, le regaló un perro, llamado “nevado”, al que desde entonces cuidó Tinjacá. Su pequeño ejército (el grueso de la vanguardia de 488 plazas se había adelantado) cruza el páramo de Timotes y el domingo 13 llega a Mendoza. El lunes entra a Trujillo. Aquella misma noche, en la madrugada del 15, firma el decreto de “guerra a muerte”. Luego de la victoria de Girardot en Agua Obispo, el general puede avanzar con rapidez. El 25 de junio pasa a Boconó, donde toma la vía del llano. Ocupa Guanare y dobla hacia Barinas. Mientras tanto, Ribas que al salir de Mérida sigue por Santo Domingo y Las Piedras, remonta los páramos y cae al valle del rio Burate. Advertido de la presencia de una columna que ha subido por el camino de Calderas, apoyado por Urdaneta, la destruye en Niquitao el 2 de julio. En la acción se distinguieron Campo Elías y los merideños, aunque luego los indios de Mucuchíes creyeron cumplido su deber y regresaron a sus casas. Esa victoria, permite a Bolívar ocupar Barinas el día 6.

Luego, las marchas se hacen rápidas. Ribas se dirige hacia El Tocuyo y el 22 de julio triunfa en Los Horcones. De seguidas ocupa Barquisimeto, en tanto Urdaneta toma la villa de Araure. Todos los cuerpos se reúnen en San Carlos; y bajo el mando de su general, el 31 de julio atacan a las últimas tropas realistas en la llanura de Taguanes. “La victoria fue la más completa de toda la campaña” resumió O´Leary. Como consecuencia, el 2 de agosto Bolívar pasa a Valencia, abandonada por Monteverde quien se refugió en Puerto Cabello y el 4 llega a La Victoria, donde acepta la capitulación del ejército español. Sin tardanza, el 6 entra a Caracas, 229 días después de embarcarse de madrugada en los champanes del Magdalena.

“Con razón – señaló Mijares – se llamó Campaña Admirable ésta, realizada por el Libertador. Por primera vez, él y los jefes orientales, habían probado que con tropas bisoñas e inferiores en número podían derrotar a los mejores oficiales realistas; y su concepción de la guerra ofensiva y de apelar directamente al pueblo para incorporarlo a la lucha indicaban … la estrategia que le daría el triunfo”. Los setenta hombres de Barrancas se habían multiplicado: esa pequeña partida de insurrectos se había convertido en un ejército organizado, que ocupaba la capital de Venezuela. Entre quienes más se destacaron en aquellas jornadas – cuando se logró la liberación de las provincias de Mérida, Trujillo, Barinas y Caracas – figuraron los oficiales y soldados incorporados aquí. Su honor fue entonces reconocido por el Libertador, quien resaltó el esfuerzo colectivo: “Mérida …aunque desolada por el terremoto y por las tiranías de los gobernantes españoles, ha entregado 30.000 pesos y 800 caballerías”; y honró a algunos a quienes confirió ascensos, calificó de bienhechores y beneméritos y entregó la Orden de los Libertadores de Venezuela.

No terminó la guerra con la derrota realista en la batalla de Taguanes, ni con la toma de Barcelona por Santiago Mariño. Ni se consolidó la República que Bolívar estableció, más resultado de su genio militar y del heroísmo de quienes buscaban la independencia, que de una realidad económica y política. De las profundidades de la tierra venezolana, de lugares que no figuraban en las cartas geográficas, surgieron huestes, con gentes cuya existencia muchos ignoraban, conducidas por un caudillo primitivo, astuto y cruel que prometía venganza y tierra, igualdad y riquezas. Lo explica Liévano Aguirre. Las ideas revolucionarias y los sentimientos independentistas sólo habían llegado a “una capa superficial y muy poco numerosa de la población, que en su mayoría se alineaba en las filas realistas. No había surgido una “conciencia americana … como afirmación frente a España”. En los anales de la humanidad, muy pocos han logrado … crear casi de la nada un movimiento histórico, como de este momento en adelante se propone hacerlo Bolívar”. Y en efecto, cuando logre el apoyo de las grandes masas se consolidará la independencia.

Hubo que combatir de nuevo, con más bríos y saña. La guerra, contienda civil ya, se hizo cruel y se libró sin cuartel. Los campos de batalla, se cubrieron de miles de cadáveres. Se multiplicaron los actos de heroísmo, como el de los jóvenes en La Victoria. Otra vez tuvieron que llorar Rodríguez Picón y su mujer. Después de batirse en Las Trincheras, Mosquiteros, Vigirima, Araure, La Puerta, La Victoria y Pantanero, los bravos Jaime Picón y Vicente Campo Elías cayeron al fin. La muerte los alcanzó pronto. El primero (capitán de “acreditado brío” a los 17 años) y el español, leyenda viva en los combates, comandante del Batallón de Barlovento, resultaron heridos el 28 de febrero en El Calvario de San Mateo y murieron a los pocos días. Por allí mismo fueron sepultados. Los merideños abandonaron la ciudad el 18 de septiembre rumbo a la Nueva Granada y los llanos. La República desapareció en los meses finales de aquel terrible año de 1814. Su último jefe, José Félix Ribas, fue fusilado en Tucupido en enero de 1815. Quedaban todavía seis años de combates.

Amigos:

En verdad, todavía no ha terminado la lucha. Y con seguridad no terminará nunca, aunque las causas varíen con el tiempo. Venezuela es ahora diferente de la que resultó de las acciones y los sacrificios de la epopeya. Logró otros objetivos que se plantearon luego de su independencia. Gracias a la gestión de magistrados probos organizó instituciones que le permitieron afianzar su condición de estado; tras largas luchas que encabezaron caudillos díscolos conquistó la igualdad social y humana; y en época reciente ensayó establecer un sistema de participación y de justicia

La historia de la humanidad se confunde con la búsqueda permanente de la de la libertad, que se aspira cada día más amplia y más intensa. Entendida como posibilidad de desarrollar la personalidad de cada uno, supone la implantación de la justicia, que como garantía de los derechos de todos, ha movido a los excluidos de todas las épocas. Como nunca será plena, la lucha de los hombres continuará a lo largo de los siglos y hasta el final de los tiempos, cuando el recuerdo de los hechos y los hombres que honramos hoy se haya perdido en la memoria de sus semejantes, a pesar de haber contribuido con su acción a la realización de la historia.

 

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