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El misterioso asesinato de Kennedy, 40 años después Roberto Palmitesta D. Miércoles, 3 de diciembre de 2003 Interesantes especulaciones que apuntan a la participación de un vicepresidente, de los castristas o de la alta jerarquía soviética, en sendos complots para cometer el magnicidio más intrigante de la era moderna.
A fines de noviembre, todos los medios norteamericanos –televisivos e impresos- dedicaron amplios espacios sobre un hecho que sigue intrigando a mucha gente, y especialmente a las mentes inquisitivas que se resisten a aceptar informes oficiales o explicaciones simplonas. De acuerdo con el celebérrimo Informe Warren, el autor de los disparos –presumiblemente Oswald- no tuvo cómplices visibles, pues todo apuntaba a esa teoría y nunca hubo pruebas de la existencia de otros francotiradores, o de una conspiración política dirigida a eliminar al líder del llamado “mundo libre”. Fue una conclusión forzada por falta de evidencia al contrario, pero para muchos no necesariamente la verdad definitiva, ya que todavía el suceso luce bastante misterioso y existen algunas contradicciones insalvables dentro del mismo informe oficial, tales como el número de disparos y la curiosa trayectoria de la llamada “bala mágica”.
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La teoría del magnicida solitario recibe un nuevo apoyo debido a que, a 40 años del hecho, seguramente hubiera aparecido desde entonces algún indicio o delaciones sobre una supuesta conspiración interna, sea dentro de entes gubernamentales -léase CIA, militares activos o retirados – sea entre grupos racistas y ultra-conservadores. Dos películas muy vistas trataron el tema en diferentes épocas, “Executive Action” (aquí titulado “El asesinato de un presidente”), con Burt Lancaster –firme creyente de esa teoría- encarnando al coordinador de un grupo de intrigantes del complejo industrial-militar, filmada a 10 años del asesinato; y luego la impactante obra de Oliver Stone, “JFK”, realizada a casi 30 años del asesinato, que apoyó la teoría propuesta por el fiscal Jim Garrison, acerca de una conspiración de grupos con intereses diversos, con Oswald como autor material… y posterior chivo expiatorio La posible participación de Johnson
Incluso se habló mucho en su tiempo de la participación del vicepresidente Lyndon B. Johnson en el magnicidio, ya que –como en todo asesinato misterioso- se investiga siempre a quien se beneficia por la desaparición de la víctima.
A la muerte de Kennedy, el ahora presidente LBJ trató de salir del hermano, todavía ministro de justicia, pero quizás no lo hizo porque lo necesitaba en el gabinete para disipar rumores sobre cualquier rencor contra los Kennedy, que pudieran dirigir sospechas hacia el vicepresidente. De ahí la renuncia tardía de Robert F. Kennedy, pero una vez electo senador durante el período siguiente, se sabía que RFK hubiera derrotado a Johnson en la elección presidencial de 1968. Se especula que fue la visible popularidad de RFK lo que motivó el retiro oportuno de LBJ de la contienda, y no sólo por estar presionado por el difícil “rollo de Vietnam”, demasiado complejo para su limitada visión geopolítica. Es factible sospechar que, en el 63, viendo sus posibilidades muy estrechas para ser electo candidato en el 64 o 68, Johnson pensó que la única forma de llegar a la presidencia se produciría gracias a una falta permanente de Kennedy antes del término de su mandato. Esta suposición es congruente con el notorio afán de protagonismo de LBJ, siempre deseoso de figurar, algo que fue demostrado también cuando JFK le encargó la supervisión del programa espacial. La película “The right stuff” (aquí, “Elegidos para la gloria”), que trata de los primeros vuelos tripulados, muestra a un Johnson como un funcionario arrogante y despreciado por los astronautas, por querer ganarse ‘indulgencia con escapulario ajeno’, especialmente cuando organizó aquella fastuosa celebración tejana en Houston, en homenaje a los astronautas del proyecto Mercury, poco después del vuelo orbital de John Glenn. Johnson fungió de maestro de ceremonia en ese evento, demostrando sus ansias de protagonismo y celebridad, además de un visible complejo de inferioridad. Pero todavía queda la duda si Johnson tendría el coraje de organizar el macabro plan para eliminar a JFK, pues no debía ignorar que podría ser el primer sospechoso por ser el más beneficiado, aunque como primer mandatario podría manipular los hilos del poder para esquivar las sospechas. Sin embargo, en una sociedad tan abierta como la norteamericana, con los medios explorando todas las aristas del sonado crimen, y con una justicia implacable que no discriminaría incluso en el caso de un presidente, hubiera sido bastante difícil que un vicepresidente se involucrara en un magnicidio, como se ve a menudo en la literatura y cine de ficción. De hecho, desde entonces se han visto varias películas donde el segundo de a bordo, o un asesor cercano, provoca la renuncia de un presidente débil para tomar el poder. Viene a la memoria una célebre película de ficción política de los años 60, “Siete días en mayo” (con Burt Lancaster y Kirk Douglas), donde se habla de una conspiración militarista, y la recientes cintas “Poder absoluto” (con Clint Eastwood) y “Asesinato en la Casa Blanca” (con Wesley Snipes), entre otras que machacan el mismo tema. Así que una de las variadas teorías de complicidad interna –con o sin Johnson- no sería totalmente descabellada ni ajena a la imaginación popular. Sin embargo, es extraño que a cuatro décadas del hecho no hayan salido a la luz pública suficientes indicios en apoyo de esa hipótesis, pues con el tiempo las conciencias de los culpables hubieran hecho aflorar confesiones comprometedoras. La posible conspiración castrista
Pasemos a otras dos teorías también muy comentadas, pues la venganza de los castristas o una conspiración procedente de la URSS también estuvieron en la palestra por mucho tiempo, y especialmente en los días siguientes al magnicidio. En el primer caso, se supo que la CIA estuvo asociada con elementos de la mafia que operaban en La Habana, con el objetivo de eliminar físicamente a Castro en los primeros años de la década de los 60, algo que finalmente nunca se implementó por no encontrarse un asesino cercano a Fidel dispuesto a implementar el plan. De todos modos, si el gobierno cubano estaba al tanto de esos intentos –y probablemente lo estaba- , es fácil aceptar la idea de que algún grupo pro-castrista infiltrado en EE.UU. habría organizado en 1963 un asesinato para vengarse de Kennedy con la misma moneda. Pero parece que la CIA no mantuvo al tanto al nuevo presidente del plan para asesinar a Castro, quizás porque JFK no lo hubiera aprobado, dada sus fuertes convicciones religiosas, aunque en el asesinato de Diem en Vietnam no se evidenció ese escrúpulo. Además, era un plan heredado de la administración republicana, siempre más pragmática que las demócratas en asuntos de golpes de estado y cambios de régimen, tanto en el pasado (ej. Guatemala, Cuba, Chile. Granada, Panamá) como en años recientes (v.g., Afganistán e Iraq).
La factible conspiración del Kremlin
Si tomamos en cuenta que para 1963, ya Cuba se consideraba un títere de Moscú, especialmente después de la sonada ‘Crisis de los misiles’ de 1962, hubiera dio conveniente ahondar en la relación de Moscú con el asesinato, por el hecho inusual de que Oswald, ciudadano norteamericano, al desertar para la URSS, se nacionalizó y vivió allá entre 1959-62, trabajando cerca del final de su estadía en una fábrica electrónica de Minsk, provincia de Belorusia. Allá conoció a la que sería su esposa, la rusa Marina Prusakova, una tecnóloga en farmacia, con quien se casó en menos de un mes, después de un curioso cortejo mientras Oswald estaba hospitalizado. Para ahondar en la sospecha, Oswald decidió de pronto regresar a EE.UU. con su esposa soviética.
El hecho del improbable enamoramiento y súbito casamiento de Marina con un personaje tan mediocre, además de que repentinamente Oswald desistiera de su plan inicial de obtener la ciudadanía soviética, junto con la rapidez con se dieron los permisos en la URSS, para abandonar tan fácilmente un país tan estricta en materia de viajes al exterior, acoplado al hecho de que no tuvieran problemas para establecerse en Dallas poco tiempo antes del magnicidio, son todos detalles que invitan a serias reflexiones y sospechas acerca de una complicidad con Moscú, especialmente cuando las relaciones entre las dos superpotencias no eran particularmente buenas. Pero, establecidas las misteriosas circunstancias alrededor de la aventura soviética de Oswald, y su posible entrenamiento como agente de la KGB, habría que ver si había motivos suficientes de esa potencia para cometer un magnicidio. Ante todo, habría que recordar que, a raíz del desastroso affaire cubano de octubre de 1962, el primer ministro Kruschev había caído en desgracia dentro de la alta jerarquía soviética, ya que autorizó dar marcha atrás y retirar los mísiles nucleares de la isla –en contra de la opinión del alto mando militar- lo cual fue considerado casi como una traición, y obviamente una especie de debacle para los estrategas rusos, ya que con el arriesgado plan esperaban una ventaja significativa en el balance de poder durante la guerra fría. Ese aparente fracaso de los rusos elevó grandemente el prestigio de Kennedy, a expensas del de Kruschev, quien estuvo en el limbo y fue destituido sólo a dos años de esa crisis, demora conveniente para que ese evento no se viera abiertamente como una derrota soviética. Así, por el lado psicológico, es fácil suponer a un Kruschev molesto contra su joven contrincante, por ser el visible vencedor del enfrentamiento ante el mundo, algo que debería haber causado un resentimiento suficiente para motivar un complot personal -en asociación con la KGB, que todavía controlaba en 1963- para darle su merecido al enérgico mandatario norteamericano que lo humilló un año antes. Se dice que la venganza es dulce, y más para un viejo burócrata cercano a cumplir 70 años, pues el ajuste de cuentas con Kennedy hubiera sido su última satisfacción antes de dejar el cargo de premier en 1964. Una explicación muy humana que quizás hubiera convencido a cualquier jurado por su lógica aplastante, pues la venganza ha sido la motivación de muchos sonados crímenes. Sin embargo es algo que difícilmente puede probarse a estas alturas, pues Kruschev murió en 1971, sin dar ningún indicio de su participación en complot alguno contra Kennedy. Al igual que Oswald -y su asesino Jack Ruby- el premier soviético se llevó sus secretos a la tumba, pero Marina Oswald todavía vive en Kansas, y –si sabe más de la cuenta- quizás algún día cuente la historia como debió ser, si participó en un complot con su marido circunstancial, a quien no quiso mucho pues se volvió a casar con un tal Porter poco después de enviudar. Pero incluso apartando el aspecto de la venganza personal de Kruschev, es lógico pensar que cualquier inestabilidad interna dentro del principal enemigo geopolítico, hubiera sido favorable para la URSS, existiendo diversos puntos de fricción geopolítica a fines de 1963, tales como el muro de Berlín –que Kennedy explotó a sus anchas durante su visita a esa capital- y las guerrillas en Latinoamérica y Africa. Sin olvidar los ambiciosos planes norteamericanos en la carrera espacial, pues en 1961 Kennedy había puesto como objetivo de EE.UU. la llegada a la Luna antes que los soviéticos, lo que les daría simultáneamente –además del prestigio nacional- una amplia ventaja militar por los desarrollos tecnológicos asociados con ese logro. Todo lo cual podría ser un motivo más para eliminar al ambicioso presidente, que estaba desafiando los sueños de superioridad soviética en el campo espacial y militar, y frustrar la conocida amenaza de Kruschev de “sepultar a su enemigo”, vociferada frente al mundo entero en Nueva York durante una asamblea de la ONU. También estaba el lío de Vietnam, y se sabe que Kennedy amplió la presencia norteamericana allá, algo que entorpecía los planes soviéticos de acelerar el dominio comunista en la antigua Indochina. Si ya contaba con la presencia en Texas de una familia ruso-norteamericana, la Oswald-Prusakova, probablemente ya ambos indoctrinada para labores subversivas en la URSS, no es absurdo que Kruschev activara algún plan magnicida cocinado por la KGB. Ciertas contradicciones del caso, relacionadas con la versión oficial del informe Warren, junto con la repentina “eliminación” de Oswald (un destino muy común de los asesinos comprometedores, en cualquier época), pueden dar lugar a las más extrañas especulaciones, especialmente en medio de intrigas internacionales de esa magnitud. Muchos piensan que debería haberse investigado más a fondo la conexión Marina-KGB. Así que, en opinión de algunos analistas, la tesis de una conspiración del Kremlin no puede ser enteramente descartada, máxime cuando todo sucedía en plena guerra fría, y con la humillante retirada soviética de Cuba el año antes. Pero ante la sorpresiva desintegración de la URSS en 1991, deberían haberse revelado muchos detalles de la supuesta participación soviética en ese crimen, máxime con el interés mundial en conocer estos secretos, con una relativa libertad de prensa que permitiría criticar abiertamente el antiguo régimen. Aún hoy día, todavía podría haber algún codicioso funcionario ruso con suficiente información para explotar la veta de la conspiración soviética en el caso Kennedy, para el deleite de los editores especializados en libros sobre teorías conspirativas, de las cuales se han publicado cerca de medio centenar en estos últimos 40 años. Sigue la búsqueda de la verdad
¿Se conocerá una versión oficial y definitiva de Washington algún día, para terminar con las especulaciones? Es poco probable, pues todavía debe haber muchos interesados en que se mantenga la teoría del asesino solitario y sicótico, muy conveniente para dar la apariencia de que nadie estuvo involucrado en las altas esferas, todo en aras de la sacrosanta seguridad nacional. Y, excepto por el iconoclasta fiscal Garrison, quien quiso desempolvar el dossier del magnicidio, no ha habido intención del gobierno federal en reabrir el caso. Incluso la mayoría de los documentos originales que apoyan el informe Warren están todavía “clasificados”, o sea no disponibles para investigaciones periodísticas o legales, lo cual tiñe todo de una escasa transparencia que alimenta toda clase de suposiciones. Quizás habrá que esperar el 50ª aniversario del fatídico evento, cuando casi todos los personajes involucrados habrán desaparecido, no existiendo entonces posibilidad de perjudicar a nadie, excepto algunas reputaciones. En el caso de JFK, este mandatario sigue teniendo un gran prestigio a pesar de que se le ha descubierto muchas fallas, tanto morales como físicas, e incluso ciertas asociaciones turbias con grupos criminales, antes y después de su llegada a la Casa Blanca. Pero, a pesar de todo, seguramente JFK seguirá teniendo un gran prestigio, gracias a su hábil uso de los medios cuando fue presidente, por lo que saldrá esencialmente incólume de la historia, inclinada a subestimar sus supuestos defectos y errores, todo en aras de perpetuar una apasionante historia de juegos de poder, la materia prima preferida de escritores y periodistas. Esta es la ventaja de todos los mártires, voluntarios o no, en especial cuando se trata de una personalidad carismática como la de JFK, con una trayectoria respetable en la política, las letras y la oratoria, además de ser un héroe de guerra con una fortuna familiar, una elegante esposa, dos hijos simpáticos y una familia solidaria. Todo indica, entonces, que Kennedy fuera el candidato ideal para ser blanco de envidias personales e intrigas políticas, todo lo cual puede haber contribuido grandemente a desatar los eventos que condujeron a su trágica muerte, con la consecuente emergencia de un enigma policial y una leyenda difícil de ignorar en el futuro previsible. |
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Miguel González Marregot
Paulina Gamus
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