Caracas, Viernes, 18 de abril de 2014

Sección: Sociedad

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La soledad del corredor de fondo

Sergio Dahbar

Domingo, 24 de febrero de 2013

Por ahora Globovisión trasmitirá en señal analógica. El día que se decrete la extinción de esta tecnología en desuso, la pantalla del único canal que ha emitido contenidos que el Gobierno considera peligrosos para sus propósitos políticos, quedará en negro. Y una parte del país perderá la voz







   Foto: Google

Precedida por una historia y un acuerdo con el Gobierno de Argentina que el ciudadano común desconoce, y bendecida por el Líder Ausente, las autoridades locales iniciaron la emisión de la televisión digital abierta. Una noticia, en apariencia, para celebrar de manera automática.

Pero, como era de esperarse en un gobierno que no entiende de pesos y contrapesos, incluyeron en este salto tecnológico once canales que emiten propaganda política oficial sesgada e invitaron a tres señales privadas sin conflictos con el deber ser de la comunicación gubernamental. Globovisión quedó excluida, como era previsible. Nadie ha desmentido este acto discriminatorio.

Por ahora Globovisión trasmitirá en señal analógica. El día que se decrete la extinción de esta tecnología en desuso, la pantalla del único canal que ha emitido contenidos que el Gobierno considera peligrosos para sus propósitos políticos, quedará en negro. Y una parte del país perderá la voz.

Esta no es la primera agresión que sufren reporteros, técnicos y trabajadores de Globovisión de parte de autoridades de este Gobierno. Tampoco es la primera acción violenta que sufren diferentes periodistas venezolanos en catorce años de intolerancia comunicacional. Algunos trabajan desde su casa. Otros han cambiado de oficio. Y no faltan los que se han ido del país.

Lo que me he preguntado todo el tiempo, mientras veía la celebración oficial ante la llegada de la televisión digital abierta, es ¿cómo debe sentirse un periodista que pierde la voz por una acción represiva del Gobierno? ¿Cómo debe sentirse, digo, cuando ve que el país sigue adelante sin que ocurra nada para cambiar el estado de las cosas? Me acordé entonces de Carl Foreman (1914/1984). Sí, el guionista de Hollywood de los años cincuenta, famoso por argumentos célebres: A la hora señalada y El puente sobre el río Kwai, entre muchos otros.

A Foreman le ocurrió una experiencia curiosa, que hoy adquiere enorme sentido. En 1951, mientras escribía el guión de A la hora señalada (High Noon), fue citado por el Comité Parlamentario sobre Actividades Antiamericanas. Debía presentarse en junio siguiente para declarar sobre sus contactos con el Partido Comunista.

La audiencia fue postergada para septiembre de ese año. Allí declaró que no era comunista.

Nunca aclaró si alguna vez había pertenecido a esa corriente de pensamiento, para evitar dar nombres de otros comunistas. Esta posición lo ubicó de inmediato en las listas negras: nadie en Hollywood podía darle trabajo.

Fue inevitable que Carl Foreman, afectado por las consecuencias de su negativa a colaborar con la cacería de brujas del senador Joseph McCarthy, dejara colar sus emociones en todo lo que hacía en ese momento. Entonces convirtió el guión en el que trabajaba en una metáfora de su condición de paria.

Recordemos la historia de A la hora señalada, que interpretó Gary Cooper. Se trata de un sheriff que acaba de casarse con una joven cuáquera (nada menos que Grace Kelly). Está a punto de retirarse y es un hombre querido por el pueblo. Entonces recibe la noticia de que en ochenta minutos llegará un criminal que él encarceló cinco años atrás y que ahora regresa en busca de venganza.

 

El sheriff pide ayuda a sus amigos ante la amenaza, pero todos se hacen los locos. El juez que condenó al criminal en su momento huye. Un amigo con miedo prefiere esconderse. Su ayudante se niega a respaldarlo porque en realidad quería su puesto vacante de sheriff. El compañero que siempre lo ha apoyado le sugiere que se vaya para no poner en peligro al pueblo.

El sheriff descubre que está solo.

Pero no escapa. Vence al criminal y antes de partir del pueblo con su esposa, tira al suelo la estrella de alguacil en señal de desprecio por una gente que lo abandonó.

A Foreman siempre le interesó el enfrentamiento entre un individuo y la sociedad que lo rodea.

Cuando se exiló en Inglaterra, al quedarse sin empleo en Hollywood, todos sus proyectos se encadenaron a ese conflicto.

Esa tensión puede leerse en A la hora señalada, tanto que se convirtió en una de las obras cinematográficas de acción y entretenimiento que mejor reflejan la miseria de una época en la cual la gente se queda sola y muchos les dan la espalda.

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