En la Segunda mitad del siglo XX hemos asistido a decisivas transformaciones del modo de vida, impulsadas por la difusión e implantación del modelo desarrollista. Ahora bien, siendo el desarrollo un “modelo de vida”, se ha configurado a partir de diversos principios, valores y objetivos que determinan las líneas directrices y de acción que le son propias. De acuerdo con María P. Gonçalvez en El decenio cultural, el paradigma de desarrollo tenía como objetivo fundamental mejorar la calidad de vida de los individuos; pero esta calidad de vida estuvo supeditada especialmente (por no decir exclusivamente) al crecimiento económico.
Sin embargo, las contradicciones no tardaron en salir a la luz, pues este modelo, a partir de una visión unilateral, unívoca, de la calidad de vida, obvió variables, o más bien, pilares fundamentales a tomar en cuenta: la industrialización pronto devino en la destrucción ambiental que puso (y aún lo hace) en riesgo la propia supervivencia del sistema y, así mismo, la reconfiguración de ciudades y pueblos hacia la urbanización atomizó a los individuos, dejando a su paso quiebras y brechas profundas en lo social (pues el bienestar y la igualdad ya no lo fueron tanto) y en lo cultural.
El modelo se impuso en términos de “inevitabilidad” a partir de sus postulados teóricos evolucionistas que suponían el avance de un estadio inferior (subdesarrollo) a otro superior (desarrollo), legitimados al mismo tiempo por la ONU en nombre del bienestar y la paz, y por lo que la inminencia del proceso de globalización, que no sólo tiende a la homogenización sino que, deslegitimando el conflicto, sofoca la resistencia. Ahora bien, dicha resistencia no puede edificarse desde otro ámbito que el cultural (no por razones románticas acerca de la cultura, sino por los conflictos de poder que supone el enfrentamiento de dos o más modelos de vida). La insuficiencia (fracaso) del modelo desarrollista basado en lo económico, demostrada en naciones de distintas configuraciones culturales, condujo a la reformulación (adaptación) del proyecto, esta vez tomando en cuenta la dimensión cultural, para interrogarse en una totalidad. La pregunta se abrió: ¿es la cultura un instrumento para el desarrollo o su fin último?
La dimensión cultural del desarrollo (1978) pretendió erigirse como un proceso endógeno condicionado a la libertad de cada nación de configurar su propio modelo de vida. El problema es que la propuesta del modelo (exógena, por demás) supeditó el proyecto de cada nación a una línea común: “el desarrollo”, con sus variables “pertinentes” en cada cultura. El discurso que supuestamente “cede”, para nosotros negocia las relaciones de poder. Al respecto, Gloria Martín, en su libro Metódica y melódica de la animación cultural, señala que el modelo se erigió, en todo caso, como punto de llegada, de referencia, pauta a seguir. Desde nuestra perspectiva, su propia “adaptabilidad” fue también su mejor táctica: el modelo se compró.
Sin embargo, en lo cultural se hacía insuficiente plantearse la participación como un problema de “acceso a”, si es que entendemos la cultura como un proceso dinámico que se proyecta hacia el futura apelando a la memoria y a la creatividad.
La urgencia de plantearse la integración o el protagonismo de la cultura en el proyecto desarrollista no es gratuita. Tecnología y cultura, como hermanos de la globalización y de la identidad respectivamente, van de la mano con el conflicto, y éste, por razones que más adelante explicaremos, es una traba para el “desarrollo”. El desarrollo tecnológico y los avances comunicacionales massmediáticos han reducido las fronteras prácticamente al terreno virtual (García Canclini: Políticas para la creatividad cultural), constituyéndose en uno de los medios de mayor impacto en lo que a la “penetración” se refiere y que, junto con la lógica de mercado imperante, obliga a reconfigurar las nociones de cultura e identidad enfrentadas a la tradición y la creatividad como recurso imprescindible para la adaptación a las transformaciones de nuestro siglo. Pero para el “gran modelo” la cultura debe estar en “armonía” con el desarrollo (Plan de acción sobre políticas culturales en el desarrollo, pto. Nro. 8).
El conflicto se revela ante la posible (y de hecho, visible) resistencia de los grupos, sectores y culturas que se oponen al proyecto de desarrollo por las profundas transformaciones que éste supone, sobre todo en lo que respecta a la preservación de la memoria.
De acuerdo con Pérez de Cuellar en su informe Nuestra diversidad creativa, la diversidad cultural es un valor en tanto permite el enriquecimiento mutuo entre culturas. Sin embargo, reconoce en su discurso que ésta es un elemento conflictivo que pone en peligro la “paz”. La vía propuesta para lograr la paz es el consenso, pero tal consenso no es en reconocimiento del otro, como sí de adecuación al sistema matriz (desarrollo). Supone la aceptación de compromisos y valores compartidos y el ocultamiento o anulación de aquellos que puedan generar cualquier tipo de tensión. Ante la preponderante y hegemónica presencia de este modelo de corte progresista, aceptado ya en la mayor parte del globo terráqueo, no pretendemos discriminar el proyecto por una visión maniquea, sino ir al fondo del problema.
La cultura es fundamental para el proyecto, no por la idea del rescate de la memoria o la creatividad: creemos que, siempre que hablamos de la dicotomía desarrollo/cultura, hablamos de una relación de poder, en la que el poder hegemónico, para subsistir, debe enfrentarse al poder simbólico que ejerce cada cultura, pues éste, afortunadamente, siempre le hará resistencia, no por obstinación ideológica, sino por la misma naturaleza de la relación poder/cultura, y no sólo a este modelo, sino a cualquier otro que se pueda derivar. El valor de este conflicto, que no lo vemos ligeramente, está en que es motor para las transformaciones socioculturales.
Empeñarnos en retornar al pasado es absurdo. Pensar en lo tradicional como algo intocable conduce a fosilizarlo, para luego fetichizarlo. El reto está en enfrentar la vida cultural con las transformaciones que ya son inevitables.
La búsqueda de la identidad en una sociedad atomizada, se hace urgente si se piensa en un proyecto de vida, pues ésta, como “construcción simbólica” de los inherente, aprehendido y aprendido (Rubens Bayardo: Antropología, identidad y cultura) y como forjadora de sentido de pertenencia y sus relaciones de poder (conflictos) permite la activación de un proceso de transformación, al que apela también Gloria Martín en detrimento del desarrollo/imitación para valorar la propia creación.
Desde todo punto de vista, negarse a la transformación (no al desarrollo) es negar la propia naturaleza del proceso cultural. Asistimos a un momento en el que las bases tradicionales se reconfiguran “abruptamente”, en muchos de los casos para adoptar un sistema que, al no tener rostro (por su carácter globalizante/diluyente), no permite la identificación del individuo en lo cultural. Sin embargo, creemos que la propuesta de replantearse el concepto y aplicación de la creatividad (García Canclini) abre nuevas alternativas para el hombre (no sin conflicto) y que cada Estado y nación no debe limitarse a la preservación del patrimonio cultural/histórico/ecológico como piezas de museo, sino que debe impulsar un proceso de “reactivación” cultural inmerso en las prácticas de vida y movilizado desde la participación; esto, por supuesto, en concordancia con un plan nacional que involucre a la empresa privada (regulando su carácter mercantilista) y a los grupos independientes. El camino es entender la cultura no como tradición (aunque también la contenga), sino como proyecto inacabado, susceptible a transformaciones, pero negado a toda imposición (de vacío) o a la expropiación del sentido que el desarrollo, con sus industrias, medios de comunicación masivos y la preponderancia del factor económico que aún persiste, se ha destacado en practicar.