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Rolando Ramírez, zapatero de sus nostalgias Un puntapié al sueño americano Ytaelena López Domingo, 23 de octubre de 2005
La invitación a un café hizo que los ojos glaucos de Rolando R. se achinaran en una sonrisa, y abriera la tapa del mostrador. Había dado en el clavo de la confianza de este hacedor de zapatos que había construido un reino de cuero, suelas y máquinas en apenas 3 metros cuadrados. Fue el cartel de zapatero en la entrada de la tienda lo que me guió en ese territorio de negocios inverosímiles y miradas desconfiadas llamado Calle 8.
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Caminé entre muñecos, carteras y accesorios hasta llegar a donde se encontraba el hombre de la sonrisa inamovible. “Señorita, el zapatero no se encuentra, pero yo la puedo ayudar“ ofreció, colocando los brazos estirados apoyado en el mostrador como a modo de defensa. Cinco minutos de presentación formal y otros cinco de nostalgias compartidas bastaron para revelarme que era la misma persona a la cuál negó. “Yo vengo de Honduras y tengo aquí aproximadamente 11 años de vivir en La Flórida y de reparar zapatos. Es obvio que si yo tenía un oficio, tenía que buscar la forma de cómo utilizarlo aquí –y en cualquier otra parte del mundo. Lo he hecho en México, lo he hecho en Guatemala.” Mi mirada, que recorría géneros de cuero y un chaleco inconcluso guindado en el armario de los encargos, se tropezó con sus palabras. “Uno utiliza su oficio depende de donde uno se encuentre, y te toca trabajar en lo que sea”, afirmó, refiriéndose quizás a sus otras habilidades de tapicero de carro, talabartero de carteras y costurero de chaquetas, todo hecho de piel. “No es lo mismo pasar ocho horas jalando cabilla a pleno sol que ejercer un oficio sentado con aire acondicionado, pudiendo darle un servicio a la comunidad”, añadió. Rolando R. aprendió el oficio “de la fabricación, no de la reparación” a los 12 años, y no fue fácil, ya que le llevó 4 años aprender a construir totalmente un zapato. “Yo sé que el custom made se paga y hay muchos que me lo piden, pero no es negocio”. Sus palabras me arrancaron un suspiro de resignación por esas lindas sandalias salidas de sus manos para alguien muy especial. Hoy día el viejo oficio ha sido sustituido por cadenas de montaje, y paradójicamente se han ido mudado al Sur (Centroamérica o a Brasil) al mismo tiempo que Rolando R. ha buscado nuevos horizontes en el Norte. “¡Ah! El problema es que yo lo pensé (fabricar zapatos) en algún momento en mi país, donde tuve una pequeña fábrica con 20 muchachos. Es mucha responsabilidad y la mano de obra calificada no se encuentra; imagínese en los Estados Unidos. ¡Yo me salí del giro, no voy a continuar haciendo zapatos!” espetó, dejando entrever una rabia en sus prematuras canas. “Cuando dije en una factoría que quería ganar $600 al mes para comenzar me dijeron que era demasiado alto para trabajar en cadena. Lo que hay acá son montadores que echan el glue o cortan; a los que les paga el salario mínimo. ¿Y quién vive con el salario mínimo?” reclamó, mientras acariciaba una bota texana con la suela despegada en sus manos. Amigos de oficios En ese momento llegó Ramiro El “Taylor” con un café cubano, al que transformó en un ‘con leche’ lo suficientemente cremoso como para hacernos comulgar con el momento, mientras los clientes conversaban con Rolando R. sin necesidad de verle la cara, ya que conoce sus nombres, sus voces y hasta sus problemas. Luego Ramiro se levantó para perderse en el otro cuarto –el de costura. Cuando volvió, traía en su mano un traje hecho a mano de fibra y ribetes morados que era motivo de su orgullo. Su acción tuvo consecuencias en su compañero, quién se aprestó a guiarme por las máquinas que hicieron posible el calzado que yo codiciaba desde hace largo rato. Un zapato enfermo es mi guía por punteadoras capaces de inmovilizar suelas, pasadoras que cosen cuero, volteadoras que rematan por dentro, clavadoras de tacón y una monstruosamente doble máquina de acabados que anteriormente se encontraba en el baño del local. “Para uno poder darle un terminado bonito, para que el costumer sienta que es un buen trabajo, y lo pagado realmente valga la pena, uno tiene que saber manejar todas las máquinas. Con 1 o 2 personas más se puede mover perfectamente esto (fabricar zapatos). ¿Usted cree que podría ser posible? Yo también andaba buscando una persona calificada, porque (tragó saliva) tendría que ser calificada para manejar una máquina de estas, porque, ¿Y si tiene un accidente? Todos estamos expuestos, pero nadie quiere dañarse.” Lamentablemente, eso es lo que menos abunda, al no haber una escuela que enseñe el oficio ni maestros que tomen aprendices. Rolando R. tuvo suerte de recibir un entrenamiento sin derecho a sueldo por tres meses en un taller en Miami para aprender a manejar una tecnología que, a pesar de ser vieja, nunca llegó a su país. “Tenía que aprender (a arreglar zapatos), aunque ese trabajo también lo sé hacer a mano, rudimentariamente.” El dolor de la partida Estados Unidos ha significado un gran sacrificio para Rolando R., que salió de Honduras por un deber familiar más que por razones políticas o económicas. “En realidad yo no me quería venir. Estaba muy feliz, se lo juro. Pero una hermana mía quería venirse y no tenía quién la acompañara. Fue por esa razón.” Y bajó la voz al seguir. “Como ella no pudo viajar legalmente, decidimos venirnos ilegal. Después de emigrar ilegalmente acá y pasar por el charco, imagínese, aquí me quedé.” Y aunque se encuentra de forma legal con un permiso de trabajo, la inestabilidad migratoria sigue, aunque Rolando R. evadió dar detalles al respecto. A medida que transcurría la entrevista, la pasión de Rolando R. se empezó a escurrir por los agujeros de la nostalgia.“¿Cómo me va? No me va bien. Me defiendo como dicen por ahí, como gato con panza arriba. Puedo decir también que el inglés ha sido un obstáculo para mi negocio. Estamos en un país americano (aunque estemos en la Calle 8); entonces tenemos que adaptarnos al sistema o mejor nos vamos pa’ casa, ¿Verdad?” “Algunas veces podemos decir que sí ha valido la pena, y otras veces podemos decir que no. Que no porque uno deja botado...(se le cortan las palabras). Uno siempre siente nostalgia. Yo siempre he querido a mi tierra, pobre o como quiera que sea siempre quiero mis costumbres, mis raíces. Por otra parte mis hijos están en Honduras, y esa es una de las razones por las cuales uno se priva. Porque con cartas, ¿Usted cree que eso sea igual? El calor del padre hacia los hijos no es lo mismo. Usted me preguntó si había valido la pena, y por la otra parte le digo: no sé.” La confesión se hace más dolorosa al reconocer que tampoco ha conseguido lo que ha buscado en este país. “ Yo me veo en la misma situación; si estuviera en mi país estaría fabricando zapatos igual. Pero aquí hay muchos problemas con las licencias, el leasing, los equipos, materiales e impuestos. En todo eso se le va mucho dinero, y prácticamente uno se siente muy... -¿Ahogado? -¡Uffff |
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Iván R. Méndez
Carolina Jaimes Branger
Carlos Armando Figueredo Planchart |
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