Todo el mundo habla de Colón; sobre todo cuando se celebra o se conmemora su llegada a América. Todos nos creemos descubridores con el cuento de Colón. Algunos han llegado a decir que no hubo descubrimiento sino encuentro, en libre ejercicio de la majadería, porque nadie encuentra algo sin descubrirlo primero, y si alguien descubre ese mismo algo, por supuesto que se lo encuentra. De todas maneras Colón ni cuenta se dio si había descubierto algo porque él lo único que quería era ir a China por un camino más corto; y, cuando desembarcó ese venturoso día, creyó que había llegado a Asia.
Colón hizo todo lo que se le atribuye por casualidad. Él mismo es una casualidad. Ni siquiera tenemos su retrato para saber cómo era en realidad, porque los fotógrafos de ese tiempo eran muy buenos pero todavía no se había inventado la cámara fotográfica. Hay un dibujito, que todos conocemos, hecho por un pintor cincuenta años después de su muerte con base en descripciones escritas, y contadas, que lo definían como alto pero un poco bajo, narizón pero más bien chato, con un cabello rubio muy oscuro casi negro retinto y que siempre usaba un gran sombrero que en realidad era una boina; y, aunque todos decimos que nació en Génova, lo único seguro es que no nació en La Guaira. No se ha encontrado ningún documento que diga que nació en Génova.
Algunos creen que Colón era un enviado de Dios por su nombre: Cristóforo (Cristóbal) Colombo (Colomba, paloma en italiano) o sea, que Cristóbal trajo el Cristianismo al Nuevo Mundo viajando a través del océano como San Cristóbal cargó al Cristo niño a través de torrentes de agua; y como su apellido era Colombo, paloma en italiano, era un émulo de la paloma que Noé mandó después del diluvio a ver si había tierra donde desembarcar. Pero este creencia se vino abajo estruendosamente, hace pocos años, cuando a San Cristóbal lo destituyeron de su estatus de Cargador Oficial del Niño sin referéndum ni constituyente. No se sabe si porque el Niño creció, porque perdió la credibilidad o porque perdió piso político. Lo de Colombo, o paloma, tampoco se sustenta: las palomas no vuelan sobre el mar, ni siquiera las de la Plaza de Macuto; esas se dedican a posar para los turistas y a comer cotufas. Así que de Colón lo que se sabe, lamentablemente, son cosas que no son ciertas. Por ejemplo: Colón puso un huevo sobre la mesa para demostrar que la tierra era redonda. Eso es una burda mentira porque desde Aristóteles, en la época en que los griegos estaban de moda, se sabía que la tierra es redonda y que los huevos son precisamente ovalados por tener forma de huevo y no de esfera. Colón era narizón, no ignorante.
Hay otro cuento que se oye por ahí: que la Reina de Castilla le gustaba la tortilla y que empeñó las joyas para darle los reales a Colón. Eso es totalmente falso. A la Reina de Castilla no podía gustarle la tortilla porque la tortilla española lleva papas ¿Quién ha visto una tortilla española sin papas? Y en el caso de que hicieran una tortilla con puro huevo no sería española porque tampoco existía España sino el Reino de Castilla y algunos otros reinitos parecidos. Insistimos: no existían las tortillas.
La historieta de las joyas es menos cierto puesto que la Reina se llamaba Isabel la Católica y no Isabel la Estúpida, y no iba a empeñar sus joyas para financiar un cuento que le echaba Colón sabiendo lo exagerados que son los italianos. Ella hizo lo que han hecho todos los gobiernos a través de la historia: sacó una parte del dinero de la Partida Secreta del reino y otra parte fue un préstamo de unos empresarios que las malas lenguas aseguran que eran Judíos. Después de todo, al cambio de hoy, fueron sólo catorce mil dólares que alcanzaron para comprar tres barcos y pagar tripulación y provisiones. Lo que provoca, para celebrar el doce de octubre, es llorar todo el día pensando que la inflación es lo único que ha mejorado en los últimos cinco siglos; porque ahora, con catorce mil dólares, no podemos comprar ni una modesta lancha hecha en Guarenas y Cristóbal se compró tres barcos con gente y todo.
Hablando de barcos... dicen que Colón vino con tres carabelas, y resulta que ninguno de los tres barcos era carabela. La santa María, por ejemplo, era una nao que tenía castillo de proa y una cofa en el palo mayor donde se subían los marineros a ver si se acercaban a tierra. Así que eso de las carabelas tampoco es verdad.
Tampoco es verdad que Colón salió a descubrir, sino como dijimos antes: a buscar otra vía para ir hacia Asia, y se encontró con este continente porque salió de Palos, quiero decir, del Puerto de Palos; llegó a las Islas Canarias, y de allí, por el efecto de los vientos que soplan hacia acá, llegó acá; si hubiera salido de Portugal nunca habría llegado por estos lares. Primero: porque habría salido de Las Azores y los vientos de esa zona soplan para otra parte, y segundo, en Portugal lo habrían convencido para un negocio más seguro y rentable como montar una arepera o una línea de autobuses Lisboa-Brasil.
Lo que es admirable en Cristóforo es que hay que tener los conocimientos bien puestos para navegar por mares desconocidos en el siglo XV cuando no había radio, ni radar, ni un reloj para saber el paso del tiempo. Esto motivó otro chisme histórico: que hubo un conato de motín a bordo porque se estaban acabando las provisiones y no llegaban a ninguna parte. Tampoco es cierto. Pasó que lo único que había para medir el tiempo era un reloj de arena que sólo duraba media hora y el vigía debía estar mosca para darle la vuelta, apenas terminaba de pasar la arena, para así saber la duración de las guardias que eran de cuatro horas. Pero cada vez que volteaba el dichoso artefacto debía gritar a todo gañote para que se oyera en todo el barco por sobre el ruido del mar: “BUENA ES LA QUE VA, MEJOR ES LA QUE VIENE, SIETE PASADAS Y EN OCHO MUELE, MÁS MOLERÁ DIOS SI QUISIERE. CUENTA Y PASA QUE BUEN VIAJE FASA” ¿Se imaginan ese fastidio cada media hora? Y además el vigilante debía tener el aliento como el bostezo de la Bella Durmiente después de dormir cien años. Por supuesto que al pasar varias semanas todos querían ahorcar al vigía o por lo menos ahogarlo con la bendita ampolla que presumía de reloj.
Otra cosa que se dice de Colón es que llevó muchas “novedades” de aquí para Europa, pero aunque pasando el tiempo se exportó, entre comillas, varios productos como por ejemplo: el caucho, el chocolate, el tomate, el maíz y las papas para hacer tortilla española, a Colón lo único que le llamó la atención fue la hamaca, la canoa y el tabaco. La hamaca porque todos sabemos lo eróticos que dicen que son los italianos, y Colón se impresionó con una cama que no necesitaba tenderse por las mañanas y además no hacía ruido. La canoa por una razón obvia: el asombro de un marinero que nunca había visto un barquito chiquitico que sí podía navegar; y el tabaco porque, en toda la historia de la humanidad, nadie había visto jamás a un ser humano tragar y expeler humo. Pero es que tampoco habían conocido los zancudos más grandes y agresivos del mundo. Porque otro cuento que se ha oído es que los indios fumaban para coger nota; pero eso, como todo lo demás, es falso. Los indios fumaban simplemente para espantar los zancudos.
Lo más grande que hizo Colón, y hay que agradecérselo, es que volvió a Europa y habló muy bien de estas tierras. Echó un cuento magnificando todo lo que vio. Y por eso enseguida comenzó el desbarajuste de gente viniendo para acá creyendo encontrar riquezas y un mundo fabuloso y lo único que encontraron en abundancia fue zancudos y mosquitos. Por eso cuando volvieron a Europa comenzaron a burlarse de Colón, dándole el título de ALMIRANTE DE LOS MOSQUITOS. Esto fue injusto. Una broma de los jodedores de todos los tiempos. Nosotros recordamos a Colón con su merecido título de GRAN ALMIRANTE DE LA MAR OCÉANA, quien como casi todos los grandes hombres murió sin saber lo que realmente había hecho, y lo importante que fueron sus viajes para la historia de la humanidad.
Hoy, más de quinientos años después, mientras la Asociación Mundial de Majaderos y Afines es víctima de la angustia de no poder saber aún si Colón nos descubrió o nos encontró, podríamos dedicarnos a inventar unas carabelas espaciales para buscar una nueva ruta a Venus sin pasar por Marte, para traer de vuelta una hamaca sideral que pueda colgarse en el aire sin mecate ni alcayatas, unas papas intergalácticas que al clavarle un tenedor virtual se conviertan en puré con leche y mantequilla sin colesterol y un tabaco venusino de humo verde que no produzca cáncer pero que deje mudos a todos los que nos dedicamos a hablar tonterías creyendo que descubrimos La América.