Caracas, Viernes, 25 de abril de 2014

Sección: Sociedad

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La pasión del poder (I)

Simón Alberto Consalvi

Lunes, 20 de agosto de 2012

El general Antonio Guzmán Blanco, el Ilustre Americano, quizás fue el único que percibió que su tiempo se había acabado, le dijo a su esposa: "Vámonos, Ana Isabel, que las gallinas están cacareando como gallos", y puso el mar de por medio. Se fue para París, la ciudad de sus encantos, y allá murió de la nostalgia del poder. Eso de que "las gallinas cacareen como gallos" fue algo más que una metáfora







   Foto: Google
La pasión por el poder perturbó la historia venezolana en el siglo XIX. Los caudillos se apoderaron del país, establecieron sus dominios, y no cejaron hasta que las crisis no los derrotaron de manera más o menos infamante. El más extravagante de los hombres fuertes, el general Antonio Guzmán Blanco, el Ilustre Americano, quizás fue el único que percibió que su tiempo se había acabado, le dijo a su esposa: "Vámonos, Ana Isabel, que las gallinas están cacareando como gallos", y puso el mar de por medio. Se fue para París, la ciudad de sus encantos, y allá murió de la nostalgia del poder.

Eso de que "las gallinas cacareen como gallos" fue algo más que una metáfora. La gente se había fatigado de la mentira, de la banalidad, del personalismo que consumía sus vidas y sus destinos, y decidió acabar con todo aquello.

El Ilustre Americano había llevado su vanidad hasta el extremo de hacerse erigir estatuas en varios sitios de la ciudad. El cambio de los tiempos se consumó cuando las imágenes del general fueron destruidas por las masas airadas. Ya no había nada qué hacer.

La pasión por el poder contagió a todos los caudillos del siglo. Ninguno se satisfizo con un solo periodo, y todos optaron a la reelección o volvieron a su disfrute a través de revueltas o golpes de Estado. José Antonio Páez ocupó la presidencia en dos ocasiones, dentro de las prescripciones de la Constitución de 1830, pero no conforme regresó una tercera vez y fue el más trágico fiasco que lo llenó de amargura, tanto que al escribir sus memorias excluyó el tema y dijo que las terminaba donde ha debido concluir su vida política. A José Tadeo Monagas le sucedió algo semejante. También tuvo una tercera vez, y salió con las tablas en la cabeza. Guzmán Blanco había gobernado en tres periodos de fortuna desigual, y a Joaquín Crespo la muerte le impidió volver por una tercera, como lo proyectaba, en 1902. Del pecado inconfesable de la ambición desmedida no estuvieron tampoco exentos algunos de los civiles (Rojas Paúl, Andueza Palacio) que ascendieron a las altas cumbres por conveniencia, siempre, o disposición de los hombres fuertes.

Como escribí en Gracias y desgracias de la reelección presidencial en Venezuela, la cuestión de la reelección de los presidentes de la República fue siempre un tema que suscitó discrepancias, cuando las discrepancias podían ventilarse; o conformismo, cuando no quedaba otra alternativa, como en la era del general Juan Vicente Gómez.

En materia de atribuciones, facultades y privilegios de los presidentes, sólo una fórmula no se consagró nunca en ningún texto constitucional, ni en el siglo XIX ni en el XX: la prohibición absoluta de la reelección. También anoto esto en Gracias y desgracias... el título quevedesco de aquellas reflexiones. Quizás esto corrobore la creencia, dije entonces, acerca de cómo las constituciones venezolanas respondieron siempre a las tendencias personalistas prevalecientes desde 1830 hasta nuestros tiempos. Graves fueron los daños del personalismo caudillista en el siglo XIX.

Tiempos de inestabilidad y de zozobras, de endeudamientos y de ruina, de retroceso e ignorancia, de predominio de los hombres armados contra los ciudadanos. Conviene explorar los desastres de aquellas épocas y mirarnos en sus espejos.

De un modo o de otro, a los textos constitucionales se les vinculaba con la tentación del cesarismo autocrático y de las dictaduras que proliferaron a través de una historia dominada por "hombres fuertes" o providenciales. Con todo, no hubo ni hay nada nuevo bajo el sol en materia de reelección presidencial, como podremos apreciarlo si tenemos la curiosidad (y la paciencia) de repasar algunas páginas de la historia.

Sin embargo, si es cierto que no hay nada nuevo bajo el sol, también lo es que tantas décadas después de la muerte de Juan Vicente Gómez, cuando el imaginario de la presidencia vitalicia se había ocultado hasta prácticamente desaparecer, de pronto toma la escena con tal fuerza que ya no es la cuestión de la reelección a la manera de los caudillos decimonónicos ni al estilo de Gómez, cuyas reelecciones eran objeto de reformas circunstanciales y de cómo viniesen los tiempos.

La presidencia vitalicia que ahora se pretende implantar como la gran promesa política del siglo XXI es mucho más de lo que se quiere ocultar bajo la postulación de la reelección inmediata e indefinida del presidente de la República. Ahora lo que se propone es la ocupación del país y la instauración de un sistema incompatible con la democracia.

El jefe del Estado monopoliza tal suma de atribuciones y facultades económicas y políticas que no hay monarca reinante en el mundo contemporáneo que pueda superarlo ni igualarlo. De ahí que no tendríamos a un presidente como lo fueron Páez, Monagas, Guzmán Blanco, Cipriano Castro o Juan Vicente Gómez, sino a alguien que estará más cerca de las figuras imperiales, de modo que la nación y todos sus ciudadanos tendrían que rendirse porque ante tan desmesurado poder toda disidencia o discrepancia serán consideradas crímenes de "lesa majestad".

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