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En busca de la inmortalidad
Francisco Kerdel Vega

Lunes, 3 de abril de 2000

Siempre le he tenido miedo a la muerte. No es propiamente miedo, sino pánico. A medida que avanzo en edad ese sentimiento se hace más profundo, siento que está omnipresente y subyacente en todo lo que pienso y hago. Me doy cuenta más que nunca como domina todo mi ser, toda mi conducta y como me atormenta. A todo ello -que ya es bastante- se une ahora el tormento de Tántalo que es la vejez, esa pérdida gradual de facultades físicas y mentales, esa catástrofe desvastadora (Arturo Úslar Pietri la describe como “naufragio”) y sin retorno ni compensaciones que representa ese proceso inexorable de la senectud, que implica toda clase de limitaciones sensoriales, musculares y neuronales.

¿Qué sentido tiene entonces la vida? ¿Porqué tantas esperanzas y toda la complejidad del proceso formativo de tantos años, para llegar a un cenit y sin pausa ni reposo entrar en esa curva descendente, que termina en esa degradación progresiva que es la vejez que termina con esa total y absoluta claudicación que es la muerte?

Desde niño al margen de las explicaciones un tanto incongruentes de la religión, de una historia sagrada especie de catálogo de fascinantes anécdotas, que podían o no coincidir con realidades históricas comprobables, me apercibí precozmente del divorcio evidente entre la verdad de la religión y la evidencia científica, siempre cambiante, dinámica y en crecimiento continuo. Opté por la segunda, sin descartar la primera, conveniente decisión salomónica, de conocimientos-estancos, bien definidos como provincias feudales de un mismo reino, que se respetan y son recíprocamente incomprensibles. Mucho me temo que esta sea la misma actitud -por otra parte pocas veces admitida- de numerosos compañeros de generación, y tal vez algo que viene sucediendo desde que se produjo esa evidente dicotomía entre religión y ciencia.

La ciencia la inventaron los griegos. Antes de sus contribuciones intelectuales ciencia y magia estaban atados de las manos, y sus prácticas se imbricaban, se alternaban o se complementaban, sin discriminar la utilización de métodos distintos, completamente irreconciliables. Sin embargo los griegos eran grandes teóricos, y aunque en este terreno fueron excelsos, las aplicaciones prácticas de la ciencia no fueron ni tan grandes ni tan importantes que se tradujeran en una superioridad política y militar e imposición forzada de su cultura y civilización prolongada sobre las coexistentes en la Edad Antigua y eventualmente fueron avasallados por los romanos, y durante siglos -hasta el Renacimiento- se olvidaron sus aportes al tratar de entender mejor la naturaleza que nos rodea y de la cual somos parte.

Dándome cuenta de que mis inclinaciones estaban más por un cuerpo de conocimientos activo y en crecimiento que por los dogmas de la fe, me fui -como decía antes- por ese camino, y tempranamente ya en los estudios secundarios, traté de encontrar en la biología (y en sus bases químicas y físicas) una explicación racional a la vida, igual que a su cesación. Desde ese entonces toda mi vida ha sido una cadena de eventos, ligados unos con otros, centrados en la quimera de la búsqueda de la inmortalidad (desde luego en el sentido figurado), y las formas y maneras de lograrla aunque sea siempre mediante maniobras vicariantes, ya que la inmortalidad biológica no existe.

El viejo adagio -creo que chino- que nos aconseja, para acercarnos a esa supuesta inmortalidad, "tener un hijo, sembrar un árbol, escribir un libro", tiene como toda esa sabiduría de refranes y consejas, un grano de verdad. Pero los genes que pasamos a los hijos se diluyen rápidamente con las sucesivas generaciones, en progresión aritmética precisa; la mitad a los hijos, tan sólo la cuarta parte a los nietos, la octava parte a los bisnietos y poco a poco fracciones divididas por mitad con cada nueva generación hasta llegar a cantidades infinitesimales en las generaciones posteriores. Como son millones los genes donados en el acto reproductor, siempre abrigamos la esperanza de que alguno de ellos permanezca activo dentro de algunos siglos, si es que el planeta sigue existiendo en ese entonces. Lo del árbol es también muy relativo, pues es después de todo una entidad viviente, y algunos de ellos -tan sólo algunos- superan en longevidad la del hombre (cientos de años con las Sequoias de California, o con los Dragos milenarios -con savia roja como sangre-, de las Canarias), de ninguna manera son imperecederos, y ciertamente aunque seamos responsables de su ubicación y cuido mientras son más vulnerables, un árbol es un árbol y poco tiene que ver con lo que es un ser humano y su capacidad creativa.

La tercera estrategia, es decir, la de escribir un libro, también tiene sus grandes limitaciones, pero con todo y lo que verdaderamente representa, es quizá la única que tenga alguna validez. ¿Cuáles son esas inmensas casi insuperables limitaciones? Creo que son bastante obvias, ya que con aquellas conocidas excepciones de lo que podríamos denominar "monumentos literarios", por ejemplo El Quijote, o bien las obras de Homero o de Shakespeare, lo que tenemos por delante es un inmenso cementerio de obras literarias de todo tipo. Por otra parte existe un inmenso cuerpo de literatura “perecedera” que por su propia índole -la que da a conocer los conocimientos científicos, que aumentan y se renuevan continuamente-, queda reemplazada en un plazo muy corto (de pocos años y hasta de meses) por nuevos conocimientos en esa inmensa frontera entre lo que conocemos y lo que desconocemos (este último ingrediente crece proporcionalmente a todo lo nuevo y de pronto se potencia con algún descubrimiento que abre nuevas puertas frente a lo desconocido). Pero no hay ejercicio más frustrante, por esa condena a muerte rápida, que escribir un libro científico (que cuando son extraordinariamente buenos ven más de una edición, pero con autores que generalmente se rotan periódicamente), y lo mismo sucede con los artículos de decenas de miles de revistas científicas.

La estrategia de dejar algo duradero mediante la tinta, la pluma y el papel (hoy en día el ordenador y el disco duro) es por lo tanto muy selectiva, y son muy contados los prosistas y poetas que escriben obra literaria que perdura, aún aquellas con un gran éxito editorial momentáneo, con traducciones a varias lenguas y ventas multimillonarias. Este éxito puede -y es la mayor parte de las veces- efímero y no aguanta siquiera la permanencia de una generación.

Esto no quiere decir que no existan otras estrategias para alcanzar esa tan deseada “inmortalidad” y los humanos -con instintiva perspicacia- se han dado cuenta de que es mucho más fácil (menos trabajo involucrado, menos esfuerzo, más disfrute mientras se logra), llegar a ella por otras vías, como son la notoriedad, fama y triunfo, en las artes, en la música, y más recientemente en los deportes, en el cine, la televisión y la radio.

Pero donde la viveza natural del ser humano ha encontrado la óptima relación entre recompensa y esfuerzo, es sin duda la política, y allí hay desde luego más competencia y tal vez encontremos en ella menos dedicación (tal vez no sea tan necesaria en este campo), por alcanzar la tan ansiada inmortalidad, que el disfrute de las consabidas prebendas, del poder y el goce de las alabanzas y adulancias de los aúlicos que en todos los tiempos han cumplido su papel con singular eficacia. Pero ese cementerio de políticos es tan grande como el de los literatos, y son muy pocos entre ellos los que logran pasar a la posteridad como estadistas.

Sin nunca trazarme como objetivo la imperiosa necesidad de optar por alguna de las variadas estrategias descritas, desde niño si sentí una atracción poderosa por conocer todo lo relacionado con algo que ha estado vedado a las ciencias desde el inicio de esta forma de estudiar la naturaleza: el origen de la vida. ¿A que conduce la existencia? ¿Cuál es su verdadero y oculto sentido?

Si algún día se lograse esa mezcla de aminoácidos en ciertas condiciones ambientales propicias, algo parecido a lo que estamos acostumbrados a ver en las películas de ciencia ficción, en que la vida se inicia de pronto en un tubo de ensayo donde se han depositado los necesarios ingredientes que son activados por un chispazo eléctrico, de todas formas el interrogante se mantendría, pues ese origen o comienzo de una primera forma viviente no nos explicaría el propósito de la evolución posterior hasta llegar a los seres humanos y el destino ulterior de esa especie superior.

En este siglo XX a punto de terminar hemos tenido una explosión de conocimientos sin precedentes, descubrimientos e inventos tecnológicos que han cambiado profundamente nuestras vidas. El hombre manipula la naturaleza con gran éxito, y muchas veces con consecuencias negativas inmediatas y quizás otras impredecibles. Lo que sí parece bastante obvio es que por vez primera, a partir de 1945, adquirió con la bomba atómica y la fisión y fusión nucleares, los medios y maneras de autodestruirse y con la gigantesca proliferación de armas nucleares (30.000 en poder de los norteamericanos y otras tantas de los rusos), la posibilidad real y aterradora de extinguir toda forma de vida en la biosfera que arropa al planeta en un conflicto armado (en forma deliberada o hasta por accidente). Es trágico saber que podemos destruir la vida, y en cambio no podemos prolongarla, cuando normalmente se extingue por senectud, como tampoco podemos evitar por completo las numerosísimas enfermedades que en la mayor parte de los casos son responsables de la terminación del periplo vital del hombre.

A fin de cuentas existen unos pocos “inmortales” -en el sentido figurado- hombres y mujeres (estas últimas bien pocas en verdad, pues hasta la presente generación no tuvieron acceso masivo a la educación superior), quienes por sus descubrimientos, inventos y creatividad, serán recordados por muchas generaciones posteriores. En cierta forma la cultura francesa no se ha equivocado cuando califica a quienes son elegidos por vida a la "Academia", como “los inmortales”, pues no existe en verdad un título más ambicionado por una especie, que habiendo adquirido consciencia, se atormenta permanentemente con ese destino que no llega a comprender en su integridad, y que no se puede mitigar sino con la religión.

FKerdelveg@aol.com
Ver Roberto Hernández Montoya, Inconvenientes de la inmortalidad

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