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Concertazzo en La Habana
Jorge Gómez Barata

Lunes, 26 de octubre de 2009

Lamento escuchar que el concierto PAZ SIN FRONTERAS (II); realizado por Juanes y sus amigos y acogido sin reservas por las autoridades culturales cubanas es historia. En realidad preferiría asumirlo como un comienzo o como parte del proceso del deshielo en torno a la Isla y dentro de ella.

El Papa fue exacto al indicar que se trata de una doble vía: “Que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba”. Ignoro el significado exacto que Juan Pablo II atribuyó a sus santas palabras, que para mí significan: fin del bloqueo y de la hostilidad de los Estados Unidos, expresión de una política amenazante que envalentona y protege a la contrarrevolución, crea riesgos de seguridad y da lugar a la mentalidad de “plaza sitiada” que justifica tanto aprestos y precauciones defensivas, limitaciones necesarias y también prohibiciones arbitrarias y absurdas.

Es magnífico que haya sido en el terreno consagrado de la emblemática Plaza de la Revolución de La Habana, lugar de culto a José Martí y expresión de la disposición participativa del pueblo cubano, el escenario donde la fe, la cultura y la tolerancia se dieron las manos en la memorable tarde del pasado 20 de septiembre. Ningún otro lugar es más simbólico ni encierra significados mayores.

La magnifica idea de promover el concierto como una actividad colocada al margen de los problemas y las pasiones políticas así como la seriedad de las autoridades cubanas que no hicieron nada que contradijera la voluntad de los promotores y naturalmente la respuesta del público, fueron las claves de un triunfo que no puede ser medido por las entradas vendidas, por el precio de una butaca y ni siquiera por la calidad del espectáculo. El éxito del Concierto por la Paz en La Habana estriba en haberse realizado.

Que se recuerde, el Concierto por la Paz es la única actividad realizada en la Plaza de la Revolución de La Habana que no ha sido auspiciada por el gobierno ni por ninguna organización o institución cubana, el único evento en ese lugar y en esa escala para el cual no se realizó propaganda alguna, ni se exhortó a nadie a asistir. Usando la terminología corriente, para todos, excepto para los participantes, el CONCERTAZZO fue una actividad estrictamente privada, inédita, única en su tipo, aunque no irrepetible.

Si bien desde que surgiera la idea a su realización transcurrieron varios meses y las semanas previas fueron de intensa actividad organizativa y de un desmesurado debate político a nivel mundial, en Cuba, donde los medios de difusión se rigen por políticas estatales, las mayorías sabían muy poco acerca del proyecto que se destapó una o dos semanas antes. El Ministerio de Cultura y su representante el Instituto de la Música, no hicieron afiches, no hubo menciones de radio o televisión y ni siquiera se promovieron los artistas participantes.

Descontando a los del patio y a algunos más o menos conocidos, los principales promotores del evento, aunque famosos en todo el mundo, eran en Cuba poco conocidos. Excepto la parte de la juventud capitalina enterada, a pesar de los 17 premios Grammy, muchas personas ignoraban quién era Juanes, tenían una vaga idea acerca de Miguel Bosé y aún una figura tan bella y carismática como Olga Tañón, excepto por contadas apariciones en programas grabados de televisión asociados a Puerto Rico, se conocía poco, todo ello sin hablar de Ileana Padrón o Cucu Diamantes de cuya existencia nadie que conozca tenía noticias. Tanto los organizadores como las autoridades culturales cubanas, cada uno por sus razones se abstuvieron de toda publicidad en la Isla.

La publicidad virtualmente nula fue una de las características más exóticas de un evento que sin embargo reunió a más de un millón de personas un día que no era de fiesta, bajo un sol abrasador y con una temperatura ambiente de 30 grados centígrados. De hecho no quedó para la historia un afiche, un almanaque, una postal o una credencial y como nadie pagó ni siquiera se conserva la mitad de una entrada.

El gobierno se limitó a dictar medidas para la regulación del tránsito, disponer un discreto patrullaje policial, asegurar la infraestructura de la Plaza de la Revolución, tales como: baños, agua, ofertas comerciales ligeras y servicios médicos de primeros auxilios y, como era su obligación, proveer la seguridad de los participantes que aunque no eran invitados del Estado, no por eso dejaban de ser su responsabilidad.

Para el gobierno cubano invisibilizarse, abstenerse y dejar hacer, fue también un estreno y tal vez una enseñanza acerca de que a veces su presencia puede no ser imprescindible; al fin y al cabo, siempre hay una primera vez.

Quien quiera creer que el Concierto Paz Sin Fronteras realizado en La Habana bajo los auspicios de Juanes y sus amigos, con la aquiescencia del gobierno y el beneplácito de las autoridades culturales cubanas fue un espectáculo químicamente puro e incontaminado por sustancias políticas, que lo crea; por mí parte prefiero atenerme a la frase hecha que, por cierto, aprendí de Fidel Castro quien la utilizó en la Historia me Absolverá: “De te fabula narratur”٭

En honor a la verdad, todavía me pregunto por el raro poder de persuasión que ha de haberse movilizado y por los argumentos empleados para promover la idea de un concierto “Paz sin Fronteras” en Cuba donde además de no haber fronteras, tampoco hay guerra.

El primer Concierto por la Paz protagonizado por Juanes tuvo lugar el 16 de marzo del 2008 en el puente internacional Simón Bolívar, que une a Colombia con Venezuela, cosa que tiene sentido porque se trata de una frontera altamente conflictiva, por momentos letal.

En Colombia, patria de Juanes, desde hace sesenta años se libra una guerra interna que ha enfrentado a sucesivos gobiernos con las guerrillas. La evolución de esa lucha ha ocasionado decenas de miles de muertos, enlutado a la Nación, propiciado la injerencia norteamericana y, recientemente, ha servido de plataforma para agresiones y provocaciones contra Venezuela y Ecuador. En ese lugar y en ese contexto el llamado a la paz del joven artista tiene sentido.

Se conoce que en torno a Cuba, más que en Cuba misma, existe una situación política conflictiva, derivada sobre todo de la desmesurada, pertinaz y dilatada agresividad de Estados Unidos, diez de cuyas administraciones han sostenido un implacable bloqueo contra la Isla. Si bien esa actitud tiene componentes militares de los cuales los anteriores gobiernos de ese país han hecho ostentación y que de modo abusivo y criminal se manifestaron en eventos como la invasión por Bahía de Cochinos, la Crisis de los Misiles, las acciones de sabotaje y el apoyo a la contrarrevolución armada, las provocaciones en torno a la base naval de Guantánamo, ocasionando enormes sufrimientos al pueblo cubano; no se conoce una sola réplica armada por parte de la isla, que sin poner la otra mejilla, ha resistido sin dejarse provocar. Tal vez, tratándose de Cuba, abogar por la paz sería más pertinente en Washington.

Cuba no está en guerra ni siquiera con la comunidad cubana asentada en Miami y otras ciudades norteamericanas, respecto a los cuales, desde hace décadas se realizan esfuerzos de avenencia y acercamiento con resultados exitosos como son los viajes familiares, el retorno de ciertas categorías de emigrados, las Conferencias la Nación y la Emigración, los seminarios sobre Democracia Participativa, los intercambios académicos y culturales y decenas de otros eventos.

Cuba no sólo no está en guerra con sus ciudadanos radicados en Estados Unidos y otros países, sino que desde 1978 cuando, como resultado de los encuentros con la Comunidad Cubana en el Exterior se avanzó hacia la apertura y la normalización de las relaciones familiares y de todo tipo, el gobierno, descartó la idea de “diálogos” considerando que no se trata de “partes en conflicto” sino de relaciones entre nacionales del mismo país, las cuales no tienen carácter antagónico.

Contra esos procesos y contra ese espíritu y para frustrar tales esfuerzos, han actuado sucesivas administraciones norteamericanas y las organizaciones contrarrevolucionarias, más recientemente Reagan, Bush que pusieron en el aire las radio y televisión Martí, protegieron a los criminales que derribaron en pleno vuelo a un avión cubano de pasajeros, organizaron atentados contra instalaciones hoteleras en La Habana , limitaron las visitas familiares y los intercambios de todo tipo, incluso nombraron un procónsul o gobernador colonial para facilitar el derrocamiento del gobierno cubano.

El hecho de que, a pesar de estas realidades, se haya accedido al deseo del joven artista colombiano que clama por la paz en su país y de sus amigos que lo apoyan, habla a favor de la capacidad de las autoridades, los dirigentes de la cultura y los artistas cubanos para actuar con altura, caballerosidad y elegancia, reconociendo que, cuando se actúa de buena fe como hicieron Juanes, Olga Tañón, Miguel Bosé; así como también Silvio Rodríguez, Amaury Pérez, Van-Van y otros, es posible deponer objeciones circunstanciales.

Nadie debe engañarse. Aunque de excelencia artística, el evento en La Habana fue de naturaleza política, sólo que de una política diferente, tan diferente que no está al alcance de la comprensión y de la práctica de criaturas primitivas que se expresan rompiendo discos a martillazos y profiriendo amenazas e insultos.

Hasta donde como ciudadano me concierne, no tengo reparos en reconocer que Juanes hizo política en La Habana, como también la hicieron Olga y Silvio y sobre todo la hicieron el millón de cubanos que no necesitaron carteles ni consignas, no tuvieron que emplear frases ni insultos para propinarles a los enemigos del diálogo y del acercamiento una derrota histórica.

Siempre que venga de la mano de la cultura, se realice con versos, palabras e ideas y no con balas ni ofensas, proponga la paz y se haga de buena fe: ¡Bienvenida sea la política! que, dicho sea de paso, también es el arte de elaborar consensos y sanar heridas.

Lo que en realidad viene llegando es el día en que todos cantemos las mismas canciones. “Amarse -sentenció el poeta- no es mirarse unos a otros, sino mirar en la misma dirección”.

٭“A otro con ese cuento”.

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