Caracas, Miércoles, 16 de abril de 2014

Sección: Sociedad

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Florentino y el Diablo

Gustavo Fernández Colón

Lunes, 21 de junio de 2004

Días atrás mi estimado amigo el profesor Octavio Acosta rememoró las líneas finales de Cantaclaro en las que Rómulo Gallegos refiere que Florentino, de acuerdo con la leyenda, desapareció para siempre porque se lo había llevado el diablo. Y no es extraño. Pues más allá de nuestras fronteras, la derrota del “Capitán de la Tiniebla” narrada en la versión del poeta barinés Alberto Arvelo Torrealba (1905-1971), también luce excepcional si se la compara con la suerte del gaucho Santos Vega, vencido en contrapunteo por el forastero Juan Sin Ropa, según el romance compuesto por el argentino Rafael Obligado (1851-1920) y publicado por primera vez en 1917.

Juan Sin Ropa es una figura alegórica que encarna no sólo a las fuerzas del mal sino al gran mito del mundo moderno: el progreso. Representa el triunfo de la civilización sobre la barbarie, de la razón de Occidente sobre la “irracionalidad” del indio, del positivismo de Sarmiento sobre el romanticismo plasmado por José Hernández en la épica de Martín Fierro, prototipo del gaucho rebelde y solidario con el oprimido. Los versos de Obligado son claros en este sentido: “Como en mágico espejismo, / al compás de ese concierto, / mil ciudades el desierto / levantaba de sí mismo. / Y a la par que en el abismo / una edad se desmorona, / al conjuro, en la ancha zona / derramábase la Europa. / Que sin duda Juan Sin Ropa / era la ciencia en persona...”.

Pero el adversario de Florentino en el texto de Arvelo Torrealba no coincide plenamente con esta connotación simbólica del Juan Sin Ropa sureño. El Diablo venezolano es un “indio de grave postura”, asociado con las fuerzas entrópicas del cosmos que amenazan al hombre con la extinción total y el olvido, con el abismo sin límites y sin retorno de la muerte: “¡Ay! catire Florentino, / cantor de pecho cabal, / qué tenebroso el camino / que nunca desandará, / sin alante, sin arriba, / sin orilla y sin atrás...”. Florentino, en cambio, se resiste a la Nada oponiéndole su voluntad inalienable de decidir el propio destino: “yo soy quien marco mi rumbo / con el timón del cantar. / Y si al dicho pido ayuda / aplíquese esta verdá: / que no manda marinero / donde manda capitán”.

Puede parecer contradictorio el epíteto “Sin Ropa” con que Obligado califica a su personaje emblemático del desarrollo moderno. Sin embargo, una lectura más atenta revela su desconfianza profunda ante las promesas de un progreso, percibido más bien como amenaza para la supervivencia del valor superior encarnado en Santos Vega: la independencia de la patria conquistada por los gauchos que, al igual que los llaneros de Páez, llevaron la libertad desde la pampa hasta los Andes conducidos por Belgrano y San Martín. De ahí el tono doliente con que canta el payador: “si jamás independiente / veo el suelo en que he cantado, / no me entierren en sagrado / donde una cruz me recuerde / entiérrenme en campo verde, / dónde me pise el ganado!".

Hoy pareciera que el tiempo ha terminado por darle la razón a la sospecha pesimista del autor argentino, si nos atenemos al hecho de que la peor crisis económica en la historia de esta nación ha sido el resultado de la aplicación sistemática de las políticas de apertura prescritas por la “ciencia” neoliberal.

En el caso venezolano, todavía está por verse si triunfará por fin la bandera de la soberanía defendida por Florentino. Y si posteriormente se cumplirá o no la conseja, recogida por Arvelo Torrealba en su carta a Antonio Estévez del 6 de diciembre de 1961, de que el Diablo “no se conforma con haber perdido la batalla... Sé que el jinete del trote sombrío anda diciendo por los hatos de Barinas que pedirá la nulidad del poema, porque en su último canto hubo milagro, patentizado en adelanto fraudulento de la aurora”. En cualquier caso, confiemos en que, como en el drama de Goethe, el amor de Margarita salvará al Doctor Fausto de la ambición de Mefistófeles de ver a su contendiente arder, por los siglos de los siglos, en las llamas del Infierno.

hermesnet@telcel.net.ve

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