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Las banderas de la posmodernidad

Andrea Imaginario Bingre

Lunes, 24 de enero de 2000

¿Desde dónde hablar de la posmodernidad? ¿Cuál es el punto en que tenemos que situarnos? Tal parece que debajo de nuestros pies no hubiera otra cosa que un inmenso amasijo de palabras desordenadas y, sin embargo, coherentes, un poco de vacío en medio de tanta locura, y ¿qué es la locura sino la pérdida de “algo”, quedando en su lugar el vacío, el desorden, y quizás allí, la lucidez?

Al ubicarme frente a la posmodernidad sólo puedo percibir una sensación de extrañamiento y, al mismo tiempo, de incertidumbre. ¿Por qué? Pues bien… Es ya sabido que la posmodernidad cuestiona los valores modernos que se fundan en la razón, el progreso con base en el desarrollo científico y tecnológico, los grandes discursos heroicos, las utopías, e incluso, la noción de realidad.

En todo caso, hoy estamos en una sociedad en la que el sistema capitalista ha terminado por establecerse si no en todos, cuanto menos en la mayoría de los países. Con el desarrollo industrial, de los medios de comunicación masiva y la tecnología, hemos ido transformándonos en lo que hoy se denomina “sociedad de masas”, cuyo imperativo ha sido el consumo, por demás, bandera capitalista. Sin embargo, parece mentira que en una sociedad que se autodenomina “de masas”, y que de alguna manera supondría una “unidad”, está signada por el individualismo y la fragmentación. Una de las respuestas posmodernas a esta bandera ha sido la lucha por la legitimación de las diferencias, pues ante el concepto de homogeneidad y producción en serie, el hombre ha buscado la manera de autoproclamarse distinto y auténtico, y esta distinción ha de ser tan legítima como cualquier otra. Sin embargo, si es cierto que la posmodernidad reivindica el derecho o la libertad a la diferencia ¿por qué seguimos escuchando expresiones como “marginación” y “alienación” dentro del mismo discurso posmoderno? ¿Qué significa, entonces, la Globalización, heredero de nuestro tiempo? ¡Vaya paradoja! Indudablemente, hay un aspecto al cual referir. Existen dos maneras de eliminar los factores de disturbio en una sociedad: una de ellas es a través de la represión o la erradicación; la otra es por medio de la absorción. Los movimientos minoritarios se postulan, ante todo, como reaccionarios. Si el sistema, los mass media u otras entidades de poder lo captan, inmediatamente lo incorporan. En ese instante, es anulado como movimiento reaccionario, es decir, diluido, haciéndole perder su fuerza. De alguna manera, la diferencia termina por convertirse en la norma. He allí el extrañamiento y la incertidumbre a la que nos referíamos al principio. Más bien parece que estamos situados en el discurso de la ambigüedad, de lo dicotómico, sin líneas divisorias, en fin, de lo incierto.

Por otro lado, la posmodernidad es también, según muchos pensadores, la muerte de la utopía. Los grandes discursos que movilizaron al hombre ya hoy han perdido su fuerza, su significación. Existe una actitud generalizada de descreimiento frente a ellos. Las personas no se sienten convocadas por las ideas de nación, valores tradicionales, u otras banderas. Pero, claro, esto no es gratuito. Evidentemente, este aparente desinterés tiene que ver con la caída de los paradigmas; si éstos se promulgaban como los portadores del mundo ideal (utopía de los tiempos), al no cumplir su cometido y caer por el peso de la propia carga impuesta, era de esperarse el advenimiento de la decepción. En primer lugar, el hombre dejó de creer en quien propugnaba estos discursos y, luego, al repetirse la historia, dejó de creer en los discursos mismos. Tal parece que hoy el ser humano ya no cree en nada, y es allí donde ocurre el descentramiento, punto de partida para la dispersión. Si no hay en qué creer ni en quién creer, entonces, ¿qué queda? Por el principio de la negación caemos en el discurso de la nada, es decir, de la vacuidad, del vacío. La relatividad que impregna el espíritu posmoderno provoca un estado de inseguridad, y de allí, la noción de vértigo, o mejor dicho, la sensación de vértigo.

¿Significa esto que nos encontramos al borde de un abismo? No necesariamente, pues en el trasfondo del discurso posmoderno sigue existiendo la imperceptible y leonardesca sonrisa de la utopía, si no ¿qué otra cosa podría ser la lucha por la legitimación de las diferencias?

Además, tampoco estamos necesariamente en presencia de la muerte de los valores. Simplemente (o complejamente) es posible que los valores que conocemos por nuestra heredada tradición, puedan encontrarse en proceso de metamorfosis, para así transformarse en otros que recojan, de alguna manera, la cosmovisión de nuestros tiempos. Así mismo, hay quienes postulan que hoy ya no se trata de que el hombre no crea en nada, sino que cree en todo.

El ser humano ha necesitado desde siempre justificar su existencia, y para ello le ha sido imprescindible creer en algo o en Alguien. Es posible que en este momento que parece caótico, nuestro hombre moderno tan “racional” y que hoy se pone a reflexionar a través del discurso posmoderno, esté, en todo caso, buscándose a sí mismo, reformulando sus principios y volviendo a abrir su sensibilidad frente a la vida. También puede que se engañe a sí mismo.

Email:andrea@analitica.com


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