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Conos en la vía Ramón Hernández Miércoles, 15 de marzo de 2000 Las calles transitables han empezado a desaparecer, y las vías cerradas crecen como una mala noticia en un canal de televisión de poca audiencia, que es lo más parecido a una ambulancia accidentada en medio de la calle y con la sirena a todo volumen. Mero escándalo. Sitios de la ciudad que eran casi paradisíacos en su textura urbana, con sus muchachos jugando pelota, montando bicicleta o tumbando mangos, ahora son desiertos custodiados por ejércitos privados, muy proclives a dispararles a los indefensos y a huir cuando el crimen, que ellos nominalmente combaten, les gruñe o les enseña el diente. La ciudad, la suya y también la mía, las urbanizaciones y los barrios, ha sido invadida por alcabalas y cobradores de peaje. Unos y otros impiden mi libertad de tránsito. Ministro, apague el televisor y abra la ventana. Los ajustes de cuenta entre delincuentes, las balaceras entre bandas de similar calaña, los envalentonamientos alcohólicos de fines de semana, el combate despiadado por el mercado de las drogas, la simple venganza y otras excusas de menor cuantía, sin contar gratuidades como el tiro de ñapa para que la próxima vez el asaltado cargue más dinero en la cartera, han elevado el número de víctimas que cada fin de semana da cuenta el escueto parte policial. Es una guerra más cruenta que la de Kosovo, pero no ha logrado despertar la preocupación del secretario general de las Naciones Unidas o del comandante en jefe de la OTAN. El funcionario, que siempre lleva al lado el apelativo alto sin importar su estatura ni el nivel de sus conocimientos sobre la materia que ejecuta, desestima el peligro y lo justifica, por lo general, con la cantidad de muertes que un joven ve de una sentada ante la televisión. Fundamentado en estudios que no se corresponden con el país, lanza una cifra que George Gerbner calculó hace 30 años -que un niño ya ha visto 8.000 asesinatos en la televisión al cumplir los 12 años de edad-, y que cualquiera se lo cree porque nada más en Robocop II hubo 242 muertes, sin contar los accidentes de tránsito que no pudieron salir en cámara. Indudablemente que la violencia televisiva afecta la vida diaria, pero no es la causa de la violencia real. Tampoco es Radio Rochela responsable del buen humor que afecte al país uno que otro martes. Es más complejo y más difícil de entender. Lo obvio es que el ministro está confundiendo violencia con delincuencia, que terminen igual no es lo mismo ni se comportan igual. Los delincuentes más peligrosos pueden ser los muy amables, y también todo lo contrario. La criminalidad y la violencia van parejas en las estadísticas, como van juntas las frutas, pero es erróneo sumar peras y manzanas si de lo que se trata es de obtener sidra o néctar de pera y no un fruit-punch. La población en general vive temerosa de ser asaltada, robada, violada, sometida y humillada, y ante la ausencia de efectivas medidas policiales ha optado por encerrarse en sus casas e instalar vigilancia privada. Lo grave es que quien más se encierra, menos posibilidades tiene de escapar y es presa fácil de sus atacantes. La alcaldesa de Baruta, por citar un ejemplo, para evadir sus responsabilidades de autoridad ha dejado en manos de los vecinos las decisiones más importantes del municipio. Quizás ella dirá que eso es participación, pero se equivoca; las paraparas no son metras aunque sean redondas. Si la construcción de un puente, el ensanchamiento de una avenida, el control de la velocidad de una calle y la construcción de un centro comercial fuesen decisiones cuya certeza estén más garantizada por la realización de una consulta popular, un referéndum, que por un estudio técnico y multidisciplinario, o la simple intuición de un buen gerente de políticas públicas municipales, ninguna ciudad en el mundo tendría cárceles, hospitales, mercados, escuelas, autopistas, parques, bares, trenes ni transporte pesado, por nombrar unos cuantos, porque siempre un sector o un vecino sería perjudicado por la decisión. Todos saben que vivir en comunidad tiene un precio, pero nadie está dispuesto a pagarlo y de ahí el descontento de todos con las juntas de condominio, no importa cuán eficiente sea: si pinta, molesta la pintura; si no pinta, tanto descuido está devaluando la propiedad. Un alcalde es electo para que tome decisiones que beneficien a la comunidad en su conjunto. Y debe sentirse más triunfador por la buena educación que imparte tal escuela, que derrotado por las quejas que sobre el centro educativo hace el vecino gruñón que no soporta el Himno Nacional a las 7:00 de la mañana. Baruta es el reino de los "reductores de velocidad", un aforismo que la alcaldía utiliza para referirse a los ilegales policías acostados que tantos daños perpetran a los vehículos, esos objetos por los que el ayuntamiento recibe ingentes sumas de dinero en impuestos. En menos de cien metros, es posible encontrar hasta tres y a veces cuatro de estos "reductores". Sería irse por la vía fácil, y rápida, si se argumentara que alguien está recibiendo un porcentaje por la cantidad de asfalto y cemento que implica cada horizontalidad policial. Por supuesto que no es así. Tampoco nadie está recibiendo una comisión por cada cono que compra y pone donde se supone que debería hacer mejor papel un policía de verdad-verdad, y no esos gendarmes coloniales que han trasplantado de las Antillas, por el uniforme y no por la eficiencia. No. La alcaldesa prefiere los "acostados" por la misma razón que los ganaderos ponen cercas alambre de púa en sus haciendas y no letreros: parte del principio de que los vecinos -los conductores, los votantes- son vacas, rumiantes de quejas. Se podría decir que se ganaría más si se establecen límites de velocidad y multas, lo que implicaría más ingresos para las escuelas y menor dependencia del situado constitucional. Claro, se necesitan policías honrados y ahí sí falla la televisión. El mismo George Gerbner, quien ha dedicado su vida a contar la cantidad de crímenes y acciones violentas que un estadounidense ve diariamente en la sala de su casa, ha dicho que la religión, los padres y el hogar han sido sustituidos por la televisión, y que las normas éticas y de comportamiento ciudadano las vienen enseñando personas que están más atentas al mercado y a sus ganancias que eso que los viejos filósofos llamaban el bien común. Y puede tener razón, pero en los Estados Unidos, no en Baruta, Venezuela. Si vamos a hablar claro, es importante aceptar que nunca la Iglesia ha tenido una influencia importante en el comportamiento de la población. Su quehacer histórico se ha limitado a los bautizos, confirmaciones y bodas, y una que otra procesión si no hay aguacero, que siempre han sido más excusas para echarse los palos que para obtener enseñanzas de convivencialidad. La escuela, por su parte, tampoco ha cumplido con ese principio, unas veces porque no existe, otras porque la excesiva masificación las convirtió en una estafa y demasiadas veces porque los maestros están en huelga. El hogar, lo que se llama hogar, con padre y madre, que se quieran y se respeten, atentos a las necesidades de sus hijos, eso sí es una película de televisión, la propia casa de la pradera. A la mayoría de los hogares venezolanos, los levanta y los acuesta la madre, y los muchachos se quedan solos, a su desgracia, mientras ellas salen a buscar el pan, la leche y los cuadernos. La televisión no sustituyó a nadie, llenó un vacío. En una sociedad en las que las cosas "se pierden", no porque alguien las tomó para sí, sino porque estaban "mal puestas"; en la que, desde la guerra de independencia, y mucho antes, han abundado las expropiaciones revolucionarias, exigir un mínimo de honradez, un acatamiento irrestricto al bíblico "No robarás" y atribuirle a la televisión el aumento de los delitos contra la propiedad y contra las personas, es un insulto a la inteligencia. Las causas son menos hertzianas y más criollas. Un experto criminalista ha dicho que entre un policía venezolano y un delincuente no hay muchas diferencias, salvo que, por ahora y mientras tanto, el policía está de este lado, y nadie sabe hasta cuándo. Y es que el robo, sea hurto o asalto, en una sociedad cuyo 90% de la población cree que su precariedad existencial se debe a que la riqueza del país ha sido sustraída por los políticos y por los extranjeros, tiene visos de reivindicación social. Es una manera de vengarse, y no una conducta deleznable. En la guerra federal, lo vuelvo a repetir, el iluminado Espinoza se dio a la tarea de matar a cogotazos a todo el que fuera blanco y supiera leer y escribir. Era su manera de lavar una afrenta que un blanco ilustrado le había hecho delante de su mujer. Así, por desquitársela, los esclavos robaban a sus amos, lo empleados a los patrones, los criollos a los extranjeros, los vivos a los bobos, los de arriba a los de abajo y así hasta que en la cadena alguien dijo que el que robaba por hambre está exento de culpa. Cuando trajeron el primer boletín con las consecuencias, dijeron que el medio era el mensaje, y lo mandaron a matar, a revisar la programación televisiva y el contenido de los medios de comunicación en general. Vendo par de conos y casilla policial con un vigilante dormido y otro acostado. |
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Soledad Morillo
Luciano F. Reni B.
Charles R. Páez Monzón |
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