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Dürrenmatt
Eduardo Casanova

Jueves, 27 de marzo de 2008

Creo que fue en 1961, gracias a Emilio Figueredo, cuando descubrí a Friedrich Dürrenmatt, dramaturgo, novelista y pintor suizo, que entonces tendría unos cuarenta años (nació en un pueblecito del Cantón de Berna, llamado Konolfingen, en enero de 1921) y ya había producido una sólida obra teatral. Mi descubrimiento se inició con su “Rómulo Magno” (1949), una excelente tragicomedia, divertida e interesante, en la que el autor explotaba con gran habilidad la ironía de que el último emperador de Roma, de una Roma que ya ni siquiera era decadente, sino que estaba totalmente arruinada, se llamara –tal como el legendario fundador de la ciudad– Rómulo (Rómulo Augústulo). La obra empieza con el momento en que informan al emperador que uno de los más altos funcionarios se ha fugado con el tesoro nacional, a lo que el emperador responde: “¡Magnífico, un pequeño escándalo que viene a tapar mi gran escándalo!”. Después leí varias de sus obras: “El matrimonio del señor Mississippi” (1952), “Un Ángel en Babilonia” (1953), “Hércules y el establo de Augias” (1954), “La Visita de la anciana dama” (1956), “Los Anabaptistas” (1967), “La demora” (1975), etcétera. En ninguna de ellas hay la más mínima inclinación ideológica (como ocurre con las obras, a veces solemnes, de Brecht, con quien comparte la “teoría del distanciamiento”, según la cual el teatro debe ser teatro y no imitar a la vida, sino ser lo suficientemente falso como para que el espectador cree su propia interpretación). Ninguna de sus obras es intrascendente, por el contrario, en todas hay un contenido importante, aunque no haya nada de político en el sentido partidista de la palabra. Dürrenmatt entendió que el teatro de nuestro tiempo no puede ser ni trágico ni cómico, aunque sí puede hablarse de épica (en lo que también coincide con Bertolt Brecht). Aunque publicó en forma expresa su Teoría del Teatro, es su obra lo que lo hace grande. También fue pintor y novelista. Era buen jugador de bolos y mejor tomador de cerveza. Murió en Neuchâtel, a fines de 1990.

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