Caracas, Miércoles, 23 de abril de 2014

Sección: Sociedad

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La pasión política (II)

Simón Alberto Consalvi

Lunes, 27 de agosto de 2012

La abundancia de constituciones en la historia venezolana quizás sea una demostración elemental de que la búsqueda del poder (por el poder) dominó diferentes etapas de nuestro proceso de pueblo







   Foto: Google

 

Un ejercicio más o menos detenido ilustra las tendencias personalistas que estuvieron detrás de la gran mayoría de esas cartas magnas. Desde 1930 hasta la última de 1999 se suman 26 constituciones.

Como la de 1909 le impedía la reelección a Juan Vicente Gómez, sus intelectuales positivistas armaron una tramoya con una supuesta invasión de Cipriano Castro, inventaron un Estatuto Provisorio y el general fue entronizado en el poder hasta que la muerte vino a buscarlo. Fue el único dictador vitalicio que tuvo el país, el único que murió sin soltar el látigo.

La Primera República fue definida por la Constitución de 1811, la que sólo tuvo meses de vigencia (relativa), y, sin embargo, en el Manifiesto de Cartagena, Simón Bolívar la culpó de todos los males, incluida la caída del ensayo republicano.

Bajo el signo de la idea grancolombiana conocimos dos, la de Angostura, 1819, y la de Cúcuta, 1821. Luego vinieron las de la República independiente, 1830, 1857, 1858, 1864, 1874, 1881, 1891 y 1893. Un total de once en el siglo XIX. En la primera de esas constituciones de la Venezuela independiente, la de 1830, se consagró el periodo presidencial con una duración de cuatro años, sin reelección inmediata. Con la excepción de los absurdos periodos de dos años de Guzmán Blanco, fue la tendencia predominante durante el siglo. Ninguna contempló la reelección inmediata e indefinida, equivalente a la presidencia vitalicia.

La Constitución de 1830 fue redactada por los intelectuales de más prestigio de la época, y tuvo una vigencia de 27 años, sólo superada por la de 1961 que rigió 38. No obstante consagrar la soberanía y la separación de la Gran Colombia, dejó intocables instituciones como la esclavitud, la pena de muerte por delitos políticos y la elección de segundo grado.

La Constitución estableció, ya se dijo, que el presidente de la República estaría en sus funciones durante un período de cuatro años y no podía ser reelegido inmediatamente. Debía esperar, por lo menos, otro período para regresar, según el artículo 108. Si el vicepresidente hubiere ejercido el poder por la mitad del periodo tampoco podría ser reelegido para el inmediato. "La cláusula antirreeleccionista, anotó el tratadista Ulises Picón Rivas, la introdujo el constituyente de 1819, si bien de manera tímida y discreta, pues dispuso que "la duración del presidente será de cuatro años, y no podrá ser reelegido sin intermisión".

Consagró, además, el principio de la incompatibilidad que fue rescatado un siglo después en la Constitución de 1947, negado incluso en la reforma de Medina Angarita.

José Antonio Páez es elegido presidente constitucional en marzo de 1831, gobierna hasta febrero de 1835, cuando le entrega al doctor José Vargas, elegido para el periodo 3539. Un golpe militar derroca a Vargas en 1835; el golpe tiene el pomposo nombre de "Revolución de las Reformas", un movimiento reaccionario que busca la restauración de antiguos privilegios para los "héroes". El coronel Pedro Carujo está al mando del pelotón de los conspiradores, e increpa al presidente, pistola en mano.

Páez impone el orden y Vargas regresa, pero renuncia de modo irrevocable en 1836. Simbolizaba el antipoder.

El general Carlos Soublette completa el periodo hasta el 39. Páez es reelegido para el periodo 1839-43. Soublette, escogido para el siguiente, gobierna hasta 1847. Así, de 1830 a 1847, la política gira alrededor de Páez. La reelección tiene su nombre. Soublette es el hombre que sabe cuál es su papel. Era un militar civilizado y su paso por el poder fue ejemplar en muchos sentidos.

Quizás podría definirse como el antípoda de Páez, pero tanto el uno como el otro entendieron las bondades de la alianza. Ambos presidieron aquella etapa fundamental que Augusto Mijares definió como "gobierno deliberativo", contra la expresión predominante de "periodo de la oligarquía conservadora".

De Páez escribió Manuel Pérez-Vila: "En la silla presidencial o en la de su caballo, continúa siendo el árbitro de la vida pública, el caudillo capaz de inclinar hacia un lado u otro la balanza del poder". Cierto. Pero una cuestión es la balanza y otra la brújula. Páez la perdió cuando apoyó a un antiguo disidente, en 1846: quien justamente lo iba a destronar, José Tadeo Monagas. "De aquí arrancó el conflicto", diagnosticó José Gil Fortoul. Pocos errores tan graves han cometido los que eligieron a sus sucesores, como Páez al escoger a Monagas. Éste lo persiguió, lo redujo a prisión en un castillo donde para no asfixiarse tenía que respirar a través de las rendijas de la puerta del calabozo.

Y de allí al destierro.

Al reflexionar sobre la ambición de poder, es preciso hacer una escala en Monagas, porque fue este general oriental el que sembró el desorden al postular y practicar su tesis de que "la Constitución sirve para todo".

sconsalvi@el-nacional.com

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