Caracas ha sido el campo de pruebas de todo fracaso. No envidio los puestos que Alfredo Peña y demás alcaldes se empecinaron en alcanzar. Enfrentar la Av. Baralt no es la idea que tengo de una vida fácil. Claro, no todo tiene por qué ser facilidad y alguien tiene que rescatar la Av. Baralt de eso que es, ¿la has visto?
Seguramente no, especialmente si vives, trabajas o por cualquier razón morbosa te la pasas allí. El problema precisamente es que esos sitios se hacen invisibles, sobre todo para sus habitantes. Para muchos caraqueños Caracas es como el Lago de Valencia: invisible. Por alguna causa insólita el Lago de Valencia es invisible. Nadie lo percibe, salvo para contaminarlo. Ni siquiera los indios parecen habernos legado mitos sobre ese cuerpo de agua enorme, hermoso, escondido. Su misterio es la falta de misterios. Un lago sin leyendas, sin poemas, sin placeres. Así aproximadamente es Caracas. Tiene sus leyendas y sus quereres, pero solo para los que viven de las nostalgias de la Cervecería Donzella, del Coche de Isidoro, del Duque de Rocanegras y del Obispo Loco. Para quien la vive a diario, Caracas es a lo sumo un paisaje montañoso y un agua que todo lo sana, que destila de nuestra montaña mágica. Es apenas caminar por calles del modo más raudo posible porque no es calle que se disfruta, como un parisino disfruta la rue Saint-André-des-Arts, a pesar de que se trata de ciudad hermosísima. Uno se defiende de ella, como de un enemigo que se rehúye, porque no se atreve a enfrentar.
Elegimos a unos funcionarios para que la enfrenten por nosotros, como quien contrata a alguien para que se ocupe por uno de una tarea antipática. Que se ocupen ellos de que no haya atracadores, de que la Av. Sucre no sea tan fea, de que alguien apague los incendios de nuestra montaña mágica. Así de inmaduro. Uno se zafa de toda responsabilidad y encima los gobernantes tienen su ilusión de que están mandando. Porque es que pocas veces ha sido alguien tan lúcido como aquel que dijo que Caracas era ingobernable. Lo es.
Lo que queda del Edificio Galipán (foto Andrea Imaginario).
Propongo precisamente no gobernarla. Me explico. El problema es que Caracas desbordó sus resortes políticos y me refiero a la política aristotélica, no a la de los nombramientos a dedo. Caracas se perdió a sí misma en este juego de desamores que ha ido padeciendo. Nadie se hace cargo de las demoliciones bárbaras. Una mano invisible, esa que dicen los iluminados del mercado, arrasa el
(Foto A. Imaginario).
Edificio Galipán y son veinte mil nuevos clientes para el siquiatra porque pierden una de sus querencias, una de sus referencias, una de sus conexiones con su identidad ciudadana y no pocas veces personal.
Tratar de gobernarla es seguir ese juego infernal en que Caracas se excluye de sí misma. La idea es precisamente invitarte a participar en su proceso urbano, en esa miríada de pequeñas decisiones que según Claude Lévi-Strauss es una ciudad. Integrar al caraqueño al uso de su ciudad tal como el usuario del Metro de Caracas es un participante y no un transeúnte, alguien que activamente se ocupa del Metro, que lo cuida y facilita su funcionamiento.
Lo de Caracas es inconmensurablemente más complejo, claro, y no pareciera estar en las facultades de los que no saben gobernarse a sí mismos siquiera para nombrar un jefe de policía y un presidente del Cabildo Metropolitano.