La crisis de la responsabilidad
Arturo Úslar Pietri.
Ahora. Caracas, 12 de febrero de 1936, p. 6
En Venezuela poco o nada podremos hacer mientras subsista esta vieja y grave crisis de responsabilidad de que adolecemos. Es algo peor que el miedo físico, que la prudencia cobarde, que el ansia criminal de seguridad impune y holgazana. Queremos todos que las cosas se hagan a nuestro gusto, según nuestras ideas pero sin asumir la responsabilidad de iniciarlas y sostenerlas.
Necesitamos sentirnos secundados, protegidos y hasta aplaudidos. Antes, bajo la Dictadura, no osábamos sugerir nada, sin contar previamente con una acogida favorable por temor de disgustar al Gobierno y sentir su fuerte y despiadada mano. Todo estaba abandonado al azar. Hoy, aun los que piensan más honradamente, ya libres del pánico al Gobierno, temen decir ciertas verdades necesarias, hacer advertencias justas y salvadoras, por temor de no halagar el vago instinto del pueblo. Todo está nuevamente entregado al azar. No hay orientación, hay tropel, porque vamos todos ciegamente a la zaga de la masa sin atrevernos a la actitud responsable y directiva, que puede perder individualmente a alguno, pero que también puede salvarnos a todos.
Toda fuerza humana necesita dirección que la encauce, toda aspiración necesita hombres que la expresen. En los grandes momentos y en los graves asuntos los pueblos solicitan consejo y enseñanza. Honrado y viril consejo y enseñanza valiente y útil. El pueblo apenas presiente o adivina los caminos que pueden sacarlo de sus miserias y males. Es entonces cuando necesita las voces responsables que lo alertan contra los errores de rumbo o los peligros de su instinto. Tiene necesidad de conductores y en manera alguna de entes pacatos o cobardes, que den por satisfecha su consciencia, con una tímida aprobación sin riesgos.
Casi todos nuestros males vienen de los hombres que no saben sino seguir la corriente. Marchar dentro del rebaño sin angustia del derrotero. De los hombres que no quieren descontentar al poderoso, llámese Gobierno o pueblo. De los hombres que no quieren asumir responsabilidades.
Por ello, naturalmente, nuestra vida de pueblo se ha deslizado siempre por la línea de menor resistencia, en complacientes sinuosidades de agua mansa, cada vez hacia un nivel más bajo de reposo y de sueños.
Es necesario que por lo menos algunos hombres se atrevan a obrar de acuerdo con sus pensamientos, osen decirlos sin disimulo ni oportunismo, que se arriesguen ante la cólera de los pocos o de los muchos poderosos. Necesitamos gente honrada que no adultere sus propias ideas, que se atreva a llamar al error por su nombre, venga de donde viniere, gentes que prefieran la impopularidad a la traición a la propia conciencia, en una palabra, gente responsable.
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Élite. Caracas, 10 de octubre de 1936, pp. 28-56
En los últimos días publicó la prensa un suceso que me ha hecho reflexionar largo rato. No se trata de un acontecimiento extraordinario y ha pasado seguramente inadvertido entre la barahúnda de noticias sensacionales de la información extranjera. Descendiendo por una calle en pendiente, el conductor de un automóvil advirtió que los frenos no funcionaban. Sin mayores disquisiciones se volvió hacia el único pasajero, que era un señor de cierta edad, y le advirtió el hecho lanzándose inmediatamente a la calzada y dejando al vehículo y al pasajero abandonados a su suerte. Éste a su vez se tiró como pudo, causándose graves contusiones, y la máquina loca continuó cuesta abajo dando tumbos, rozando a un grupo de escolares y magullando a uno de ellos, hasta detenerse enchufada en un poste.
Lo lamentable de todo esto no es el número de víctimas, ni siquiera el peligro cierto que amenazó durante algún tiempo a todos los que se hubieran podido encontrar en la trayectoria de la avalancha mecánica, lo verdaderamente lamentable es que, en un momento dado, un hombre de quien dependían vidas humanas, no supo asumir su responsabilidad. Lo lamentable es ese conductor que abandonó su máquina cobarde e irreflexivamente a la primera señal del peligro.
Vale la pena meditar un poco en todo lo que significa ese feo gesto. Acaso lo más cómodo sería cargarlo a la cuenta personal del infeliz conductor; pedir su ejemplar condena y hacerlo blanco de improperios en la tertulia cotidiana. Pero, desgraciadamente, en la vida de las sociedades no se realiza el caso del agnus dei que se sacrifica, cargando él solo con todos los pecados del mundo, para dejarlo puro y nuevo como el primer día.
En el fondo este chofer no es un victimario sino una víctima. La víctima de un complejo social que lo ha enseñado a mirar por sí solo, a "comer avispa" y a ser vivo. Es decir, todo un hondo y perfeccionado cultivo de la irresponsabilidad.
De todos nuestros grandes defectos colectivos, acaso éste sea el más grave. Ni somos, ni se nos ha enseñado a ser, responsables. Somos amigos del expediente, de la facilidad, de la viveza, de la excusa. Amigos de dejar lo de hoy para mañana, de hacer que los demás paguen por nosotros y que amarre el bongo, no aquél que va a ser más útil a sus compañeros sino el que se resigna a ser tonto o algo más subido de color.
El destino de los hombres, como el de los pueblos, comienza a ser seguro sólo desde el momento en que hombres y pueblos dan la cara y se deciden a sustituir al destino, sólo desde el instante en que hombres y pueblos se constituyen en garantes únicos y totalitarios de su propia gestión histórica o social.
Los ingleses, que pueden prestigiarse de un triunfo secular y universal, encaminan todo su esfuerzo a la formación del carácter de los hombres. Les interesan más los hombres capaces de responsabilidades que los hombres capaces de ideas, y la historia parece haberles dado la razón.
Nuestra primera necesidad nacional es indudablemente crear al venezolano. Un hombre sano, fuerte, instruido, pero sobre todo responsable. Un hombre que venga a la vida sin considerarla como un espectáculo al que se puede entrar sin pagar billete. Un hombre dispuesto a pagar moralmente todo el precio de las cosas sin regateos y sin pesadumbre.
Un hombre que se emborrache sólo cuando tenga segura la casa y la comida, y que gaste en la diversión cuando no falte para la medicina, que haga nacer al hijo cuando pueda asegurarle el porvenir, que cumpla cuando prometa y que nada prometa a quien sólo promesas le ofrece.
Un hombre que esté más en la tierra, en su vecindario y con su camino hecho y no con un paso tambaleante a la merced del primero que lo encarrile por una vereda como bestia de hambre y de necesidad.
Nuestros caudillismos y nuestras dictaduras han sido posibles por varias causas harto conocidas, pero las más de ellas pueden resumirse en esa antigua y profunda crisis de la responsabilidad, que ha hecho al venezolano dúctil y maleable hasta un extremo inverosímil. En el fondo de nuestros cesarismos, como espina dorsal, corre una infinita cadena de responsabilidades trasladadas o eludidas.
Si logramos poner a la base de la educación de nuestro pueblo el sentido de la responsabilidad, habremos acabado con este lastre amenazante del sentimentalismo, del amor de la aventura, de la indiferencia y del disociador fermento de la viveza, que nos hace estar en una especie de "sálvese quien pueda" perpetuo.
Necesitamos crear y cultivar la responsabilidad. Hacer un venezolano estable y seguro, con menos amor por la epopeya militar y más gusto por el propio trabajo, un venezolano que tal vez no vuelva fácilmente a empuñar la lanza legendaria, pero que tampoco abandone el vehículo cuando sienta que los frenos no funcionan.