La incursión de un nuevo elemento paisajistico en Caracas.
Carlos García García
Del este hacia el oeste, atravesamos lentamente el umbral de la autopista Francisco Fajardo de Caracas, entre el templo del consumismo de los años 80 y su homónimo magnificado a la enésima potencia. Suerte de procesión cuyo santo venerado es el vehículo, y cuya preciosa ofrenda es el vital tiempo que perdemos cotidianamente; en un ritmo sumiso, ante la presencia de esa enorme y desproporcionada masa.
Monstruo, cuyo interior alberga estrechas entrañas, que obligan al ávido comprador devaluado, toparse violentamente con o contra, estratos de sus pasados; a olvidar ó a tomar. encuentros y desencuentros en una absurda e idéntica espacialidad, la cual interpela sin cesar; poniendo en jaque la capacidad de orientación del cautivo transeúnte.
Amasijo de ladrillo, que sonríe mostrando su irónica sonrisa, murmullo que susurra: aunque digan lo que digan... aquí adentro se está consumiendo más artículos de cuero, de famosas marcas, que en las principales capitales europeas... a pesar de la Constituyente.
No es difícil obviar que el mismo material, que recubre este nirvana del capitalismo, es el mismo material que recubre, y construye el 70% de nuestro hábitat caraqueño; es decir la Caracas Roja... Juntos pero no revueltos
Continuamos en nuestra automotriz letanía, avanzando lentamente. Entre paso y frenazo, nuestras miradas desprenden destellos de ira, y algunos movimientos bruscos buscando defender el acongojado espacio vital automotor. Maniobra que se convierte en una especie de arreo de manada de gatos; impedimos el paso de aquel abusador, y enseguida tenemos a otro, ocupando el espacio que todavía no hemos dejado.
Los nervios se erizan y nuestro rostro dibuja con preocupación y exalto el esperado chasquido entre las carrocerías, pidiendo a todas las fuerzas místicas, que no pase aquello que tan absurdamente hemos buscado; de pronto, el milagro se hace realidad y los escasos centímetros que nos separan de nuestro competidor, son suficientes para salir ilesos, de tan desagradable presentimiento.
Toda la energía se transforma... y esto mismo ocurre, apenas dejamos atrás, esta especie de peaje obligado. Buscamos saciar nuestra sed de catarsis, pisando desenfrenadamente el acelerador.
La escena se convierte en una competencia, y pasamos a jugar una suerte de Ludo, tratando de llenar precipitadamente, el mínimo espacio vacío, que nuestra mirada alcance.
En nuestro acelerado combate, observamos de un lado, la maltratada urbanización las Mercedes, recinto de charcos, segmentos de eclécticas fachadas, caprichoso flechado, vehículos rugiendo polidireccionalmente la ultima moda; certera incertidumbre urbana.
Del otro lado del panorama, observamos una breve reseña de un idílico pasado; medio centenar, de inmovibles garzas blancas, evocan otros tiempos, en los cuales dichas aves, poblaban las límpidas márgenes del río Guaire...
También se evoca, el hambre de cemento, que no solo embauló las márgenes inferiores del Río Guaire, sino también inmundo de la pétrea materia, los espacios vegetales de sus márgenes superiores. Los arboles fueron acorralados; y fue tan voraz aquella acción, que los mismos habitantes del cielo, también fueron ingeridos por la misma materia.
Hoy día, las garzas nos han sido devueltas en una suerte de reflejo misericorde; como un vomito urbano que nos expulsa su inerte desecho; Recuerdos que hoy día, solo se conforman en habitar un espacio residual, entre rejas y hierro como para impedir que escapen de nuevo. Pero más vale algo que nada... y al fin de cuentas la nostalgia nos clama.
Velozmente en nuestro recorrido, cae ante nosotros una fachada cuyo intenso verdor dibuja la presencia del cerro Avila y el límpido cielo caraqueño. En su cristalino reflejo, distinguimos algunos signos que parecieran ser cometas y galaxias visibles a la luz del día... son solo signos de algunas violentas facetas, de nuestro precario estado de evolución ciudadana...
Una alegre y repetida agresión decembrina, hacia el Santa clauss, quien no deja jamas de sonreír, a pesar de tal hecho; a veces me pregunto si esto no es la muestra de un inconsciente ataque subversivo, hacia todo aquello que representa el Norte.
Pareciera que Santa escala él edificio buscando un tesoro escondido... Tesoro que se materializa bajo la forma de una gigante arepa voladora, símbolo innegable de nuestras raíces; podríamos pensar que Santa desea reconciliarse con las criollas tradiciones, o quizás esta harto de comer solamente hallacas, durante todas las comidas, durante todo el mes de Diciembre.
Al pie de la escena, se erige la interminable construcción de un pobre modulo de vigilancia de transito, el cual se demolió para construir exactamente la misma cosa; es como si se tuviese un closet lleno con las mismas camisas y encima nos disgustásemos, por que la gente puede pensar, que nunca nos cambiamos nuestra ropa.
Pero es justo aquí y al frente de este modulo, en donde el veloz recorrido, no deja de cuestionarnos sobre la audacia, la innovación, y la enorme creatividad de nuestro paisajismo venezolano.
Aclaremos que por paisajismo venezolano contemporáneo, se entiende toda aquella mala copia tropical, de las áreas verdes que pueblan el estado de Florida (U.S.A), el mismo territorio que representa para una gran proporción de venezolanos alienados, analfabetas culturo- funcionales, la descripción más exacta del Jardín del Edén.
Seamos claros, el 80% del paisajismo urbano en la vialidad, solo sirvió para albergar los fósiles de una vegetación no adaptada, ni a las condiciones, ni al lugar, ni a los requerimientos que posee un espacio de este tipo.
Son sólo espacios que contienen las ineptas huellas de sucesivos ensayos, los cuales probablemente, no fueron jamas concebidos, por ningún profesional que posea la calificación necesaria, para ejercer el paisajismo en este país.
Terrenos de prueba, en donde pareciera, se pidió al Portu del vivero más cercano, llenar de una manera histérica, la superficie con cuanta mata consiga a su paso... Todo esto con la finalidad, de poder conmemorar de una manera chic, la hipócrita donación de una empresa privada a nuestra ciudad, celebración que sería olvidada con la celeridad que nuestra criolla memoria se especializa en cultivar; la capacidad del olvido.
Pero es justamente allí, frente al interminable modulo de vigilancia terrestre, en donde encontramos la pieza clave, y quizás la revolución del nuevo paisajismo, en el ámbito mundial. La implantación de una nueva especie...
Una especie que no requiere mantenimiento alguno, de la parte de alguna institución... una especie, mutante, variable; que produce sonidos, y que se reproduce por otros medios distintos a la semilla.
Una especie que deja desechos distintos a los desechos vegetales, una especie que construye y no basándose en su tronco o en su estructura de ramas; una especie seguramente peligrosa, repudiada, e incomprendida; una especie de la cual deseamos jamas nuestros jardines nunca estén poblados.
Una especie cuyo valor puede ser menor al valor de una orquídea vegetal, y al valor de una Orquídea en nuestro cotidiano hablar.
Una especie más bien herbívora, y en algunos casos puede convertirse en carnívora; en fin... la especie humana, que habita de una manera espontanea estos ineptos espacios Pseudo-vegetales.
Deseo felicitar a aquellas personas y personajes, instituciones publicas y privadas, que han trágicamente hallado la manera de desarrollar, cultivar y multiplicar dicha especie; en este caso otorgando al caraqueño, la oportunidad de poder disfrutar de una nueva estética; tan contemporánea, que puede pasar a ser peligrosamente desapercibida...
(*) Arquitecto, graduado en la Universidad Central de Venezuela, posee una especialización (D.E.A.) titulada jardín, paisaje y Territorios, en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, y en la Escuela de Arquitectura Paris-La Villette.
E-mail: garcar@telcel.net.ve