El impacto de la globalización en la cultura democrática venezolana

María Teresa Romero

I. Repensando la democracia en tiempos de globalización

No cabe duda que el complejo proceso de globalización en sus diferentes manifestaciones y en su carácter multifacético - que no se debe simplemente al resultado de la expansión acelerada de las actividades económicas, comunicacionales y tecnológicas, sino también a las interconexiones e interrelaciones políticas, sociales y culturales que se dan dentro y entre Estados-naciones, y entre actores y fuerzas internacionales y transnacionales- tiene un impacto significativo sobre la teoría y la práctica de la democracia de los países desarrollados y subdesarrollados. Este impacto que, como veremos más adelante con mayor detalle, es desigual, ambiguo y paradójico con efectos tanto homogenizadores y productivos como distorsionantes y conflictivos, está siendo analizado desde diversas perspectivas y con bastante preocupación por diversos teóricos de la disciplina de las Relaciones Internacionales y de la Ciencia Política. Los planteamientos del profesor de política y sociología de la Open University, David Held (1997), constituyen un ejemplo importante de ese análisis y de esa preocupación por el impacto de la globalización en el pensamiento, la forma y funcionamiento de las democracias modernas.

En efecto, el Prof. Held argumenta en el libro citado que es esencial reconocer, al menos, tres elementos de la globalización:

"En primer lugar, que los procesos de interconexión económica, política, legal, militar y cultural están transformando la naturaleza, el alcance y la capacidad del Estado moderno, desafiando o directamente reduciendo sus facultades "regulatorias" en ciertas esferas; en segundo lugar, que la interconexión regional y global crea cadenas de decisiones y consecuencias políticas entrelazadas entre los Estados y sus ciudadanos que alteran la naturaleza y la dinámica de los propios sistemas políticos nacionales; y tercero, que las identidades políticas y culturales se remodelan y reavivan al calor de estos procesos, lo cual anima a muchos grupos, movimientos y nacionalismos locales y regionales a cuestionar el Estado-nación como sistema de poder representativo y responsable" (Held 1997: 169-70)

Cabe destacar, sin embargo, que es sus planteamientos Held no mantiene un enfoque radical acerca de los efectos del orden global y de las diferentes manifestaciones de la globalización sobre los Estados democráticos modernos, como sí los hacen otros analistas del tema, quienes tienden a exagerar la erosión del poder del Estado-nación en la era actual (Brown 1988) haciendo pensar incluso en su posible desaparición.

Ahora bien, partiendo de estas premisas David Held no sólo analiza y evalúa en qué medida tanto el Estado democrático moderno como el sistema interestatal han resultado afectados por las estructuras y fuerzas globalizantes, sino que propone que se repiense la democracia a la luz de la superposición de los procesos e interconexiones locales, nacionales, regionales y globales a objeto de crear una nueva agenda para la teoría y la práctica democráticas. Específicamente, aboga por una teoría en la que se ofrezcan explicaciones tanto del nuevo significado de la democracia dentro del sistema global, como del impacto del orden global en el desarrollo de las asociaciones, instituciones, actores e ideas democráticas (Held 1977:44).

En el marco de esta idea de repensar la democracia y a manera de contribución para la formulación de esa posible agenda de la teoría y la práctica democráticas en el contexto global y regional prevalecientes en la actualidad, el presente trabajo tiene como objetivo reflexionar sobre el impacto de la globalización en uno de los elementos esenciales de las democracias modernas, como es el de la cultura política subyacente a ellas. Más específicamente, esta ponencia busca analizar los efectos de algunos de las expresiones más destacadas del proceso de globalización a nivel regional-hemisférico-americano (en particular, el proceso de democratización política y liberalización económica) en el conjunto de valores, creencias y actitudes democráticas que han prevalecido en un Estado-nación específico como es Venezuela, país subdesarrollado, de herencia cultural hispanoamericana.

Ciertamente Venezuela, al igual que América Latina en general, no escapa al proceso de globalización mundial y por tanto a partir de finales de la década de los ochenta y principios de los noventa ha intentado insertarse a él y adaptarse a los cambios impuestos por ese fenómeno. Esto lo ha hecho, básicamente, implementando reformas estatales y políticas institucionales tendientes a la conformación de una economía de mercado y una democracia de tipo liberal. No obstante, los cambios hacia una mayor apertura económica y hacia una democracia más liberal han tenido efectos contradictorios y ambivalentes. Es más, la globalización económica y política en el caso específico de Venezuela si bien ha resultado exitosa en algunos sentidos, ha provocado tensiones y conflictos graves al interior de su Estado-nación, en particular sobre su sistema político. Y uno de estos efectos de tensión se da en el ámbito cultural, en la mentalidad democrática del venezolano. Al menos en aquella que predomina desde el año de 1958 cuando finalmente se formaliza institucional y constitucionalmente un sistema político de democracia populista, fuertemente partidista y de naturaleza pactada y que ha sido caracterizada como "un sistema populista de conciliación de élites" (Rey 1989), así como un modelo de desarrollo económico estatista y rentista. A mi modo de ver, y ésta constituye la tesis central que a manera de conjetura planteo en el presente trabajo, la globalización –especialmente mediante sus manifestaciones de liberalización y democratización- ha sido un factor importante en la crisis y transformación lenta que viene manifestando la cultura democrática venezolana en la década de los noventa, lo cual está generando efectos tanto positivos como negativos para nuestro desarrollo democrático en general. Con esto, por supuesto, no se trata de negar que esta crisis de la mentalidad y pensamiento democrático de nuestra colectividad, de los valores, creencias y actitudes "tradicionales", nace y se desarrolla estrechamente vinculada a la crisis y agotamiento que también se viene produciendo durante la década de los noventa en la estructura y en la red de relaciones, procesos y actores del sistema político y económico. Pero si bien es necesario reconocer que los factores domésticos sistémicos han sido fundamentales, no por ello cabe minimizar la significación de los factores externos al Estado-nación, en este caso el de las tendencias señaladas producto de la globalización.

Para el desarrollo del presente trabajo he considerado necesario precisar, en primer lugar, los conceptos que en el mismo se utilizan en especial los de globalización y cultura democrática. Son muchas las connotaciones y formas de entender estos conceptos en la literatura de las ciencias sociales actuales, de modo que su definición se hace pertinente para una mejor comprensión de los argumentos aquí expuestos. En segunda instancia, he estimado oportuno exponer en forma global la naturaleza y características principales de la cultura democrática venezolana a partir de 1958, basándome en estudios especializados. Sólo después de haber establecido una clara precisión conceptual y de presentar un perfil cultural general de los venezolanos en términos de sus principales valores y tendencias democráticas, es que intentaré caracterizar y analizar los cambios y la crisis que dicha cultura viene experimentando durante ya casi una década, poniendo especial énfasis en el impacto que la globalización ha tenido en esta particular situación critica.

II. Precisiones conceptuales

Cabe recordar lo señalado al principio de este trabajo: la globalización es un proceso complejo. Denota "la profundización de las relaciones sociales a través del espacio y el tiempo" (Held 1997:42); se caracteriza "por una extraordinaria expansión y complejización de las interrelaciones entre diferentes pueblos del mundo, sus instituciones y sus culturas, y por el desarrollo de una creciente conciencia de globalización" (Mato et al 1994:251). Como tal, genera una "acción a distancia" y un "achicamiento" del mundo (Giddens 1990), y dos ejemplos recientes que evidencian estos fenómenos son la crisis financiera de Asia y la debacle del rublo en Rusia, los cuales produjeron la caída de todas las bolsas del mundo incluyendo las latinoamericanas. Entonces la globalización, como bien lo han señalado Hans-Henrik Holm y Georg Sorensen (1995:6) es más que mera interdependencia. Mientras ésta última se refiere sólo a la intensificación de las relaciones a través de las fronteras, la globalización supone una profunda transformación en las formas de articulación internacional que, en un sentido estricto se refieren a procesos económicos, pero desde un punto de vista amplio aluden a todos los aspectos de la actividad social, tales como las comunicaciones, la ecología, el comercio, las regulaciones, ideologías, las relaciones políticas, etc. Aun cuando es cierto que "hasta ahora ha habido una tendencia a privilegiar las dimensiones económicas, tecnológicas y específicamente comunicacionales de la globalización, siendo que en estas tres dimensiones suele ser más evidente y mesurable tanto el achicamiento del mundo, como la profundidad y enorme velocidad de los cambios en las relaciones internacionales y transnacionales" (Cardozo de Da Silva 1997).

Por otra parte, la globalización no es uniforme. En ella se pueden observar tendencias tanto a la homogenización, como a la diferenciación. Se manifiesta pues en términos contradictorios y paradójicos porque incluye procesos integradores y fragmentadores, globalizadores y localizadores. Asimismo, es desigual en cuanto a su intensidad y a su alcance geográfico (Cardozo de Da Silva 1989:5).

Como se estipula en la introducción, este trabajo hace referencia específica a dos de los procesos derivados e impulsados, a la vez, de y por la globalización, el de la democratización política y el de la liberalización económica. Estos dos procesos son de especial importancia porque tras el colapso del comunismo y tras el inicio de un período histórico mundial distinto al prevaleciente –y que en palabras de James Rosenau (1990) podría calificarse como de "Post-internacional" - se proclamó la globalización sobre la base de dos premisas básicas del pensamiento liberal: economía de mercado y democracia liberal. En efecto, el final de la década de los ochenta vislumbró un notable consenso respecto a la legitimidad de la democracia liberal como idea-valor, como sistema de gobierno y como vida política universal. De allí que autores como Francis Fukuyama (1992:11) proclamara que la democracia liberal podría construir "el punto final de la evolución ideológica de la humanidad", la "forma final de gobierno", y como tal marcaría el "fin de la historia" Y que gobernantes como el Presidente estadounidense George Bush hablara del "triunfo de la democracia en el mundo" y se refiriera a una nueva asociación de naciones que trascendiera la Guerra Fría: "Una asociación cuyas metas son aumentar la democracia, aumentar la prosperidad, aumentar la paz y reducir las armas" (Arteaga 1997:19). A partir de este momento, el tema de la "Promoción de la Democracia" pasó a ser prioritario en la agenda global, entendiéndose por ella "una serie de conductas y de acciones específicas y permanentes de política, tanto a nivel interno como externo, con objetivos y metas a corto, mediano y largo plazo, y dirigido a defender, consolidar y expandir las formas de gobierno, instituciones, procesos, valores y actitudes propios de una democracia representativa y participativa, capitalista y liberal" (Romero 1996:108). A nivel regional latinoamericano, también se le dio la bienvenida a la promoción de la democracia liberal y en la actualidad el tema está posicionado en la agenda hemisférica, tal y como lo evidencian diversos mandatos de la OEA, especialmente a partir de la famosa Resolución 1080 de 1991 y de la Cumbre de Las Américas de 1994 (Perina 1996:203).

De acuerdo a lo anterior, cuando en el presente trabajo hablamos del impacto de la globalización en la cultura democrática venezolana, no sólo nos estamos refiriendo a los efectos generales del complejo de interconexiones e interrrelaciones sociales, políticas, económicas, culturales que se dan en el ámbito global sobre el tejido cultural de nuestra sociedad venezolana, sino especialmente a los efectos específicos que tendencias como la democratización política y la liberalización económica han tenido sobre el cambio de nuestros valores, creencias y actitudes democráticas dominantes. En suma, la globalización ha afectado a la cultura democrática del venezolano porque tanto el Estado venezolano como ciertos sectores empresariales y de la opinión pública se han tratado de adaptar a ella adoptando y/o apoyando políticas y reformas tendientes a la liberalización de la economía y de la democracia.

En cuanto al término de cultura democrática, por ella se entiende el conjunto de valores, creencias y actitudes, tanto políticas como económicas, de carácter fundamental y básico, predominantes entre los miembros de una nación o sociedad en la que se desarrolla un sistema de gobierno determinado (Fundación Pensamiento y Acción et al. 1996:9-10) El concepto de cultura democrática también hace referencia a las inclinaciones, predisposiciones u orientaciones que facilitan y promueven el desarrollo y consolidación de sociedades democráticas. Pero no se trata tan sólo de opiniones, percepciones o de evaluaciones sobre la democracia, sino de orientaciones de las cuales derivan formas de comportamiento, conductas y acciones de carácter más permanente hacia la sociedad y acerca de los deberes y derechos de cada persona dentro de ella. De allí que la cultura democrática sea, entonces, uno de los componentes esenciales para el desarrollo y consolidación de la vida democrática.

Una cultura democrática puede tener diversidad de contenidos y matices según la sociedad en que se desarrolle, sin embargo existen ciertos valores y actitudes político-económicos que la distinguen: la justicia, la igualdad y la libertad constituyen los valores fundamentales a cuya realización se orienta la vida democrática; mientras que la participación, el pluralismo y la responsabilidad representan las actitudes más esenciales dentro de una cultura democrática. Los valores son principios generales y abstractos que expresan un estado de cosas deseable y deseado, no siempre realizado, a la vez que sirven como guías para la acción. Las actitudes son la expresión de esos valores en orientaciones a la acción, por tanto son imprescindibles para activar cursos de acción, conductas y comportamientos. Estos valores y actitudes básicos se encuentran conectados entre sí, conformando una estructura de interrelaciones que vincula esos valores, actitudes y creencias en un todo más o menos coherente. Además, es importante señalar que una cultura democrática constituye un proceso permanente y dinámico de toda la sociedad de un Estado-nación, sea grande o pequeña, tradicional o moderna; aunque dentro de este proceso continuo se pueden distinguir determinados momentos, etapas o períodos sobre los cuales se va conformando lo que podríamos llamar "la historia de una cultura democrática particular" (Fundación Pensamiento y Acción et al. 1997:14).

III. Naturaleza y características de la cultura democrática del venezolano

Siguiendo los planteamientos del autor Michael Oakeshott (1993), podríamos decir que en Venezuela, así como en América Latina en general, ha prevalecido –al menos desde la década de los años 30 del presente siglo- una cultura basada en una visión colectivista y redistributiva que privilegia los elementos valorativos de "solidaridad" e "igualdad" que tiende a liberar al individuo de la necesidad de elegir y competir, y lo lleva a acogerse a la protección de otra voluntad. Se trata de una concepción que contrasta abiertamente con aquella derivada de la tradición anglosajona, la cual ha contribuido a desarrollar una cultura de tipo más individualista, que se centra en el valor de "libertad" y que propicia en los individuos una conducta de mayor responsabilidad y participación ciudadana, disponiéndolos a tomar decisiones y realizar escogencias por sí mismos.

Y ciertamente, los estudios realizados hasta el momento en latinoamérica aunque no son muy específicos en cuanto a los valores culturales propios de cada país, muestran un perfil cultural bastante común, cuyas características psico-sociales son las siguientes, según el especialista venezolano Alfredo Keller (1991:113):

"1) presencia de un fuerte locus externo de control, es decir, de una tendencia generalizada a percibir el entorno como algo que cambia sin que se le pueda controlar, razón sobre la cual se ha nutrido el fenómeno del paternalismo de Estado y, por derivación, de una fuerte relación de dependencia del ciudadano hacia las estructuras sociales dominantes.

2) Bajos niveles de confianza en las instituciones dado el carácter paternalista e instrumental de las relaciones del individuo con la sociedad.

3) Fuerte personalidad autoritaria que refuerza o magnifica la necesidad de sociedades dominadas por superestructuras poderosas, referidas a la concepción del Estado y a las demandas de un orden previsible.

4) Doble racionalidad entre el discurso y los hechos que pone de relieve la conflictividad entre las costumbres y las normas que explica, en buena medida, las dificultades para asumir compromisos colectivos bajo marcos jurídicos comunes.

5) Cierta sobrevaloración del "yo" dentro de una cultura mágico-religiosa destinista e igualitaria que, en conjunción con la externalidad del control, deriva en actitudes que privilegian relaciones basadas en la solidaridad sobre las relaciones de productividad y que llevan, por ejemplo, a considerar la competencia como una cosa indeseable.

6) Dominio de lo emocional sobre lo racional, y permanente conflicto entre la esfera de intereses volitivos y los normativos, por la preeminencia de aquellos sobre éstos.

7) Bajo nivel de información y superficialidad en los niveles cognitivos.

8) Finalmente, un cuerpo hiperbólico y acrítico de creencias sobre el entorno, reflejo de los bajos índices de conocimiento e información".

Estas características psicosociales que conforman una base cultural cuyos orígenes deben buscarse en nuestras herencias y tradiciones políticas, económicas, sociales, religiosas y ético-morales propias de cada nación latinoamericana -pero que en general nos identifican como sociedades de fuertes tendencias autoritarias, dependientes y clientelares se nutren, a su vez, de un cuerpo de creencias sumamente arraigado que refuerza la necesidad de un Estado todopoderoso y redistribuidor, a la par que desalienta las iniciativas personales y competitivas. Todo ello explica, en gran parte, el desarrollo en América Latina –y en Venezuela en particular- de sistemas políticos acentuadamente presidencialistas, centralistas, populistas y partidistas, de modelos económicos de naturaleza rentista y de intervencionismo de Estado, y de sistemas sociales poco estructurados, con niveles bajos de asociación, organización, participación y pluralismo. Este es el caso, precisamente, de la democracia que se instaura en Venezuela a partir de 1958, cuyas bases sociopolíticas básicas se establecieron en el llamado "trienio de 1945-1948" y que, según el historiador Germán Carrera Damas (1993:21) es la que más se ha acercado al ideal republicano y democrático buscado desde la época de la independencia.

Y es a este perfil cultural que también se deben –como veremos más adelante- las resistencias a los cambios por una economía abierta y una democracia apegada realmente al Estado de Derecho, más participativa y moderna, que se han producido en prácticamente todas nuestras sociedades latinoamericanas. De hecho, las inevitables reformas económicas y políticas producto de la globalización mundial en sus aspectos de liberalización y democratización introducidas en la mayoría de los países de la región a partir de finales de la década de los ochenta, fueron al menos en un principio rechazadas por sus respectivas poblaciones (como ha sido el caso venezolano en 1989 y 1993) y posteriormente aceptadas pero bajo un contexto de autoritarismo abierto (caso chileno con Pinochet) o de autoritarismo velado al estilo civil (siendo el caso del régimen Fujimorista en Perú el más destacado).

Para entender cabalmente la naturaleza de la cultura democrática venezolana se hace necesario explicar, aunque sea muy brevemente, el modelo o proyecto democrático que nace en 1958 y que entra en crisis a partir de la "década perdida" de los 80, ya que ambos están íntimamente vinculados. Este modelo de democracia se caracterizó en el ámbito político por ser un sistema altamente partidista en virtud de que los principales partidos políticos del status (Acción Democrática y Copei) monopolizaban el proceso político, jugaban el rol tanto de mediadores principales, y casi únicos, entre el Estado y la Sociedad Civil como de canales de agregación y articulación de intereses societales. Se trataba a su vez de una democracia pactada y populista porque funcionaba sobre la base de un esquema complejo de negociación y acomodación de intereses acordado por las elites políticas y sociales del país, y porque se basó en el reconocimiento de la existencia de una pluralidad de intereses sociales, económicos y políticos, así como en la necesidad de su incorporación en el nuevo sistema. El sistema político era de carácter populista, además, porque su ideal giraba en torno a un gobierno que respondiera en grado máximo a los deseos y preferencias efectivas de la mayoría de los electores, aun cuando este populismo estuvo signado por fuertes rasgos demagógicos y clientelares (Rey 1989:249-323). En el ámbito económico, el sistema democrático del 58 se basó en un modelo de desarrollo capitalista de Estado dado que ese Estado jugaba un papel central en la estructuración de las principales coordenadas de la nación al fungir como propietario de la fuente principal de recursos (el petróleo) y como agente de distribución de la riqueza nacional. De allí que la renta petrolera haya sido el factor dinamizador de la economía, mientras que el sector privado cumplía un papel secundario. Este modelo estatista fue orientado a la diversificación del aparato productivo nacional de manera de sustituir productos importados por el establecimiento de industrias productoras o ensambladoras de bienes terminados (modelo cepalista de sustitución de importaciones), proceso también financiado por la renta petrolera. Por último, en vista de las características político-económicas señaladas, el sistema social venezolano manifestó un carácter de extrema dependencia del Estado y los partidos políticos. La creación por parte del Estado de una extensa y compleja red asistencial que se ejercía y funcionaba esencialmente a través de los partidos políticos, produjo una sociedad civil débil, basada en pocas organizaciones no partidistas y con un nivel precario de institucionalización, asociación y participación.

Ahora bien, precisa señalar que dentro de este proyecto específico de democracia se garantizaron formalmente los valores fundamentales de una cultura democrática moderna al estilo occidental. La libertad, la igualdad y la justicia quedaron consagrados en la Constitución de 1961. Después de diez años de dictadura, la libertad se convirtió en el valor fundamental, especialmente en la esfera de los derechos individuales, sociales y políticos; sin embargo, la libertad económica estuvo constreñida por muchos años en virtud de las facultades y funciones desproporcionadas que se le dio al Estado en materia económica. La libertad de expresión, el derecho de libertad política y el derecho al voto fueron los valores más desarrollados. La igualdad fue especialmente atendida en el ámbito social, no obstante siempre asociada más a la búsqueda de la igualdad de recursos (con un marcado sesgo redistributivo y colectivista) que a la igualdad de oportunidades. La sistematicidad de la distribución por parte del Estado, aunque no fue necesariamente equitativa, (y en consecuencia sin que ello haya significado una sociedad más igualitaria) permitió un mayor bienestar colectivo. La justicia, aun cuando fue proclamada como el gran ideal democrático, fue en la práctica el valor menos atendido e inculcado. De hecho, la igualdad para acceder oportuna y eficazmente a la solución jurídica de conflictos fue poco asegurada por un sistema de administración de justicia que perdió aceleradamente independencia, autonomía y eficacia (Romero 1997a).

En este modelo democrático también se garantizó y desarrolló el pluralismo no sólo entendido en términos estrictamente políticos (existencia de una sociedad conformada por diversos grupos políticos y centros de poder) sino como actitud cívica respecto a la diversidad de ideas y posiciones, de tolerancia, moderación y diálogo para el manejo de las diferencias, divergencias y antagonismos. La actitud participativa se dio principalmente en el ámbito político dando lugar a niveles altísimos de participación partidista y electoral. Pero la participación económica y cívica fue precaria porque se llevó a cabo casi en forma exclusiva por intermedio de los partidos políticos, y en consecuencia fue poco activa y efectiva. La actitud de responsabilidad ciudadana y de rendición de cuentas entre el Estado y la sociedad fueron, sin embargo, prácticamente inexistentes.

Pero con todas sus debilidades y diferencias con respecto al ideal democrático occidental, entre 1958 y 1989 (aunque lógicamente estas fechas son imprecisas) prevaleció en Venezuela una cultura democrática y en estrecha correspondencia con la evolución del sistema político y el modelo socioeconómico aquí esbozado. Una cultura en donde los rasgos populistas, estatistas, nacionalistas, centralistas, rentista fueron los predominantes, pero en la que también se desarrollaron los valores y actitudes de libertad, pluralismo, competencia e individualismo. Esta cultura fue sólida en el sentido que existía un gran apoyo y confianza hacia el ideal de la democracia y su sistema por parte de la mayoría de la población venezolana, a pesar de la oposición y critica a determinados gobiernos o formas de gobernar (Torres 1990). Sin duda, este basamento cultural fue un factor de suma importancia en el proceso de estabilidad, consolidación, legitimidad, alternabilidad y gobernabilidad democrática del Estado-nación venezolano, y un paso de avance significativo con relación a la cultura política prevaleciente durante los períodos autoritarios del siglo XX.

IV. Crisis de la cultura democrática y el impacto de la globalización

No obstante, durante la década de los 80 y en particular en la década de los 90, esta cultura democrática ha empezado un proceso de resquebrajamiento y cambio. Su crisis y deterioro se puede deducir y palpar más nítidamente de las opiniones que la mayoría de la población venezolana viene manifestando con relación a la democracia como sistema, hacia sus instituciones fundamentales, sus procesos y actores; así como en las actitudes y creencias políticas y económicas que expresa, las cuales también han sido detectadas y seguidas en múltiples estudios cualitativos y sondeos de opinión pública (Fundación Pensamiento y Acción et al. 1996; Zapata 1996). De ellos sabemos, por ejemplo, que la mayoría de la población venezolana manifiesta que la democracia es, sin lugar a dudas, el sistema de gobierno preferible pero que en algunas circunstancias un gobierno no democrático podría ser aceptado. Para el año de 1990, una minoría (5.2%) de la población manifestaba estar "muy contenta" con la democracia; alrededor del 66.2% indicaba que estaba "más o menos contenta"; y algo más de una cuarta parte (28.6%) expresaba que el sistema debería ser sustituido. Y al preguntársele por cuál sistema debería ser sustituido un 37% decía que por una dictadura, un 30.8% por una mejor democracia y un 23.6% por un modelo socialista) (DataAnalysis 1990). Aunque la oposición al sistema democrático no era mayoría, abarcaba en 1990 a un sector bastante apreciable de la población. Con estas cifras en mente, no debe sorprendemos que los intentos de golpes de Estado acontecidos en 1992 hayan tenido más eco y apoyo del esperado por parte de los venezolanos. Para 1996, el nivel de satisfacción con la democracia ya era francamente escaso (24%) en contraste con los niveles de insatisfacción (75%); y esta insatisfacción venía dada porque los aspectos negativos que se ven y sufren en esta democracia (corrupción, falta de justicia, desorden, delincuencia, falta de seguridad personal, pobreza, inflación, desempleo) son más y mayores que los positivos, referidos casi exclusivamente a la libertad de expresión y de votación (Consultores 21 1996). Con estas cifras, que sin duda han aumentado en 1997 y 1998, tampoco nos debe asombrar que en la actualidad el 82,8% de los venezolanos quiera cambios radicales en el sistema democrático, que un 53% los quiera a través de una Asamblea Constituyente (es decir, eliminando el Congreso Nacional) y que un 47% de la población venezolana se encuentre dispuesta a votar por el exmilitar golpista Hugo Chávez (Datanálisis-El Universal 1998). Los estudios también demuestran actitudes de muy poca participación política y electoral (de hecho los niveles de abstención electoral han crecido exponencialmente en las elecciones presidenciales y regionales que se han dado a partir de 1988); de rechazo y desconfianza hacia las instituciones fundamentales de la democracia tales como los partidos políticos tradicionales (que hoy congregan un 60% de rechazo en promedio), el congreso, el ejecutivo y el poder judicial; así como actitudes de confusión, apatía y anomia colectiva.

En suma, los venezolanos de hoy desean una democracia distinta que les proporcione orden y bienestar. Si ese cambio democrático no se da, están dispuestos a aceptar, al menos circunstancialmente, un régimen no democrático. Pero dentro de este deseo de cambio no se observa una inclinación clara por una democracia de economía abierta y menos estatista o dependiente de la renta petrolera. La mayoría de la población continúa pensando que el bienestar depende del Estado, que el petróleo nos beneficia a todos los venezolanos y que si bien es necesario reducir el tamaño del Estado, éste no debe dejar los controles y subsidios. La mayoría espera acción gubernamental más que incentivo a la sociedad para que asuma la propiedad de las empresas (Datanálisis-El Universal 1998). No obstante, en comparación con años anteriores, una buena parte de la población empieza a considerar la importancia y funcionalidad de la empresa privada, de las privatizaciones, de la inversión extranjera y del valor de la competencia.

Estos hallazgos acerca de los valores, actitudes y creencias del venezolano actual ponen en evidencia valoraciones y patrones de conducta mixtos y contradictorios, en los que resaltan tanto los aspectos modernizadores (democracia liberal) como especialmente los aspectos tradicionales (democracia populista y estatista). Todo este perfil cultural confirma, a mi modo de ver, que la cultura democrática se encuentra en proceso de crisis, de acentuada transición sea hacia una reconstrucción o hacia una deconstrucción democrática. Es difícil precisar cuál de los dos caminos se terminará adoptando ya que ni siquiera está claro aún si la evolución sistémica de la democracia terminará por mantener una continuación de la democracia populista o imponer un modelo de democracia moderna al estilo liberal o una dictadura abierta o velada de autoritarismo-civil (Romero 1995:158-172).

Ahora bien, este resquebrajamiento y cambio contradictorio de la cultura democrática del venezolano está estrechamente ligados a la crisis estructural del sistema democrático en general. No es el propósito de este trabajo adentrarme en el análisis de esta causa tan importante de la crisis cultural. Basta señalar, en líneas generales, que este modelo de democracia partidista, populista y pactada fue agotándose en la medida que entraba en crisis el modelo de desarrollo económico de carácter rentista y estatista, y en la medida que colapsaba el esquema clientelar adoptado por los partidos políticos como mecanismo de intermediación entre el Estado y la sociedad, al ir creando un estado de frustración con relación a las expectativas que se tenían en torno a la eficiencia del sistema mismo. Como bien lo ha explicado Juan Carlos Rey (1991:565-66) dicho modelo dependió de la presencia y adecuación de tres factores fundamentales: la abundancia de recursos económicos provenientes de la renta petrolera, con los que el Estado pudo satisfacer las demandas de grupos y sectores heterogéneos; un nivel relativamente bajo y de relativa simplicidad de tales demandas que permitía su satisfacción con los recursos disponibles; y la capacidad de las organizaciones (partidos y grupos de presión) y de su liderazgo para agregar, canalizar y representar esas demandas, asegurando la confianza de los representados. Pero al producirse un cambio negativo en estas tres variables –lo cual sucedió durante la década de los años 80 y muy especialmente a partir de 1989- el deterioro y la crisis del modelo se hicieron presentes.

Pero la crisis sistémica y cultural de la democracia también se deben a factores externos. Y aquí es que entra en juego el proceso de globalización. Se podría decir que la globalización entra en Venezuela y que Venezuela mira hacia el nuevo orden global, a partir del año de 1989 cuando el entonces recién instaurado II gobierno del socialdemócrata Carlos Andrés Pérez del partido Acción Democrática toma la decisión de implementar un programa radical de ajuste y reestructuración – mejor conocido como "El Gran Viraje"- destinado básicamente a transformar la economía pero que fue acompañado de reformas para transformar el Estado y modernizar el sistema político. Cabe recordar que este programa se basaba en tres propósitos fundamentales:

Restablecer los equilibrios macroeconómicos que permitieran al país normalizar su relación con el mercado financiero internacional y renegociar la deuda externa venezolana.

Reorientar, en el mediano y largo plazo, a la economía nacional haciéndola más competitiva internacionalmente y más productiva internamente, mediante una nueva estrategia de desarrollo basada en la promoción del crecimiento hacia afuera.

Reorganizar al Estado y sus instituciones hacia una democracia más descentralizada, desburocratizada y menos partidista y populista (Serbin 1992:9-12).

Este programa incluyó la implementación de medidas tendientes a la reducción del gasto público, a la eliminación de los subsidios directos e indirectos del Estado, al aumento del precio de la gasolina y de los servicios, a la desregulación, a la privatización, a la reconversión y a la reducción de los derechos de aduana con el propósito de reducir el déficit fiscal, liberalizar los intercambios y las tasas de interés, controlar los precios y abrir la economía al comercio y a la competencia internacional. A nivel político, se tomaron medidas dirigidas a descentralizar el poder político y administrativo del Estado, a mejorar la administración de justicia, a modernizar el congreso nacional y el sistema electoral venezolano, entre otras. Y en el campo de la política exterior de Venezuela, se comenzó a desplegar una agresiva diplomacia orientada a incrementar las exportaciones tanto tradicionales como no tradicionales, y a vincularse con espacios económicos ampliados; se trató de una política internacional que apoyaba los objetivos de apertura económica y a la democratización regional dentro del contexto de la defensa de los principios de libre mercado, integración latinoamericana, cooperación y solidaridad democrática internacional. De modo tal que este programa significó un viraje fundamental en la economía y en la política del país, un cambio hacia una democracia más moderna, liberal y participativa.

Es importante destacar que este programa del "Gran Viraje" estuvo enmarcado –y por tanto influenciado- en un entorno regional en el que prevalecía la onda de la liberalización y la de democratización, ambas impulsadas fuertemente por el gobierno de los Estados Unidos y por organismos internacionales como la OEA y el FMI. Esto significa que el "Gran Viraje" si bien fue producto de un sistema nacional económico y político en crisis, fue también fuertemente condicionado por las tendencias reformistas que se daban en el ámbito internacional (Horowitz 1995).

No obstante, como se apuntó con anterioridad, este "paquete" de reformas (en particular las económicas) acarreó una serie de consecuencias político-sociales significativas. La primera de ellas se dio a tan sólo un mes de haberse instalado la nueva presidencia de Carlos A. Pérez y el mismo día en que su equipo de gobierno entregaba una carta de intención al Fondo Monetario Internacional. Ciertamente, el llamado "Caracazo" (estallido popular) acontecido en el mes de febrero de 1989 se constituyó en un símbolo del "sacudón" o "shock" mental y práctico que produjeron las medidas de reforma en el sistema económico y en el sistema populista de conciliación. A la implementación del "Gran Viraje" también se deben, en gran parte (o al menos como efecto disparador) las intentonas golpistas de febrero y noviembre de 1992; así como la salida del Presidente Pérez del gobierno provocada por el Congreso Nacional en mayo de 1993 y el triunfo en diciembre de 1993 del actual Presidente Caldera quien en su campaña electoral prometió acabar con el "neoliberalismo" y las "recetas" impuestas por el FMI, y las políticas de globalización alentadas por las transnacionales y los gobiernos de los países industrializados.

Por otra parte, a la onda de democratización que incluyó no sólo reformas políticas importantes sino la imitación de patrones de conducta política mundiales, también se debieron fenómenos tales como: 1) los de las rupturas del esquema bipartidista y del pacto institucional tradicionalmente existentes entre los partidos AD y Copei, lo cual ha generado (particularmente desde las elecciones de 1993) un sistema partidista fragmentado y atomizado, así como una falta de entendimiento y consenso en torno a unas reglas de juego políticas básicas entre los actores fundamentales del sistema; 2) las relaciones conflictivas entre los tres poderes del Estado, entre el gobierno y los diferentes sectores nacionales, y entre estos sectores entre sí, lo cual a su vez ha traído como consecuencia un resquebrajamiento de la intermediación real entre el Estado y la sociedad civil venezolana, así como el reforzamiento de los rasgos autoritarios, presidencialistas y centralistas del estado democrático; 3) la pérdida acelerada de confianza hacia los políticos y partidos tradicionales, la desconfianza respecto a la acción gubernamental en general y escasos niveles de participación electoral, lo cual ha producido actitudes ciudadanas que favorecen posturas autoritarias, nacionalistas y anti-partidistas las cuales son evidentes en la actual campaña electoral venezolana.

Todo lo anterior explica y evidencia, en mi opinión, la crisis de la cultura democrática prevaleciente desde 1958 , aunque todavía se da la preeminencia de valores y patrones de conducta propios de una democracia estatista y populista, a los cuales ya hemos hecho referencia. Sin embargo, como ya comentamos, las reformas de liberalización y democratización también han generado un cambio de valores y actitudes hacia la modernización democrática, al menos en las elites y la mayoría de la clase media venezolana. Si no fuera así, no se entendiera el nuevo viraje que tomó el actual gobierno de Rafael Caldera en el mes de abril de 1996, asumiendo un nuevo "paquete" de reformas políticas y económicas fundamentalmente a instancias de la opinión pública nacional. Tampoco se entendiera que con toda la radicalización que existe hoy en día en la política venezolana, todavía un 50% aproximadamente de la población esté dispuesta a votar por fórmulas electorales que ofrecen un proyecto democrático cónsono con las nuevas realidades mundiales.

V. A manera de conclusión

Con el presente trabajo he querido reflexionar y poner de manifiesto el impacto contradictorio, parodójico que tiene la globalización, tomando el caso específico de Venezuela. Espero haberlo logrado, aunque el tema, como la globalización misma, es difícil y confuso. La globalización, como sus hijas la democratización y la liberalización, tienen costos y beneficios. Hemos visto cómo si bien la idea y la práctica de la democracia liberal han empezado a valorarse en este Estado-Nación latinoamericano, sobre todo en las elites, también ha provocado reacciones adversas en la mayoría de la población y la agudización de la crisis democrática que estamos padeciendo desde hace ya más de una década, tanto en el ámbito sistémico y estructural como a nivel cultural. El surgimiento del anti-partidismo, el desprestigio de las instituciones fundamentales de la democracia, la anomia colectiva hacia la política, la persistencia del populismo y el estatismo, y las manifestaciones autoritarias en el pensamiento y la práctica democráticas; pero a la vez la tendencia a instrumentar reformas institucionales y de política pública más modernizadoras, son muestras de ello. De tal forma, podríamos decir que lo que está ocurriendo en Venezuela es parte de la ambigüedad política y cultural global. El caso de Venezuela no es único. La globalización ha tenido este impacto en casi todos los países del mundo incluso en aquellos de larga trayectoria de democracia liberal –como Estados Unidos, por ejemplo- donde también se registran ciertos efectos ambivalentes y paradójicos. Democratización y liberalización continúan dando la pauta en las políticas gubernamentales y económico-empresariales, pero simultáneamente se cuestiona al Estado democrático tradicional, se critica su funcionamiento y surgen prácticas, valores, actitudes y modos de actuación anti-democráticos.

Como a todos los países, la globalización le continuará planteando retos y desafíos a Venezuela, continuará influyendo en la mentalidad de los venezolanos y les seguirá exigiendo cambios hacia una mayor liberalización económica y democratización política tanto a sus gobernantes como a sus gobernados. La inserción de nuestra sociedad y de nuestra cultura a las tendencias y patrones mundiales no se parará, es inevitable. No creo que en Venezuela, como en ningún país perteneciente al llamado Tercer Mundo, se logre alcanzar totalmente un sistema y un perfil cultural propio de una democracia liberal al estilo anglosajón. Creerlo así constituye un espejismo, una vana ilusión. Las especificidades ideosincráticas, el carácter de sociedades mestizas y multiculturales, así como los imperativos de nuestra historia hispanoamericana, podrán en la práctica límites -como siempre ha sucedido- a los modelos políticos y económicos foráneos que se han querido adoptar. Esto es claro. Sin embargo, sí creo que la modernización de nuestra democracia y el acoplamiento (guardando sus peculiaridades) hacia el actual ideal democrático occidental, es un proceso irreversible que más temprano que tarde se impondrá en la mayoría de la población. La actual crisis del sistema democrático venezolano y de su cultura subyacente demuestran, paradójicamente, que las transformaciones modernizadoras se están dando a pesar de todas las resistencias culturales y los costos políticos y sociales que esas reformas conllevan. Puede que en Venezuela llegue a darse un estancamiento o incluso un retroceso en cuanto a su régimen político dadas las circunstancias y las contradicciones imperantes a nivel político, económico y social en la actualidad. Pero, como sucedió con el actual administración venezolana, pronto se retomará la senda que impone la globalización política, económica, cultural, tecnológica, comunicacional. Aún más si tomamos en cuenta que Venezuela es un país con una identidad y una trayectoria democráticas significativas.

En todo caso, para un cambio cultural más coherente y rápido hacia una democracia más participativa, abierta y moderna, se hace necesario un liderazgo político que articule las ideas y mensajes de ese cambio, y que ponga en práctica un adecuado programa educativo tendiente a la transformación y consolidación de valores y actitudes cívicas, a través de los agentes de socialización más importantes: los medios de comunicación, la escuela básica, secundaria y universitaria, y la familia. Sin una transformación profunda del marco motivacional y valorativo de la sociedad, será muy difícil lograr una real adaptación al pensamiento globalizador, y a las reformas de liberalización y democratización.

Periodista y Politóloga
Profesora en la Escuela de Estudios Internacionales UCV
Coordinadora General de la Fundación Pensamiento y Acción
Directora de Venezuela Analítica Mensual

E-mail: mtromero@etheron.net, mteresa@analitica.com

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