Living la vida loca
Cuentan que había una vez un pozo cuyas aguas volvían locas a las
personas que las bebían. El rey, varón prudente, prohibió la ingestión
de aquel líquido, pero la gente encontraba más fácil tomar agua de esa
fuente, pues se encontraba en lugar de fácil acceso. Poco a poco toda la
población se las arregló para burlar la prohibición y al final solo
quedaban cuerdos el rey y su primer ministro. A poco este sucumbió a la
tentación y terminó orate también. Entonces el rey, solitario en su
sano juicio, ahora anormal, tomó una decisión extrema y tal vez sensata
en medio del absurdo: apurar un vaso de aquel fluido alucinante.
Entre las conjeturables moralejas de esta historia sugerimos la de que
también los países pueden volverse locos. Alemania sufrió de paranoia
durante el Tercer Reich; Colombia sufre de esquizofrenia; tal vez
Venezuela sufre desde hace décadas de algo que podríamos asociar con la
sicosis maníaco-depresiva, actualmente en su fase de ilusión eufórica.
El maníaco-depresivo pasa por prolongados períodos de melancolía y apatía
extremas, seguidos por breves fases de exaltación igualmente desmedida.
Los acontecimientos ocurridos en Venezuela a partir de la última
semana de agosto merecen lugar prominente en una enciclopedia de
disparates. Veamos los más prominentes.
Una Asamblea
Constituyente cuya conformación mayoritaria es obra y gracia de la
imagen y carisma del presidente Chávez,
y que se toma más en serio de lo necesario, proclamándose como la
sumatoria de todos los poderes, menos, por ahora, el Ejecutivo. Tiene todo
en sus manos y quiere más. ¿Qué daño podía hacerle un Congreso que no
podía legislar y del que casi nadie se acordaba? Y tal vez no nos hubiéramos
acordado de él si la ANC no lo hubiera destacado tanto. Lo llaman tumbar
puertas abiertas. Se necesita estar loco.
Una oposición que despierta tardíamente y descubre que es necesario
salir a la calle a defender su legitimidad y razón de existir, pero no lo
hace convenciendo de sus bondades y de los peligros que atribuye al nuevo
régimen, sino que toma la vía pública como fuerza de choque que se
enfrenta a otras del oficialismo. Lo hace obstaculizando incluso los
fondos necesarios para atender la emergencia nacional provocada por las
inundaciones, con lo que no castiga precisamente al gobierno, sino a los
miles de ciudadanos que están literalmente con el agua al cuello. Se
necesita estar loco.
Pudimos ver así patéticas escaramuzas entre turbas enloquecidas,
observadas con desidia por la población, tan cuerda que no participó en
el dislate, y transmitidas al mundo en crudas imágenes de un país que
parece haber olvidado la civilidad que en momentos no lejanos nos ha
enorgullecido.
El Presidente a todas estas parece olvidar que es algo más que el jefe
de una secta política y que su principal responsabilidad es frente a la
totalidad de los venezolanos. Por algo es el Jefe del Estado. Su función
debe ser la de permitir que el cambio ocurra sin deslegitimarlo y no
seguir pensando que la legitimidad está solo en los votos de diciembre y
de julio. La opinión pública es por definición movediza y si los
cambios no son producidos por un consenso profundo y no meramente emotivo
de los venezolanos, bien podrá ocurrir mañana una deslegitimación de lo
aprobado por esta ANC, por otra que responda a climas emocionales
diferentes, en una fase subsiguiente de desvarío depresivo, por ejemplo.
El presidente Chávez tiene una oportunidad de oro de lograr cambios
profundos en el país, siempre y cuando logre sobreponerse a los exaltados
que desean guerra en vez de paz y progreso. La oposición tiene
exactamente la misma oportunidad. ¿No es deber de los venezolanos de esta
hora, siguiendo el ejemplo de la Iglesia, brindar a gobierno y oposición
una copa de cordura?