La nueva estrategia de promoción de la
democracia bolivariana
Al menos desde principios del pasado mes de septiembre, con su visita a
Brasil, el presidente Chávez ha iniciado lo que él mismo ha denominado "una
ofensiva internacional de la revolución bolivariana". Tal ofensiva continuó en
Estados Unidos y en Alemania y proseguirá en Asia (Japón, Corea del Sur, Malaisia,
Singapur y Filipinas) durante este mes de octubre.
Podríamos decir que se trata de una clara estrategia de defensa y
promoción del régimen político recién instaurado en Venezuela, que busca dos objetivos
prioritarios: primero, lograr inversiones a objeto de reactivar nuestra economía;
segundo, disuadir los temores, dudas e incertidumbres que en torno a este nuevo gobierno
se ha creado en la opinión pública internacional, la mayoría de las veces provocadas
por el propio mandatario venezolano.
Estos propósitos se hicieron evidentes en el reciente viaje del
presidente Chávez a USA, donde se dirigió a más de 200 empresarios y representantes de
ese gobierno utilizando una retórica bastante moderada, por cierto. De tal forma,
después de pasar por Nueva York y aclarar a la ONU y a Clinton que su gobierno no era
autoritario, así como prometer que no dejaría nunca la senda democrática, nuestro Jefe
de Estado bajó a Washington y ante la Cámara de Comercio, el BID, el Banco Mundial y el
Diálogo Interamericano, entre otras importantes organizaciones, no sólo defendió las
bondades de la V República sino imploró ayuda para un país cuya actual situación
económica es similar a aquella por la que USA pasó después de la Gran Depresión.
Esta estrategia no es nueva y por supuesto es -al menos en teoría-
altamente positiva. La mayoria, sino todas las administraciones "puntofijistas",
han sido activas en el exterior (¿recuerdan la diplomacia viajera de Carlos Andrés
Pérez?), han estado a la caza de inversiones y "dinero fresco" (¿recuerdan los
periplos asiáticos de Jaime Lusinchi?), y han luchado por la consolidación del sistema
político venezolano (¿recuerdan la Doctrina Betancourt durante los dos primeros años de
la "revolución democrática" adeca?), obteniendo en algunas oportunidades
bastante éxito. De hecho, la llamada defensa y promoción de la democracia
representativa, la cual se constituyó en una línea de acción fundamental de la
política exterior venezolana durante los últimos 40 años de nuestra historia, ha sido
ejemplo a seguir en la OEA y en muchos gobiernos de la región.
Ahora bien, el meollo del asunto está en que dicha estrategia se traduzca
en hechos concretos, que dé frutos a corto plazo, porque ciertamente esta vez -como dijo
el presidente Chávez- estamos en una peligrosa situación de emergencia nacional. Pero al
menos por ahora, esa concreción no acaba de llegar. A pesar de la comprensible euforia
gubernamental tras unos viajes en los cuales nuestro carismático presidente deslumbró a
más de uno, la mayoría de los empresarios y funcionarios gubernamentales extranjeros han
decidido continuar esperando hasta tanto se apruebe la nueva Constitución venezolana,
tanto para invertir como para creer y reconocer verdaderamente (más allá de la mera
formalidad) este nuevo ensayo de revolución democrática.
Nuestro Presidente y su equipo de gobierno deben tratar en lo posible de
garantizar que su estrategia se concrete. Y para ello necesitan algo más que palabras
moderadas y tranquilizadoras. Porque cuentan que en Washington, a la salida de la reunión
celebrada en la Cámara de Comercio estadounidense, los asistentes asediaban a los
ministros que acompañaban al Presidente Chávez preguntando con afán: ¿y el plan
económico?, ¿y los detalles del proyecto democrático?...
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