El Juicio político del siglo

Carlos Ball

MIAMI (AIPE).- Mi admiración por los próceres y padres fundadores de
Estados Unidos crece a través del tiempo. Entre ellos se destaca James
Madison, redactor de la Declaración de Derechos, las primeras diez
enmiendas de la Constitución. Fue Madison quien en la Carta Federalista #57
escribió: "El propósito de toda constitución política es, o debiera ser,
primero que todo lograr como gobernantes a hombres que posean la más
penetrante sabiduría y la mayor virtud en alcanzar el bien común de la
sociedad; y, seguidamente, que tome las más efectivas precauciones en
mantenerlos íntegros mientras continúen gozando de la confianza pública".
Cuestiones de integridad personal y confianza pública son elementos
importantes en el juicio contra Bill Clinton que se inicia en el Senado,
donde los cien senadores actúan como jurado, bajo la dirección del
presidente de la Corte Suprema. Pero la acusación elevada por la Cámara
Baja contra el presidente es por mentir bajo juramento y por obstruir la
justicia.

La mayoría de mis colegas periodistas se han concentrado en los aspectos
lujuriosos del caso. Después de todo, eso es lo que vende periódicos y
aumenta la teleaudiencia. Al hacer tanto énfasis en los degradantes
detalles sexuales se le ha entregado en bandeja de plata a los defensores
del presidente la excusa de que se trata sólo de un escándalo sexual y,
como tal, es un problema privado de Clinton y su familia.Es curioso que el caso
Mónica Lewinsky no sólo ha cambiado totalmente el discurso feminista en este país,
sino que ahora la izquierda aparece como defensora de la privacidad individual.

Los socialistas y comunitaristas "solidarios" llevan más de un siglo
atacando la tradición individualista de los fundadores de la nación
norteamericana. El filósofo radical de la Universidad de Stanford, Richard
Rorty, critica los derechos  naturales del individuo, alegando que "la
verdad" es lo que la comunidad asevera. Eso respalda la creencia de que no
hay valores permanentes y si las encuestas le dan poca importancia a las
perversidades presidenciales, santo y bueno: olvidémonos de eso y pasemos
la página.

Por otra parte, no hay duda de que los políticos demócratas son más
habilidosos en el manejo de la información y las relaciones públicas que
sus colegas republicanos. Estos últimos se la pasan a la defensiva, como si
fuera un republicano quien ocupa la Casa Blanca.

Pero el apoyo de la prensa y la simpatía de los comentaristas de la
televisión tienen un efecto limitado. Influyen indudablemente en los
resultados de las encuestas, pero no necesariamente en las decisiones del
Congreso. Hace poco muchos de mis colegas aseguraban que no había los votos
en la Cámara de Representantes para encausar al presidente Clinton. Ahora
aseguran que no hay 67 votos en el Senado para condenarlo. Es posible, pero
también se pueden llevar otra sorpresa.

Al día siguiente de que la Cámara de Representantes decidió encausar al
presidente, éste en una fiesta -con su acostumbrada arrogancia- se reía a
carcajadas del asunto. Hasta ahora la Casa Blanca no ha cambiado su actitud
triunfalista, pero una tras otra ha ido perdiendo cada batalla.

El espectáculo es indudablemente vergonzoso y es una verdadera tragedia
mundial que nadie pueda confiar en la palabra del presidente de Estados
Unidos. Ya no es sólo en América Latina donde los peores tienden a llegar a
la cúspide del poder.

Director de la agencia de prensa AIPE y académico asociado de Cato Institute

E-Mail:  Ball.AIPE@worldnet.att.net



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