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| Fabricantes de mentiras Samuel Sotillo Hermoso Una de las más empedernidas constantes de la historia de la economía política, ha sido siempre el conflicto generacional entre escuelas antagónicas. Lo más triste de esta historia de desencuentros ideológicos, ha sido el mal y la desolación que han dejado como estela. Quizá el más triste sea el que se dio como resulta de esa centuria perdida de conflictos entre la escuela marxista-leninista y las diferentes escuelas clásicas y marginales del llamado capitalismo. Los peores años de ese siglo fueron los vividos bajo la terrible amenaza de destrucción masiva que significó la Guerra Fría. Medio siglo se fue en eso; durante los cuales, el mundo entero estuvo dividido entre comunistas y capitalistas; enemigos irreconciliables que sólo podrían dirimir su conflicto con la destrucción mutua o la derrota del contrario. Por suerte, ni lo uno ni lo otro sucedió. Para nosotros, los latinoamericanos, la desgracia mayor de esa lucha insensata fue que, sin ser partícipes directos en la formación de ambas escuelas económico-políticas, fuimos y somos conejillos de indias para ellas. Miles, sino millones, de compatriotas han dado su vida por defender una u otra escuela. Me atrevería a sugerir que por este enfrentamiento estúpido han muerto casi tantas gentes como las que murieron bajo la cruz sangrienta del cristianismo colonizador; pero seguramente exagero. Lo cierto es que son demasiados; injustamente demasiados. ¿Pero, cuál es nuestra insistencia en luchar y morir con el nombre de alguna de esas escuelas en la boca? ¿Cuál es nuestra insistencia en las revoluciones, en las contrarrevoluciones, en el estatismo, en el liberalismo austríaco o en el monetarismo chicagueano? ¿Por qué nos enamoramos tanto con las ideas que un Occidente arrogante nos vende, o un Oriente diverso, silenciosamente nos impone? Recientemente, salió a la luz una obra escrita por tres periodistas latinoamericanos: un cubano, un colombiano y un peruano. Su título, Fabricantes de Miseria, es de por sí bien sugestivo y retador. Y es así, sin duda. Es la continuación de uno primero titulado, Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano. Ambos libros son la resulta del análisis minucioso de la realidad latinoamericana de hoy, desde una perspectiva liberal. Es bueno aclarar desde ya, que las dos obras deberían ser lectura obligada para cualquier persona preocupada en comprender nuestra realidad, desde una perspectiva diferente a la usual. Hago referencia a este libro, justamente porque es el resultado de esa confusión y ese marasmo en que quedó el mundo, una vez que el mayor bastión del comunismo cayera por efecto de su propio peso (es decir, que una de las escuelas beligerantes perdiera su mayor frente). Me atrevería a decir que esta obra es la contribución latinoamericana a la absurda propuesta de que el fracaso de la escuela marxista-leninista es el resultado del triunfo de alguna escuela capitalista en particular (en el caso de nuestros Tres Mosqueteros, la Escuela Liberal Austríaca); o de todo el capitalismo. Esta propuesta ha llegado a posiciones tan desquiciadas como la de sugerir el fin de la historia (sea normativa o no la afirmación), en la cúspide de la democracia liberal. Una vez un grupo de periodistas estuvieron de visita en una prestigiosa universidad inglesa, donde los recibió un muy reconocido físico. Mientras merodeaban por el campus, su anfitrión les iba contando las maravillas que la física había develado desde los tiempos de Copérnico, hasta llegar a la cúspide de la ciencia positivista de finales del siglo XIX. Fue tal la emoción, que en un momento de revelación, se detuvo frente a sus interlocutores y les dijo que, tal y como estaban las cosa, la física había llegado a un punto a partir del cual ya no habría mucho que hacer, muy poco que añadir. Para él, era algo así como el fin de la historia. Esta anécdota sucedió en la víspera de la publicación por Einstein de su Teoría de la Relatividad, la cual derrumbó el edificio que según ese físico ya estaba casi terminado. Lo que se quiere ilustrar con esta anécdota es que, si hay algo que nos ha enseñado la historia de la civilización humana, es que no hay fin de la historia, no hay límite para la perfectibilidad del conocimiento humano, que no hay absolutos. El problema con Fabricantes de Miseria es que, luego de ese análisis genial donde demuestran lo absurdo de tantas mentiras que han guiado la conducta colectiva latinoamericana por décadas bajo la sombra de la escuela marxista-leninista, ahora pretendan cambiárnoslas por otras mentiras, las de la escuela Liberal Austríaca. El Laissez faire es la palabra preferida de nuestros autores. Sus casos de estudio exitosos, los hoy devaluados tigres asiáticos, y el hoy rasgado chile post-pinochetista. No hay duda de que, si hemos de buscar un mejor futuro, no podemos negar ni renegar de nuestra herencia occidental. Nuestra historia, nuestra cultura, nuestras costumbres tienen mucho en común con las del español, las del inglés y hasta las del alemán; como también del griego helénico, del romano imperial o del moro. De los griegos heredamos la palabra democracia; pero también la palabra tirano. De los ingleses aprendimos el parlamentarismo; de los franceses la noción de ciudadanía; de los alemanes la necesidad de justicia y equidad sociales; de los rusos la paciencia y la fraternidad. Como vemos, no hemos estado ni estamos solos en el mundo. Además, vivimos en un mundo íntimamente relacionado, globalizado, donde la inmediatez en las interacciones humanas hace que se nos antoje como una suerte de aldea. Pero, ¿acaso es eso excusa para aceptar sin ningún sentido crítico, las corrientes ideológicas que cada cierto tiempo azotan nuestra de por sí inconstante vida política? Creo que no. Si creemos que en esas escuelas haya ideas que valga la pena adaptar y mejorar en beneficio de nuestros pueblos, ¡excelente! Pero no sigamos promoviendo más mentiras de la forma tan irresponsable como se ha hecho hasta ahora. Tampoco nos dejemos enamorar por la torpe actitud de aquellos que creen que el mundo ha llegado a lo máximo, al alcanzar su propia y muy particular cultura, hasta el punto de dar nuestras vidas por ello. No es el fin de la historia; basta de mentiras. Occidente nos aceptará el día en que deba venir a nosotros para aprender a entender el mundo, y no nosotros a ellos. E-Mail: ssotillo@uc.edu.ve |
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