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| La felicidad nuestra de cada día Alfredo Bryce Echenique Mucha gente cree que hablar de la felicidad es algo sumamente frívolo. Y mucha gente proclama que está totalmente loco aquel que busca la felicidad. O sea, que deben ser muy pocos quienes, como Borges, piensan que tanto la amistad como el amor son misteriosas fases de esta confusión que llamamos vida, mientras que nada hay tan poco enigmático como la felicidad, ya que ésta se justifica por sí sola. En todo caso, la felicidad no es algo superfluo, tampoco un lujo, por la sencilla razón de que se trata de algo necesario para vivir. Lo contrario consiste en la no satisfacción de una necesidad y en la incapacidad de desempeñar una función humana. Vivimos en la medida en que nuestras facultades pueden ser desarrolladas, y en ello consiste nuestra más genuina y primordial libertad, o más bien la única que nos interesa. Todo obstáculo, en este caso, es una fuerza que nos mortifica y nos limita. El sufrimiento es síntoma de una contracción y funciona como si la vida se alejara de nosotros, se ausentara en nosotros, trabando nuestra capacidad física o psíquica de seguir adelante, de seguir viviendo. E incluso cuando se nos niega una sola necesidad vital, la totalidad de nuestro ser se siente amenazado y sufre. En la desnutrición, por ejemplo, no sólo sufre el estómago, que puede llegar incluso a una parcial atrofia: sufren también los demás órganos y tejidos que cesan de recibir el debido alimento. Lejos del país amado, una persona siente la carencia de determinados afectos, incluso de paisajes que pueden ser muy determinados, pero a la larga estas carencias terminan por afectar en su totalidad el estado de ánimo de esa persona. Y cuando se le amputa a alguien un brazo, por ejemplo, puede incluso experimentar la sensación de que es ese brazo el que le duele, pero en realidad el sufrimiento lo experimenta todo el individuo, ya que el resto de su organismo se resiente al advertir la falta de armonía y el desequilibrio que resultan de la carencia de un solo miembro. Por otra parte, desear el bien propio es sencillamente desear que nuestra vida transcurra naturalmente, que sus necesidades y exigencias sean satisfechas hasta alcanzar aquello que muchas veces se toma como pura, simple y vacía retórica 'la plenitud de la vida'. En este sentido, la felicidad no es un complemento de la vida, un 'extra' agradable que 'nos cae del cielo' y que, por consiguiente, es ajeno a nuestra esencia humana y a nuestros fines. La felicidad es la vida en toda su potencialidad, en toda su actualidad, es la vida en su peculiar intensidad y extensión. No es, en todo caso, un paraíso supremo ni imaginario, ni mucho menos un fruto prohibido. En el fondo, no es más que la condición natural 'óptima' de nuestro ser terrenal. No creo que sea un exceso de optimismo hablar de la felicidad de esta manera, presentarla y describirla así. Por el contrario, pienso que todos estamos convencidos de que este 'optimun' no se le concede a nadie de manera estable; lo cual tampoco nos debe inducir a creer, mitológicamente y pesimistamente, que el bien está reservado a otros mundos, que es ajeno a la naturaleza y hasta la repugna. Aquí, en este mundo que habitamos, la felicidad depende de nosotros, de quienes queremos y sabemos ampliarla, hacerla más frecuente. Nada hay de milagroso en ello, nada que no sea completamente natural, ya que hasta lo excepcional puede entrar en la órbita de lo sumamente natural. La salud total del cuerpo, por ejemplo, es algo bastante excepcional; lo es tanto, en realidad, que a un conglomerado de seres enfermos le puede parecer algo realmente extraordinario, poco o nada humano, e incluso culpable. Finalmente, ¿de qué trata, si no, esa obra maestra de la literatura universal que es La montaña mágica, de Thomas Mann? Bien. La felicidad no es más que la satisfacción de nuestros deseos y necesidades, y claro está que éstos varían según la persona de que se trata. Nada hay que objetar, pues, si un ser desea alejarse del mundo, ascetizarse, renunciar a los llamados bienes terrenales. Nada hay que objetar, aclaro, si esa persona encuentra plena satisfacción, placer incluso, en ese renunciamiento. Y muchísimo hay que objetar si a este pobre ser se le impone ese distanciamiento contra su voluntad, porque por ahí alguien se lo describió como un camino seguro hacia la perfección, forzándolo a confiar en la más absurda de las pseudovirtudes. Antes de continuar, creo que es pertinente preguntarse si 'deseo' y 'necesidad' son términos equiparables. Por lo pronto, no toda necesidad se manifiesta mediante un deseo. Sabemos que hay necesidades, incluso existenciales, en determinados individuos, que no afloran, que permanecen en el inconsciente. Por ello, a veces nos parece que la felicidad a la que aspiramos es un bien que ni nosotros mismos logramos definir y que, en todo caso, resulta bastante más difícil de satisfacer que un deseo manifiesto. De hecho, muy a menudo la felicidad es algo que va mucho más allá de la simple satisfacción de aquellas necesidades de que somos conscientes. Y, por el contrario, parece más razonable afirmar que no existe deseo alguno en el cual no se manifieste una muy concreta necesidad. Sin embargo, creo que una mínima reflexión nos puede demostrar que no existen los deseos superficiales o artificiales, y que, por el contrario, nuestras exigencias no son tantas como nuestras necesidades efectivas, de tal manera, que éstas se quedan muchas veces sin expresión. Si es cierto que entre los deseos se establecen graduaciones y jerarquías, igualmente cierto parece ser que no existe deseo alguno que no surja de una necesidad. Ni siquiera la relatividad de los gustos disminuye un ápice lo genuino de toda necesidad: ello implica tan sólo que la naturaleza no nos ha hecho iguales a todos. El autor del refrán 'lo superfluo, cosa sumamente necesaria', no se daba cuenta de lo acertado que estaba al señalar que todo aquello que nos es necesario forma parte de nuestra vida. Y no creo que sea preciso extenderse mayormente para demostrar que sólo la más torpe psicología pudo imaginar la existencia de deseos superfluos o vanos. Es más, me parece que aún no ha nacido la persona capaz de mostrarnos un solo deseo de este tipo. Si no, piénsese, por ejemplo, en los soldados que durante una guerra soportan mucho mejor la falta de pan que la de cigarrillos, y en la cantidad de estudios realizados sobre las ocupaciones marginales y 'superfluas', empezando por aquellas que los ingleses llaman hobby. No existen, pues, los falsos deseos, los que no se originan en nuestra propia naturaleza o que la contradicen (se podría hablar, por supuesto, de una naturaleza 'falsa', ejemplarizada en nuestros esquemas morales o psicológicos, precisamente para definir como contra natura todo aquello que escapa a dichos esquemas). Realmente artificioso o falso sería, por ejemplo, el deseo de una persona de recibir noticias desagradables: esto sí sería contrario a la naturaleza humana. Pero, en fin, creo que se podría dar la vuelta al mundo sin encontrar una sola persona que se deleite recibiendo malas noticias. En resumidas cuentas, decir 'deseo' y agregar 'artificial' es realmente caer en una contradicción. Digan lo que digan algunos moralistas interesados en hacernos creer lo contrario, aspirar a la felicidad es algo muy razonable y hasta lógico en el ser humano, aunque no siempre sea fácil de poner en práctica. Es razonable, en todo caso, porque consiste en desear algo que se halla circunscrito al ámbito de nuestro propio ser e incluso de nuestras capacidades. Dicho sea en su honor, el ser humano al desear no sobrepasa los límites que la naturaleza le fija, por la sencilla y muy válida razón de que no es capaz de hacerlo y porque es totalmente incapaz de llevar su conocimiento y fantasía más allá de esos límites. Pensemos, por ejemplo, en el pobre Nietszche, cuando dijo que quería ser Dios. Lo suyo no era más que una frase, no podía ni hubiera podido ser nunca nada más que una frase. Por más que su vanidad o su locura lo llevaran a soñar con un culto celestial, desear la condición de Dios era un disparate, en vista de que no tenía la más mínima idea de lo que eso puede ser. Algo más. Piénsese como, a menudo, determinadas doctrinas han querido y logrado arruinarnos muy diversas satisfacciones obtenidas de la vida, inculcándonos el temor de disfrutarlas. La causa de múltiples complejos y enfermedades debemos atribuírsela a las morales convencionales de todo tipo. Tranquilicémonos pensando que, por el hecho mismo de estar aquí, en este mundo, podemos y debemos desear todo aquello que necesitamos, y disfrutarlo, ahí donde lo obtengamos. Por pequeño que sea el bien que nos ha sido concedido, lo disfrutaremos con la conciencia más tranquila si nos convencemos de que al tratar de ser felices sólo pretendemos aquello que la vida misma nos debe, tal y como lo han pensado siempre los seres de mente sana y limpia. Y, sobre todo, no situemos entre éstos a los hedonistas de diversas épocas y escuelas. Los hedonistas no han hecho más que enturbiar aquella verdad tan clara y sencilla, al presentar la búsqueda de la felicidad como un fin arbitrariamente elegible y como el ejercicio refinado y ocioso de un selecto grupo de personas pretendidamente superiores. Querer ser feliz nada tiene que ver con todo aquello; nada, tampoco, con las veleidades de los epicúreos, ni con la grandilocuencia de los que exaltan las triunfales conquistas o las no menos triunfales ascesis del individuo. Tiene que ver, en cambio, con una búsqueda para la cual todos estamos legitimados, cualquiera que sea nuestra condición y punto de partida. Como el argumento de nuestros mejores sueños, la felicidad es algo arduo y maravilloso y que, sin embargo, fácilmente podemos comparar con la salud de nuestro cuerpo: al igual que ésta, se trata de un estado 'normal', siempre y cuando permanezcamos entre aquellos que se apegan a la 'norma' del ser, a su más conveniente equilibrio.
El Universal Digital, 10 de enero de 1999 |
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