El nuevo Gobierno y la Tercera Vía

Trino Márquez

Hugo Chávez durante la campaña electoral se declaró entusiasta seguidor de la llamada Tercera Vía, tesis relanzada a mediados de 1997 por el primer ministro británico, Tony Blair, para remozar el mineralizado programa del Partido Laborista. Los ministros que el Presidente electo ha designado hasta ahora, especialmente José Vicente Rangel y Luis Miquilena, revelan la intención de constituir un Gobierno colocado en el centro del espectro político.

La aspiración de construir una 'Tercera Vía' aparece cada cierto tiempo en el escenario internacional. Su búsqueda representa, desde fines del siglo XIX, el equivalente al descubrimiento del flogisto durante la Edad Media. Es, además, una idea que asume diferentes formas, dependiendo de quién la plantee.

En la última década del siglo pasado la Iglesia Católica, frente a los desmanes del capitalismo industrial y las tendencias totalitarias y el ateísmo de los marxistas, postula un modelo social basado en el humanismo cristiano. Esta posición se plasma en documentos tan importantes como la encíclica Rerum Novarum, publicada en 1891 por el Papa León XIII, que se convierte en piedra angular sobre la que se levanta el socialcristianismo como 'tercera vía'.

A comienzos de la presente centuria, de las filas del socialismo marxista emerge una corriente que se define como una alternativa ante el anarquismo, que propone la disolución del Estado, y el marxismo-leninismo que, en la acera opuesta, postula la supremacía del Estado sobre la sociedad y el individuo. Para la corriente socialdemócrata o socialista democrática, es necesario democratizar los medios de producción, pero dentro de un ambiente que respete los derechos civiles y las libertades individuales. Sus defensores son los socialistas alemanes Karl Kautsky y Eduard Bernstein, quienes mantienen sus posiciones centristas a pesar de la cólera de Lenin, quienes los llama renegados por no admitir la necesidad histórica de la dictadura del proletariado, único camino para liberar a los trabajadores de la opresión capitalista. En Kautsky y Bernstein se encuentran buena parte de las ideas que dan origen a los partidos socialdemócratas en todo el mundo.

Hacia mediados del siglo XX, en plena guerra fría entre los Estados Unidos y la OTAN, por un lado, y la Unión Soviética y sus satélites, por el otro, el mariscal Josip Broz Tito (a quien se le reconocía el mérito de haber 'unificado' a Yugoslavia) junto con Gamal Abdel Nasser y otros líderes del Tercer Mundo, fundan el extinto Movimiento de los 77, también conocido como los No Alineados, que agrupa a los países que, supuestamente, no están comprometidos ni con los países capitalistas ni con los socialistas. (Por cierto que a esa alianza pertenece Cuba, precisamente en momentos en que recibe subsidios millonarios de Rusia). Nasser, en Egipto, y Tito, en Yugoslavia, implantan, cada cual a su manera, una 'tercera vía'.

Hoy en día tanto el socialcristianismo como la socialdemocracia tratan de ajustarse a los cambios que se han producido en el planeta con motivo del derrumbe del comunismo y la redefinición de los estados nacionales, luego de las complejas redes económicas y financieras que se han formado en el mundo a raíz del auge de la globalización. En esta onda es que encajan las propuestas renovadoras de Tony Blair y sus socios.

Una de las modalidades más comunes asumidas por la Tercera Vía, en cuanto modelo económico, es el capitalismo de Estado. Los defensores de este esquema no se declaran abiertos partidarios del liberalismo ni del estatismo planificador. No propician la estatización o colectivización total de las fuerzas productivas, ni tampoco creen a ciegas en el libre juego de la oferta y la demanda, ni en la mano invisible del mercado para corregir los entuertos que produce el capitalismo. Consideran que el Estado tiene un papel estelar como productor de bienes y servicios y, por ello, debe poseer y administrar directamente las empresas básicas para el desarrollo de un país. Mientras más fuertes y poderosas sean éstas, mayor será la presencia del Estado como protagonista del crecimiento económico.

Los devotos del capitalismo de Estado pueden militar en el campo del socialcristianismo o de la socialdemocracia, o ser, simplemente, nacionalistas, populistas o demagogos, sin mayores convicciones teóricas o doctrinarias, aunque revestidos de un barniz patriotero. Esta última es la versión más dañina de la antiquísima Tercera Vía, ya que puede hacer pasar por nueva y diferente una forma de participación del Estado en la economía, que sólo provoca enormes perjuicios para la sociedad en su conjunto. En Venezuela, el capitalismo de Estado, construido sobre la base de los petrodólares, es, en gran medida, el responsable principal del endeudamiento público externo, la corrupcion administrativa, el gigantismo del Estado y la ineficiencia del sector público en general.

El planteamiento de la Tercera Vía representa un esfuerzo por moderar los desafueros del capitalismo y restituirle al Estado su papel como agente clave en la redistribución del ingreso y la búsqueda de los equilibrios sociales. Ahora bien, esperemos que el gobierno de Hugo Chávez no la asuma como una forma atractiva de empaquetar el viejo y nefasto capitalismo de Estado, al que poco le ha faltado para acabar con el país.

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El Universal Digital, 7 de enero de 1999



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