Primera y última fe

Juan Liscano

He leído recientemente un libro sobre Buda, Confucio, Jesús y Mahoma, escrito por Denise y John Carmody, ambos profesores en la Universidad de Tulsa, (Ediciones Robinbook de Barcelona). Sea dicho de paso, el negocio editorial, al internacionalizarse, se expandió de manera impresionante, y nos encontramos en la situación contradictoria de la masificación audiovisual y de la cuantiosa producción editorial globalizada.

Por otra parte, las universidades humanísticas que aun quedan, acentúan su divulgación letrada en medio del "maremágnum" de jóvenes sólo interesados en el espectáculo. Fenómenos contradictorios de nuestra época en la que el caos parece resultar una forma de orden aleatorio.

El libro se titula Los grandes maestros de la humanidad. Forma parte de un programa de divulgación de enseñanzas, biografías y mensajes de maestros de espiritualidad en la era industrial, la cual se inició a principios del siglo XIX, como manifestación dominadora del capitalismo.

A lo largo del siglo XIX y del siglo XX, ya en vía de extinguirse este año de 1999, casi estalló una guerra de agresión, entre los anglomericanos y el despotismo incalculable de Saddam Hussein, tensión peligrosa entre el Oriente islámico y el Occidente relativamente cristiano y se desarrollaron de manera aplastante: técnicas, tecnologías, la fisión nuclear con su parafernalia, la electrónica, la conquista del espacio, y mil aplicaciones más de lo arrancado al mundo del cosmos, por los científicos y su universo mucho menos asequible que el espiritual.

La conciencia de ese develamiento brutal y de esa expansión tecnológica, del predominio del negocio sobre cualquier otra manifestación, la derrota de la utopía marxista debida, fundamentalmente, a su materialismo histórico y politicismo inferior, despótico, significó la imposición sin resistencia del capitalismo, el cual está en trance de pasar del Estado Nación a suertes de feudos de trasnacionales y corporaciones gigantescas.

La unidad como forma de pensamiento ético y religioso cedió ante la multiplicación; el individuo ante la masa; la casa hogar ante la devoración urbana. Para un hombre de mi edad y el modo de pensar de mi juventud, la torpeza anímica de la humanidad regida por los medios de masa, prensa como televisión y sus derivados, prepara algo que puede resultar tan temible como el apocalipsis: la precipitación mundial hacia alguna destrucción previsible. Las ideas dispersas entre la humanidad finisecular, la occidental como la oriental, no permiten dudas sobre lo que se avecina en medio de la euforia enfermiza de la depresión, la neurosis, la disociación, la confusión, el desorden, la sobrepoblación, la contaminación del aire y de las aguas, la destrucción de la naturaleza, la uniformidad de conductas cada vez más violentas, los efectos destructivos de centenares de supuestos adelantos desde la siniestra clonación hasta lo que se ha dado en llamar: "La bomba del milenio".

La sangrienta aventura vital del homo sapiens, en unos veinte milenios, alcanzó a inventar el armamento absoluto nuclear y biológico para acabar con el adversario. De las guerras de Sumeria, 7 mil años antes de Cristo, a los misiles automáticos y las bombas de microbios, parece no haber sino un paso. El hombre de Neandertal o el simio erguido eran ayer. Nada ha cambiado en el instinto de poder del hombre. Desde su primer mazazo hasta hoy sólo ha pensado en ganar siempre. Dentro de esa vocación de humano feroz, hubo el florecimiento de otro instinto: el del amor, la paz. La misma entidad carnal que fabricó la bomba atómica, levantó las pirámides, los zigurats, las catedrales. La misma bestia que construyó los rascacielos -por cierto, hoy, abandonados a su suerte debido a la tecnología de trabajo casero-, modeló en el espacio estatuas de dioses, palacios sacerdotales, ciudades ilustradas, parques, jardines.

Por eso, los autores antes mencionados, los esposos Carmody, en su breve biografía de Jesús, la cual concede a lo místico un papel preponderante, se preguntan sin embargo, en el orden humano que era también el suyo, ¿si su juventud (murió a los 33 años) se hubiera convertido en vejez, hubieran seguido predominando el mensaje de amor, el desapego, la oferta de su sacrificio, esa luminosidad que aún resplandece al que cree en él y lo busca como guía?

El categórico rechazo del mundo de Buda, la sabiduría serena de Confucio, contrastan con el ardimiento amoroso de Jesús, con la iluminada aceptación de su martirio. Santos como San Francisco de Assis asumieron el dolor y la prédica de Cristo. También San Juan de la Cruz, y otros. Ha sido la fuerza del cristianismo. Exponer la virtud de amar a Dios y al semejante. Esa fe se aposentó en el mundo hace menos de dos mil años, Jesús no nació con el siglo pasado. Advino ya iniciado éste. Pero la expansión de su ser y de su acción siguen siendo, dentro del inmenso desmoronamiento actual, la única vía de redención por el amor divino y humano.

 


El Nacional On-line, 5 de enero de 1999



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