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La verdadera lucha contra la corrupción Francisco Nieto Guerrero Nuevamente la lucha contra la corrupción fue la gran protagonista. En esta campaña se oyeron otra vez promesas del más variado calibre. Y de nuevo, al final del análisis, se votó por aquel que la percepción popular identificó como el más idóneo para remover de Venezuela ese terrible mal. Sucedió así anteriormente, muy particularmente en diciembre del 93, cuando la población evidenciaba signos de fatiga hacia una clase política, a la que le reprochaba, en primera línea, su inacción frente a la corrupción. Así el presidente Caldera logró su reelección sobre una estrategia que lo presentó como el adalid anticorrupción. No obstante, casi prescrito su lapso constitucional, las dudas afloran por doquier y nuevamente el sentimiento de frustración merodea en los escépticos, que confiesan abiertamente que la corrupción no tiene solución; en la mayoría que dio su voto en busca de un cambio radical. Pero todos, sin ningún distingo esperan que en la lucha contra la corrupción el nuevo gobernante demuestre prioritariamente sus dotes de estadista. Es por allí donde debe comenzar su buen gobierno. Ojalá no se vuelva a la desdichada práctica política del señalamiento irresponsable, impreciso y sin fundamentos, que siempre termina en la denuncia insatisfecha que sólo alimenta ese descreimiento generalizado hacia todo aquello que se relacione con lucha contra la corrupción. Si se aspira imprimirle un verdadero cambio fundamental al curso de la corrupción, que es altamente posible al inicio de los relevos constitucionales o de grandes transformaciones nacionales, las innovaciones deben estar a la orden del día, y con ánimo serio y ponderado deben iniciar una exhaustiva y ordenada estrategia para determinar la situación real del país en ese campo. Para ello deben dotar las comisiones de enlace de instrucciones claras y mecanismos bien diseñados que permitan levantar lo más objetivamente un mapa donde se visualice la verdadera profundidad de la corrupción en Venezuela y sea posible distinguir: las áreas más afectadas, los factores que más inciden en su incremento y los que más repercuten en la población. Con esta pormenorizada información podrían jerarquizar las áreas específicas y las acciones concretas que pretendan acometer de acuerdo a un plan que tome en cuenta: La capacidad real de la acción gubernamental, los recursos de que se dispone y de los que se adolece, las fallas del sistema, las posibles repercusiones que se pudieran derivar de una intervención masiva o limitada en cualesquiera de los sectores afectados y, por encima de todo, las metas a corto, mediano y largo plazos, con las acciones prácticas inmediatas que concreten esfuerzos e incrementen efectividad. Aquí no trato de la sanción, lo que sugiero se inserta en una lógica científica que obliga a conocer el problema en su integridad para poder acordarle una solución objetiva, es por tanto una propuesta ajena a cualquier vestigio de revancha política que tanto daño ha causado al sistema. Se trata de instaurar una sana práctica administrativa: la del control, la de recibir y entregar cuentas claras, donde nadie se sienta ofendido porque se le exige transparencia. Ojalá aprendamos de errores pasados y sin dilaciones comiencen a honrar promesas.
Sabemos que todo no se hace en un día, pero veremos nuevos días cuando sintamos que
realmente se ha iniciado la verdadera lucha contra la corrupción.
El Universal Digital, 4 de de enero de 1999 |
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