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| ¡No!, presidente Chávez Juan Vicente Gómez Escribo esto poco después de haber oído su alocución, durante el acto de juramentación de los 'Comités Constituyentes', pronunciada en el hotel Caracas Hilton y no salgo de mi asombro. Soy uno entre los más de dos millones de venezolanos que votamos por usted. Su mensaje caló profundo en mí, el humanista que hay en usted se hermana con el humanista que hay en mí. Quiero ver en usted un líder, el ser humano que convoca voluntades y las unifica en torno a un proyecto común. Quiero ver en usted al estratega, al hombre que analiza y planifica considerando todas las variables y no limitándose a una en particular. Por lo tanto, no puedo entender el enfoque que le diera al problema de los buhoneros de la Hoyada III. Como Presidente electo recibió a una comisión de ellos, que fueron a expresarle la situación del desalojo ordenado por la Alcaldía de Caracas, lo que nada tiene de censurable. Todo ciudadano tiene el Derecho de Petición, es un derecho consagrado en nuestro ordenamiento legal. Todo ciudadano tiene el derecho y el deber al trabajo, ésta es una norma constitucional; así como la que establece el derecho al libre desenvolvimiento de la personalidad, pero condicionados a las limitaciones que derivan del derecho de los demás y del orden público y social. Estas son normas que usted habrá de jurar respetar y hacer respetar el 2 de febrero y las cuales estoy seguro deberán estar incluidas en el texto de la nueva Constitución que resulte de la Asamblea Nacional Constituyente. El problema de los buhoneros es uno de los problemas que estos últimos cuarenta años de desgobierno han creado y que usted está en la obligación de resolver. El Estado, y en febrero usted será el jefe del Estado, no puede permitir que se consoliden situaciones ilegales, que se violenten normas locales o nacionales, no debe permitir ni la anarquía ni el desafuero. Los buhoneros sabían que la Alcaldía había ordenado el desalojo de la zona, que esos terrenos van a ser utilizados en beneficio de la comunidad, creándose en ellos zonas de recreación, cultura y participación ciudadana. Utilizaron los recursos que les dan las leyes y los mismos no prosperaron, por lo tanto debían acatar lo ordenado; tanto más que la misma Alcaldía les había ofrecido soluciones alternativas. Por lo cual no entiendo que usted haya calificado de brutal la intervención de los cuerpos policiales cuando fueron a hacer cumplir la orden de desalojo. Como tampoco entiendo que haya descalificado una decisión judicial, inexplicable esto por parte de un Presidente electo y que configura una intromisión que cercena la independencia del Poder Judicial. José María Aznar, señor Presidente, se ha cuidado de descalificar la decisión del juez Baltazar Garzón en un caso tan delicado como el de la extradición de Pinochet y que le crea un inmenso problema de cara a su política con Iberoamérica. No entiendo cómo pudo afirmar que no le importaba que en La Hoyada III se vendieran drogas, cuando éste es un flagelo que azota a nuestra sociedad. Como Presidente debe medir sus dichos, no
dejarse arrastrar por la vehemencia, ser ponderado. Entiendo su preocupación por el hecho
de que hubo niños atropellados. Si son censurables las fuerzas del orden que incurrieron
en ese desmán, más lo son aquellos padres que los usaron como escudo. Ya el país está
harto de ver a tanto sinvergüenza declarándose padre de familia, cantando el himno
nacional, cubriéndose con la bandera y ahora escudándose detrás de mujeres y niños.
¡No!, señor Presidente, permítame decirle, con todo el respeto que le debo, que esta
vez usted se ha equivocado. Entienda que un país también se construye acabando con la
fealdad, con la suciedad, con el desorden, con la promiscuidad, con la pobreza mental; si
no se acaba con ello es imposible crear condiciones propicias para que el ciudadano pueda
tener derecho al libre desenvolvimiento de su personalidad. Permítame recordarle, señor
Presidente, que el comienzo del desastre que han sido estos cuarenta años lo constituyó
el Plan de Emergencia. Que el fracaso de nuestro agro se le debe a una mal llamada
'Reforma Agraria'. Que el caos de nuestras ciudades obedece a una 'Política de
consolidación de ranchos'. Que la ruptura de la disciplina de trabajo la ocasionó la Ley
Contra Despidos Injustificados. Presidente, lo elegimos para que imponga el orden, sanée
la administración pública, restablezca el Estado de derecho, impulse el desarrollo del
país, en definitiva oriente a una nación que ha perdido el rumbo. Presidente, no lo
elegimos para verlo convertido en un demagogo más. Muchas serán sus acciones que sin ser
populares, deberán ser asumidas porque son necesarias, su deber está en crear matrices
de opinión que las hagan entender; así como hacer entender que muchos de nuestros males
provienen de políticas que fueron populares, pero que acabaron consumiendo los recursos
éticos, culturales y materiales de la nación.
El Universal Digital, 9 de enero de 1999 |
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