Detrás de las noticias
¿Bárbaros?

Hersán

Los colombianos nos preguntamos a diario, cuando nos enteramos de los actos de barbarie que se cometen ahora como en las épocas anteriores de la violencia, si en el fondo no tenemos todos un sentido de barbarie que domina las cualidades de nuestra estirpe, bien conocidas en el mundo y que son honroso distintivo nacional. Y efectivamente, al leer, observar o ver por los medios de comunicación las acciones violentas que ocurren en nuestro territorio, comprobamos que en ellas prima lo bárbaro. No es algo normal en otras partes del mundo con problemas similares a los de Colombia.

Los asesinatos, masacres o crímenes de toda condición siempre llevan en sí un elemento bárbaro. Un signo que hace flotar en el ambiente la pregunta con la cual iniciamos esta nota: ¿Tenemos los colombianos una raíz bárbara? Filósofos, historiadores, sociólogos o simples ciudadanos se plantean diariamente tal cuestión. Y para quien esto escribe se ha convertido en una tremenda duda que conmueve hasta lo más profundo de su conciencia, sin que pueda dar una respuesta adecuada.

La barbarie entre nosotros lleva más de 30 años y aún en estos tiempos, en que tanto se habla de paz, grupos de seres que no podemos entender y a los cuales no les atribuimos filiación política alguna ni distinción de clase social, exhiben un salvajismo que golpea las más profundas raíces nacionales.

Investiguémonos, veamos qué fallas tenemos, por qué surgen entre nosotros ataques de ira que llevan a cometer actos tan increíbles que nosotros mismos no podemos explicarnos. Se mata a una persona y el cruel goce asesino llega hasta inferirle horribles heridas y desmembrarla. Y no es solo una vez que esto ocurre, sino infinidad de veces.

Frente a los titulares que hablan de la necesidad de una tregua, de la urgencia de una reconciliación, aparecen otros sobre los muertos, que ya no son dos o tres sino decenas y centenares. Mueren gentes que nada tienen que ver con actividades fuera de la ley. Caen víctimas de una violencia inexplicable sencillos campesinos, gente de clase media y también de clase alta. Nadie está exento de sufrir la violencia.

Es inexplicable que todo esto suceda en un país donde la Iglesia tiene todavía un inmenso poder, las desigualdades sociales o económicas no son mayores que las de otras naciones y la discriminación racial no es un fenómeno que ensombrezca el panorama, como ocurre en otras latitudes.

La barbarie, dolorosamente, se ha ido saliendo de cauce, y en vano los hombres de bien, los sacerdotes, los dirigentes cívicos luchan contra ella y aun entregan su vida para tratar de derrotarla. Y por todos los caminos se vuelve a la misma pregunta: ¿Somos unos bárbaros? ¿Tenemos una mala energía, o como se dice vulgarmente, una "mala leche" que cuando se pierde el control lleva a la crueldad?

Ojalá alguien pueda desentrañar este misterio. Por el momento, tracémonos un propósito nacional: derrotemos a la barbarie y así tal vez -en un clima más moderado- podamos explicar la conducta de los violentos que han causado tal número de víctimas que ya ni siquiera se lleva la cuenta. Sin poder hacer nada concreto, nos repetimos y repetiremos con pasión y convencimiento: derrotemos a la barbarie. Volvamos a ser conscientes de que la violencia, la crueldad y el crimen no conducen sino a dañar a la Nación y a dañarnos a nosotros mismos.


El Tiempo (Colombia), 12 de enero de 1999

 


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