Arte y parte
El muro nuestro de cada día

Gloria Arias Nieto

Su secuestro no puede atribuirse a la guerrilla, a la delincuencia común, al narcotráfico o a las desapariciones forzadas; obedece, más bien, a una causa múltiple, liderada por las fuerzas claroscuras de la indiferencia, la inequidad y la intolerancia. Nadie ha exigido una cifra exacta por su liberación, pero todos sabemos que si queremos volver a verla con vida, nos va a costar, y el precio será alto. Tan alto que hay quienes no están dispuestos a pagarlo. Otros apuestan hasta la vida para rescatarla. Muchos esperan mezquinamente en la banca la ocasión para despotricar sobre lo que se hace o se omite. A unos -pocos pero poderosos- no les conviene, porque se les podría acabar el negocio de la guerra, tan cruel como lucrativo, tan infame como seductor para quienes no tienen nada que perder.

Prácticamente todos hemos tenido algún grado de responsabilidad en su condición de desaparecida y nos corresponde devolverle su libertad. Otros ya tumbaron el muro de Berlín; es nuestra hora de tumbar nuestro muro. Y tal vez fue por eso que empezamos a poner lazos verdes en las fachadas, las cartas, las banderas y las carátulas. Comenzamos a asistir a plebiscitos, misas, manifestaciones, grupos de trabajo y maratones, y nos preguntamos -con el corazón en la mano- quién tiene hoy retenida a la paz. La paz, imagen y semejanza de los colombianos secuestrados.

Nadie la ha encontrado en las celdas del Inpec, ni en las montañas del 'Mono Jojoy', ni en los pupitres del Senado. Tal vez es prisionera de 'Tirofijo'; o se quedó cautiva por el nefasto y simbólico episodio de las palomas masacradas en la Plaza de Bolívar. ¿Por qué siempre la culpa es de otros? Se esperan milagros del general Serrano y sus hombrecitos verdes -que empiezan a morir casi antes de empezar a vivir-; a Belisario lo censuraron antes y después del boquete de los tanques en el Palacio de justicia; Guillermo Cano y Galán, tan valientes, tan insobornables, tan desprotegidos y tan muertos. Víctor G. Ricardo tiene una de las responsabilidades más grandes de nuestra historia, y anda en un avión casi tan peligroso como sus interlocutores.

A todos les pedimos, les exigimos, los insultamos y les echamos en cara nuestra propia incapacidad para cambiar el rumbo del país de todos. Cada injusticia que se atraviesa por nuestro camino y sigue tan campante, va levantando los muros que hoy tienen secuestrada a la paz. Cada vez que alguien le niega un beso a su hijo o una caricia a la vida, el muro crece. Cuando en la puerta de un hospital muere una persona por falta de sangre o de voluntad, muere también un pedazo de paz. Cuando la gente huye del campo a la ciudad, y luego de una a otra ciudad para cambiar la geografía de su hambre, el muro sigue creciendo. Es bastante idiota esto de esperar que siempre sean otros los obligados a convertir en palomas blancas las minas quiebrapatas. O construimos escenarios donde se desarrollen simultáneamente el equilibrio social y los procesos de paz, o lo que se nos va a quebrar -además de las patas y las finanzas- va a ser la conciencia, y para esta no hay prótesis ni préstamos que valgan.

No va a ser fácil, no puede ser fácil. Como al Guille de Quino, "nos va a doler el orgullo", pero mucho más duele esta vida que se nos está muriendo entre las manos. Creo que para Colombia el año nuevo empezó el 7 de enero. Si en este año logramos entender el valor de la convivencia, no habremos habitado en vano este planeta. ¡Dios quiera!


El Tiempo (Colombia), 12 de enero 1999

 


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