| La receta de El Mono Jojoy María Jimena Duzán Conocí a El Mono Jojoy hace muchos años y de manera fortuita, días antes de que se rompiera la tregua pactada en los acuerdos de La Uribe. Fue, creo, en uno de tantos encuentros que solían tener con la guerrilla Carlos Ossa, entonces alto comisionado de Paz del gobierno Barco, y el director del PNR, Rafael Pardo, cada vez que se adentraban en el sur del país tratando de darle forma y sentido al Plan Nacional de Rehabilitación. Pues bien. En una de esas ocasiones, sin saber cómo, terminamos un grupo de periodistas recuerdo a Enrique Santos Calderón y a Hernando Corral en un campamento de las Farc, después de haber recorrido varias horas en una voladora el río Caguán acompañando a Ossa y a Pardo a una de sus citas insólitas con la guerrilla. Recuerdo que bien entrada la noche, y luego de algunas horas de pie, entramos a un bien montado campamento. Me sorprendió, de entrada, la cantidad de guerrilleros y guerrilleras que encontramos concentrados en la mitad de la selva: había por lo menos 500 hombres y mujeres armados. La debilidad de la tregua se sentía, así como la ansiedad de volver al combate, de disparar y de atacar. Los comisionados de Paz tenían carta blanca para hablar con la guerrilla y al parecer la reunión había sido pedida por las propias Farc para hacer una propuesta que a ojos del gobierno Barco sólo intentaba alargar aún más una tregua indefinida que ni el Ejército ni la guerrilla estaban muy empeñados en seguir manteniendo. Cuando llegamos al campamento debo decir que se habían instalado en un cultivo de cachamas del Inderena, el ambiente que se sentía era denso. Sin oxígeno. Las Farc querían escoger unos sitios para que se instalaran unos campamentos con el propósito de seguir discutiendo y dialogando. Pese a que había varios comandantes, pronto todos advertimos que el que mandaba la parada en el campamento era el comandante robusto, de mirada cerrera y de boina a lo Che Guevara. Él fue el que planteó la idea y el que nunca dejó de imponer sobre nosotros cierta distancia. La propuesta venía bien para darle un segundo aire a una tregua ya jadeante, que se veía estaba llegando a su fin. Jojoy les presentó la idea a los comisionados, quienes estuvieron conversando con él y su séquito hasta bien entrada la madrugada, mientras nosotros tratábamos de tirarles la lengua a los guerrilleros y guerrilleras, a sabiendas de que es más fácil entablar una conversación con un mudo que con un soldado raso de las Farc. No creo que hubiesen llegado a grandes acuerdos, por la cara de cansancio que les vi a Pardo y Ossa. Sin embargo, al otro día, cuando llegó la hora de despedirse, no hubo ninguna palabra que cayera en el vacío y las desavenencias que, imagino, fueron muchas se trataron en medio de un serio y acartonado protocolo cuando todos nos despedimos. Nos fuimos sin saber quién era ese misterioso comandante ni qué tanto poder tenía en esos frentes. ¿Saben quién es?, preguntábamos a los comisionados. No, nos respondieron. Seguro es de extracción campesina, decía un colega. Sí, pero es duro y tiene algo de formación, decía Enrique Santos. La tregua habría de romperse un mes después, cuando las Farc, comandadas por El Mono Jojoy, atacaron un camión del batallón Cazadores. En cuestión de pocos años, y sin saber hasta ahora por qué y cómo, ese comandante duro y cerrero, de extracción campesina, que conocimos hace unos años en El Caguán como comandante de frente, se convirtió en El Mono Jojoy, desplazando a figurones de las Farc como Alfonso Cano, ubicándose al lado derecho de Marulanda como el hombre duro, y llegando a ocupar un puesto en el Secretariado de las Farc. ¡Caray! Digo: Hasta Isaac Lee, que ha subido como un bólido las cumbres del poder y del periodismo, debe estarse preguntando qué hizo El Mono Jojoy para llegar tan rápido y en tan poco tiempo a amasar tanto poder en las Farc. El Espectador, 14 de enero 1999 |
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