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| Cuba: una revolución en la revolución Carlos Manuel de Céspedes * Al final de la tarde lluviosa del 25 de enero de 1998, en el aeropuerto de La Habana y despidiéndose de Cuba, el papa Juan Pablo II relacionó la lluvia con el himno de Adviento y poéticamente interpretó aquel aguacero como un signo de que un nuevo Adviento se abría a Cuba. ¿Ha ocurrido o no dicho Adviento? Ha habido hechos que podrían interpretarse como señales, todavía tímidas, de uno de los deseos que también Juan Pablo II expresó en Cuba: "Que Cuba se abra con todas sus magníficas posibilidades al mundo y que el mundo se abra a Cuba, para que este pueblo, que como todo hombre y nación busca la verdad, que trabaja por salir adelante, que anhela la concordia y la paz, pueda mirar al futuro con esperanza". Aunque no han ocurrido cambios espectaculares, sí ha habido pasos pequeños, pero -al parecer- consistentes. Con respecto a las relaciones internacionales, hemos sido testigos de normalizaciones y de inicios. Con relación a la Iglesia Católica, ¿se perciben o no cambios que puedan ser interpretados en clave aperturista? Durante los meses anteriores a la visita de Juan Pablo II, muchos se hicieron ilusiones -sobre todo personas que no residen en Cuba- acerca de: - La posibilidad de presencia de la Iglesia Católica en el sistema nacional de enseñanza en todos sus niveles. - Acceso estable de la Iglesia Católica a los medios masivos de comunicación social. - Incremento sostenido de agentes de pastoral extranjeros que compense la escasez actual. - La presencia más activa de la Iglesia y de católicos en la vida pública, etcétera. En la misión preparatoria del viaje del papa la insistencia se puso en el carácter religioso de la visita papal, sabiendo todos que lo religioso auténtico no deja de proyectarse de algún modo en todas las dimensiones de la vida humana. A un año de aquellos cuatro días memorables, que constituyeron una verdadera fiesta de toda la nación, de creyentes de todas las religiones y de los no creyentes, se puede señalar que la consecuencia más evidente de la visita de Juan Pablo II, en lo que se relaciona directamente con la Iglesia, ha sido el espacio interior que hoy el pueblo cubano reconoce a la Iglesia Católica. Lo que no quiere decir que todos los cubanos se hayan convertido al cristianismo, sino que, de algún modo, cuentan con él como algo importante. El número de fieles practicantes se ha incrementado, proceso que ya se había iniciado antes de la visita del papa, pero ha sido estimulado por ésta. El papa dejó una estela de simpatía, de inteligencia, de buen humor, de bondad y esta realidad se proyecta, como herencia inmediata, sobre la Iglesia. Las relaciones oficiales entre la Iglesia Católica y el Estado cubano ha mejorado. La comunicación entre la jerarquía eclesiástica y las autoridades cubanas es más fluida y se obtienen autorizaciones que anteriormente o no se obtenían o requerían trámites burocráticos interminables. Por ejemplo, con relación a los permisos de ingreso en el país de los agentes de pastoral, reparaciones de templos y de locales eclesiásticos. Aunque no se ha obtenido una presencia estable en los medios de comunicación, el tratamiento de las cuestiones religiosas en los mismos es más frecuente y mejor orientado. Se ha logrado la recuperación del carácter feriado para la Navidad. Normalmente se hacen procesiones en pueblos y en barrios de ciudades con motivo de celebraciones patronales. La asistencia es masiva y piadosa y contribuye a sustentar la manifestación pública de la fe católica. Quien viva en otro marco socio-político, podría juzgar estos cambios como minucias de escaso peso. Sin embargo, si se contextúan en la realidad cubana y se contemplan como pasos, dichos cambios adquieren su pleno significado. Tengo la impresión de que forman parte del esfuerzo actual de Cuba por "abrirse al mundo", por situarse en el mundo occidental contemporáneo y, más precisamente, en el ámbito latinoamericano y caribeño del que la isla forma parte. No todos los cubanos caminan con el mismo ritmo en el actual proceso de cambios y que, en mi opinión, está constituyendo ya un hecho cultural. Tengo la impresión de que estamos viviendo, muy discretamente, una "revolución en la revolución". El camino no es rectilíneo, sino zigzagueante y no siempre se percibe la coherencia, pero las autoridades cubanas han optado por una transición cultural (que incluye lo religioso, lo político, lo económico) pero, simultáneamente, por la gradualidad de la transición, de los cambios, y por adecuarlos al mejor grado de persuasión posible. Lo cual explica, aunque no siempre justifique, las dilaciones, fuente de impaciencias y de apatía para muchos. Me atrevo a citar como ejemplos recientes del clima de la transición, la ya mencionada recuperación del carácter feriado de la Navidad, el reciente Congreso de la Unión Nacional de Escritores y Artistas y el más reciente aun XX Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. Estamos muy lejos de haber alcanzado una situación completamente satisfactoria. En todos los terrenos pueden percibirse las carencias y los errores. En unos casos debido a las penurias económicas, en otros debido a razones de otra índole, mientras el éxodo tan doloroso y raíz de enfermedades sociales continúa desangrando el país. Pero ello no nos excusa de constatar que el Adviento pronosticado por Juan Pablo II se va haciendo realidad paulatinamente. Permita Dios que todos los cubanos nos demos cuenta de que todos somos responsables de la realización de tal Adviento y de mantener encendida la esperanza. Monseñor, vicario general y vicario episcopal de Marianao-Oeste (La Habana). Escribe para la agencia de noticias IPS El Nacional On-line, 17 de enero de 1999 |
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