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| Como decíamos ayer Ana Black En estos días, aún sumergida en ese estado de coma político en que nos dejó la paraplejía del país por las elecciones, prolongado por la llegada de la Navidad (la más larga del mundo) y en el que decidimos mejor quedarnos porque nos dimos cuenta que dentro de nada es carnaval, he visto maravillas de lo más ilustrativas. He mirado desde San Nicolases en chores hasta una sospechosa monjita con gorro de Santa vendiendo barritas de incienso. Pero en realidad, entre semáforos, horarios de entrada y salida y entre compra y compra me dediqué a observar a los transeúntes de esta ciudad capital e intentar descifrar el sistema que usan para cruzar nuestras avenidas. En mi lista hay saltos de gacela, deslizamientos muy a las grandes ligas, habilidosas chicas en minifalda intentando simultáneamente evitar dar picón y mantener el equilibrio sobre el precario brocal de la isla, casos de simpáticos barrigones sorteando carros con la gracia y los ademanes de un torero y por supuesto he presenciado innumerables frenazos. Vi a una madre de a pie arrastrando un racimo de hijos por el paso de peatones mientras detenía los carros con todo tipo de señas para comerse la luz roja. Llegó con bien a la otra acera pero muy molesta porque la gente ¡no respeta ni que uno ande con niños! Vi también a un gentil adolescente ayudar a una ancianita a cruzar la avenida. Sorteando carros y saltando la isla logró depositarla, sana y salva, en su destino final. Orgulloso le dio un beso en la frente y le pidió la bendición. Fui también testigo ocular y espantada del arrollamiento de un hombre cuando apareció de la nada diría el arrollante pero estos ojos que ¡que asco!, algún día se comerán los gusanos, vieron cuando salía detrás de un autobús, cruzaba (o lo intentó, para someternos al rigor de los hechos) la avenida Francisco de Miranda a toda carrera por la mitad de la cuadra y sin molestarse en ver si venía carro ¡paf!, por supuesto que lo volaron por los buenos aires chacaenses. Imagino que el detenido habrá sido el conductor quien, por ser las cinco de la tarde de un día viernes previo a las Navidades no iba, porque no podía, a más de 15 kilómetros por hora. Supongo que le habrá pasado lo mismo que a mi hermana, quien a las mismas cinco de la tarde pero de un soleado sábado atropelló a un hombre que, en indiscutible estado de ebriedad, también quería cruzar pero la autopista del Este a la altura de La Urbina y con un muchachito de 7 años "halado" por la mano. Mi carnal, buena gente al fin, asumió su par de arrollados, más por la criaturita que por el padre quien, suponemos que animado por las circunstancias, interpretó un vallenato mix durante el breve viaje hasta el Pérez de León de donde dieron de alta a las víctimas un par de horas después. Detenidos quedaron el carro y la dueña. No hubo dios, ni lágrimas de nuestra progenitora (copiloto para el momento del accidente) que hicieran comprender a las autoridades competentes la arbitrariedad de la medida. Tampoco ha habido dios que haga a entender a las autoridades en general que cuatro fiscales en cada intersección no resuelven un problema que se sustenta en la falta educación e información y que quizás una campaña seria dije SERIA, de educación al ciudadano, sea peatón, conductor (que también los hay brutazos). Se lo voy a pedir a la Constituyente. ¡Feliz año! PS: Gracias CANTV por todas las revistas e informes anuales que me han hecho llegar, pero pasé las dos últimas semanas del mes de diciembre y la primera de enero sin teléfono a pesar de mis llamadas diarias al 15. Feliz año para ustedes también. El Nacional On-line, 17 de enero de 1999 |
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