Expectativas e interés por la educación

Eleazar Narváez

Impresionantes, múltiples y diversas han sido las expectativas generadas en el país con motivo de los resultados electorales del pasado 6 de diciembre.

Las mismas, con mayor o menor intensidad, se han manifestado en los distintos ámbitos y sectores de la sociedad venezolana bajo la inspiración de los más variados intereses, aun cuando muchas veces se les ha hecho aparecer como la expresión de un verdadero y profundo anhelo de cambio y transformación popular. En verdad, esto constituye un asunto delicado que debe ser manejado con mucho cuidado por el nuevo equipo de Gobierno. Es deseable, y además fundamental, que al respecto este último ofrezca respuestas que signifiquen ciertamente un mayor progreso para todo el país, haciendo todos los esfuerzos posibles para impedir que continúen prevaleciendo ciertas prácticas perversas de utilización del poder para el beneficio de unos pocos. De no ser así, entonces no tendría nada de extraño que dentro de muy pocos meses tengamos un estallido social de consecuencias funestas, precisamente por el diferimiento o la no satisfacción de muchas de las importantes esperanzas que el pueblo ha abrigado a partir de los ofrecimientos del mandatario electo.

Este peligro está presente, por supuesto, en nuestro sector educativo. Igualmente en este campo, muchas son las expectativas y diversos los intereses que las animan en estos días postelectorales. En unos casos se transmite la esperanza de que se tomarán las medidas necesarias y suficientes para enfrentar el serio problema del fracaso escolar expuesto parcialmente en las terribles cifras sobre excluidos y repitientes que hoy conocemos; para fortalecer la educación pública y revertir de paso la tendencia privatizadora en todos los niveles del sistema que observamos en los últimos doce años; para mejorar las condiciones de trabajo en general de los docentes y dignificar su profesión; y, en definitiva, para lograr por lo menos sustanciales avances concretos en la búsqueda de una educación eficiente y de calidad, de cara a las exigencias que nos plantea la llamada sociedad del conocimiento en estos años finales del siglo XX y de inicio del tercer milenio. ¿Acaso, tendremos la dicha de comenzar a vivir en los venideros cinco años de gestión gubernamental aun cuando sea un poco de este optimismo?; o más bien, ¿no seremos testigos de la profundización de los graves problemas que hemos venido padeciendo en este sector, con una desmoralización y conflictividad mayor de los docentes y profesores que se desempeñan en los distintos niveles del sistema educativo, con un deterioro más acentuado de la educación pública, con un incremento del número de venezolanos que son apartados por diferentes vías de los servicios que presta la institución escolar, y en general, con una multiplicación de nuestras insatisfacciones y traumas al no contar con la voluntad política oficial y los recursos requeridos para ir a esa educación de calidad anhelada de acuerdo con un proyecto educativo nacional?

Al lado de las expectativas indicadas anteriormente, las cuales pudiéramos decir que están guiadas por un interés público por el bienestar educativo, se encuentran las de quienes por un detestable afán de lucro personal, grupal o partidista, ven en estos momentos de cambio gubernamental una oportunidad propicia para satisfacer sus apetitos más egoístas. Entre ellos se encuentran los que muy bien constituyen unos auténticos fenicios o mercaderes de la educación, que ubicándose en la esfera de lo privado o de lo público no hacen más que pensar en los jugosos beneficios económicos de lo que sin escrúpulo alguno ven como el gran negocio de la educación. De esta cofradía forman parte, asimismo, muchos que se hacen llamar expertos o que sacan a relucir un impresionante cúmulo de credenciales e influencias para buscar un sitial de honor como asesores del ministro, de manera de tener acceso privilegiado al disfrute de los cuantiosos y costosísimos recursos monetarios para la educación que obtiene el país en calidad de préstamo del Banco Mundial y de otros organismos crediticios multilaterales.

Si existe una verdadera preocupación por la salud educativa del país, entonces deberán combatirse de manera implacable los intereses nada educativos por la educación que se acaban de señalar; y del mismo modo el Estado tendrá que asumir de una vez por todas su indelegable responsabilidad de definir, dentro de un proyecto de alcance nacional, los lineamientos políticos y las estrategias dirigidas a potenciar nuestra educación como un bien público de gran trascendencia social, teniendo el cuidado en esto de no cometer el grave error de establecer prioridades sin una visión de unidad del sistema educativo, y de querer instaurar el cambio bajo la premisa del desconocimiento o la descalificación irresponsable de los éxitos que se hayan podido alcanzar en gestiones pasadas.

* Director de la Escuela de Educación de la UCV
enb@cantv.net


El Nacional- Online, 16 de enero de 1999



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