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| Entre Julio César y Simón Rodríguez Germán Carrera Damas Nada en común tuvieron estos personajes, en sus vidas vividas ni en las compuestas por los historiadores. En ningún aspecto históricamente relevante coincidieron, y en el que nos interesa representaron polos. Aunque quizá esto último sea más apariencia que realidad. Utilizaré el pensamiento de ambos para ilustrar sobre asuntos interesantes para los venezolanos de hoy, y quizás de siempre, si por esto último entendemos nuestra corta historia. La cuestión podría expresarse como la capacidad de ser originales. Entendida como la aptitud para concebir, diseñar y poner en práctica instrumentos de desarrollo social, político y cultural, acordes con nuestras necesidades y aspiraciones, apreciadas en una perspectiva de desarrollo y superación. Reconozco que calificar de original semejante proceso excede el sentido propio del término, pero creo que la originalidad pura se lleva mal con la brevedad de la experiencia humana, en términos generales, y con el predominante carácter acumulativo y sedimentario que tiene la que hemos adquirido los venezolanos. Un elemental dictado del sentido histórico sugiere partir de la consideración de la naturaleza de nuestra sociedad, ponderando sensata y objetivamente cuánto tenemos en común y de específico con otras sociedades. Y quien dice sociedad dice necesidades y aspiraciones, al igual que aptitud para formularlas con sentido de oportunidad y viabilidad, como también la disposición y tenacidad requeridas para satisfacerlas y realizarlas. Así, el resultado de esa ponderación determinará el grado de creatividad requerida para corresponder a las necesidades y expectativas de la sociedad. Simón Rodríguez tuvo buenas razones para concluir que las sociedades latinoamericanas generaban, en 1828, necesidades y aspiraciones tan grandes y complejas que enfrentarlas, en concordancia con el orden republicano por instaurar, exigía un alto grado de creatividad. Temeroso de que los conductores de pueblos no pusiesen el empeño requerido, advirtió sobre el peligro en su muy conocida sentencia. (Sociedades americanas en 1828. Lima, 1842, página 25): "Vea la Europa cómo INVENTA i la América cómo IMITA". Señaló los polos del desenvolvimiento de las mentalidades recién emancipadas. Más que un llamado a la creatividad, -también lo hizo cuando sentenció que o inventamos o erramos-, quiso prevenirnos contra la tendencia a tomar el camino, entonces muy tentador y siempre aparentemente fácil, de la imitación, considerándola la antítesis de la invención, la cual estaría más cercana de la originalidad que la imitación. No en balde al término imitación se le añade, cuando se quiere significar renuncia a todo esfuerzo creador, el calificativo servil. ¿Se pretenderá que puede haber una imitación que exija esfuerzos cercanos a los demandados por la creatividad? Depongo la sospecha que abrigamos los historiadores sobre la fidelidad de la transcripción de los discursos de grandes personajes, que pueblan las obras de los clásicos. No es menos sospechosa la despertada por los discursos de caciques, guerreros y conquistadores, recogidos por los cronistas de Indias. Este olvido estratégico me permite invocar el testimonio de César sobre esta complicada cuestión de la imitación y la creatividad, según la versión de Salustio (La conjuración de Catilina): "Jamás nuestros ancestros carecieron de sensatez ni de audacia. Sin embargo, el amor propio no les impedía imitar las costumbres extranjeras, siempre que fuesen buenas. De los sammitas tomaron las armas ofensivas y defensivas; de los etruscos la mayor parte de las insignias de nuestros magistrados; en fin, lo que estimasen bueno, donde fuere que lo hubiese, entre los aliados o entre los enemigos, se apresuraban a hacerlo suyo: preferían imitar los buenos ejemplos antes que envidiarlos"... Espero que me sea tolerada la licencia de proyectar estas concepciones de la creatividad, considerada como invención, y de la imitación, vista como ingrediente de la creatividad, sobre lo que creo entender de la presente concepción de la globalización. Adelanto, sin embargo, la sospecha de que ésta última ha sido confundida con la estandarización, si bien, como resultado, es una posible consecuencia de la globalización, correctamente entendida como inserción en una totalidad que genera su propia dinámica. No es desacertado reconocer que la razón estuvo de parte de Simón Rodríguez, en su momento; como lo estuvo de parte de César en el suyo. La diferencia entre ambas razones radicaría en que el primero juzgó en función de pueblos que ensayaban el ejercicio de su soberanía, enfrentados al legado absolutista colonial y a la creciente presencia extranjera; mientras que el segundo juzgó desde la posición del dominador de pueblos, cuya fortaleza le permitía reconocer el aporte de los demás, como insumos para su propia grandeza. Quizá la globalización nos deparará la experiencia de que ya no sean los pueblos ni los Estados los que se pronuncien sobre los méritos de la invención y la imitación. Serán las inconmensurables fusiones que actualmente cristalizan, vinculando empresas que ya superan en magnitud y poder a muchos Estados, las que se pronunciarán sobre la cuestión, y probablemente la reducirán a rivalidades sobre patentes, para el caso denominadas propiedad intelectual. El Nacional On-line, 11 de enero 1999 |
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